viernes, 2 de abril de 2010

LA VENTANA ROTA


Hay una ventana en tu corazón a través de la cual puedes ver a Dios.

Hubo una vez en que esa ventana era transparente. Tu visión de Dios era clara. Podías ver a Dios tan vívidamente como podías ver un hermoso valle o una colina.

Entonces, de pronto, la ventana se quebró. Una piedra rompió la ventana. Una piedra de dolor.

Y de repente ya no fue tan fácil ver a Dios. La vista que había sido tan clara había cambiado. Estabas confundido. Dios no permitiría que algo como eso ocurriera, ¿verdad?

Cuando no lo puedas ver, confía en Él… Jesús está más cerca de lo que jamás soñaste. En el ojo de la tormenta.
Lucado, M., & Gibbs, T. A.

Aunque no lo veas, Él está tan cerca de ti que ni te imaginas cuán cerca está. Deja de mirar la ventana rota y comienza a ver quién está más cerca de esa ventana. ¡Te sorprenderás!

El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo a Yahvé: Esperanza mía, y castillo mío; Mi Dios, en quien confiaré. Salmo 91.1-2.

Si anduviere yo en medio de la angustia, Tú me vivificarás; contra la ira de mis enemigos extenderás tu mano, y me salvará tu diestra. Salmo 138.7

La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo. Juan 14.27.

JESÚS FUE SENTENCIADO ENTRE LAS 10 Y LAS 11 DE LA MAÑANA DEL DÍA 03 DE ABRIL DEL AÑO 33


JOSÉ RAÚL CALDERÓN, AUTOR DE «PROCESO A UN INOCENTE»

El juez José Raúl Calderón ha dedicado largas horas al estudio jurídico del proceso seguido contra aquél galileo llamado Jesús que revolucionó con su prédica y ejemplo la vida del pueblo judío hace 2000 años. En la tercera edición de este estudio, Calderón sigue desentrañando nuevos datos sorprendentes sobre el juicio más importante de la Historia de la humanidad.

José Raúl Calderón acaba de publicar la tercera edición de su libro «Proceso a un inocente. ¿Fue legal el juicio a Jesús?», editado por Liberman. En esta edición, amplía la «autopsia» jurídica sobre el juicio más trascendente de la historia de la humanidad, el doble juicio a Cristo.

- ¿Cuáles son las principales novedades de la última edición de «Proceso a un inocente»?
- Entre las principales novedades aportadas en la última edición del libro cabría destacar las siguientes:
Determinación exacta de la fecha en que aconteció la celebración del doble proceso judicial seguido contra Jesús y, por ende, la ejecución de la sentencia y que tuvo lugar un 3 de abril del año 33, según los estudios astronómicos realizados por dos científicos de la Universidad de Oxford.

La confirmación de que realmente fueron Anás y Caifás, Sumo Pontífice, las personas que junto a una gran parte del Sanedrín, entre sacerdotes y príncipes, los que estuvieron detrás de la detención de Jesús, la cual se materializó por parte de la propia guardia del Sanedrín y no, por el contrario, por la tropa romana, que tan solo se limitó a mantener el orden en el Getsemaní y formada muy probablemente por un quaternio bajo el mando de un centurión.

La confirmación de que la flagelación «romana» tuvo lugar durante el segundo interrogatorio al que fue sometido Jesús por parte del Prefecto de Roma, en el proceso penal romano y entendida como una tortura, con la intención de sonsacarle la verdad al procesado, y no, por el contrario, como una pena de azotes (verbaratio). La flagelación no debe, por tanto, ser considerada como una pena accesoria a la crucifixión puesto que nunca formó parte de la pena sobre la condena impuesta.

La imputación exacta y autoría del delito. A Jesús se le condena como autor criminalmente responsable de un delito de lesa majestad (crimen laesae maiestatis), un delito de naturaleza pública y consistente en atentar contra el pueblo, su soberanía, el Estado de Roma y sus órganos o contra la persona del propio Emperador, como fue el caso de Jesús al imputársele la atribución de realeza y atentar con ello a la persona de Cesar y por el cual fue castigado a la pena de muerte por crucifixión, sin perjuicio de que muy probablemente hubiera también venido imputado por otros delitos, tales como el “crimen soladiciorum”, delito público consistente en la organización de asociaciones para fines o trámites ilícitos; el “crimen receptatorum”, delito público de encubrimiento o complicidad, cometido por quien encubre u oculta a un delincuente, o la “seditio romana”, entendido como delito de levantar al pueblo y crear tumultos y riñas.

A este respecto un dato importante a tener en cuenta es como tiempo después, tal y como recoge Ulpiano (Digesto 48.4.1.1), fue considerado como reo de lesa majestad a todo aquel que atentara contra el pueblo romano o su seguridad al profesar el cristianismo.

Otro dato de interés reside en el desarrollo cronológico de los acontecimientos: la detención de Jesús en el Getsemaní sobre la media noche; su puesta a disposición ante Anás sobre las 2 horas de la madrugada; la puesta a disposición de Poncio Pilatos entre las 5 y las 6 de la mañana; el dictado de la sentencia sobre las 10 u 11 horas de la mañana; la crucifixión a las 12 horas del mediodía; la muerte en la cruz a las 15 horas; la petición del cuerpo, su lanceado y bajada de la cruz sobre las 17.30 horas; el depósito del cuerpo en el sepulcro y su limpieza sobre las 18.00 horas; el abandono del sepulcro alrededor de las 18.45 horas y comienzo del sabbat a las 19.15 horas.

La muerte, sin lugar a dudas, de Jesús en la cruz y pensar lo contrario es totalmente imposible. A Jesús se le condena a pena de muerte por crucifixión y el romano como experto y ejecutor de la condena no va a permitir una «ejecución a medias» y la bajada desde la cruz de un cuerpo vivo, por eso cuando la autoridad romana se extraña de su muerte antes de autorizar la bajada del cadáver ordena un golpe de gracia, por lo que pensar lo contrario es totalmente ilógico e incoherente a igual que afirmar que Jesús entró en un «coma superficial» y que después de lavarlo con mirra y aloe salió del mismo y abandonó el sepulcro, toda vez que el cuerpo de Jesús nunca fue lavado, ya que la Ley judía Halachah y el rito funerario no permiten el lavado o Tahara de un cuerpo muerto en las circunstancias y condiciones en que lo fue el de Jesús, es decir, de muerte violenta, por autoridad distinta a la judía, totalmente ensangrentado y expulsado de la comunidad judía, por lo que afirmar y mantener los anteriores extremos es de un desconocimiento absoluto de la Ley judía y de sus tradiciones y de lo que verdaderamente ocurrió en la ejecución de la sentencia dictada por la autoridad romana.

- ¿Es posible que nuevas investigaciones puedan desentrañar más novedades o es un estudio ya cerrado?
- No es un estudio cerrado, puesto que nuevas y futuras investigaciones al respecto nos pueden aportar otros datos de interés, como por ejemplo la arqueología, en cuanto a la situación de la fortaleza Antonia o el lugar exacto del Gólgota y el Sepulcro, etc.

- ¿Puede explicar en qué sentido Cristo fue un «criminal»?
- No lo considero un criminal y de hecho no hubo prueba como para que fuese considerado como tal y que viniera a «destruir su presunción de inocencia». Así, en el proceso judío fue condenado por un delito de naturaleza religiosa, como era la blasfemia. Sin embargo, en el proceso romano se cambió la imputación y cargos por unos delitos públicos de naturaleza política, como era atentar contra el pueblo, su soberanía, el Estado de Roma y sus órganos o contra la persona del propio Emperador, al atribuírsele realeza; no pagar tributos al Cesar o la “seditio”, y ello con la finalidad de que el Prefecto de Roma conociera de la causa y asegurarse a su vez una condena y una pena de muerte contra Jesús.

Lo que ocurre es que, sin existir una prueba clara y determinante, fue condenado en ambos a la pena de muerte.

- ¿Le hubiera servido de algo un abogado?
- Jesús se defendió sin necesidad de terceras personas, a pesar de que incluso hubo algunos miembros del propio Sanedrín que ya lo defendieron y pidieron su libertad durante el proceso judío.

Tanto ante Anás como a presencia de Caifás respondió a sus respectivas preguntas y se defendió, lo que ocurre es que éste último le forzó a una autoinculpación, a igual que ante el Prefecto de Roma y a diferencia de lo ocurrido con Herodes, en que guardó silencio, con buena lógica, ya que a Herodes tan solo le interesaba todo lo relativo a los milagros y curaciones más que el propio discurrir del proceso penal, razón por la que, dado su silencio, se lo remitió nuevamente a Poncio Pilatos.

- En todo este proceso, el poder político tuvo mucha influencia…
- Sin lugar a dudas. En el proceso judío Anás, Caifás y gran parte del Sanedrín buscaban desde hacia tiempo la condena y muerte de Jesús, puesto que era un persona que les molestaba enormemente, y luego en el proceso penal romano cambiaron la imputación para idéntico fin, llegando a influir hasta el final en la decisión y resolución definitiva dictada por el Prefecto de Roma, en la que pudo más la mediatización e influencia política, hasta el punto de poderse ver afectado el cargo del representante de Roma en Judea, que el propio dictado de una sentencia totalmente carente de fundamentación jurídica, con independencia de la potestad y facultad de la que estaba revestida la autoridad romana con el “ius gladii”.

- En este estudio jurídico, qué postura ha tomado: ¿la de fiscal o la de abogado?
- Ni de Fiscal ni de Abogado, me limito a un estudio riguroso del doble proceso judicial al que fue sometido Jesús como hombre, con especial análisis de las irregularidades que aprecio en dicho estudio, aunque, si bien, llego a la conclusión y reflexión de que para el supuesto de haberse declarado la nulidad del proceso, por tales irregularidades procesales, o la libre absolución del procesado no hubiera tardado mucho tiempo en volver a ser detenido y, en este último caso, no solo ya a instancia de la autoridad religiosa judía sino incluso de la romana.

- Usted ha analizado otros juicios de relevancia histórica como los de Juana de Arco o Galileo. ¿Cómo valora que se siga divulgando la falsedad de que Galileo murió abrasado en una hoguera?
- Lo valoro como de una absoluta ignorancia y desconocimiento de la autentica realidad y de lo ocurrido en su juicio y es que una vez más, en este caso en el ámbito histórico y judicial, termina muchas veces por falsearse la misma e incluso como en otros tantos ser objeto de mediatización por parte de los poderes públicos y otras instituciones, ya que realmente Galileo fue condenado a los calabozos del Santo Oficio y como penitencia rezar durante 3 años y una vez por semana los 7 Salmos Penitenciales, aunque luego se sustituyó la estancia en los calabozos por un arresto domiciliario.
Nicolás de Cárdenas/ReL

PONTE DE RODILLAS DELANTE DE CRISTO CRUCIFICADO


Viernes Santo. Cristo abraza el dolor redentor en la cruz para salvarnos a nosotros.

Reflexionemos en Cristo en la cruz, en el crucifijo en el cual nosotros acabamos aprendiendo a Cristo, acabamos reconociendo a Cristo. ¿Qué es lo que vemos cuando miramos el crucifijo? La cruz de Cristo en el Calvario es el testimonio de la fuerza del mal contra el mismo Hijo de Dios; es el poder del mal que en estos momentos parece no tener freno. Incluso Aquél que había vencido al mal, en sus diversos medios de presentarse en la historia del hombre, en el pecado, en el dolor, en la muerte, ahora se ve totalmente a disposición del mal.

La cruz que se levanta sobre la tierra, la cruz que se eleva sobre todos los hombres, que le hace ser Redentor, es al mismo tiempo la más clara manifestación del poder del mal sobre Cristo, es la más clara muestra de que Cristo está dejado por Dios para que todo el mal que sufre el hombre se clave en Él. Sin embargo, Cristo es inocente.

Él es el único, entre los hombres de toda la historia, libre de pecado, incluso de la desobediencia de Adán y del pecado original.

Es en Cristo, - en quien no conocía el pecado -, donde el pecado se hace, al menos aparentemente, señor de su vida. Es la obediencia de Cristo hasta la muerte, y muerte de cruz, la que va a hacer posible que las cadenas del pecado sean vencidas a partir de este momento por todo hombre que se una a la cruz del Salvador.

Sin embargo, si miramos en el corazón de Cristo, ¡con cuánto dolor sufriría el verse hecho pecado!, ¡cuánta repugnancia moral sentiría al verse reducido, no sólo a la condición de pecador, sino de maldito por la ley! “Maldito el hombre que cuelga de un madero”, decía la ley de Moisés.

¡Con cuánto amor habrá tenido que arder el corazón del Señor para ser capaz de vencer la repugnancia del pecado! Es esto lo que vemos: vemos a Jesús crucificado, vemos a Jesús insultado, vemos a Jesús que grita en la cruz: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” Los esbirros se acercan a la cruz, toman las palabras de Cristo como una burla. Unos le dicen que llaman a Elías, otros le empapan una esponja en vinagre y le dan de beber, y algunos, en el último chiste macabro, le dicen: “Deja, vamos a ver si viene Elías a salvarlo”.

“Pero Jesús, dando un fuerte grito, exhaló el espíritu. En esto, el velo del Santuario se rasgó en dos”. Acababa de cumplirse en Cristo hasta la última de las profecías, y por eso, el velo del Santuario que impedía que los fieles viesen al Santo de los Santos, ya no tenía ningún sentido, no tenía ningún porqué, y se rasga en dos.

¿Qué es lo que hace que Cristo llegue hasta ahí? Si hemos visto su alma en Getsemaní y hemos visto su alma antes de salir al Calvario, ¿cuál es esta última de las profecías, cuál es esta última de las obediencias que Cristo tiene que sufrir? "¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?", el salmo que recitaría nuestro Señor como última oración en el Calvario y que podría ser para nosotros un momento de especial encuentro en el alma de Cristo; que se va identificando con todos estos sentimientos, que mira a sí misma y ve los ultrajes recibidos y, por otra parte, mira a Dios y ve que Él es su Creador, su Señor, en su alma humana, en su naturaleza humana. Al mismo tiempo, Cristo se ve a sí mismo y se da cuenta de que no puede desconfiar de Dios y, sin embargo, está sufriendo la más tremenda de las obscuridades, la más tremenda de las noches del alma, cuando Dios mismo se aparta del alma de Cristo en un misterio insondable, en un misterio irreconocible, en un misterio ante el cual nosotros solamente podemos caer de rodillas y decir: “Creo, Señor, te adoro y te pido perdón, porque todo esa obscuridad, esa noche, la has querido pasar por mí”.

Y como quien no quisiera tocar la herida dolorosa de su Señor, pongámonos simplemente de rodillas delante de Cristo crucificado y pidámosle perdón, porque por nosotros, Él tuvo que llegar a sufrir incluso el despojo absoluto de su Padre.

Si nosotros llegásemos hasta ese encuentro, veríamos cómo Cristo nuestro Señor tiene que sufrir en su alma el sentimiento de la más tremenda de las injusticias: la ignominia de la muerte, que es la suma debilidad del ser humano al ver cómo su cuerpo se deshace por medio de la muerte. ¡Qué duro es ver morir a un ser querido, qué duro debe ser esa impotencia de Cristo, sin otro camino que el de la aceptación! Sólo cuando el hombre ha hecho de la cruz la presencia de Dios en su vida, como Cristo, su mente y su corazón es capaz de ver en la muerte un inclinarse profundo de Dios hacia cada uno de los hombres en los momentos más difíciles y dolorosos.

Cada vez que besamos una cruz, no besamos simplemente un instrumento de tortura en el que han muerto miles y miles de hombres a lo largo de toda la historia de la humanidad, besamos el signo que nuestro Señor hizo bendito con su muerte. En la cruz de Cristo, sobre la que viene la muerte en un torrente de impotencia y de amor, nosotros vemos el toque del amor eterno de Dios sobre las heridas del pecado, que son las que de verdad causan el dolor de la experiencia terrena del hombre. El alma de Cristo, imponente ante la muerte que ve venir, sabe que es el toque de amor eterno de Dios sobre la obscuridad de su debilidad como hombre, y de nuestras debilidades.

Pongámonos nosotros a los pies de la cruz, y dentro de nuestro corazón recitemos ese canto del siervo de Yahvé: “Despreciado y deshecho de hombre, varón de dolores, sabedor de dolencias como ante quien se oculta el rostro despreciable y no le tuvimos en cuenta. Eran nuestras dolencias las que Él llevaba y nuestros dolores los que Él soportaba. Nosotros le vimos, nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Él ha sido herido por nuestras rebeldías, herido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz y con sus cardenales hemos sido curados”.

En Cristo, Varón de Dolores, se encierra el dolor de la cruz; un dolor que abraza el dolor de todos los hombres de la historia. Son nuestras dolencias las que son llevadas; son nuestros dolores los que son soportados; son nuestras rebeldías las que abren su carne; son nuestras culpas las que muelen su cuerpo; son nuestros castigos, que Él soporta, los que nos traen la paz.

Cristo se convierte así en el depositario de toda la culpa de la humanidad. Cristo es el depositario de toda tu culpa y de toda mi culpa, de toda tu vida y de toda mi vida. Veamos a Cristo cargado con nuestros pecados, atrevámonos a decirle: “¿Te acuerdas de este pecado mío? Es tuyo. ¿Te acuerdas de esta otra infidelidad, te acuerdas de esta otra ingratitud? Te la llevas en tus hombros". Todos nosotros, como ovejas, erramos; cada uno marchó por su camino, y Yahvé descargó sobre Él la culpa de todos nosotros.

Cristo abraza el dolor redentor en la cruz. Entre malhechores, entre insultos, entre esbirros que se burlan, va cumpliendo, una detrás de otra, las profecías que lo presentan como un cordero llevado al degüello, como oveja que, ante los que la trasquilan, está muda. Tampoco Él abrió la boca. Es el dolor redentor que pasa por la opresión, por la humillación, por el ser lavado, por el silencio...

“Tras arresto y juicio fue arrebatado de sus contemporáneos; quien se preocupa fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo fue herido”.

Personalicemos esto y démonos cuenta de que no es un juego que se repite toda la Semana Santa para que el pueblo cristiano tenga algo de que dolerse y algo de que arrepentirse; es una vida humana la que cargó sobre sí todos mis pecados. Una vida que fue considerada impía, maldita, alejada de Dios aun en su muerte. Pero Él era inocente. Su fecundidad proviene precisamente de su don.

Si nosotros nos atrevemos a ver esto así, atrevámonos también a hacer con Cristo un acto de oblación personal, a ofrecernos junto con Cristo en el misterio de la cruz, a ofrecernos junto con Cristo como el único sentido que tiene nuestra vida cristiana.

¿Cómo se puede ser feliz? ¿Cómo se puede perseverar y ser auténtico cuando mira uno a Cristo en la cruz? Solamente hay un camino: siendo corredentor con Cristo en la cruz, estando siempre clavados en esa cruz. Y, cuando vengan los problemas, piensen que ustedes quisieron ser de Cristo, crucificados con Cristo, salvadores de los hombres. Siempre que busquemos otra cosa en nuestra vida, vamos por un camino equivocado, vamos fuera del plan de Dios.

“En la vida de un cristiano, la luz tiene que estar presente y tiene que doblegarnos bajo su peso. No penséis nunca en una vida fácil, lejos del sufrimiento y del sacrificio. La vida terrena es para luchar, para caer en el polvo mil veces y levantarse otras mil veces, es una vida para ser humillados por amor a Cristo. No soñéis con vidas sin cruces. Porque la cruz es un instrumento connatural a la vida del hombre y en especial para aquellos que, por vocación hemos aceptado seguir a Cristo por los caminos del Calvario. Ahora bien, llevad esa cruz con alegría, con el amor con que se ama a Cristo. Llevad esa cruz con optimismo, con el optimismo del cristiano, que por la fe conoce la trascendencia de su vida de frente a la eternidad. Llevad esa cruz y ayudar a otros a llevarla como buenos samaritanos”.

La muerte de Cristo en la cruz se convierte para nosotros en redención. Y si es un momento de profundo dolor, de negra pena, es al mismo tiempo, un momento de profunda liberación. Mi alma ante ese Cristo crucificado tiene que echarse hacia atrás, mi alma tiene que empujar, tiene que tomar su condición de apóstol, consciente de que a partir de ahora, el Señor crucificado vive en mí, que a partir de ahora el Señor redentor redime con mis palabras, redime con mi corazón, redime con mi celo apostólico, redime con mi ilusión de traer almas para Cristo, redime con mi obediencia, redime por vivir con delicadeza mi vocación.

Así es como Cristo muere este Viernes Santo en la cruz. No es repitiendo de nuevo su sacrificio que nosotros simplemente vamos a conmemorar. Es, sobre todo, haciendo que nosotros nos abracemos con más claridad y con más fuerza a este sacrificio redentor, hecho garantía, hecho amor, hecho corazón dispuesto a servir a los hombres.
Autor: P. Cipriano Sánchez LC

LA FLAGELACIÓN: CÓMO, CUÁNDO Y POR QUÉ


El caso de Jesús fue raro. Su flagelación no fue la legal que precedía a toda ejecución sino que constituyó un castigo especial.

La flagelación en sí no fue un castigo exclusivo para Jesús. Lo mandaba la ley. La flagelación era un preámbulo legal a toda ejecución. Había una excepción: los ciudadanos romanos condenados a decapitación no eran flagelados, sino fustigados con la fusta. Esto se hacía, según Tito Livio, en el mismo lugar del suplicio, inmediatamente antes de la decapitación.

Los condenados a crucifixión eran flagelados habitualmente durante el trayecto que había entre el lugar donde se dictaba la sentencia y el del suplicio. Muy raro, como en el caso de Jesús, que se llevara a cabo en las dependencias del tribunal. Esto sólo se hacía en los casos en que la flagelación era sustitutiva de la pena capital. El caso de Jesús fue raro. Su flagelación no fue la legal que precedía a toda ejecución y que se daba en el trayecto, camino del suplicio, sino que constituyó un castigo especial, como veremos. Esto exige dos explicaciones: cuándo le flagelaron y el porqué.

Mateo y Marcos no nos dicen ni cuándo ni el porqué, sólo constatan el hecho: "Y habiendo hecho flagelar a Jesús, lo entregó (Pilato) para que lo crucificaran".

Lucas es más explícito, y cuando está explicando los esfuerzos de Pilato para salvar a Jesús, al final nos cita una frase del Prefecto: "Le castigaré y luego le soltaré". Ya vislumbramos algo. Juan nos afirma que Jesús fue flagelado durante los juicios de Pilato. Ya tenemos el cuándo. Veamos ahora el porqué: Pilato juzga que la primera acusación hecha a Jesús. "Se ha hecho Hijo de Dios y según nuestra ley debe morir", no caía bajo la ley romana. Era cuestión religiosa y la Justicia romana no actuaba en estos casos para dirimirla. Por lo que consideró a Jesús inocente: "No encuentro en él, causa alguna de condenación".

Tras una deliberación de los judíos, éstos hacen una segunda acusación que sí entraba dentro de la Ley Judía: Había permitido ser aclamado Hijo de David que según ellos iba a ser su rey. Quería hacerse rey y esto iba contra el Emperador. Pilato tiene obligación de atender esta acusación. Pilato pregunta a Jesús sobre su realeza y, no sacando nada en claro, lo considera de nuevo inocente.

Enterado de la estancia de Herodes en Jerusalén y siendo Jesús su súbdito, Pilato se lo envía a ver si le resuelve el problema. No es así y Pilato en el tercer juicio dice a los judíos: "Ni Herodes ni yo encontramos en él causa alguna de muerte".

Después de los fracasos anteriores, Pilato equipara a Jesús con un criminal y ladrón, con Barrabás. La propuesta era, a quién de los dos querían que les soltase. La plebe prefiere a Barrabás, a la vez que grita que Jesús sea crucificado.

Ante las decepciones anteriores, Pilato decidió dar a Jesús un sustitutivo de la pena capital, para acallar al pueblo: "Le castigaré y luego le soltare". Después de este episodio, es cuando Jesús es flagelado y viene el hecho del ECCE HOMO. Y tenemos pues, el cuándo y el porqué.

Una vez la orden de castigo, Jesús fue atado con cuerdas gruesas y resistentes. Las manos por encima de la cabeza, quedando así, casi suspendido de la parte alta de la columna o del techo. De esta manera quedaba inutilizado, para que no pudiera defender algunas partes del cuerpo con los brazos, y para que en el caso de shock, no cayera al suelo.

El instrumento utilizado para la flagelación, fue el flagrum taxillatum, que se componía de un mango corto de madera, al que estaban fijos tres correas de cuero de unos 50 cms., en cuyas puntas tenían dos bolas de plomo alargadas, unidas por una estrechez entre ellas; otras veces eran los talli o astrágalos de carnero. El más usado era el de bolas de plomo.

El número de latigazos, según la ley hebrea, era de 40, pero ellos por escrúpulos de sobrepasarse, daban siempre 39. Pero Jesús fue flagelado por los romanos, en dependencia militar romana, por tanto more romano, es decir, según la costumbre romana, cuya ley no limitaba el número. Sólo estaban obligados a dejar a Jesús con vida, por dos razones: una, para poder mostrarle al público para que éste se compadeciera (era la intención de Pilato), y la otra, para que en caso de condena a muerte, llegara vivo al lugar de suplicio y crucificarlo vivo: era la ley.

Cuando los clásicos latinos nos hablan de esta flagelación more romano, nos dicen que el reo quedaba irreconocible en su aspecto y sangrando por todo el cuerpo. Así quedó Jesús. Por eso a la pregunta: ¿cuántos latigazos dieron a Jesús? la respuesta es, hasta que le dejaron irreconocible; hasta que se cansaron. La ley romana no limitaba el número. Todas las partes del cuerpo de Jesús fueron objeto de latigazos. Eso sí, respetaron la cabeza y la parte del corazón, porque hubiera podido morir, como les había sucedido con otros. Y en este caso tenían una consigna: no matarlo. Así lo había mandado Pilato: "Le castigaré y luego le soltaré".

Las correas de cuero del flagrun taxillatum, cortaron en mayor o menor grado la piel de Jesús en todo su cuerpo: en la espalda, el tórax, los brazos, el vientre, los muslos, las piernas. Las bolas de plomo, caídas con fuerza sobre el cuerpo de Jesús, hicieron toda clase de heridas: contusiones, irritaciones cutáneas, escoriaciones, equimosis y llagas. Además, los golpes fuertes y repetidos sobre la espalda y el tórax, provocaron, sin duda, lesiones pleurales e incluso pericarditis, (como demostraremos en otra ocasión), con consecuencias muy graves para la respiración, la marcha del corazón y el dolor.

Pero si en la parte externa Jesús quedó irreconocible por las heridas y por la sangre, en el interior de su organismo sufrieron también lesiones muy graves órganos vitales, como el hígado y el riñón. Los golpes fuertes sobre la zona renal, instauraron sin duda, una disfunción en los riñones. Lo mismo podemos decir sobre el hígado, donde provocaron también una disfunción del mismo. A esta disfunción o insuficiencia hepato-renal, junto a mayor pérdida de sangre, fueron acompañadas de cambios electrolíticos y de otros parámetros biológicos con todas las consecuencias gravísimas para la supervivencia.

La disminución de la volemia por la nueva y abundante pérdida de sangre, aumentaron más gravemente la disnea o dificultad respiratoria, comenzada en Getsemaní. Esta disnea se aumentó todavía más, si cabía, por los golpes en la espalda y en el pecho que afectaron a órganos respiratorios y que además la hicieron dolorosa. Una hipercadmia muy seria estaba instaurada. Jesús tenía graves síntomas de asfixia. La hipotensión arterial comenzada en Getsemaní y aumentada con la desnutrición y la nueva pérdida de líquido corporal y de sangre, le dejaron materialmente sin fuerzas. Jesús no se tenía. Sin duda cayó, al desatarle las cuerdas, sobre el charco de sangre que había salido de su cuerpo. No olvidemos, que todo esto recayó sobre una dermis y epidermis sumamente sensible al dolor después de la hemathidrosis.

En las circunstancias de Jesús es imposible explicar médicamente el dolor que sentiría cada vez que recibía un correazo con las bolas de plomo. Podríamos decir que en estos momentos Jesús era SÓLO DOLOR.

jueves, 1 de abril de 2010

EL SANTO GRIAL, PROTAGONISTA DE EXCEPCIÓN PARA EL "NATIONAL GEOGRAPHIC"


ENVUELTO EN MISTERIO

El cáliz de la Última Cena, que contuvo la sangre de Jesucristo, ha sido objeto de fabulaciones y leyendas, pero es una realidad que se venera en la catedral de Valencia desde el siglo XV y suscita un permanente interés en los investigadores de la reliquia.

La productora norteamericana National Geographic inició este Jueves Santo en Valencia la grabación de un documental sobre el Santo Grial, que se venera en la catedral de Valencia desde el siglo XV. El reportaje será distribuido para su emisión en televisiones de todo el mundo.

Las imágenes se tomaron en la Seo, tanto en la capilla del Santo Cáliz como en el Museo, como parte de un monográfico que incluirá los actos de la Semana Santa Valenciana, desde los oficios del Jueves Santo, presididos por el arzobispo Carlos Osoro, hasta las procesiones de la Semana Santa marinera.

Según declaró a la agencia AVAN Jaime Sancho, canónigo conservador del Cáliz, entre los profesionales e investigadores extranjeros que se han trasladado a Valencia para realizar el reportaje figuran la investigadora norteamericana Janice Benett y el antropólogo e historiador alemán Michael Hessemann, especialistas en esta reliquia y que participaron en el congreso internacional sobre el Grial celebrado en 2009 en la capital del Turia.

Cerca de una treintena de televisiones y productoras se han acercado hasta la catedral de Valencia para filmar imágenes de la reliquia desde la celebración de las Fallas, pero la importancia de National Geographic, por la calidad de sus reportajes y la credibilidad que se les suele presentar, puede ser decisiva para extender el conocimiento en todo el mundo de esta joya de la catedral de Valencia.
AVAN/ReL

EL INFIERNO DE FIESTA


Satanás y sus secuaces están bailando al ritmo de “La Vida Loca”

Los millones de demonios que están en la estratósfera en sus vehículos demoniacos esperando caernos encima, están de fiesta porque una de sus más importantes y famosas polillas del mundo artístico salió del closet.

Escogió Semana Santa para hacerlo. Dice que ahora se siente feliz y más fuerte, y dice además, que considera esa decisión como un regalo de Dios - como si Dios estuviera repartiendo regalos-pecados por todo sitio. Justo en Semana Santa decidió anunciarlo como para opacar la victoria de Jesús contra la muerte… pero a los verdaderos católicos no nos va a opacar nada ni nadie…. ¡Qué Dios tenga misericordia de él!

Pero ahí no acaba todo. Hay millones de polillitas que siguiendo el ejemplo de uno de sus líderes, ya se están saliendo y vociferando por todos lados que son “GAYS”.

Así como en el cielo hay fiesta por un pecador que se convierte, en el infierno también la hay cuando un hijo decide perderse. Si consideramos que el ser pecador en la rama gay es algo que ofende al Señor, porque estos perdidos hijos suyos pierden a otros, mucho peor es un gay que da y recibe, o sea que es activo y pasivo con hombres y mujeres. ¡Cuídense más de estos!

Las malditas bestias de la oscuridad se están metiendo cada día más en este mundo esperando la batalla final, y para eso está reclutando a los que se convertirán en los soldados del anticristo, los que se encargarán de eliminar a todos los que no lleven la marca de su jefe.

Estemos preparados y no aplaudamos – como lo están haciendo muchos - estás decisiones perturbadoras que aumentan los servidores de satanás.
José Miguel Pajares Clausen
01 de Abril 2010

EL GRITO DEL COPÓN


Testimonio de Sor Emmanuel

¡El grito del copón!
Sor Emmanuel

Olvidamos demasiado que, en la Eucaristía, Jesús es más humano que cualquiera de nosotros; lo experimenta todo con una sensibilidad que nos causaría vértigo. Él es todo corazón, toda expectativa de amor y más vul­nerable que un recién nacido. Cuando comulgamos, sabemos lo que expe­rimentamos. ¿Pero, qué sabemos de lo que Jesús experimenta en nosotros?

Una noche en que había prolongado el tiempo de mi adoración en la capilla de mi comunidad, me dirijo hacia el sagrario para cerrarlo y apagar las velas que lo rodean. En Francia, los miembros de la Comunidad de las Bienaventuranzas tienen la posibilidad de exponer el Santísimo Sacramen­to sin tocado, abriendo la puertecita del sagrario donde reina una pequeña custodia. Un foco ilumina la hostia, mientras que las otras luces están apa­gadas, lo que permite concentrar la atención en el cuerpo de Jesús.

Encontrándome sola en la capilla, me tomo el tiempo para cumplir con mis pequeñas tareas de sacristana alrededor de Jesús mientras le hablo. ¡¿No soy acaso su esposa?! Estoy por lo tanto muy cerca de él y, llave en mano, me dispongo a encerrado hasta la mañana siguiente. Sin embargo, el corazón se me estrecha: tantos cristianos soñarían con poder adorarlo aunque fuera por una hora, aun en medio de la noche, ¡y he aquí que yo le cierro la puerta! En ese momento un detalle me salta a los ojos: la cera de la vela se ha derretido sobre el borde de madera de la puerta y debería lim­piada. Comienzo a quitar toda marca de cera, cuando me sorprende una especie de grito. No proviene de la custodia, sino del copón ubicado al fondo del sagrario, que contiene muchas hostias. Es un grito inaudible a mis oídos de carne, pero justamente por ello resuena con mayor intensidad en mi corazón, ¡pues nuestros corazones poseen antenas, y muy poderosas!

Jesús quiere decirme algo. Él vive realmente en cada una de las hos­tias, y sin embargo no hay trescientos treinta y siete Jesús en el copón. Jesús es uno, pero multiplicado.

Es como si cada hostia se pusiera a hablar, describiéndome el momen­to crucial que se prepara a vivir en los días venideros. Me parecía que cada hostia sabía a qué alma, a qué persona estaba destinada. Cada hostia vivirá una aventura amorosa única, ¡y la amplitud de las posibilidades es vertigi­nosa! Ciertas hostias caerán en corazones que serán un Cielo para ellas; para otras será como un descenso a los infiernos. El grito que resuena en mi corazón es en realidad un grito de angustia.

Muchas hostias están en agonía; saben que serán recibidas en mora­das inmundas donde reinan esos pecados que engendran la muerte. Perma­nezco clavada en el suelo, petrificada... Esas hostias sienten repulsión de ser consumidas. ¡Jesús pide socorro! Grito silencioso, como el de un niño­ embrión que siente que lo van a matar y se acurruca instintivamente en el seno de su madre, cuando se aproxima el instrumento que lo extraerá con violencia. Grito silencioso del inocente que no posee en su pequeño cuer­po ningún medio para defenderse, si la que lo lleva en su seno no lo ama. Grito silencioso de Dios, que ha querido depositar su pequeño cuerpo inmóvil, más ligero que un grano de trigo, entre las manos de los hombres, por su cuenta y riesgo.

Cada hostia conoce también el día y la hora cuando entrará en el cora­zón que la consumirá. Estoy fascinada por la conciencia de Jesús: lo cono­ce todo, lo ve todo, lo prevé todo, ¡Y se deja conducir como un cordero! Felizmente, la mayoría de las hostias se regocijan por anticipado de poder unirse con su destinatario.

Aquella noche, cuando cierro el sagrario, intento captar el mensaje que Jesús me ha dado, un mensaje que no ha terminado de agotar su conte­nido, pues sólo en el cara a cara del Cielo, comprenderé plenamente su cla­mor. Por el momento, una cosa está clara: Jesús me invita a adorarlo en espí­ritu no sólo en todos los sagrarios del mundo, sino también en el corazón de todos aquellos que comulgan, tanto los buenos como los malos, a fin de que allí donde revive su condenación a muerte, Jesús reciba también una pequeña visita de amor, un humilde gesto de atención que lo consuele.

HOSTIAS ROBADAS
La Madre Yvonne-Aimée es una gran mística francesa, muerta en 1951 a los 49 años. Poseía numerosos carismas. Entre otros, solía ocurrirle que Cristo la previniera cuando ciertas hostias eran profanadas. Hoy, ciertas personas sostienen que la presencia real no existe fuera de la celebración de la misa. Esto es un gran error. He aquí la carta que la Madre Yvonne­Aimée escribió desde París al padre Crété, el 31 de marzo de 1923:

"Padre, le escribo teniendo a Jesús conmigo. Anoche, mi Bienamado me dijo que fuera a buscarlo a casa de una persona que desde el sábado con­servaba una hostia que había recibido indignamente en el comulgatorio. Apenas la había recibido, aquella pobre alma la había retirado de su boca y la había puesto en su pañuelo para llevada a su casa con el fin de ultra­jada. Entonces le pedí a Jesús que me concediera esa alma, y le hablé del caso a mis amigas de la calle Monsieur (París), para que también oraran por: esta pobre extraviada.

Aquella noche, obedeciendo a la orden del muy dulce Señor Jesús, fui a casa de esta persona de buena posición. Ella misma me vino a abrir. Le dije inmediatamente que venía a buscar la hostia. Ella palideció notable­mente, indicándome que la siguiera. Me condujo a su salón privado, abrió una cajita que se encontraba sobre la mesa... ¡la hostia estaba allí!

La tomé y, siguiendo la inspiración del Maestro, le hablé a esta pobre mujer, que derramó lágrimas de sincero arrepentimiento.

Regresé al Hogar con mi querido tesoro sobre mi corazón. Era la una y media de la madrugada. Por todo el camino, mi Bienamado me hablaba. "Consérvame", me decía, "hasta que te diga qué hacer y te haga conocer mi volun­tad". (El padre espiritual de Yvonne le pidió que consumiera la hostia que llevaba con ella y ¡que procediera siempre así en situaciones similares!)

Yvonne continúa su carta:
"Esta tarde, Jesús me dijo nuevamente, que por la noche iría a sustraerle de otra casa en la cual había sido ultrajado. ¡Oh, pobre Jesús, que­rido Bienamado, tan mal amado!"

En rescates ulteriores, Yvonne regresó a veces herida con la Eucaris­tía que había arrancado a unos profanadores que la habían golpeado.

Yvonne sufría muy cruelmente por las almas que profanaban las hos­tias y pedía al Señor por su conversión. A menudo, la noche siguiente a la recuperación de las hostias, Jesús la asociaba a su agonía, como para repa­rar por los sacrilegios. Estos acontecimientos ocurrían cuando Yvonne­ Aimée aún no era religiosa. Tenía tan sólo unos veinte años. Más tarde, entraría en el convento de las Agustinas en Malestroit, Bretaña.
Juan García Inza

DE RODILLAS


Los ataques que ha recibido el Papa - el hecho de que la voz cantante la haya llevado el periódico The New York Times sirve para identificar quién está detrás - buscaban no sólo herir a la cabeza de la Iglesia, sino poner a ésta de rodillas, pidiendo una tregua, a cambio de la cual debería pagar un impuesto (bajar el nivel de su crítica al relativismo, al aborto y, quizá, algún compromiso político en Oriente Medio).

La Iglesia, efectivamente, se ha puesto de rodillas. Pero no ante los que quieren destruirla, sino ante Dios Todopoderoso. Con gran intuición, Benedicto XVI había proclamado un Año Santo sacerdotal - en el que aún estamos - y, providencialmente, por doquier se celebran otro tipo de Años Santos, desde el famoso Compostelano a otros menos conocidos, como el de Caravaca de la Cruz o el que celebra el V centenario de la catedral de Orihuela.

La Iglesia, efectivamente, está de rodillas ante Dios, pidiéndole a Él misericordia por sus pecados, pero también pidiéndole fortaleza para no rendirse a los que quieren separarla de su lado. Estoy seguro de que esta Semana Santa va a ser más “santa” que nunca y que más fieles que otros años van a llenar templos y calles - los 70.000 que han acompañado al Divino Cautivo de Málaga son un récord -. Antes que nosotros, otros han obrado así. Cuando Herodes apresó a San Pedro, “la Iglesia sin cesar hacía oración por él”, hasta que se produjo su liberación. Hoy, de nuevo, San Pedro - en su sucesor, el Papa - es atacado virulentamente y los católicos sabemos qué tenemos que hacer: no arrodillarnos ante los enemigos, sino ante Dios, el único Señor de la Historia.
Santiago Martin

QUE SE HAGA TU VOLUNTAD


"Él se apartó de ellos, alejándose como a un tiro de piedra y, arrodillado, oraba diciendo: ¡Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya!".
(Lc 22, 41-42)

Empieza la Semana Santa con la lectura íntegra del relato de la Pasión del Señor según nos la cuenta el evangelista Lucas. Hay mucho que meditar, hay mucho que aprender, hay un caudal inagotable de espiritualidad en aquellos breves días en los que se decidió la suerte de la Humanidad, cuando el Redentor nos ganó la salvación pagando por nosotros en la Cruz. Pero de todas esas cosas, quizá hay una que siempre nos es cercana: la actitud de Cristo ante el drama que se la avecinaba. Consciente como era de lo que le esperaba: la tortura y la muerte, junto con el abandono de sus discípulos y hasta la “kénosis”, la sensación de alejamiento del propio Dios, el Señor tuvo miedo y angustia. El sudor de sangre de su frente era una manifestación somática del terror que atenazaba su espíritu. Y es en ese momento cuando es capaz de pronunciar la frase de aceptación de la voluntad divina.

El Cristo que huyó cuando querían hacerle rey se dejó coronar de espinas, el que se escapaba de la multitud que le vitoreaba no dio la espalda cuando le buscaban para matarle. Ese es el ejemplo que nos ha dejado: aceptar la voluntad de Dios sea cual sea, tanto en lo bueno como en lo malo, en lo fácil como en lo difícil. Y, además, lo que es aún más difícil, aceptar que esa voluntad de Dios es amor para nosotros, aunque no nos lo parezca, aunque no entendamos por qué ocurren las cosas o por qué no son escuchadas nuestras súplicas para que pase de nosotros el cáliz que Dios nos está pidiendo que bebamos. Claro que para hacer eso es imprescindible la fuerza de Dios, sin la cual aceptar la cruz con alegría es imposible
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Santiago Martín

MISA CRISMAL


Agua, pan, vino y aceite de oliva: nunca se explicó tan bien su sentido cristiano.

Benedicto XVI ha vuelto a hacer una demostración de la que quedará como una de las características esenciales de su pontificado: la claridad pedagógica. Su homilía del Jueves Santo resumió el significado católico de los alimentos más vinculados simbólicamente a la historia y la liturgia de la Iglesia, pero lo llamativo no es lo que dijo, sino cómo supo explicarlo.

Aunque la doctrina expuesta es común en los Padres de la Iglesia y en los manuales de teología, probablemente la homilía de Benedicto XVI en la Misa Crismal de 2010 quede como la mejor explicación sobre el sentido y valor de los santos óleos y de otros signos de los sacramentos de la Iglesia.

El Papa presidió esta tradicional celebración del Jueves Santo a las 9:30 de la mañana en la Basílica de San Pedro, en concelebración con los cardenales, obispos y sacerdotes presentes en Roma. Durante la ceremonia renovaron sus promesas sacerdotales y se bendijeron los óleos de los catecúmenos y de los enfermos, así como el Santo Crisma.

El sermón de Joseph Ratzinger versó precisamente sobre estos tres óleos y sobre otros alimentos presentes desde siempre en la simbología y la liturgia cristianas.

«Los elementos de la creación con los cuales se construye el cosmos de los sacramentos son cuatro: el agua, el pan de trigo, el vino y el aceite de oliva», dijo el Papa, antes de añadir que «el agua, como elemento básico y condición fundamental de toda vida, es el signo esencial del acto por el que nos convertimos en cristianos en el bautismo, del nacimiento a una vida nueva. Mientras que el agua, por lo general, es el elemento vital, y representa el acceso común de todos al nuevo nacimiento como cristianos, los otros tres elementos pertenecen a la cultura del ambiente mediterráneo. Nos remiten así al ambiente histórico concreto en el que el cristianismo se desarrolló. Dios ha actuado en un lugar muy determinado de la tierra, verdaderamente ha hecho historia con los hombres».

Mientras que el pan simboliza la vida cotidiana y el vino la fiesta, en el sentido de «la alegría de los redimidos», es el aceite de oliva el que adquiere un sentido realmente sublime: el mismo nombre de Cristo es la traducción griega de la palabra Mesías, que significa Ungido: «El aceite de oliva es de un modo completamente singular símbolo de cómo el Hombre Jesús está totalmente colmado del Espíritu Santo», en la medida en que fue ungido «no con aceite material, sino con Aquel al que el óleo representa: con su Santo Espíritu».

El Papa recordó que los santos óleos están presentes en cuatro sacramentos: bautismo, confirmación, unción de enfermos y orden sacerdotal, siempre «como símbolo de la bondad de Dios que llega a nosotros», es «la medicina de Dios».

E insiste en ello Benedicto XVI justo en relación a los sacerdotes, de nuevo acudiendo a la etimología popular, que une el griego “elaion” (aceite) con “eleos” (misericordia): el sacerdote, también ungido en su ordenación, es el hombre que recibe «el encargo de llevar la misericordia de Dios a los hombres».

Y también el ramo de olivo tiene una simbología de victoria, sobre el pecado y sobre la muerte, por lo cual los primeros cristianos decoraban con ellos sus tumbas: «Estaban seguros de que Cristo, que les había prometido la paz que el mundo no era capaz de ofrecerles, estaba esperándoles».

Cristo, en fin, «es el aceite de júbilo», aunque un júbilo distinto al que «la sociedad moderna anhela»: «La diversión, en su justa medida, es ciertamente buena y agradable. Es algo bueno poder reír. Pero la diversión no lo es todo. Es sólo una pequeña parte de nuestra vida, y cuando quiere ser el todo se convierte en una máscara tras la que se esconde la desesperación o, al menos, la duda de que la vida sea auténticamente buena, o de si tal vez no habría sido mejor no haber existido».

Benedicto XVI apela al gozo que da Cristo, distinto porque «puede ir unido al sufrimiento» y «nace de la verdad». Ése es el óleo que el mundo «necesita urgentemente», concluye el Papa para animar a los sacerdotes, en su gran día del año, a cumplir tan sagrada misión.
E.R./ReL

DESEOS DE INMORTALIDAD


Para mejor comprender el deseo innato de inmortalidad, que tiene la persona, comenzaremos diciendo que hay que distinguir entre lo eterno y lo inmortal.

Es eterno lo que no tiene mi comienzo ni fin, es decir, solo Dios es eterno; es inmortal lo que tiene comienzo pero no tiene fin, los ángeles son inmortales, nosotros somos inmortales en lo que respecta a nuestra alma y seremos inmortales en plenitud, después de la resurrección de la carne, porque tanto los ángeles como nosotros, todos hemos tenido un principio, hemos sido arrancados de la nada, por Dios que es nuestro creador.

El deseo de ser inmortales lo tenemos todos, es lógico que así sea, ya que hemos sido creados por Dios para la inmortalidad, para vivir eternamente. Nadie quiere morir y miramos la muerte con un mal inevitable. Pero si algún día hemos morir, cosa que no creo que nadie dude de ello, si no hay más remedio que morir, al menos deseamos ser plenamente inmortales, después de la muerte. Nadie quiere volver a la “Nada” de donde fue un día extraído por Dios.

Todos, seamos creyentes o paganos, ansiamos la inmortalidad y consciente o inconscientemente siempre estamos dando pruebas de ello; queremos que nuestro nombre se recuerde, queremos entrar en la historia como una persona destacada en ella, aunque sea por razón de nuestra maldad, el hecho es que se nos recuerde, tenemos y sentimos la necesidad de que nuestra huella no se borre. Si no ¿cómo se explica esas personas que cogen un arma van a un colegio o una universidad matan a varios compañeros y profesores y después se suicidan? Y este deseo nos lleva a la admiración y a la envidia de personajes históricos. Aunque aquí hay que destacar, que desgraciadamente hay más admiración por los reyes, guerreros o artistas que por los santos, porque nuestras escalas de valores están totalmente materializadas y rara es la persona que siente más admiración por Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz, que por Napoleón o Julio César. Prueba de mi anterior afirmación no hay nada más que ver en las librerías los números de libros de biografías que hay de unos o de los otros.

Tememos a la muerte, porque no estamos hechos para ella, y sin embargo olvidamos que hay una parte de nuestro ser que nunca muere ni morirá, ella es el alma. Solo morimos más o menos, en la proporción en que durante nuestra vida, hayamos desarrollado nuestra vida espiritual. Menos miedo tiene a la muerte una persona cuanto mayor haya sido su nivel de vida espiritual cultivado. Cuando pensamos en la inmortalidad, la mente se nos va al destino del cuerpo, pero no al del alma que nunca muere. La muerte nos atemoriza. Solo en la medida, en que una persona se va espiritualizando y su alma va adquiriendo importancia en su ser, es entonces cuando se va reduciendo ese temor tremendo que se tiene a la muerte. No olvidemos que solo muere nuestro cuerpo, nuestra alma para bien o para mal, según el destino que le preparemos, nunca muere, es eternamente inmortal. Por ello la gran santa de Ávila escribía:

“¡Ay, qué larga es esta vida!, ¡qué duros estos destierros!, ¡esta cárcel estos hierros, en que el alma está metida! Sólo esperar la salida me causa dolor tan fiero, que muero porque no muero”.

La Iglesia afirma la supervivencia y la existencia, después de la muerte, de un elemento espiritual, que está dotado de conciencia y voluntad, de manera que subsiste el mismo yo humano, carente mientras tanto del complemento de su cuerpo. Para designar este elemento, la Iglesia emplea la palabra alma, consagrada por el uso de la Sagrada Escritura y de la Tradición. En las concepciones más antiguas de los israelitas existía la persuasión de que un núcleo personal del hombre, seguía subsistiendo en una especie de domicilio común a todos los difuntos: mientras los cadáveres se depositan en los sepulcros, una especie de sombra de los que vivieron - los “refaim” - subsistían en la “sheol”. Los “refaim” poseen una cierta existencia, difícil de determinar, pero que, en cualquier caso implicaba la subsistencia de una dimensión del ser humano después de la muerte.

El alma es espiritual y es independiente de la materia; es absolutamente simple, porque carece de partes. Dios es un Ser absolutamente simple. Un ser absolutamente simple es necesariamente indestructible, porque lo absolutamente simple no se puede descomponer. La palabra descomposición, significa sencillamente desintegrar un algo en sus elementos simples, deshacer una cosa que es compuesta. Luego si llegamos a un elemento absolutamente simple, si llegamos a lo que podríamos denominar “átomo absoluto”, habríamos llegado a la indestructibilidad absoluta. Aquí solo cabe la aniquilación en virtud del poder infinito de Dios. Este es el caso del alma humana que por el hecho mismo de ser espiritual es absolutamente simple, es como un átomo absoluto del todo indescomponible y por consiguiente, es intrínsecamente inmortal. Dado que no puede descomponerse lo que carece de partes, la muerte pues, puede afectar y afecta al elemento material del hombre, pero no al alma, la cual no puede desintegrarse en unas partes de las que carece.

El miedo a la muerte está totalmente generalizado, pocos son lo que lo miran a la muerte como una liberación de las cadenas, que le impiden llegar a ver plenamente la luz de Dios. Pero en honor a la verdad, digamos que los hay. No somos plenamente conscientes de que una parte esencial de nuestro ser el alma, es inmortal y valga la redundancia, para dar más énfasis a esta realidad, es inmortal y lo será eternamente, para bien o para mal si es que resulta reprobada. Si sigo escribiendo, haciendo un cántico elogioso de la muerte, pocos son los que lo comprenderán, pero la realidad es tozuda y las cosas son así. Hay almas, que viven enamoradas del Señor y anhela fervientemente llegar cuanto antes a Él, para ellas, la muerte es su liberación, de las ataduras que la sujetan y le impiden ver esa Luz maravillosa que es la Luz de Dios, y que ellas apoyadas en un extraordinario grado de fe, con los ojos de su alma, en plena viva en este mundo, ya han vislumbrado esta Luz maravillosa. Es esta la luz, que solo una pequeña parte de ella, vieron San Pedro, San Juan y Santiago en la cumbre del monte Thabor, y que le hizo exclamar a San Pedro: “Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, una para Moisés, y otra para Elías”. (Mt 17,4). Ni siquiera pensó en él mismo no en los otros dos discípulos.

La inmortalidad que anhelan la mayoría de las personas, es la que se circunscribe a no salir jamás de este mundo, quedarse en él para siempre. Son los que se dicen, yo estoy aquí muy bien y más vale pájaro en mano que ciento volando. Si a uno se le ocurre decir que él es inmortal, nadie pensará que se refiere a su alma, todo el mundo pensará en el cuerpo y se echarán a reír, porque la idea extendida es la de que nadie es inmortal. Pero resulta que sí que somos inmortales porque nuestra alma es totalmente inmortal. Muere nuestro cuerpo y él será el que resucite, y lo hará cuando llegue la resurrección de la carne, será un cuerpo glorioso que irradiará la claridad y la belleza de un alma ya unida a Dios. Gozará adornado de las cuatro características de un cuerpo glorioso: claridad, impasibilidad, agilidad y sutileza. Exactamente, no será el mismo cuerpo del que ahora disfrutamos o sufrimos. Pero en relación al alma esta no cambiará, la situación de gloria que amando a Dios hayamos podido alcanzar en esta vida; esa situación irreversiblemente será siempre la misma para toda la eternidad. Lógicamente, esto solo será aplicable al cuerpo y al alma de la persona que haya elegido el amor a Dios y no de aquella otra que lo haya rechazado.

No creo necesario decir, que el alma del reprobado no tendrá nunca visión de la Luz divina, por lo que en esto, se diferenciará con el alma del santificado. Aunque parezca mentira, desgraciadamente muchos más de los que pensamos serán los reprobados, por no querer aceptar el amor al Señor. Muchos son en desgracia, los que piensan que se salvarán, basando su pensamiento, en una mala interpretación de lo que es y significa la misericordia de Dios, y olvidándose de que Dios al tiempo que es misericordioso también es justo y que la misericordia divina para que se genere necesita la previa existencia de un arrepentimiento. También existe la absurda idea, de que nadie se puede condenar, porque la condena de un alma es un fracaso de la Redención de Nuestro Señor. Si esto fuese así, ¿cómo se justifica entonces todo lo que el Señor nos manifiesta en los Evangelios?

A diferencia de nosotros que nos comportamos como si eternamente nos fuésemos a quedar aquí abajo, para el Señor, la vida presente es esencialmente transitoria, y solo tiene valor en cuanto sirve para conseguir la vida futura, que es a la que permanece y para la estamos creados. Y así nos encontramos en esta vida en la esperanza de alcanzar la otra, porque como podemos leer en las Coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre:

“Este mundo es el camino para el otro, que es morada sin pesar; mas cumple tener buen tino para andar esta jornada sin errar. Partimos cuando nacemos, andamos mientras vivimos, y llegamos al tiempo que fenecemos; así que, cuando morimos, descansamos. Este mundo bueno fue si bien usáremos del como, debemos, porque, según nuestra fe, es para ganar aquél que atendemos. Y aun el hijo de Dios, para subirnos al cielo, descendió a nascer acá entre nos y vivir en este suelo do murió”.

El Espíritu Santo es el gran protagonista de nuestra esperanza:… Él nos asegura, que si hay esperanza es porque hay realidad, que si hay huellas en la playa, es porque alguien ha pisado en ella. Si hay un deseo de inmortalidad, es que existe la inmortalidad. No puede haber un desajuste tan total entre nuestros deseos y su realización. La vida, en términos generales, perdura mientras un orden más elevado domina a uno más bajo, y cuando el alma vive de Cristo que es eterno, también vive eternamente. Somos inmortales en el orden natural, porque Dios nunca olvidó que Él nos creó; somos inmortales desde el punto de vista sobrenatural porque vivimos en el Cristo inmortal. La muerte es exactamente lo contrario de todo esto, y se puede definir como el dominio de un orden inferior a uno superior. La planta muere cuando el orden químico la domina... El animal muere cuando un orden inferior, ya sea químico o vegetal, lo domina…. El cuerpo humano muere de manera muy similar… Y, ¿cuándo muere el alma? El ama muere cuando esa dominado el cuerpo que es de orden inferior, y a esta muerte se la llama pecado.

San Agustín escribía: La vida de tu cuerpo es tu alma, como la vida de tu alma es tu Dios. Como muere el cuerpo cuando se separa el alma que es su principio vital, así muere el alma cuando pierde a Dios, que es su vida.

Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.
Juan del Carmelo

JUEVES SANTO. MISTERIO EUCARÍSTICO


Caigamos de rodillas y pidámosle que nos alimente con su Eucaristía mientras recorremos el camino de la vida.

Hoy Jueves Santo sentimos una necesidad imperiosa de recordar y más que recordar llegar con nuestra imaginación y nuestro sentir hasta el Cenáculo, lugar que tuvo que quedar perfumado con las palabras eucarísticas que pronunció allí Jesús la misma noche en que sería entregado a la muerte.

En aquel sagrado recinto vemos a Cristo rodeado de sus apóstoles junto a una mesa y le vemos tomar el pan y el cáliz en sus manos sacerdotales para convertirlos en su Cuerpo y en su Sangre divinos.

Jesucristo se nos presenta con todo el poder de que es verdadero Dios, por su milagro, por el dominio de su pena interna, por el infinito amor con que corresponde a la soledad de los sagrarios de todo el mundo y de todos los tiempos, a los sacrilegios y perversiones de los corazones de los hombres, al desamor, y a la tibieza de los malos cristianos que lo reciben con gran indiferencia.

San Pablo nos dice: Porque yo aprendí del Señor lo que también os tengo enseñado; y es que el Señor Jesús, la noche misma en que había de ser entregado, tomó el pan y dando gracias lo partió y dijo a sus discípulos: "Tomad y comed. Esto es mi cuerpo que por vosotros será entregado a la muerte. Haced esto en memoria mía". Y de la misma manera el cáliz, después de haber cenado, diciendo: "Este cáliz es el Nuevo Testamento en mi sangre. Haced esto cuantas veces lo bebiereis en memoria mía, pues todas las veces que comierais este pan o bebierais este cáliz, anunciareis la muerte del Señor hasta que venga. Así es que, cualquiera que comiera este pan o bebiera el cáliz del Señor indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Porque quién lo come o bebe indignamente, se traga y bebe su propia condenación". (Cor, ll,2O-32).

Las palabras del Señor en esa noche son una promesa de amor de que jamás estaremos solos sin El, de que podremos alimentar nuestra alma y cuerpo con el mismo Dios nuestro Creador que se quedó en el Sagrario pero también palabras fuertes de una advertencia grave para que no tomemos a la ligera al acercarnos a recibirle sin que antes reconciliemos nuestro corazón, si le hemos ofendido gravemente, con el acto humilde de reconocer nuestros pecados en el Sacramento de la Penitencia.

Y de nuevo ante esta inconmensurable escena de amor en la noche del Jueves Santo podemos ver su rostro trasfigurado y sus ojos llenos de pesadumbre, su corazón dolorido y sus palabras misteriosas para quedarse por siempre, hasta la consumación de los siglos, entre los hombres.

Caigamos de rodillas y pidámosle que nos alimente con su Eucaristía mientras recorremos el camino de la vida, que nos consuele en nuestras penas, que participe de nuestras alegría y que nos ayude a no perder la gracia para poderlo recibir frecuentemente y de una manera digna.