El estrés se ha convertido en una palabra cotidiana de nuestros tiempos y es considerado uno de los grandes males que nos tocan padecer, sin distinción de edad, género o clase social.
Por: Joaquín Rocha | Fuente: iglesia.org
-¿Quién sabe algo de Juan?
-Fue al médico. Parece que lo de la presión es por el estrés.
-¡Qué cara tenés!
-Es que ando estresado.
Comentarios como éstos y muchos más son usados,
hoy, corrientemente para explicar un estado sin que la mayoría de las personas
tenga claro en qué consiste.
El estrés se ha convertido en una palabra cotidiana de nuestros tiempos y es
considerado uno de los grandes males que nos tocan padecer, sin distinción de
edad, género o clase social. Las personas que manejan un alto grado de
responsabilidad suelen ser las más afectadas por este trastorno que se está
transformando, cada vez más, en una especie de enfermedad alarmante.
¿SABEMOS DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE ESTRÉS?
El empleo de este término se ha popularizado sin que la mayoría de las personas
sepa realmente qué significa. Etimológicamente, proviene del participio latino
(strictus) del verbo stringere que significa provocar «tensión».
El ritmo acelerado de vida, así como el desarrollo tecnológico y la prisa con
que debemos iniciar y vivir cada día ha creado una tensión permanente en
nuestro diario vivir que nos lleva a estar angustiados, ansiosos, apurados y
perder vitalidad. Esto hace que nuestro organismo emita una respuesta a
semejante cantidad de estímulos o, dicho de otra manera, el estrés es la
respuesta «adaptativa» del organismo ante los diversos «estresores».
Esta adaptación a las condiciones de cambio se denomina «síndrome general de adaptación». La utilización
actual del término tiene su antecedente fundamental en la teoría de la
adaptación: «Síndrome General de Adaptación»
(G.A.S), del húngaro y endocrinólogo de la Universidad de Montreal, Hans Selye,
a quien, posteriormente, se ha llamado «padre del
estrés».
El estrés es algo habitual en nuestras vidas, no puede evitarse, ya que
cualquier cambio al que debamos adaptarnos representa estrés. Es la reacción de
nuestro organismo frente a la presión constante, y, cuando los mecanismos de
recuperación fallan, se produce las enfermedades de adaptación. La
disconformidad crónica, el apuro, la urgencia, los estados ansiosos, los
sentimientos de impotencia, el alerta constante, el miedo irracional, las
preocupaciones económicas, laborales o escolares y otras generan,
consecuentemente, ansiedad, angustia y tensión. Nuestro cuerpo responde con
cansancio, problemas digestivos, dolores de cabeza, pérdida del apetito se nos
olvidan las cosas, cambia nuestro estado de ánimo, tenemos problemas para
dormir o descansar, dolores musculares, irritabilidad o aislamiento, aumentan
las frecuencias respiratorias y cardíacas, entre otras. Cuando estos síntomas
perduran y se instalan en el tiempo, el estrés se constituye en un proceso
relativamente independiente del síndrome general de adaptación, en una "enfermedad" en sí misma. Cualquier
suceso que genere una respuesta emocional puede causar estrés. Las experiencias
estresantes provienen de tres fuentes básicas: nuestro
entorno (referente a las condiciones ambientales, como el ruido, las
aglomeraciones, etc.), nuestro cuerpo y nuestros pensamientos. Esto
incluye tanto las situaciones positivas (el nacimiento de un hijo, matrimonio),
como las negativas (pérdida del empleo, muerte de un familiar).
LAS SITUACIONES QUE PROVOCAN ESTRÉS EN UNA PERSONA
PUEDEN RESULTAR INSIGNIFICANTES PARA OTRA.
Si logramos percibir estos síntomas como alertas y no como parte normal de
nuestra vida, si aprendemos a escucharlos como mensajes que nos dicen que
estamos a punto de perder el equilibrio que debe haber entre las presiones
diarias y nuestra capacidad de respuesta a ellas, es el momento justo de
otorgarnos un respiro y tomarnos un tiempo para nosotros mismos.
Pero ¿cómo darnos ese respiro con todas las
exigencias que nos abruman? Lo primero que deberíamos hacer es discernir
entre lo que tiene una importancia vital y lo que no. Muchas de ellas son
autoexigencias que nuestro "deber ser" nos
impone. Las situaciones que no podemos controlar son, a menudo, las más
frustrantes. Uno puede sentirse mal simplemente por ejercer presión sobre uno
mismo: sacar buenas notas, tener aspiraciones en un
trabajo, la autocrítica desmedida es una de las causas principales.
El estrés no siempre es malo. De hecho, un poco de estrés es bueno. Por
ejemplo, la presión de la competición (competencia en el sentido de mejorar)
permite el logro de los objetivos. Sin el estrés de alcanzar la meta, la
mayoría de nosotros no sería capaz de terminar un proyecto o de llegar a
trabajar con puntualidad.
¿QUÉ HACER, ENTONCES, FRENTE AL ESTRÉS?
No preocuparnos de las cosas que no podemos controlar. (No sólo en los días
soleados suceden cosas buenas.)
Hacer algo con las cosas que sí podemos controlar. (Aprendamos a poner límites
a aquellos que nos exigen dar o hacer más de lo que podemos dar o hacer.)
Prepararnos, lo mejor posible, para sucesos que sabemos que pueden ocasionarnos
estrés. (Al fin de cuentas, esas circunstancias también pasaran, y vendrán
otras mejores.)
Esforzarnos por resolver los conflictos con otras personas. (Un buen diálogo
quiebra barreras y concilia los ánimos.)
Pedir ayuda a nuestros amigos, familiares o profesionales. (Dejar la
omnipotencia de lado no es signo de debilidad.)
Fijarnos metas realistas en casa, en el trabajo o en la escuela. (Poner mucha
expectativa en un proyecto, casi imposible acarrea desdicha.)
No olvidar de realizar una actividad física (Alguien dijo mens sana in corpore
sano
Orar un poco más. (La buena oración nos conecta con lo trascendente.)
Tratar de ver los cambios como desafíos positivos, no como amenazas. (Dice el
saber popular "no hay mal que por bien no venga".)
Poner más atención en lo que tenemos y no en lo que nos falta. (Por ahí,
descubrimos lo inmensamente ricos que somos.)
Seguramente, dado los tiempos que corren, no podremos eliminar, del todo, las
fuentes que nos suscitan estrés, sin embargo, sí podemos aprender a buscar un
equilibrio ante las consecuencias que la presión y las exigencias excesivas
generan. Si logramos no llegar a los extremos, tal vez entonces, tengamos
tiempo para disfrutar y ver la vida desde un lugar más positivo.








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