viernes, 31 de enero de 2020

EL VERDADERO ECUMENISMO


Es la participación de la verdad ontológica que, en su dimensión trascendente y sobrenatural, se encarna en Jesucristo Dios y hombre verdadero.

Por: Manuel Ocampo | Fuente: InfoCatolica.com
Para entender el verdadero ecumenismo es necesario integrar la fe y la razón, porque en el catolicismo la gracia no anula la naturaleza sino que la perfecciona. Por eso es fundamental comprender que la pluralidad no tiene sentido sin la unidad de la verdad. Sin unidad, la pluralidad se disuelve en la nada. De modo que hablar de la unidad en la verdad es hablar de ecumenismo verdadero como participación de la verdad ontológica que, en su dimensión trascendente y sobrenatural, se encarna en Jesucristo Dios y hombre verdadero.

Una vez que comprendemos la necesidad de la unidad y la verdad como fundamento de todo ecumenismo, el otro término necesario es el diálogo que no tiene sentido si no hubiera unidad en la verdad, o si el hombre fuera incapaz de alcanzar la verdad del ser. De aquí que el falso ecumenismo se caracterice por la negación de la Verdad. Su esencia es el intento de llegar a un acuerdo a partir de verdades y opiniones parciales que no tienen referencia a la Verdad objetiva y única. Por todo eso es muy importante resaltar que sin verdad objetiva no hay diálogo ni hay ecumenismo sino infinidad de conflictos.

Otro punto importante es que el Cuerpo Místico de Cristo es esencialmente ecuménico, de modo que todo movimiento que tienda a restaurar la plenitud de la unidad de la única Iglesia para que todos sean uno, bajo un solo Pastor, es verdadero ecumenismo. El ecumenismo hace referencia a la humanidad salvada por Cristo, que es la Iglesia verdadera. Por eso el sincretismo que se funda en la opinión equivocada de que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, acaban rechazando la verdadera religión y oponiéndose al ecumenismo.[1]

Si queremos un verdadero ecumenismo es necesario mencionar que la primera premisa para que el ecumenismo sea verdadero es que ninguna religión puede ser verdadera fuera de aquella que se funda en la palabra revelada de Dios, es decir, fuera de la Iglesia Católica, que tiene como única Cabeza a Jesucristo (Mt 16,18; Lc 22, 32; Jn 21, 15-17).[2] Una verdad, una comunidad sobrenaturalmente perfecta. Esta es la razón por la que la Sede Apostólica no debe participar en Congresos en donde se sostenga que la Iglesia está dividida en partes, porque no debe dar autoridad a una falsa religión cristiana, totalmente ajena a la única y verdadera Iglesia de Cristo.[3]

Los falsos ecumenismos buscan transacciones sobre algo imposible que es el hecho de que la Iglesia Católica es la depositaria de la doctrina íntegra y sin errores. Y es que esto es tan sencillo como el principio de contradicción. No pueden formar una comunidad de hombres quienes afirman que la Sagrada Tradición es la fuente genuina de la Revelación y quienes lo niegan.[4] El único modo de unir a los cristianos es procurar su retorno a la única y verdadera Iglesia de Cristo. Porque quien no está unido al Cuerpo místico de Cristo no puede ser miembro suyo por no estar unido con a la Cabeza del mismo Cristo (Ef 5, 30; 1, 22). La Constitución Lumen Gentium, en su número 15 califica la comunión de los disidentes, como cierta comunión imperfecta. Pero eso no contradice que los elementos dispersos en esas comunidades sólo existen juntos en su plenitud en la Iglesia Católica. Por eso el verdadero ecumenismo, debe intentar hacer crecer la comunión parcial existente entre los cristianos, hacia la comunión plena en la verdad y en la caridad.[5] El verdadero ecumenismo consiste en el retorno pleno con miras a alcanzar la plenitud en el tiempo, encaminándonos a la unidad absoluta del Cielo.

El decreto Unitatis redintegratio del Concilio ecuménico Vaticano II, manifiesta la finalidad del Concilio, que fue promover la restauración de la unidad de todos los cristianos en la única Iglesia fundada por Cristo. De modo que la división actual es un escándalo y un obstáculo que impresiona porque es como si Cristo estuviera dividido. Lamentablemente en la única Iglesia verdadera, se han producido escisiones de las que han surgido comunidades que se nutren de la fe en Cristo, pero que a pesar de las divisiones tienen alguna comunión, aunque no sea perfecta, con la Iglesia Católica. Y por eso, a pesar de las discrepancias graves en doctrina, disciplina y estructura, los miembros de estas comunidades son reconocidos como hermanos en el Señor [6]. Pero hay que aclarar que los hermanos separados no gozan de la unidad, y que sólo por medio de la Iglesia Católica de Cristo puede conseguirse la plenitud total de los medios salvíficos, porque el Señor entregó todos los bienes del Nuevo Testamento a un solo Colegio apostólico que constituye un solo cuerpo. La caridad, el perdón, la conversión y la santidad son el alma de todo movimiento ecuménico.[7] Nada es tan opuesto al ecumenismo como el irenismo que consiste en el intento de desvirtuar la pureza de la doctrina católica y oscurecer su genuino y verdadero sentido.[8]

Uno de los problemas centrales que enfrenta el ecumenismo, es que en lo que respecta a las comunidades occidentales que discrepan entre sí y con la Iglesia Católica, hay discrepancias esenciales de interpretación de la verdad revelada.[9] Una falta grave de un falso ecumenismo, es ocultar los temas esenciales que podrían dificultar o incluso hacer imposible el diálogo. Eso es muy grave porque denota falta de fe y de ecumenismo, al ir en contra la unidad de la Iglesia. También son muy graves los intentos de acuerdos y compromisos que confunden a todos en lo que se refiere a la verdad única e indefectible de la Iglesia. Eso confunde a los hermanos separados y a los fieles de la Iglesia, lo cual también constituye una falta de fe, de esperanza y de caridad, porque el error debe ser rechazado.[10] Para reintegrar la unidad es indispensable conservar íntegro e intacto el depósito de la fe (Ef 5, 20) para que todos vengan a compartir con nosotros el don de Dios.[11] Por eso San Juan Pablo II nos alerta de ese falso ecumenismo que invade y corrompe, confunde y disuelve.[12] Si hay discordancias en temas esenciales, la verdad exige que se llegue hasta el fondo.[13]

Por otra parte hay que añadir que el problema no se reduce al ecumenismo, es decir, respecto a las iglesias cristianas, sino al diálogo interreligioso que es el diálogo con otras religiones no cristianas. Para enfrentar este reto, es necesario vacunar de una falsa complementación con las otras religiones, ya que absolutamente ninguna religión histórica fuera de la Iglesia Católica, ofrece la verdad completa sobre Dios.

Un ecumenismo que no señala claramente las divergencias esenciales en cuanto a la interpretación de la Verdad revelada, es un falso ecumenismo. Los protestantes son nuestros hermanos por la fe en Jesucristo y por el Bautismo en Cristo, pero lamentablemente están fuera de la unidad orgánica de la Iglesia y por lo mismo no disponen de la plenitud de los medios sobrenaturales de la salvación y están separados de la comunión perfecta.

Además de todo lo anterior, los católicos debemos saber que todos los hombres, de cualquier religión o sin religión, son nuestros hermanos por haber sido creados a imagen y semejanza de Dios y, por tanto, son miembros potenciales del Cuerpo Místico, ya que esperan la predicación de la Palabra de la única Iglesia verdadera que es la Iglesia Católica. De aquí se desprende la importancia de la Evangelización, porque gracias a la evangelización es posible que todos los hombres lleguen al conocimiento y a la plena comunión con la Verdad.

En suma, no hay verdadero ecumenismo ni diálogo sin unidad y sin verdad. Porque sin unidad, la pluralidad se disuelve en la nada. La unidad en la verdad es la esencia del ecumenismo auténtico, por lo que todo “ecumenismo” que pretende ocultar las discrepancias esenciales y realizar acuerdos y compromisos que confunden, constituye una falta grave de fe, esperanza y caridad.

NOTAS:
[1] Cfr. Pío XI. Mortliun animos, n.3.
[2] Cfr. Idem, n.8.
[3] Ibidem.         
[4] Cfr. Idem, n.14.
[5] Cfr. Juan Pablo II. Ut unum sint, I, 14.
[6] Cfr. Unitatis redintegratio, I, n.3.
[7] Cfr. Idem, II, n.7 y 8.
[8] Cfr. Idem, II n.9-11.
[9] Cfr. Idem, III, 19.
[10] Cfr. Pacem in Terris, V, n.129 y 130.
[11] Cfr. Pablo VI, Ecclesiam Suam, B. n.53.
[12] Cfr. Juan Pablo II, Ut unum sint.
[13] Cfr. Idem, III, n79.

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