Se nos ha olvidado o hemos
querido que se nos olvide. O a lo mejor nadie nos lo dijo ni nos lo enseñó. Tal
vez no hemos caído en la cuenta viendo cómo se celebra muchas veces la santa
liturgia. Pero la liturgia es oración. Podría parecernos que no: que es acción,
movimiento, intervenciones, ruido, ajetreo, moniciones y discursos variados…
pero esa es la deformación de la liturgia, una deformación que padecemos y que
no acaba de corregirse ni atajarse: ¡tan metida
está en los espíritus secularizados de hoy que secularizan todo lo que tocan!
La liturgia es
oración: una
oración especial, en común, eclesial, que incluye diversos modos (luego los
veremos), con la presencia de Cristo glorioso («Donde dos o tres están
reunidos en mi nombre…»).
1.- REFLEXIONES DE UNA NOTA
DOCTRINAL
La liturgia es oración. Los
obispos españoles nos lo han recordado recientemente en una Nota doctrinal
sobre la oración cristiana, «Mi alma tiene sed del Dios vivo», de septiembre de 2019.
En esa nota leemos
lo siguiente, que después glosaremos:
La oración cristiana es
iniciativa de Dios y escucha del hombre. En esto se distingue radicalmente de
cualquier otro tipo de meditación. Desde sus inicios, la comunidad cristiana ha
rezado con los Salmos, aplicándolos a Cristo y a la Iglesia: en su variedad,
reflejan todos los sentimientos y situaciones de la vida de Jesús y de sus
discípulos. La práctica de la «lectio divina», recomendada
por la Iglesia, introduce al creyente en la historia de la salvación y
personaliza la relación salvífica de Dios con su Pueblo. El lenguaje eclesial
de la oración se encuentra sobre todo en la sagrada liturgia. El creyente «interioriza
y asimila la liturgia durante su celebración y después de la misma». De
este modo, al unir la oración personal y la liturgia, evita caer en el peligro
de un subjetivismo que reduce la oración a un simple sentimiento sin contenido
objetivo. El centro de la vida litúrgica lo constituye el sacramento de la Eucaristía,
«fuente y culmen de toda la vida cristiana» y,
por ello, la oración más importante de la Iglesia. El encuentro sacramental con
el amor de Dios en su Palabra y en el Cuerpo y la Sangre de Cristo que se vive
en la Santa Misa se prolonga en la adoración eucarística.
Vemos las principales
afirmaciones:
§ «La oración
cristiana es iniciativa de Dios y escucha del hombre»: se sigue en esto el dinamismo
de la Revelación. La iniciativa, libre y amorosa, proviene de Dios, y el hombre
recibe poniéndose a la escucha. La oración no es un vacío, la
nebulosa o la nada, sino la escucha ante el Tú de Dios. ¡Cuánto más en la
liturgia que se escucha su Palabra proclamada! Más aún… la liturgia no es mera reunión humana,
asamblearia; es un pueblo santo ante el Tú de Dios, ante Dios
mismo.
§ «Desde sus inicios,
la comunidad cristiana ha rezado con los Salmos». La Liturgia de las Horas, con
sus salmos, ha marcado la jornada diaria de la Iglesia al amanecer (Laudes) y
al atardecer (Vísperas), como los ejes fundamentales de su plegaria. La
Iglesia, por su naturaleza, es Iglesia orante, Ecclesia orans, ya que el mismo
Apóstol de las gentes mandó: «Orad sin cesar» (1Ts
5,17). La Liturgia de las Horas es la Iglesia en oración. En los salmos vemos a Cristo y/o a la Iglesia;
con los salmos oramos, en las pausas de silencio saboreamos y contemplamos; con
las lecturas, escuchamos y meditamos; con las preces santificamos la jornada en
Laudes o intercedemos por el mundo en Vísperas. Realmente es oración. Por eso
es bueno difundir su rezo entre todos como ya pedía el Concilio Vaticano II: «Se recomienda, asimismo, que los laicos recen el Oficio
divino o con los sacerdotes o reunidos entre sí e inclusive en particular» (SC
100).
Hemos de convencernos del valor orante de la Liturgia de las Horas: «El Oficio divino, en cuanto oración pública de la
Iglesia, es, además, fuente de piedad y alimento de la oración personal. Por
eso se exhorta en el Señor a los sacerdotes y a cuantos participan en dicho
Oficio, que al rezarlo, la mente concuerde con la voz, y para conseguirlo mejor
adquieran una instrucción litúrgica y bíblica más rica, principalmente acerca
de los salmos» (SC 90). Por eso las parroquias deben ser comunidades
cristianas de oración, «escuelas de oración», y
Laudes y Vísperas la oración de todos (cf. Juan Pablo II, Novo millennio
ineunte, 33-34).
§ «El lenguaje
eclesial de la oración se encuentra sobre todo en la sagrada liturgia». Quien participa en la liturgia
y se deja imbuir del espíritu litúrgico, va aprendiendo a orar y dirigirse a
Dios con los mismos términos con que la liturgia lo hace, con la misma
reverencia y recogimiento con que la Iglesia pronuncia sus plegarias. Sabemos
lo que es oración cristiana porque participamos en la oración litúrgica de la
Iglesia. Y su lenguaje es lenguaje de oración en la liturgia
que modela nuestra alma. La liturgia es una gran escuela de fe y de oración: hemos de
apreciarla. Y decir «escuela» no
significa –por si acaso, lo matizamos- que haya que multiplicar elementos
didácticos, moniciones, diálogos, carteles, etc. De por sí, en sí misma, la
liturgia en su desarrollo es ya escuela de oración.
§ «El creyente
«interioriza y asimila la liturgia durante su celebración y después de la
misma». Cita esta Nota de los obispos
el Catecismo de la Iglesia Católica en su número 2655. Como la liturgia no es
mero ceremonial, acción, o happening en otro sentido opuesto, sino oración de
la Iglesia, el creyente debe ir asimilando, interiorizando, haciendo suya la
liturgia misma en cuanto que es oración. «Durante», dice el texto: la liturgia misma es oración al ser celebrada y durante
la liturgia el creyente debe orar con la liturgia, orar la liturgia,
interiorizar cuanto en la liturgia se reza o se canta. Y también «después»: acostumbrarse en la oración personal, en la
meditación, a tomar la liturgia, sus oraciones, sus prefacios, sus textos, sus
antífonas, etc., y saborearlas despacio, extraer toda la riqueza que contienen,
imbuir el alma de esta «theologia prima», de esta teología primera que
es la liturgia.
§ «Al unir la oración
personal y la liturgia, evita caer en el peligro de un subjetivismo que reduce
la oración a un simple sentimiento sin contenido objetivo». Hay un peligro real: el
subjetivismo, cargado de emoción y sentimientos, que sólo valora lo que me
provoca emociones, sentimientos… Este subjetivismo todo lo
reduce a emoción y sentimiento, al mero movimiento afectivo. También la fe la
reduce a sentimiento. La oración personal unida a
la liturgia nos cura de esas emotividades, de ese subjetivismo, para situarnos
frente al Misterio de Dios, la Verdad revelada. Entramos en lo objetivo: la liturgia, el orden de la revelación, la fe recibida. El
paso ciertamente es difícil acostumbrados a buscar lo emotivo, lo sentimental,
lo que me apetece, lo que me llena, etc., marcados por esta «sociedad líquida» que dicen los expertos de estas
materias.
§ «El centro de la
vida litúrgica lo constituye el sacramento de la Eucaristía, «fuente y culmen
de toda la vida cristiana» y, por ello, la oración más importante de la
Iglesia». ¡Quién lo diría! La celebración de la Santa Misa
es oración, «la oración más importante de la
Iglesia». Aparentemente, no. Se celebra terriblemente mal (en general):
abuso de moniciones, cantos ruidosos que no son litúrgicos, omisión de los
momentos de silencio, etc. Además, a veces se entiende lo de orar en la Santa
Misa como rezar cada cual por su cuenta lo que pueda y sepa. Tampoco es eso.
Lo
que se trata es de orar la Santa Misa, orar con la Santa Misa, con sus
himnos y cantos, con sus oraciones y prefacio y plegaria eucarística, meditar
con las lecturas bíblicas, orar en silencio en las distintas pausas… uniéndonos
al sacerdote y ofreciéndonos al Padre por sus manos junto con el Sacrificio de
Cristo: «aprendan a ofrecerse a sí mismos al
ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente
con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y
entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos» (SC 48).
§ «El encuentro
sacramental… que se vive en la Santa Misa se prolonga en la adoración
eucarística». ¡Vivir la adoración eucarística siendo almas
eucarísticas! Allí se forja la oración personal, adorando en silencio a Jesucristo en
la custodia. ¡Horas de Sagrario y de adoración ante el Santísimo! ¡Cuánto
bien hace al alma! Ahí el creyente está ante el Tú de Jesucristo, ahí ama y es amado,
escucha lo que Cristo pronuncia, medita, pide, intercede.
Sin duda, para la oración
cristiana, es un beneficio enorme prolongar la Santa Misa con la adoración
eucarística. «Todo el que se vuelve hacia el
augusto sacramento eucarístico con particular devoción y se esfuerza en amar a
su vez con prontitud y generosidad a Cristo que nos ama infinitamente,
experimenta y comprende a fondo, no sin gran gozo y aprovechamiento del
espíritu, cuán preciosa es la vida escondida con Cristo en Dios y cuánto sirve
estar en coloquio con Cristo: nada más dulce, nada más eficaz para recorrer el
camino de la santidad» (Pablo VI,
Mysterium fidei, 8). «La presencia de Jesús en el tabernáculo ha de ser como un polo de atracción
para un número cada vez mayor de almas enamoradas de Él, capaces de
estar largo tiempo como escuchando su voz y sintiendo los latidos de su
corazón. «¡Gustad y ved qué bueno es el Señor¡»
(Sal 33 [34],9)» (Juan Pablo II, Mane nobiscum Domine, 18). Por ello, se
nos invita: «La adoración eucarística fuera de
la Misa… Postrémonos largo rato ante Jesús presente en la Eucaristía,
reparando con nuestra fe y nuestro amor los descuidos, los olvidos e incluso
los ultrajes que nuestro Salvador padece en tantas partes del mundo.
Profundicemos nuestra contemplación personal y comunitaria en la adoración, con
la ayuda de reflexiones y plegarias centradas siempre en la Palabra de Dios y
en la experiencia de tantos místicos antiguos y recientes» (ibíd.).
Éstas son las enseñanzas de
nuestros Obispos sobre las relaciones entre la liturgia y la oración personal.
Merece la pena conocerlas y ajustarnos a ellas.
OBISPOS, YOGA,
LITURGIA Y ORACIÓN (Y II)
2. LOS TIPOS DE ORACIÓN EN
LA LITURGIA
Si consideramos todo más generalmente, es decir, las relaciones entre oración y
liturgia, nos encontraremos con que la liturgia posee distintos tipos de
oración en sí misma:
§ Escucha: la oración es escucha de Dios en la lecturas bíblicas
de la Misa, de los sacramentos, del Oficio divino;
§ Intercesión: como son las preces de la Misa y de Vísperas; la
oración es interceder ante Dios por el mundo, por los hombres, por los que
sufren, por los enfermos, etc., mirando a los hombres con entrañas de
misericordia, haciendo nuestro su sufrimiento y pidiendo a Dios por ellos.
§ Meditación: los silencios de la liturgia, especialmente al final
de la liturgia de la Palabra, o los silencios en el Oficio divino, son momentos
de meditación cordial, sapiencial, de los textos bíblicos escuchados.
§ Contemplación:
especialmente la plegaria eucarística requiere silencio y contemplación por
parte de todos los fieles, así como la exposición del Santísimo es tiempo de
contemplación ante Él. No nos situamos en el vacío budista (ni de la meditación
trascendental, etc.) sino que estamos en silencio y amor ante Cristo.
§ Alabanza: la oración de
alabanza está muy presente, es más, marca su impronta a la Liturgia de las
Horas, que es el canto de alabanza al Señor, especialmente los salmos, así como
en la Misa el canto del Gloria, del Santo, las aclamaciones, etc.
§ Súplica: aspecto éste clarísimo en el acto penitencial de la
Misa, en el sacramento de la Penitencia y en otros momentos de la liturgia
(Kyries, el Agnus Dei…)
§ Acción de gracias: es el nombre mismo del sacramento de la Eucaristía,
acción de gracias, expresada, sobre todo, en el prefacio y toda la Santa Misa
en sí misma. “¡En verdad es justo y necesario, es
nuestro deber y salvación, darte gracias siempre y en todo lugar!”
Todos esos modos de oración se entrecruzan en la liturgia, le dan forma
espiritual. Cada creyente, viviendo la liturgia, está orando y avanza por la
senda de la oración.
3. RELACIÓN LITURGIA
Y ORACIÓN PERSONAL
Y es
que no hay otra forma: se trata de vivir
la liturgia como oración e irnos llenando, imbuirnos, del espíritu de la
liturgia meditando en la oración personal los textos litúrgicos. Así,
en cierto modo, se prolonga la liturgia en la oración personal y ésta va
asumiendo la espiritualidad litúrgica. Es el plan que sugiere el Catecismo:
“La misión de Cristo y del Espíritu Santo que, en la
liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el Misterio
de la salvación, se continúa en el corazón que ora. Los Padres espirituales
comparan a veces el corazón a un altar. La oración interioriza y asimila la
liturgia durante y después de la misma. Incluso cuando la oración se vive “en
lo secreto” (Mt 6,6), siempre es oración de la Iglesia, comunión con la
Trinidad santísima (cf. IGLH 9)” (CAT 2655).
Además, los textos litúrgicos deben ser fuente de
nuestra meditación personal, en diálogo con el Señor. La meditación
cristiana no es vacío, sino profundizar en las verdades de fe dialogando con
Cristo vivo. Para la
meditación personal, los textos litúrgicos son una fuente y una garantía de
ortodoxia, de fe eclesial, y nos ayudará a hacer nuestra la liturgia
interiorizándola; con palabras del Catecismo:
“La meditación es, sobre todo, una búsqueda. El
espíritu trata de comprender el porqué y el cómo de la vida cristiana para
adherirse y responder a lo que el Señor pide. Hace falta una atención difícil
de encauzar. Habitualmente se hace con la ayuda de algún libro, que a los
cristianos no les faltan: las sagradas Escrituras, especialmente el Evangelio,
las imágenes sagradas, los textos litúrgicos del día o del tiempo, escritos de
los Padres espirituales, obras de espiritualidad, el gran libro de la creación
y el de la historia, la página del “hoy” de Dios” (CAT 2705).
O con palabras de Pablo VI al hablar de las relaciones entre liturgia y oración
personal en la Constitución Laudis Canticum, al aprobar la
actual edición de la Liturgia de las Horas:
“Puesto que la
vida de Cristo en su Cuerpo Místico perfecciona y eleva también la vida propia
o personal de todo fiel, debe rechazarse cualquier oposición entre la oración
de la Iglesia y la oración personal; e incluso deben ser reforzadas e
incrementadas sus mutuas relaciones. La meditación debe encontrar un alimento
continuo en las lecturas, en los salmos y en las demás partes de la Liturgia de
las Horas. El mismo rezo del Oficio debe adaptarse, en la medida de lo posible,
a las necesidades de una oración viva y personal, por el hecho, previsto en la Ordenación
general, que deben escogerse tiempos, modos y formas de celebración que
responden mejor a las situaciones espirituales de los que oran. Cuando la
oración del Oficio se convierte en verdadera oración personal, entonces se
manifiestan mejor los lazos que unen entre sí a la liturgia y a toda la vida
cristiana. La vida entera de los fieles, durante cada una de las horas del día
y de la noche, constituye como una leitourgia, mediante la cual ellos se
ofrecen en servicio de amor a Dios y a los hombres, adhiriéndose a la acción de
Cristo, que con su vida entre nosotros y el ofrecimiento de sí mismo ha
santificado la vida de todos los hombres.
La Liturgia de
las Horas expresa con claridad y confirma con eficacia esta profunda verdad
inherente a la vida cristiana. Por esto, el rezo de las Horas es propuesto a
todos los fíeles, incluso a aquellos que legalmente no están obligados a él”.
4. ¿QUÉ HACER?
Al
hilo de la Nota doctrinal de los Obispos, dar el valor a la liturgia como
oración y enriquecer la oración personal con la liturgia. La oración cristiana
tiene como centro el Tú divino que se da en la liturgia.
Por tanto, no necesitamos ni del yoga, ni de la meditación trascendental, ni
semejantes.
La oración cristiana no es eso ni mucho menos –como acertadamente explica esa
Nota y la Carta Orationis formas-.
Para serenar el
alma, para pacificarla, para dominar las pasiones, etc., no necesitamos
recurrir a esas técnicas orientales, sino más bien a nuestra Fuente que es
Cristo dándose en la oración y la liturgia.
Hoy,
psiquiatras y psicólogos aconsejan a sus pacientes la práctica del yoga y
similares. Mejor iría todo, y ahí los médicos católicos podrían orientar mucho,
si aconsejaran una vida cristiana de oración: la
Misa bien vivida, el tiempo sereno ante el Sagrario, el rezo del rosario, la
Liturgia de las Horas… absteniéndose de aconsejar esas otras prácticas
orientales.
¿Qué hacer?
Vivir y enseñar a vivir la liturgia como oración, esto es, unirse a las oraciones que
el sacerdote pronuncia y hacerlas propias al oírlas. Para ello, recogimiento
del alma y atención a lo que se celebra y ser muy consciente de lo que decimos,
rezamos, contestamos, de las fórmulas de aclamación o himnos que nuestros
labios pronuncian o cantan (no hacerlo mecánicamente, sino que la mente
concuerde con la voz que decía S. Benito). Ese fue el sentido de la larga serie
en este blog de “Respuestas y aclamaciones":
ayudarnos a ser conscientes de lo que juntos oramos y respondemos.
En la liturgia, gozar de los momentos de silencio no como simples pausas, sino momentos de adentrarnos en el
Misterio, adorar, meditar, pedir, dar gracias.
Aprovechar
la Liturgia de las Horas como gran oración de alabanza a la Trinidad, de contemplación amorosa y
de súplica intercesora. Ya es hora de enseñar a rezarla, de divulgarla entre
todos los miembros del pueblo santo de Dios.
Intensificar
el culto eucarístico fuera de la Misa: la visita al Sagrario, la adoración
eucarística ante el Santísimo expuesto… porque ahí la Presencia real
de Cristo se ofrece y se entrega al alma. Se sale renovado, rejuvenecido en el
espíritu.
Y, asimismo, celebrar la liturgia –obispos y sacerdotes- con santa unción y devoción, con espíritu
sacerdotal y orante; cuidando las rúbricas,
porque son el camino para adentrarnos en el Misterio, y desterrando tanta
secularización de la liturgia: ni moniciones, ni ofrendas raras, ni cantos
sentimentales alitúrgicos; evitando, rechazando, convertir la liturgia en un
happening o en una sesión de catequesis con tanta palabrería.
Hacer de la liturgia fuente de meditación personal. Tras
la celebración de la liturgia, corresponde al orante sumergirse en ella de otro
modo: las oraciones colectas, los prefacios, los himnos de la Liturgia de las
Horas, las preces de Laudes, etc., son un material precioso para ir
saboreándolo y apropiándose de él, con sabiduría del corazón. Por ejemplo,
tomar para todo el Adviento las preces de Laudes como guía de oración o
penetrar en la espiritualidad pascual con los prefacios pascuales… ¡Ese es camino seguro y eclesial de oración meditada!
Javier Sánchez
Martínez








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