martes, 5 de abril de 2011

ORACIÓN Y VIDA CORRIENTE


Jean Corbon (1924-2001) fue profesor de liturgia en el Líbano.

Escribió la cuarta parte del Catecismo de la Iglesia Católica (sobre la oración), en una época (finales de los años ochenta) en que eran frecuentes los bombardeos sobre Beirut. A veces, cuando sonaban las alarmas y debía ir al sótano junto con otras personas, seguía allí trabajando. Es lógico imaginar que quien recibió, en aquellas circunstancias, el encargo de explicar qué y cómo es la oración de los cristianos, lo haría pidiendo la paz de Cristo para todos.

La oración es básicamente el diálogo personal con Dios, realizado con palabras espontáneas o con fórmulas cristianas tradicionales (el Padrenuestro, el Avemaría, etc.), o incluso con pocas palabras, pues basta una mirada de afecto, una sonrisa agradecida, un ofrecimiento de una pena. La oración presupone y demuestra la fe, y también la fortalece. Y siempre, de alguna manera, se traduce en compromiso de servicio: no tiene nada que ver con una huída de la vida, de las necesidades de los demás o de los asuntos cotidianos, la mayoría bien normales o corrientes, y de los otros no tan corrientes, pero que la vida trae consigo en forma de dificultades o crisis.

En casa de su amigo Lázaro, Jesús le dice a Marta: Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada(Lc 10, 38-42).

Esto no significa que Marta tuviera que abandonar sus tareas para sentarse como su hermana a escuchar al Maestro. Significa que el activismo sin la oración no sirve de mucho, y puede convertirse en un obstáculo para uno mismo y para los otros. Se trata de una llamada a la prioridad de la oración como raíz y alimento, impulso y alma de la vida ordinaria. Y, para la mayor parte de los cristianos (los fieles laicos), es una exhortación a la contemplación de Dios, suma belleza, bien y verdad; no al margen de lo ordinario, sino en y por las mismas tareas familiares, profesionales y sociales de cada día.

Esto en la práctica se consigue si se dedican ratos diarios, concretos y exclusivos a la oración (sin hacer otra cosa); y con un esfuerzo, sostenido por la dirección espiritual, para convertir el día en una relación con Dios que tenga por centro y raíz la Eucaristía. Todo ello, sin salirse cada uno de su sitio, de las actividades normales y de los propios deberes con los demás, con el convencimiento de que la oración es garantía de una vida humana y cristiana plena. De esta manera, el cristiano corriente (que no es sacerdote ni religioso en el sentido canónico) que busca la amistad con Dios y lucha contra el pecado, está llamado a vivir con Cristo, gracias al Espíritu Santo, principio de unidad y vida en la Iglesia.

Desde esa íntima vida y unión con su Señor, el cristiano lleva a cabo el diálogo con Dios Padre (la oración), bajo el impulso del mismo Espíritu Santo que llenaba de amor el trato filial de Jesús con su Padre. Y así el cristiano poco a poco va aprendiendo a contemplar cuanto le rodea con los ojos de Cristo, a amar con Su corazón, a cultivar el espíritu de servicio y entrega por el bien de todos: Por Cristo, con El y en El (final de la Plegaria Eucarística) nos implicamos en la dinámica de su entrega(Deus caritas est, n. 13).

Por tanto la oración se vincula estrechamente a la Misa; de ella surge y en ella desemboca siempre, porque la Eucaristía es la actualización de la entrega de Cristo en la Cruz y su resurrección gloriosa. Por eso la Misa es centro y culmen de la vida cristiana, y escuela primera de la oración. En prolongación de la Misa y preparación de la siguiente, la oración cristiana se despliega a lo largo del día en acción de gracias y alabanza a Dios, petición e intercesión por todos, y reparación por los pecados del mundo. Todos los cristianos, y no sólo unos pocos elegidos, estamos llamados a una oración auténtica, que haga plena nuestra vida, aspirando a una unión con Dios más alta que la que pudiera lograr cualquier místicameramente humana.

Es importante darse cuenta de que la relación personal con Dios a través de la oración y los sacramentos, nos une con todos los miembros de la familia de Dios que es la Iglesia, a la que están llamadas todas las personas: “La unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega. No puedo tener a Cristo sólo para mí; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos o lo serán”. Así se entiende que el amor a Dios y al prójimo están realmente unidos: el Dios encarnado nos atrae a todos hacia sí (ib. 14). Y por eso la oración (junto con la Eucaristía) se vincula esencialmente al ejercicio práctico del amor, a una vida y un trabajo movido y finalizado por el amor.

En definitiva, nunca la oración cristiana auténtica es un ensimismamiento individualista. Esto se cumple incluso en oraciones tan “subidas” como la que puede mostrarse en el poema Noche oscura de San Juan de la Cruz: una canción del alma que busca a Dios, en medio de ciertas dificultades y pruebas (que todos, de una manera u otra, hemos de pasar). Ese poema se puede interpretar también, en un plano aún más profundo, como la canción de la Iglesia que anhela unirse aún más con Cristo, y comunicar su amor al mundo. Expresa, por tanto, el horizonte de la oración de todo cristiano, también de los niños y los sencillos.

La oración personal, si es verdadera, es oración en comunión de amor con Dios y los demás; y brota siempre de nuevo –desde esa comunión– para convertir la propia vida (las alegrías y las penas, el trabajo y el descanso, todas las tareas y actividades) en amor. Este es el fundamento - expresado en la Biblia y en los escritos de los santos con el símbolo del amor esponsal - de la inseparable unidad entre oración y vida, contemplación y acción, amor a Dios y amor al prójimo, vocación cristiana (laical, sacerdotal, religiosa) y misión de la Iglesia en el mundo y para el mundo. Ramiro Pellitero

Alejandro Llano

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