sábado, 7 de febrero de 2009

EL LOCO


En un pueblo rodeado de cerros habitaba un loco, la gente del pueblo le llamaba así: "EL LOCO".

¿Y por qué le llamaban así?, ¿Qué, acaso hacía cosas disparatadas, cosas raras, cosas diferentes a lo que hacen la mayoría de las personas, al menos en ese pueblo?

La gente al verlo pasar se reía y se burlaba de él; humildemente vestido, sin posesiones, sin una casa que se dijera de su propiedad, sin una esposa ni unos hijos; un desdichado - pensaba la gente, alguien que no beneficiaba a la sociedad; un inútil - comentaban otros.

Más he aquí que este viejo ocupaba su vida sembrando árboles en todas partes donde pudiera, sembraba semillas de las cuales nunca vería ni las flores ni el fruto, y nadie le pagaba por ello y nadie se lo agradecía, nadie lo alentaba, por el contrario, era objeto de burla ante los demás.


Y así pasaba su vida, poniendo semillas, plantando arbolitos ante la burla de los demás. Y he aquí que ese ser era un gran Espíritu de Luz, que ponía la muestra de como se deben hacer las cosas, sembrando, siempre sembrando sin esperar a ver el fruto, sin esperar a saborearlo.

Y sucedió que un día cabalgaba por esos rumbos el Sultán de aquellos lugares, rodeado de su escolta y observaba lo que sucedía verdaderamente en su reino, para no escucharlo a través de la boca de sus ministros. Al pasar por aquel lugar y al encontrarse al Loco le preguntó:
§ “¿Qué haces, buen hombre?”
Y el viejo le respondió:
§ Sembrando Señor, sembrando
Nuevamente inquirió el Sultán:
§ Pero, ¿cómo es que siembras?, estás viejo y cansado, y seguramente no verás siquiera el árbol cuando crezca. ¿Para qué siembras entonces?”
A lo que el viejo contesto:
§ Señor, otros sembraron y he comido, es tiempo de que yo siembre para que otros coman

El Sultán quedo admirado de la sabiduría de aquel hombre al que llamaban LOCO, y nuevamente le preguntó:
§ Pero no verás los frutos, y aun sabiendo eso continuas sembrando... por ello te regalaré unas monedas de oro, por esa gran lección que me has dado

El Sultán llamó a uno de sus guardias para que trajese una pequeña bolsa con monedas de oro y las entregó al sembrador.

El sembrador respondió:
§ Ves, Señor, como ya mi semilla ha dado fruto, aún no la acabo de sembrar y ya me está dando frutos, y aun más, si alguna persona se volviera loca como yo y se dedicara solamente a sembrar sin esperar los frutos, sería el más maravilloso de todos los frutos que yo hubiera obtenido, porque siempre esperamos algo a cambio de lo que hacemos, porque siempre queremos que se nos devuelva igual que lo que hacemos. Esto, desde luego, sólo cuando consideramos que hacemos bien, y olvidándonos de lo malo que hacemos
El Sultán le miró asombrado y le dijo:
§ “¡Cuánta sabiduría y cuánto amor hay en ti!, ojala hubieran más como tú en este mundo; con unos cuantos que hubiesen, el mundo sería otro; más nuestros ojos tapados con unos velos propios de la humanidad, nos impiden ver la grandeza de seres como tú. Ahora me retiraré porque, si sigo conversando contigo, terminaré por darte todos mis tesoros, aunque sé que los emplearías bien, tal vez mejor que yo. ¡Qué Dios te Bendiga!”

Y terminado esto, partió el Sultán junto con su séquito, y el Loco siguió sembrando y no se supo de su fin, no se supo si terminó muerto y olvidado por ahí en algún cerro, pero él había cumplido su labor, realizó la misión, la misión de un Loco.

Reflexión: Este cuento sirve para ilustrarnos lo que muchos seres hacen en este mundo, pero callados, sin esperar recompensa y he aquí que se requieren muchos locos en el mundo, seres que repartan la Luz, que den la enseñanza, que sean guías en este mundo tan hambriento de la enseñanza espiritual.

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