lunes, 5 de abril de 2010

UN VERDADERO MILAGRO


Hay quien dice que hoy día no existen milagros.
Son relatos del pasado oscurantista o eventos seudoreligiosos de la Edad Media, nunca verificables por la ciencia. Existe clara incompatibilidad entre la verdadera Ciencia y los Milagros. “Ni siquiera - dicen los ateos - en Lourdes, con fama de milagrero, se dan auténticos milagros”.

Nada novedoso tales aseveraciones. De siempre se ha dado en los incrédulos, frente a lo inexplicable, una postura de rechazo y negación. Y es que el ser humano ante lo sobrenatural, no halla respuesta lógica y lo fácil, es la negación del hecho milagroso como tal. Hasta la propia Iglesia, aparentemente la más beneficiada por la multiplicidad de milagros, es la más proclive a la no aprobación de los mismos, exigiendo como en Lourdes, exhaustivas pruebas de curación al Comité médico y a la Comisión científica.

Ahora bien, un milagro que está a la vista de todos los peregrinos, es el visitar el cuerpo incorrupto de la vidente de la Virgen, Sta. Bernadette. Hoy tendría 157 años. Expuesta en una urna, todo su físico aparece sin signo de corrupción alguna: Sangre líquida, hígado, dientes y uñas intactas, facciones de dormida. ¿Cómo denominar esto? ¿Casualidad o milagro? Juzgue cada visitante.
Miguel Rivilla Sanmartín

MENSAJE DE PASCUA DE BENEDICTO XVI


“La Pascua es la verdadera salvación de la humanidad”

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 4 de abril de 2010.
(ZENIT.org).-

Publicamos el mensaje de Pascua que pronunció Benedicto XVI este Domingo de Resurrección a mediodía, desde el balcón de la fachada de la Basílica Vaticana, antes de impartir la bendición "urbi et orbi".

"Cantemus Domino: gloriose enim magnificatus est". "Cantaré al Señor, sublime es su victoria" (Liturgia de las Horas, Pascua, Oficio de Lecturas, Ant. 1).

Queridos hermanos y hermanas:
Os anuncio la Pascua con estas palabras de la Liturgia, que evocan el antiquísimo himno de alabanza de los israelitas después del paso del Mar Rojo. El libro del Éxodo (cf. 15, 19-21) narra cómo, al atravesar el mar a pie enjuto y ver a los egipcios ahogados por las aguas, Miriam, la hermana de Moisés y de Aarón, y las demás mujeres danzaron entonando este canto de júbilo: "Cantaré al Señor, sublime es su victoria, / caballos y carros ha arrojado en el mar". Los cristianos repiten en todo el mundo este canto en la Vigilia pascual, y explican su significado en una oración especial de la misma; es una oración que ahora, bajo la plena luz de la resurrección, hacemos nuestra con alegría: "También ahora, Señor, vemos brillar tus antiguas maravillas, y lo mismo que en otro tiempo manifestabas tu poder al librar a un solo pueblo de la persecución del faraón, hoy aseguras la salvación de todas las naciones, haciéndolas renacer por las aguas del bautismo. Te pedimos que los hombres del mundo entero lleguen a ser hijos de Abraham y miembros del nuevo Israel".

El Evangelio nos ha revelado el cumplimiento de las figuras antiguas: Jesucristo, con su muerte y resurrección, ha liberado al hombre de aquella esclavitud radical que es el pecado, abriéndole el camino hacia la verdadera Tierra prometida, el Reino de Dios, Reino universal de justicia, de amor y de paz. Este "éxodo" se cumple ante todo dentro del hombre mismo, y consiste en un nuevo nacimiento en el Espíritu Santo, fruto del Bautismo que Cristo nos ha dado precisamente en el misterio pascual. El hombre viejo deja el puesto al hombre nuevo; la vida anterior queda atrás, se puede caminar en una vida nueva (cf. Rm 6,4). Pero, el "éxodo" espiritual es fuente de una liberación integral, capaz de renovar cualquier dimensión humana, personal y social.

Sí, hermanos, la Pascua es la verdadera salvación de la humanidad. Si Cristo, el Cordero de Dios, no hubiera derramado su Sangre por nosotros, no tendríamos ninguna esperanza, la muerte sería inevitablemente nuestro destino y el del mundo entero. Pero la Pascua ha invertido la tendencia: la resurrección de Cristo es una nueva creación, como un injerto capaz de regenerar toda la planta. Es un acontecimiento que ha modificado profundamente la orientación de la historia, inclinándola de una vez por todas en la dirección del bien, de la vida y del perdón. ¡Somos libres, estamos salvados! Por eso, desde lo profundo del corazón exultamos: "Cantemos al Señor, sublime es su victoria".

El pueblo cristiano, nacido de las aguas del Bautismo, está llamado a dar testimonio en todo el mundo de esta salvación, a llevar a todos el fruto de la Pascua, que consiste en una vida nueva, liberada del pecado y restaurada en su belleza originaria, en su bondad y verdad. A lo largo de dos mil años, los cristianos, especialmente los santos, han fecundado continuamente la historia con la experiencia viva de la Pascua. La Iglesia es el pueblo del éxodo, porque constantemente vive el misterio pascual difundiendo su fuerza renovadora siempre y en todas partes. También hoy la humanidad necesita un "éxodo", que consista no sólo en retoques superficiales, sino en una conversión espiritual y moral. Necesita la salvación del Evangelio para salir de una crisis profunda y que, por consiguiente, pide cambios profundos, comenzando por las conciencias.

Le pido al Señor Jesús que en Medio Oriente, y en particular en la Tierra santificada con su muerte y resurrección, los Pueblos lleven a cabo un "éxodo" verdadero y definitivo de la guerra y la violencia a la paz y la concordia. Que el Resucitado se dirija a las comunidades cristianas que sufren y son probadas, especialmente en Iraq, dirigiéndoles las palabras de consuelo y de ánimo con que saludó a los Apóstoles en el Cenáculo: "Paz a vosotros" (Jn 20,21).

Que la Pascua de Cristo represente, para aquellos Países Latinoamericanos y del Caribe que sufren un peligroso recrudecimiento de los crímenes relacionados con el narcotráfico, la victoria de la convivencia pacífica y del respeto del bien común. Que la querida población de Haití, devastada por la terrible tragedia del terremoto, lleve a cabo su "éxodo" del luto y la desesperación a una nueva esperanza, con la ayuda de la solidaridad internacional. Que los amados ciudadanos chilenos, asolados por otra grave catástrofe, afronten con tenacidad, y sostenidos por la fe, los trabajos de reconstrucción.

Que se ponga fin, con la fuerza de Jesús resucitado, a los conflictos que siguen provocando en África destrucción y sufrimiento, y se alcance la paz y la reconciliación imprescindibles para el desarrollo. De modo particular, confío al Señor el futuro de la República Democrática del Congo, de Guinea y de Nigeria.

Que el Resucitado sostenga a los cristianos que, como en Pakistán, sufren persecución e incluso la muerte por su fe. Que Él conceda la fuerza para emprender caminos de diálogo y de convivencia serena a los Países afligidos por el terrorismo y las discriminaciones sociales o religiosas. Que la Pascua de Cristo traiga luz y fortaleza a los responsables de todas las Naciones, para que la actividad económica y financiera se rija finalmente por criterios de verdad, de justicia y de ayuda fraterna. Que la potencia salvadora de la resurrección de Cristo colme a toda la humanidad, para que superando las múltiples y trágicas expresiones de una "cultura de la muerte" que se va difundiendo, pueda construir un futuro de amor y de verdad, en el que toda vida humana sea respetada y acogida.

Queridos hermanos y hermanas. La Pascua no consiste en magia alguna. De la misma manera que el pueblo judío se encontró con el desierto, más allá del Mar Rojo, así también la Iglesia, después de la Resurrección, se encuentra con los gozos y esperanzas, los dolores y angustias de la historia. Y, sin embargo, esta historia ha cambiado, ha sido marcada por una alianza nueva y eterna, está realmente abierta al futuro. Por eso, salvados en esperanza, proseguimos nuestra peregrinación llevando en el corazón el canto antiguo y siempre nuevo: "Cantaré al Señor, sublime es su victoria".

(Traducción distribuida por la Santa Sede)

FIESTA GRANDE EN LOS CIELOS


Porque en este día tú y yo podemos decir sí al amor y a la misericordia, podemos permitir a Dios que nos perdone.

Hay fiesta grande en los cielos. Los querubines, los serafines, los principados, las potestades, los ángeles de primera y de segunda fila, los arcángeles: todos cantan, danzan, gritan de alegría.

Porque un esposo infiel ha pedido perdón a su esposa. Y porque la esposa lo ha perdonado.

Porque un banquero honesto ha resistido a un soborno. Y porque un banquero deshonesto ha perdonado deudas injustas y ha repartido su dinero entre los pobres.

Porque un hijo caprichoso ha empezado a obedecer a sus padre. Y porque sus padres han aprendido que se logra más con el cariño que con la ira.

Porque un obrero holgazán ha pedido perdón a su jefe y ha empezado a trabajar en serio. Y porque su jefe ha empezado a darle un salario justo y a tratarlo verdaderamente como a hermano.

Porque un sacerdote tibio ha tirado por la ventana su egoísmo. Y porque un sacerdote anciano sigue dando en su parroquia consejos, homilías y reprimendas llenas de cariño.

Porque un médico ha decidido no abortar nunca más a ningún hijo, a pesar del riesgo de arruinar su carrera. Y porque otro médico rechazó ofertas desleales de una compañía farmacéutica y decidió no recetar nunca medicinas inútiles.

Porque un político perdió su cargo por ser fiel a la conciencia. Y porque otro político se atrevió a reconocer sus mentiras y afrontó una vida de aparente fracaso público y de verdadera victoria ética.

Porque un ateo superó sus prejuicios y sintió, como nunca, la existencia de un Dios cercano y bueno. Y porque un creyente no tuvo miedo de ser puesto en ridículo y comunicó con su alegría y su amor auténtico la belleza de vivir como católico.

Porque en este día tú y yo podemos decir sí al amor y a la misericordia, podemos permitir a Dios que nos perdone, y podemos perdonar también nosotros a quien nos deba algo.

Hay fiesta grande en los cielos. Sobre todo, porque el Padre nos ofrece continuamente a su Hijo, nos envía el Espíritu Santo, y tiene a su lado a una Virgen nazarena que supo decir siempre sí al amor y a la esperanza.
Autor: P. Fernando Pascual LC

LA SÁBANA SANTA ¿PRUEBA LA RESURRECCIÓN DE CRISTO?


El gran signo que hace creíble - digno de fe - el mensaje evangélico es el mismo Jesucristo.

La Sábana Santa de Turín despierta un enorme interés en los medios de comunicación. Artículos periodísticos, reportajes televisivos y tertulias radiofónicas se ocupan con frecuencia del singular objeto, encontrado en 1358, que ha sido venerado por los fieles como icono - ¿acaso reliquia? - de Jesucristo.

Pese al secularismo reinante, el hombre sigue teniendo ansia de lo sagrado y experimenta curiosidad por aquellos indicios que transparentan de algún modo la dimensión de misterio que a todos nos envuelve, sin que logremos dominarla confinándola dentro de los estrechos márgenes de nuestra razón.

Para el creyente, el Santo Sudario no "prueba" nada, ni tiene por qué hacerlo. La fe - aunque conforme a la razón - no es fruto de la razón, sino don de Dios que capacita al hombre para comprometerse libremente en la aceptación de la Verdad que le sale al encuentro en la persona de Jesucristo, Logos divino que excede - superando y nunca anulando - los límites del "logos" humano.

Exageran, por consiguiente, quienes pretenden ver en la Sábana Santa una prueba de credibilidad del cristianismo. El gran signo que hace creíble - digno de fe - el mensaje evangélico es el mismo Jesucristo. Él - como indica el Concilio Vaticano II - "con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con testimonio divino" (Dei Verbum, 4).

Pero exageran también quienes otorgan a la ciencia un grado de certeza que ésta no aspira a alcanzar. Los resultados de la prueba del carbono 14 realizada por científicos de Tucson, Oxford y Zurich al lienzo custodiado en Turín constituyen, sin duda, "un" dato a tener en cuenta, pero no "el" dato definitivo que obligue sin más a descartar "a priori" la posibilidad de que la tela pudiese ser el sudario que envolvió el cuerpo de Jesús.

No es preciso sumergirse en la "noche de la razón", ni pecar mortalmente contra el espíritu ilustrado, para reconocer que - al menos después de Popper y de Thomas S. Kuhn - la ciencia es más consciente de sus límites y de la provisionalidad de sus conclusiones. Dejemos, sin miedo, que los científicos estudien el misterioso tejido y esperemos - sin angustias "cientistas" - a que se pongan de acuerdo sobre los resultados.

Frente a la arrogancia racionalista y frente al irracionalismo ascendente, apostemos por una confianza razonable en una razón humana consciente de sus posibilidades y de sus límites y, por ello mismo, abierta a la dimensión del misterio allí donde - tal vez - podamos captar el eco de sus huellas.
Guillermo Juan Morado

domingo, 4 de abril de 2010

PARTIÓ A LA ETERNIDAD (1920 - 2010)


MARÍA DE JESÚS VÁSQUEZ

Se fue nuestra Reina y Señora de la Canción Criolla (Perú). Premiada con muchas condecoraciones, no solamente en el Perú, sino en el extranjero, partió humildemente tal como vivió. Sus restos se velan en el Museo de la Nación.

Tuve la oportunidad de conocerla en mis años mozos de parrandero, e inclusive la acompañé con mi guitarra en más de una ocasión.

¡Anda con Dios amiga mía!

¡Dale, Señor, el descanso eterno y que brille para ella la luz perpetua!
José Miguel Pajares Clausen
04 de Abril 2010

DE LA CENA PASCUAL - ¿O NO FUE PASCUAL? - QUE CELEBRÓ JESÚS CON LOS APÓSTOLES


Me parecen las fechas pascuales en las que nos hallamos, las idóneas para entrar en una bella cuestión histórica cual es la de la fecha y año en que se produjo la muerte de Jesús. Y para ello, amigo lector, lo primero a determinar, - ya verá Ud. porqué -, es si lo que Jesús celebró con sus principales discípulos, los apóstoles, fue o no una cena pascual al modo en que lo hacían sus compatriotas judíos, razón por la que vamos a ponernos a ello sin mayor dilación.

Lo primero que se ha de señalar es que entre los judíos, aunque el día grande de la pascua es el 15 de nisán, la cena pascual se realiza la víspera, esto es, el 14, “primer día de ázimos”, primero de los siete que los judíos se han de abstener de todo alimento fermentado con levadura.

Sobre la fecha en la que Jesús celebró la última cena con los apóstoles disponemos de un dato que es el único en el que, a los efectos, los cuatro evangelistas están de acuerdo: que su muerte se produjo un “día de la preparación”, esto es, un viernes, “parasceve” en griego...

“Y ya al atardecer, como era la Preparación, es decir, la víspera del sábado [...]” (Mc. 15, 42, acorde con Mt. 27, 62; Lc. 23, 54; Jn. 19, 31).

...en consecuencia con el cual, la última cena de Jesús con sus discípulos que tiene lugar la noche anterior a su muerte, se produjo necesariamente un jueves.

Hasta ahí el acuerdo, porque a partir de ahí, ya nada coincide en un relato, el de Juan, y los otros, los de los Sinópticos. Y es que para éstos, Jesús celebra la comida de Pascua el “primer día de ázimos”, es decir, en la fecha de la cena pascual: “Llegó el día de los ázimos, en el que se había de celebrar el cordero de Pascua; y envió a Pedro y a Juan diciendo: “Id y preparadnos la Pascua para que la comamos”” (Lc. 22, 7-8; similar a Mt. 26, 17 y Mc. 14, 12).

El 14 de nisán, pues. Lo que si bien hace el relato sinóptico, por lo que a la pascua se refiere, perfectamente acorde con lo que marca la Torah, tiene el inconveniente de que según él, la muerte de Jesús habría ocurrido un 15 de nisán, es decir, en plena pascua, con dos consecuencias inaceptables. Por un lado, la incompatibilidad del relato con la prohibición legal de los judíos de ejecutar a nadie en pascua. Y es que el solo contacto de un judío con un cadáver humano, como con toda claridad se expresa en el libro de los Números, lo convierte en impuro: “El que toque un muerto, cualquier cadáver humano, será impuro siete días” (Nu. 19, 11).

Y la impureza, en inhábil para celebrar la pascua: “Yahvé habló a Moisés en estos términos: «Di a los israelitas: Si uno de vosotros o de vuestros descendientes se encuentra impuro por un cadáver, o está de viaje en tierra lejana, también celebrará la Pascua en honor de Yahvé. La celebrarán el mes segundo [es decir, un mes después, el de iyar, pues el de nisán es el primer mes del año judío, ver Éxodo 12, 2]” (Nu. 9, 10-11).

Y por otro, la que representa el episodio de Simón de Cirene, quien como se sabe ayudó a Jesús a portar la cruz, el cual “volvía del campo”, cuando todo judío sabe que durante los días sagrados, - y el de la pascua es el más sagrado de todos -, el trabajo está estrictamente prohibido: “Ningún trabajo se hará en esos días” (Ex. 12, 16).

Para San Juan en cambio, la cena se celebra un día antes. Y es que según él, el día en que Jesús fue crucificado, era día de “comer la Pascua” (Jn. 18, 28), ésto es, 14 de nisán, lo que implica que la última cena de Jesús con sus apóstoles no habría acontecido el 14 (día de comer la pascua), sino el 13. Lo que queda perfectamente expresado en estas palabras, pertenecientes también al Evangelio de Juan: “Antes de la fiesta [nótese la locución, ‘antes’] de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena [...]” (Jn. 13, 1-2).

Ávidos de coordinar los relatos sinóptico y joanesco, esto es la fecha en la que Juan señala que se produce la última cena con el carácter pascual de dicha cena que señalan los Sinópticos, varios autores han intentado aportar soluciones.

Para unos, se trataría de una ruptura expresa de Jesús con la pascua judía, antecedente de todas las rupturas que habrían de venir luego culminadas con la completa emancipación del cristianismo frente al judaísmo del que procede.

Para otros, se trataría de una simple diferencia de costumbres entre los judíos de Judea y los judíos de Galilea - Jesús, no se olvide, era galileo -, los cuales comerían la pascua el 13 de nisán. Se basan los que así piensan en el hecho de que Galilea, territorio bien diferenciado de Judea, no forma parte del núcleo duro del judaísmo, y sobre todo, en la fama de los galileos contemporáneos de Jesús de no ser excesivamente estrictos en lo que a la práctica religiosa se refiere.

Para unos terceros, Jesús estaría celebrando la pascua al modo de los “esenios”, grupo judío que tras romper con el Templo, habría optado por adelantar algún día su celebración. Entre los signatarios de tal teoría, alguno tan ilustre como el Papa Benedicto XVI, quien en su Sermón del jueves santo 5 de abril de 2007, hace la siguiente afirmación: “El descubrimiento de los escritos de Qumran nos ha llevado a una posible solución convincente [sobre la discrepancia entre Juan y los sinópticos] que, si bien todavía no es aceptada por todos, tiene un elevado nivel de probabilidad [...] Él [Jesús] celebró la Pascua con sus discípulos probablemente según el calendario de Qumrán, es decir, al menos un día antes. La celebró sin cordero, como la comunidad de Qumrán”.

Como quiera que sea, a saber, que Jesús celebró una pascua de propia fundación, que celebró una pascua galilea, que celebró una pascua esenia, o que consciente de que el tiempo se acababa, simplemente no celebró la pascua sino una última cena con sus principales discípulos, hipótesis que no se ha de desdeñar, ese dato inicial, es decir, que Jesús celebró la cena en cuestión un día antes del día de aquél en el que los judíos comían la pascua, es el que habremos de retener como válido para determinar la fecha en la que fue crucificado.

Ahora bien, amigo lector, la secuencia normal de la Semana Santa aconseja dejar el tema para mañana, por lo que si decide Ud. volver a visitarnos, aquí estaremos gustosos para explicarle lo que sabemos, sometido, como siempre, a criterio más autorizado, entre los cuales, el de cuantos de Uds. deseen compartir con nosotros su opinión.
Luis Antequera

DEL AÑO EN QUE JESÚS FUE CRUCIFICADO, QUE NO FUE EL 33 SINO EL 30


Aceptando, según hacíamos ayer, la mayor coherencia del relato joanesco y, por lo tanto, que el viernes en que Jesús fue crucificado fue 14 de nisán y no 15, tal circunstancia concurrió en tres fechas a considerar: el 7 de abril del año 30, el 3 de abril del año 33, y el 30 de marzo del año 36. Antes del año 30, difícilmente pudo ocurrir la muerte de Jesús, porque entonces el fundador del cristianismo ni siquiera se habría bautizado, cosa que gracias a Lucas, sabemos ocurrió en el año 30: “En el año quince del imperio de Tiberio César [coincidente con el año 30 de nuestra era], siendo Poncio Pilato procurador de Judea [...]” (Lc. 3, 1).

Después del año 36 tampoco, porque ese mismo año 36, y gracias al historiador judío Flavio Josefo, - del s. I, quiere decirse, casi contemporáneo de Jesús -, sabemos que cesan en sus cargos dos de los personajes centrales de la Pasión: Pilatos y Caifás, el primero como procurador o prefecto, el segundo como sumo sacerdote. Unos ceses que se producen –también lo sabemos- muy a finales de año, pues el de Caifás es posterior al de Pilatos y el de éste es tan tardío que cuando llega Roma, por vía marítima con toda probabilidad, el Emperador Tiberio ya ha muerto (Ant. 18, 4, 2), siendo así que tal evento, según sabemos por Los doce Césares de Suetonio y también por Las Guerras judeo-romanas del propio Josefo (ver GueJu. 2, 9, 5), ocurrió el día 16 de marzo del año 37.

Tres fechas pues. Empecemos el descarte. Eliminar el año 36 no es difícil. Lucas nos dice que cuando Jesús toma el bautismo de manos del Bautista tiene unos treinta años, y dado que había nacido en el año –5 o 6 (ver en este mismo blog, Del año en que nació Jesús), aceptar que es crucificado en el año 36 nos lo presentaría colgado en la cruz a una edad bien sobrepasada los cuarenta que cuadra mal con el relato evangélico.

Nos quedan pues el año 30 y el año 33. Llegados a este punto, es interesante poner sobre la mesa otro dato, éste del Evangelio de San Juan, que consideramos crucial. Es el siguiente: “Los judíos entonces le replicaron [a Jesús] diciéndole: “¿Qué señal nos muestras para obrar así?” Jesús les respondió: “Destruid este santuario y en tres días lo levantaré”. Los judíos le contestaron: “¿Cuarenta y seis años se han tardado en construir este santuario y tú lo vas a levantar en tres días?”” (Jn. 2, 18-21).

Dado que la fecha en la que Herodes el Grande acomete la reconstrucción del Templo la podemos estimar, - una vez más gracias a Josefo -, en torno al año 19 a.C., esto sitúa la escena en cuestión (cuarenta y seis años después) en la pascua del año 28 d.C., primera de las tres que, según Juan, duraría el peregrinar de Jesús por tierras palestinas. A tenor de lo cual, como Jesús según Juan es crucificado durante la tercera pascua de su ministerio, tal habría ocurrido durante el año 30, concretamente el 7 de abril del año 30, fecha en la que, como hemos visto más arriba, el 14 de nisán coincidió en viernes. Todo lo cual, en favor del Evangelio de Juan, convierte a éste en perfectamente coherente consigo mismo y también, lo que no es poco importante, con los datos que aporta el historiador judío no cristiano, y por lo tanto no sólo imparcial sino ajeno al tema, Josefo. Pero tiene un inconveniente: convertiría el dato que aporta Lucas, esto es, la fecha en la que Jesús toma el bautismo de manos del Bautista durante el año 15 del imperio de Tiberio, en incorrecta, para ser precisos en algo tardía, porque Jesús no puede estar siendo crucificado el mismo año en el que está tomando el bautismo, aún en la hipótesis más favorable, la del propio Lucas, de que su ministerio sólo durara un año.

¿Qué hacer? La primera alternativa, Jesús es crucificado el 7 de abril del año 30, supone aceptar la plena coherencia del Evangelio de San Juan, y su no menos plena sintonía con Josefo. La segunda, Jesús es crucificado el 3 de abril del año 33, obligaría a reconsiderar el dato que aporta San Juan en Jn. 2, 18-21 en beneficio del que aporta Lucas en Lc. 3, 1. Pero si sobrevaloramos Lc. 3, 1 sobre Jn. 2, 18-21, entonces se ha de admitir que el propio Lucas al que estamos dando validez sobre Juan, está errado en la duración del ministerio de Jesús que establece en un año, y para subsanar el error, hemos de recurrir una vez más a Juan, aceptando con él, que dicho ministerio duró tres, única manera de que la hipótesis lucana, Jesús es bautizado en el 30 y crucificado en el 33, sea válida. A lo que añadir que la premisa inicial de nuestro análisis, Jesús muere un 14 de nisán y no un 15 de nisán, ya la habíamos adoptado de Juan en detrimento de Lucas.

Por todo lo cual, parece más lógico aceptar la entera coherencia de Juan, cuya información aceptaríamos como más trabajada - lo que nada tiene de particular por ser el Evangelio de Juan treinta años posterior al de Lucas -, que intentar contentarlo con Lucas, cuyo evangelio contiene errores e incoherencias, no sólo en lo relativo a la última cena, no sólo en lo relativo a la duración del ministerio de Jesús, sino también en otros aspectos de su relato, como el mismo nacimiento, donde aparentemente, Lucas sitúa mal la figura del gobernador Quirino.

Como quiera que sea, en el año 1933 el Papa Pío XI ya mandó celebrar el XIX centenario de la muerte de Jesús, - cosa que hizo mediante la Constitución apostólica Quod nuper -, optando, por lo tanto, por el año 33 como el más probable. Muy interesante será ver cual es la actitud que toma la Iglesia en el próximo año 2030, a saber, si invita a celebrar entonces el bimilenario de la ejecución más importante de la historia, o vuelve a optar con Pío XI por la alternativa según la cual Jesús habría sido crucificado en el año 33, y en consecuencia, postpone los fastos del bimilenario al año 2033.

Para ese entonces, es de esperar que algún avance en la exégesis o algún nuevo descubrimiento arqueológico aporte nueva luz a los hechos. Pero mientras ello no ocurra, la coherencia interna del Evangelio de Juan, a mí personalmente me invita a adherirme a la tesis joanesca de la crucifixión - ésta se produjo el 7 de abril del año 30 - perfectamente coherente consigo misma y con los datos que aporta el historiador imparcial Josefo, en detrimento de la joanesco-lucana - ésta se produjo el 3 de abril del año 33 -, que al solo objeto de dar validez a un dato de Lucas en detrimento de Juan, obliga a reconocer la validez de al menos tres datos de Juan, amén de los que aporta Josefo, en detrimento de Lucas.
Luis Antequera

SAN ISIDORO DE SEVILLA - 04 DE ABRIL


Obispo y Doctor de la Iglesia.

San Isidoro de Sevilla (560-636) es el último de los padres latinos, y resume en sí todo el patrimonio de adquisiciones doctrinales y culturales que la época de los padres de la Iglesia transmitió a los siglos futuros.

Isidoro fue un escritor enciclopédico, muy leído en la edad media, sobre todo por sus “Etimologías”, una “summa” muy útil de la ciencia antigua, en la que condensó los principales resultados más con celo que con espíritu crítico. Pero a pesar de poseer tan ricamente la ciencia antigua y de influir considerablemente en la cultura medieval, su principal preocupación como obispo fue lograr la madurez espiritual e intelectual del clero español. Para esto fundó un colegio eclesiástico, prototipo de los futuros seminarios, dedicando mucho de su laboriosa jornada a la instrucción de los candidatos al sacerdocio.

La santidad era algo común en la familia de san Isidoro: tres hermanos fueron obispos y santos - Leandro, Fulgencio e Isidoro -; una hermana – Florentina - fue religiosa y santa. Leandro, el hermano mayor, fue tutor y maestro de Isidoro, que quedó huérfano cuando era muy niño.

El futuro doctor de la Iglesia, autor de muchos libros que tratan de todo el saber humano: agronomía, medicina, teología, economía doméstica, etc., al principio fue un estudiante poco aplicado. Como tantos otros compañeros, dejaba de ir a la escuela para ir a vagar por los campos. Un día se acercó a un pozo para sacar agua y notó que las cuerdas habían hecho hendiduras en la dura piedra. Entonces comprendió que también la constancia y la voluntad del hombre pueden vencer las duras asperezas de la vida.

Regresó con amor a sus libros y progresó tanto en el estudio que mereció ser considerado el hombre más sabio de su tiempo - Isidoro sucedió al hermano Leandro en el gobierno de la importante diócesis de Sevilla -. Como el hermano, fue el obispo más popular y autorizado de su tiempo, y también presidió el importante concilio de Toledo, en el 633. Se formó con la lectura de san Agustín y de san Gregorio Magno, y aun sin tener el vigor de un Boecio o el sentido organizador de un Casiodoro, Isidoro compartió con ellos la gloria de ser el maestro de la Europa medieval y el primer organizador de la cultura cristiana. Isidoro fue muy sabio, pero al mismo tiempo de profunda humildad y caridad; no sólo obtuvo el título de “doctor egregius”, sino también la aureola de la santidad.
Autor: P. Ángel Amo

¡'TODO EMPIEZA DE NUEVO, CRISTO HA RESUCITADO!


¡Alegría de Cristo resucitado! ¡Alégrese toda la tierra! ¡Alégrate tú, Cristo te ha salvado!

Vamos a hacer de esta reflexión una contemplación de la experiencia que Pedro tiene sobre la resurrección de Cristo. Dice el Evangelio: “Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Nathanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos”.

Recordemos que Cristo ha resucitado. Todos han sido testigos: ha estado con ellos, les ha hablado y les ha prometido que dejaba al Espíritu Santo, han visto el milagro de Tomás; sin embargo, la soledad vuelve a rodearles. “Simón Pedro les dice: ‘Voy a pescar’. Le contestan ellos: ‘También nosotros vamos contigo’. Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada”. Los apóstoles estaban solos respecto a Cristo, solos respecto a su oficio de pescadores. ¡Y de pronto sucede algo que ellos no esperaban!

Una de las características de las apariciones de Cristo es la gratuidad. Cristo no se aparece para dar gusto a nadie. Cristo mantiene en sus apariciones una gratuidad. “Me aparezco cuando quiero, porque yo quiero”. Con lo que Él nos vuelve a manifestar que Él es el verdadero Señor de la existencia.

“Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era él. Díseles Jesús: Muchachos, ¿no tenéis pescado?” ¡Imagínense cómo le contestarían..., después de toda la noche trabajando se habían acercado a la orilla, y un señor imprudente les pregunta si no tienen pescado! Y Él les dice: “Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis”. Echan la red y resulta que ya no la pueden arrastrar por la abundancia de peces. ¿Qué sentirían?

“El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: Es el Señor”. De nuevo se repiten las mismísimas situaciones al primer encuentro con Jesús: Un día, después de pescar infructuosamente, todos en la barca regresan. Los experimentados han fracasado, y un novato les dice que echen ahí las redes, que ahí hay peces. La echan y efectivamente la red se llena.

¡Cuántas cosas semejantes al primer amor! Juan no lo narra, lo narran los otros evangelistas, pero sabe al primer encuentro. Y Juan, que ama y es amado, dice: “Es el Señor”. Reconoce los detalles del inicio de la vocación. Es como si Cristo buscase dar marcha atrás al tiempo para decir: “Todo empieza de nuevo, sois verdaderamente hombres nuevos”, como en el primer momento, como en el primer instante. Como que el primer amor vuelve a surgir desde el fondo de nosotros mismos para recordarnos que somos llamados por Cristo.

Juan, en la fe y en el amor, reconoce al Señor, y Pedro sin pensar dos veces, se lanza de nuevo hacia Él. Ya no es el Pedro del principio de este Evangelio: amargado, triste, enojado. Es un Pedro que ha oído: “Es el Señor”; y se lanza al agua. Y después viene toda esa hermosísima escena de la comida con Cristo, en la que el Señor produce de nuevo la posibilidad de comunión con Él, en amistad, en cercanía y en abundancia. “Siendo tantos los peces, no se rompió la red”.

Todo esto va preparando la experiencia de Pedro con Cristo. Hay ciertos temas que Pedro no ha tocado aún, hay ciertas situaciones que Pedro no se ha atrevido a señalar. Hay un aspecto que Pedro, aun estando con Cristo resucitado, no ha resuelto todavía: la noche del Jueves Santo; la negación de Pedro. Es un tema que Pedro tiene encerrado en un closet con siete llaves. Tan es así, que Pedro se lanza al aguan como diciendo: “aquí no ha pasado nada, yo vuelvo a ser el primero”. Y Cristo dice: “traed los peces”. Y Pedro es el primero en ir a buscarlos. Como si a base de estos gestos uno quisiese tapar aquellas cosas que no nos gustan que los demás vean.

Y continúa el Evangelio diciendo: “Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan ¿me amas?”. Cristo vuelve a preguntar por el amor. “[...] Apacienta a mis ovejas”. Cristo confirma a Pedro su misión.

Y este amor que Cristo nos propone, es un amor nuevo. No es el amor de antes, no es el amor de aquella jornada junto al lago en la que Cristo les pregunta: “¿Quién soy yo para vosotros?”, y Pedro responde: “eres el Hijo de Dios”. No es el amor de la sinagoga de Cafarnaúm cuando Cristo les dice: “¿También vosotros queréis marcharos?”, y responde Pedro: "Señor, ¿a dónde iremos?" No es el amor del jueves por la tarde, cuando Cristo le dice: “Uno de vosotros me va a entregar”, y Pedro salta. Cristo le dice: ¿Sabes qué? Tú me vas a negar tres veces. Y Pedro, explotando, dice: Yo antes daré mi vida que negarte a ti.

No es ese amor, no es el amor antiguo, el amor que nace de la propia decisión, el amor que nace, como un río, del propio corazón. Es el amor que, como lluvia, Cristo deposita sobre el desierto del alma de Pedro. Es el amor que se derrama sobre el alma, un amor que ya no procede de mi certeza, de mi convicción, de mi inteligencia, de mis pruebas, de mi tecnicismo; es el amor que nace sólo del apoyo que Cristo da a mi vida. Y ese amor es el amor que me va a hacer superar la debilidad para ponerme de nuevo en el seguimiento del Señor. No es el amor que nace de mí, sino el amor que viene de Él.

“En verdad, en verdad te digo, cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas a donde querías; pero cuando llegues a viejo extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras”. Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: Sígueme.

Y Pedro ve a Juan y le dice a Jesús; “Señor, y éste ¿qué?” Y Jesús le responde: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme”. Con esto Jesús le está diciendo: Olvídate de tu alrededor, deja de lado todos los otros apoyos que hasta ahora has tenido; tú, sígueme.

La resurrección, por sí misma, no es una garantía de nuestra proyección y lanzamiento con corazones resucitados. Habiendo sido testigos, nuestra vida puede continuar igual, sin transformaciones reales. Y esto lo vemos cada uno de nosotros en nuestra vida constantemente. Somos testigos de tantas cosas, y a lo mejor nuestra vida sigue igual.

La resurrección, el hecho de que veamos a Cristo, de que experimentemos a Cristo resucitado, la alegría de Cristo resucitado, a lo mejor, lo único que hace es dejar nuestra vida un poco más tranquila, pero no renovada. Sobre nuestra vida puede proyectarse la sombra del pasado o la incertidumbre del futuro. Nuestra vida puede seguir aferrada a antiguas certezas, a los criterios que nos han servido de brújula durante mucho tiempo.

Es bonito que Cristo haya resucitado, pero repasemos nuestra vida para ver cuántas veces pensamos que no nos sirve de mucho y que en el fondo hasta es mejor que las cosas sigan como están. Pedro no parece tener todavía una conciencia plena de lo que significa la resurrección de Jesucristo: lo vemos apegado a sus antiguos hábitos. Pedro sigue siendo el mismo, nada más que ahora se siente más solo, porque casi lo único que ha sacado en claro es la debilidad de su amor. Después de tres años, para Pedro lo único que prácticamente hay claro es que su amor es sumamente débil. Pedro se ha dado cuenta de que puede fallar mucho y de que no sabe ser roca para los demás. Junto a todas las cosas de que ha sido testigo tras la resurrección de Cristo, en el corazón de Pedro hay algo que pesa: la pena, el fracaso para con quien él más ama.

Esto es como una herida tremenda en el corazón de Pedro, que ni el Domingo de Resurrección, ni las otras apariciones han sido capaces de curar, de limpiar, de purificar. A pasar de todos sus esfuerzo - cuando le dice María Magdalena: “ahí está el Señor”, y corre; le dice Juan: “es el Señor”, y se lanza al agua -, el corazón de Pedro tiene una experiencia de profunda tristeza. Él sabe que es muy débil, más aún, nada le garantiza que no lo volvería a hacer, y casi prefiere ni pensar.

Quizá nosotros, después de esta Cuaresma en la que hemos ido recogiendo, como un odre, todas las gracias, todos los propósitos de transformación, todas las necesidades de cambio, todas las ilusiones de proyección, todavía podríamos tener un peso en nuestra alma: el saber que somos débiles, que nada nos garantiza que no volveríamos al estado anterior. Y, la verdad, se está muy a gusto pensando en la resurrección, mejor que pensar en esto.

La resurrección por sí misma no es garantía; pero, si queremos dar un paso adelante, nos daremos cuenta de que Cristo a Pedro lo renueva en el amor y en la misión. El diálogo en la playa entre Cristo y Pedro es un diálogo de renovación en el amor. Pedro amaba a Cristo, y desde el primer momento en que Cristo le pregunta: “Simón, hijo de Juan”, ( ya no le dice Pedro) me amas más que éstos?” Le dice él: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Esa certeza, el amor a Cristo, Pedro la tiene clavadísima en su alma.

Pedro, después de tres veces de preguntarle Cristo sobre el amor de su alma, se da cuenta de que, muy posiblemente, ese triple amor está curando una triple negación. Pedro constata que su amor se había quedado enredado en las tres veces que dijo: “No conozco a este hombre”.

Cuando lo negó por tres veces, sus palabras, sus miedos encadenaron el amor vigoroso de Pedro. Y cuando Cristo sale al patio y lo mira, esa mirada hizo que Pedro se diera cuenta de las cadenas que él había echado.

Y Cristo como que quiere retomar la escena. Y así como retoma la escena de la vocación de ese primer momento, Cristo retoma la escena de la negación, como si Cristo le dijera a Pedro: “¿dónde estás?, ¿dónde te quedaste?, ¿te quedaste en el Jueves Santo?; vamos a volver ahí.

Y Cristo renueva el diálogo con Pedro donde se había quedado, y Cristo renueva su amor a Pedro y el amor de Pedro hacia Él, donde se había quedado atorado, en el jueves por la noche.

Cristo nos enseña que amarle en libertad significa ser capaces de mirar de frente nuestras debilidades, de volver a recorrer con Él los caminos que por miedo no nos atrevemos a cruzar.

Quizá, cada uno de nosotros tenga un jueves por la noche; quizá, cada uno de nosotros tenga una criada, una hoguera, unos soldados y un gallo que canta. Y Cristo, con amor, nos enseña a mirar de frente esa negación para que ya no nos atoremos ahí: “Si un día me dijiste no, camina ahora conmigo”.

El día que Pedro negó a Jesucristo, a lo que Pedro le tuvo miedo fue a morir por Cristo, a morir con Cristo. Pedro sabía que si decía que era discípulo del Señor, le podían echar mano y llevarlo al calabozo. Pero el amor de Cristo retoma a Pedro y se lo lleva, purificándolo hasta anunciarle que él también un día va a morir por Él. “Cuando eras joven te ceñías tú mismo, cuando seas viejo extenderás los brazos, otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras”. Y luego añadió: “Sígueme”.

Cristo nos renueva con su amor para que atravesemos ese tramo de nuestra vida en el que el miedo a morir con Él, el miedo a entregarnos a Él nos dejó atorados. Ese tramo de nuestra vida en el que todavía nosotros no hemos atrevido a poner nuestros pies porque sabemos que significa extender las manos y ser crucificados.
Cristo no le pregunta a Pedro: “¿me vas a volver a negar?” Sino que le pregunta: “¿me amas?”. A Cristo le interesa el amor. Sólo el amor construye, porque sólo el amor repara, une, sana y da vida. El amor renovado, el amor resucitado es el lazo que Cristo vuelve a lanzar a Pedro. El amor capaz de pasar a través de la propia experiencia, ese amor que es capaz de pasar por lo que uno una vez hizo y preferiría no haber hecho, y guarda su conciencia; ese amor que es capaz de pasar por el propio pasado, por la imagen que yo hubiera podido forjarme de mí mismo. Ese amor es el inicio que reconstruye un corazón cansado, porque este amor ya no se apoya en nosotros, sino en Cristo.

«Sígueme», no te sigas a ti mismo, no sigas tus convicciones, tus gustos, tus ideas. Este amor ya no se apoya en ti; es el amor que proviene de Cristo, el amor que nace de Dios. Dirá San Juan: “Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama, no ha conocido a Dios porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene, en que Dios envió al mundo a su Hijo Único, para que vivamos por medio de Él. En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero y nos envió a su Hijo como propiciación para nuestros pecados. Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros nos debemos amarnos unos a otros”.

La experiencia de Pedro es la experiencia de un amor renovado. Pero al mismo tiempo, la experiencia que Pedro tiene de Cristo resucitado, es un amor que no se puede quedar encerrado, es un amor que se hace misión. Es un amor que renueva la misión de apóstoles que nos ha sido dada; es un amor que, en nuestro caso, renueva el vínculo con la misión evangelizadora de la Iglesia, renueva el compromiso cristiano a que fuimos llamados al ser bautizados. No es un amor que se queda en un cofre guardado, es un amor que se invierte, es un amor que se reditúa, es un amor que se expande. Y este amor es un amor que no teme; no teme a la cruz que significa la misma misión, porque va acompañado de Cristo que me dice: “Sígueme”.
Autor: P. Cipriano Sánchez LC

sábado, 3 de abril de 2010


¡FELICES PASCUAS DE RESURRECCIÓN!

Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.

Yo soy la respuesta a todas tus heridas.

Yo soy la fortaleza en todas tus caídas, porque la tristeza ha sido vencida...

Soy Yo, no busques satisfacer prontotodos tus deseos, llenándote de excesos...

No alabes tus instintos, no bajes a lo menos...

Yo soy quien te da identidad, quien nunca te usa, ni te despreciay quien te brinda mayor dignidad...

Yo soy tu Padre, tu Hermano, tu Madre, tu Amigo, medita mi Palabra, cohabita conmigo, y ya no te hará falta ni el azar, ni los mitos, ya no te sentirás sólo ni abatido...

Yo soy el Pastor, la Puerta... ¿por qué escapas, por qué te alejas?

¡Acércate a mi Mesa, saborea mi Cena y sentirás saciada la búsqueda aquella!...

Presbítero: José Luis Carvajal

ÁNGELES, CREACIÓN DE DIOS



En sus primeras palabras, el Génesis nos dice: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. (Gn 1,1).


Pero estas aluden solamente a una creación divina de la materia, cuando resulta que la omnipotencia de Dios no se circunscribe solamente a lo material sino absolutamente a todo, por ello en el credo oramos diciendo: Que Dios además de ser Creador del Cielo y de la Tierra es creador de "todo lo visible y lo invisible". Y el mundo de lo invisible que para nosotros es, tal como su nombre indica, invisible, por ello nos resulta totalmente desconocido.

Absolutamente todo lo que no es la nada, está creado por la omnipotencia divina y esencialmente o bien, pertenece al mundo visible o material, el cual puede ser contemplado por los ojos de nuestra cara, o bien pertenece al mundo de lo invisible, al cual solo podemos contemplar con los ojos de nuestra alma alimentados estos por nuestra fe que ilumina nuestra razón. A este mundo de lo invisible pertenecen una serie seres, pensamientos, conceptos e ideas, que no es posible captar con los ojos de nuestra cara.

El término “invisible”, hace también referencia a esos seres espirituales, no corporales, a los que denominamos "ángeles". Creer en su existencia es obligatorio para el creyente católico, pues es una verdad de fe, incluso esta creencia también la tienen hebreos y musulmanes. Toda la vida de la Iglesia, dice el Catecismo en su parágrafo 334), "se beneficia de la ayuda misteriosa y poderosa de los ángeles". Y en parágrafo 336 se puede leer: “Desde la infancia a la muerte, la vida humana está rodeada de su custodia y de su intercesión. Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida. Desde esta tierra, la vida cristiana participa, por la fe, en la sociedad bienaventurada de los ángeles y de los hombres, unidos en Dios”

Sobre este tema Juan Pablo II en su audiencia del miércoles 9 de julio de 1986 se refirió a Dios, “Creador de las cosas visible e invisibles” y nos dice que: “Toda la Tradición es unánime sobre esta cuestión. El Credo de la Iglesia, en el fondo, es un eco de cuanto Pablo escribe a los Colosenses: "Porque en Él (Cristo) fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra, las visibles y las invisibles, los tronos, las dominaciones, los principados, las potestades; todo fue creado por Él y para Él" (Col 1,16). O sea, Cristo que, como Hijo-Verbo eterno y consubstancial al Padre, es "primogénito de toda criatura" (Col 1,15), está en el centro del universo como razón y quicio de toda la creación.

Y dentro de esta creación del mundo de lo invisible pone Juan Pablo II, mucho énfasis en referirse a los ángeles, manifestando, que hay un contenido concreto de la revelación divina que es: la creación de los seres puramente espirituales, que la Sagrada Escritura llama "ángeles". Tal creación aparece claramente en los Símbolos de la Fe, especialmente en el Símbolo niceno-constantinopolitano: Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas (esto es, entes o seres) "visibles e invisibles". Sabemos que el hombre goza, dentro de la creación, de una posición singular: gracias a su cuerpo pertenece al mundo visible, mientras que, por el alma espiritual, que vivifica el cuerpo, se halla casi en el confín entre la creación visible y la invisible. A esta última, según el Credo que la Iglesia profesa a la luz de la Revelación, pertenecen otros seres, puramente espirituales, por consiguiente no propios del mundo visible, aunque estén presentes y actuantes en él. Ellos constituyen un mundo específico.

Continúa Juan Pablo II diciendo: Hoy, igual que en tiempos pasados, se discute con mayor o menor sabiduría acerca de estos seres espirituales. Es preciso reconocer que, a veces, la confusión es grande, con el consiguiente riesgo de hacer pasar como fe de la Iglesia respecto a los ángeles cosas que no pertenecen a la fe o, viceversa, de dejar de lado algún aspecto importante de la verdad revelada.

La existencia de los seres espirituales que la Sagrada Escritura, habitualmente, llama "ángeles", era negada ya en tiempos de Cristo por los saduceos (cf. Hech 23,8). La niegan también los materialistas y racionalistas de todos los tiempos. Y sin embargo, como agudamente observa un teólogo moderno, "si quisiéramos desembarazarnos de los ángeles, se debería revisar radicalmente la misma Sagrada Escritura y con ella toda la historia de la salvación" (A. Winklhofer, Die Welt der Engel, Ettal 1961, pág. 144, nota 2; en Mysterium salutis, II, 2, pág. 726).

Todo esto que pertenece a la creación entra, según la Revelación, en el misterio de la Providencia Divina. Lo afirma de modo ejemplarmente conciso el Vaticano I, hemos citado ya muchas veces: "Todo lo creado Dios lo conserva y lo dirige con su Providencia “extendiéndose de un confín al otro con fuerza y gobernando con bondad todas las cosas”. (Sab 8,1). “Todas las cosas están desnudas y manifiestas a sus ojos”. (Heb 4,13), “hasta aquello que tendrá lugar por libre iniciativa de las criaturas". (DS 3.003). La Providencia abraza, por tanto, también el mundo de los espíritus puros, que aun más plenamente que los hombres son seres racionales y libres. En la Sagrada Escritura encontramos preciosas indicaciones que les conciernen. Hay la revelación de un drama misterioso, pero real, que afectó a estas creaturas angélicas, sin que nada escapase a la eterna Sabiduría, la cual con fuerza (fortiter) y al mismo tiempo con bondad (suaviter) todo lo lleva al cumplimiento en el reino del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Por último quiero recordar, que los ángeles son unos espíritus maravillosos a los que le debemos un culto de dulía al igual que a los santos, pero últimamente este culto ha venido teniendo unas ciertas desviaciones heréticas. A estos efectos el cardenal Danielou escribe: “Hay quien tiene una devoción indiscreta a los ángeles, es como una manifestación de la religiosidad light que tiene como referente principal a la new age. La devoción a los ángeles ha crecido desmesuradamente sin ninguna referencia a Cristo ni al compromiso cristiano. Estas expresiones, signos indudables de búsqueda de la espiritualidad han derivado en la mayoría de los casos en prácticas, que rozan con la superstición y lo ridículo, como es averiguar el nombre de ángel de cada uno, el color de su ropaje, o las llamadas telefónicas para poder hablar con el propio ángel de la guarda… El ángel es convertido en una especie de amuleto para poder sentirse bien o satisfacer la fantasía personal, que no hace ninguna referencia a la fe del Evangelio ni a sus exigencias”

Algunas de las ideas y temas sobre los ángeles de esta glosa, las trato más extensamente en mi libro “CONVERSACIONES CON MI ÁNGEL”, que parcialmente sin coste alguno, puede leerse en Google entrando con el Isbn 9788461179190 y el título del libro.

Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.
Juan del Carmelo

MARÍA ES LA PRIMERA PARTÍCIPE DE TODO EL SACRIFICIO


Sábado Santo. Tratemos de imitar a María en su fe, en su esperanza y en su amor, que la sostienen en medio de la prueba.

Contemplemos el corazón de la Santísima Virgen - dolorido en la pasión -, en las lamentaciones del profeta Jeremías. El profeta está refiriéndose a la destrucción de Jerusalén, pero en esta poesía, que es la lamentación, hay muchos textos que recogen el dolor de una madre, el dolor de María. Como dice el profeta: “Un Dios que rompe las vallas y entra en la ciudad”.

Podría ser interesante el tomar este texto desde el capítulo II de las lamentaciones de Jeremías, e ir viendo cómo se va desarrollando este dolor en el corazón de la Santísima Virgen, porque puede surgir en nuestra alma una experiencia del dolor de María, por lo que Dios ha hecho en Ella, por lo que Dios ha realizado en Ella; pero puede darnos también una experiencia muy grande de cómo María enfrenta con fe este dolor tan grande que Dios produce en su corazón.
Un dolor que a Ella le viene al ver a su hijo en todo lo que había padecido; un dolor que le viene al ver la ingratitud de los discípulos que habían abandonado a su hijo; el dolor que tuvo que tener María al considerar la inocencia de su hijo; y sobre todo, el dolor que tendría que provenirle a la Santísima Virgen de su amor tan tierno por su hijo, herido por las humillaciones de los hombres.

María, el Sábado Santo en la noche y domingo en la madrugada, es una mujer que acaba de perder a su hijo. Todas las fibras de su ser están sacudidas por lo que ha visto en los días culminantes de la pasión. Cómo impedirle a María el sufrimiento y el llanto, si había pasado por una dramática experiencia llena de dignidad y de decoro, pero con el corazón quebrantado.

María - no lo olvidemos -, es madre; y en ella está presente la fuerza de la carne y de la sangre y el efecto noble y humano de una madre por su hijo. Este dolor, junto con el hecho de que María haya vivido todo lo que había vivido en la pasión de su hijo, muestra su compromiso de participación total en el sacrificio redentor de Cristo. María ha querido participar hasta el final en los sufrimientos de Jesús; no rechazó la espada que había anunciado Simeón, y aceptó con Cristo el designio misterioso de su Padre. Ella es la primera partícipe de todo sacrificio. María queda como modelo perfecto de todos aquellos que aceptaron asociarse sin reserva a la oblación redentora.

¿Qué pasaría por la mente de nuestra Señora este sábado en la noche y domingo en la madrugada? Todos los recuerdos se agolpan en la mente de María: Nazaret, Belén, Egipto, Nazaret de nuevo, Canaán, Jerusalén. Quizá en su corazón revive la muerte de José y la soledad del Hijo con la madre después de la muerte de su esposo...; el día en que Cristo se marchó a la vida pública..., la soledad durante los tres últimos años. Una soledad que, ahora, Sábado Santo, se hace más negra y pesada. Son todas las cosas que Ella ha conservado en su corazón. Y si conservaba en el corazón a su Hijo en el templo diciéndole: “¿Acaso no debo estar en las cosas de mi Padre?”. ¡Qué habría en su corazón al contemplar a su Hijo diciendo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu, todo está consumado”!

¿Cómo estaría el corazón de María cuando ve que los pocos discípulos que quedan lo bajan de la cruz, lo envuelven en lienzos aromáticos, lo dejan en el sepulcro? Un corazón que se ve bañado e iluminado en estos momentos por la única luz que hay, que es la del Viernes Santo. Un corazón en el que el dolor y la fe se funden. Veamos todo este dolor del alma, todo este mar de fondo que tenía que haber necesariamente en Ella. Apenas hacía veinticuatro horas que había muerto su hijo. ¡Qué no sentiría la Santísima Virgen!

Junto con esta reflexión, penetremos en el gozo de María en la resurrección. Tratemos de ver a Cristo que entra en la habitación donde está la Santísima Virgen. El cariño que habría en los ojos de nuestro Señor, la alegría que habría en su alma, la ilusión de poderla decir a su madre: “Estoy vivo”. El gozo de María podría ser el simple gozo de una madre que ve de nuevo a su hijo después de una tremenda angustia; pero la relación entre Cristo y María es mucho más sólida, porque es la relación del Redentor con la primera redimida, que ve triunfador al que es el sentido de su existencia.

Cristo, que llega junto a María, llena su alma del gozo que nace de ver cumplida la esperanza. ¡Cómo estaría el corazón de María con la fe iluminada y con la presencia de Cristo en su alma! Si la encarnación, siendo un grandísimo milagro, hizo que María entonase el Magníficat: “Mi alegría qué grande es cuando ensalza mi alma al Señor. Cuánto se alegra mi alma en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava, y desde ahora me dirán dichosa todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí, su nombre es Santo”. ¿Cuál sería el nuevo Magníficat de María al encontrarse con su hijo? ¿Cuál sería el canto que aparece por la alegría de ver que el Señor ha cumplido sus promesas, que sus enemigos no han podido con Él?

Y por qué no repetir con María, junto a Jesús resucitado, ese Magníficat con un nuevo sentido. Con el sentido ya no simplemente de una esperanza, sino de una promesa cumplida, de una realidad presente. Yo, que soy testigo de la escena, ¿qué debo experimentar?, ¿qué tiene que haber en mí? Debe brotar en mí, por lo tanto, sentimientos de alegría. Alegrarme con María, con una madre que se alegra porque su hijo ha vuelto. ¡Qué corazón tan duro, tan insensible sería el que no se alegrase por esto!

Tratemos de imitar a María en su fe, en su esperanza y en su amor. Fe, esperanza y amor que la sostienen en medio de la prueba; fe, esperanza y amor que la hicieron llenarse de Dios. La Santísima Virgen María debe ser para el cristiano el modelo más acabado de la nueva criatura surgida del poder redentor de Cristo y el testimonio más elocuente de la novedad de vida aportada al mundo por la resurrección de Cristo.

Tratemos de vivir en nuestra vida la verdadera devoción hacia la Santísima Virgen, Madre amantísima de la Iglesia, que consiste especialmente en la imitación de sus virtudes, sobre todo de su fe, esperanza y caridad, de su obediencia, de su humildad y de su colaboración en el plan de Cristo.
Autor: P. Cipriano Sánchez LC