Elogia su labor de «ayuda al prójimo» a
través de seminarios y testimonios.
Felizmente casado y con una hija, Luca di Tolve da
testimonio en todo el mundo de su abandono de la vida gay y de su encuentro con
Cristo a través de la Virgen María.
En
coincidencia con la Pascua de Resurrección, se ha publicado la versión Kindle de Yo fui gay, el impactante testimonio de Luca di Tolve
sobre los orígenes de su atracción por el mismo sexo, su abandono de la vida
gay, su conversión por medio de la Virgen María y la felicidad alcanzada luego con su matrimonio
con Terry. La
gran novedad de esta edición es que incluye un prólogo del cardenal Robert Sarah.
El
prefecto de la Congregación para el Culto Divino ensalza la sinceridad de Luca
en la "narración sentida" de su
vida, sin caer en el "victimismo" ni
intentar "autoabsolverse". Ofrece
además al lector, "sin conformarse al
pensamiento dominante", una "reflexión
sobre la gracia" que
nos impulsa a distinguir el bien del mal y a "elegir
el Sumo Bien".
Por
cortesía de Luca di Tolve,
ofrecemos a los lectores de ReL las palabras del cardenal Sarah.
PRÓLOGO
DEL CARDENAL ROBERT SARAH A YO FUI GAY
DE LUCA DI TOLVE
Las páginas
que siguen contienen la historia de Luca Di Tolve, un
hombre que ha experimentado lo que es la atracción por personas de su mismo
sexo y, después de una profunda conversión, se ha encontrado consigo mismo, o
quizás sería mejor decir que ha reconocido la propia identidad de persona
creada y redimida, configurado a Jesucristo, el modelo del hombre verdadero.
Sin
embargo, sería un error considerar este libro una simple autobiografía, género
que a menudo presenta una sutil complacencia: es
verdad que es una narración sentida, y no podría ser de otra forma, puesto
que los hechos relatados han sido y son vividos. Página tras página, la
narración, los acontecimientos, la vida, se convierten en una reflexión
sobre la Gracia, la toma de conciencia de un hombre, y del hombre
creado a imagen y semejanza de Dios, querido y amado. La mente recuerda un
modelo ilustre y útil, las Confesiones de San Agustín. Efectivamente,
hablar hoy de la propia homosexualidad sin conformarse al pensamiento
dominante, a los lugares comunes y a las distintas ideologías, sino
leyéndola y comprendiéndola a la luz de la enseñanza de la Iglesia como lo único capaz de dar y restituir al hombre
su verdadera vocación divina, es un acto de grande y quizás necesaria valentía,
una confesión en el sentido más pleno; es decir, sin artificios o imágenes,
directa, que nace del corazón y se dirige a los corazones: comenzando por indagar el porqué y el significado de la
atracción hacia las personas del propio sexo, nunca aceptada con resignación,
como algo innato, o bien exaltada como una nueva frontera del ser.
El libro
es, sobre todo, historia profunda y claramente humana. Impresionan las páginas
en las que el autor describe su infancia, su primera juventud, las difíciles
relaciones familiares con sus padres, o fuera de ella, con sus coetáneos, el
descubrimiento de la atracción hacia el mismo sexo y el ejercicio activo
de la homosexualidad, la frecuentación de los ambientes homosexuales
italianos y extranjeros, el activismo en el frente gay y lésbico, las
relaciones personales vividas con personas de su mismo sexo. Son pasajes difíciles con su narrativa cruel y real y, por ese mismo motivo, son más útiles, porque
no dejan espacio al victimismo fácil en su descripción de la fama, el eco en
los medios de comunicación, el dinero, las personas conocidas en el ambiente de
la jet-set,
del mundo lleno de glamour de la moda y de las modas, el uso sin escrúpulos
del propio atractivo físico y belleza juvenil, el gusto por una libertad
ilimitada, sin imposiciones.
Aquí es
necesario hacer una primera reflexión fundamental: en la cima del éxito
personal, el autor se da cuenta de que no es feliz y que necesita otra cosa;
que se ha puesto a sí mismo en el centro, sin comprender
quién es él, que se ha puesto una
máscara aparentemente segura, pero que es muy difícil de quitar. En el corazón
del hombre está grabada la Verdad sobre sí mismo y en relación con su Creador,
Verdad que grita y que es un aguijón en el costado, de paulina memoria.
Resumiéndolo mucho, es la capacidad de
darse cuenta de lo que es malo y bueno para sí mismo y para los otros, y la
posibilidad de elegir el Sumo Bien: en
este sentido, son memorables las páginas escritas a este propósito por San Juan
Pablo II en la espléndida encíclica Veritatis Splendor.
Quien
niega esta voz, silenciándola y degradándola a no aceptación de lo que se es y
de las propias inclinaciones, está perpetrando un peligroso engaño. Así se
desconoce la esencia más profunda del hombre como ser razonable y libre. Ese
germen de Verdad sugiere que él, en su ser imagen y semejanza de Dios, ha sido creado varón y mujer, y que esto se impone con la evidencia
incontrovertible de la realidad. Obviar este dato real significa negar la realidad
misma y la creación, y partir, al contrario, de la inclinación sexual para
introducir una tercera categoría diferente, la del gay, o incluso otras
numerosas e infinitas categorías, las del género: esto
es un artificio ilusorio, porque el hombre y la mujer ya no son lo que en
realidad son, sino lo que quieren, anulando su objetividad o su realidad
biológica en una inestable subjetividad. La Iglesia siempre ha combatido el intento de
considerar y reducir a la persona a sus propias inclinaciones,
y ha alertado sobre las consecuencias, es decir, la anulación y la negación de
la persona misma: operación que hoy se ha convertido en ideología y, como tal,
impuesta ferozmente e impidiendo con todos los medios a su alcance
desenmascarar el engaño, proscribiendo a quien se plantea preguntas.
Ya en
1986 el magisterio, en la importante Carta a los obispos de la
Iglesia Católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales,
analizaba esta tendencia y el peligro de
sustraer a la realidad la distinción entre hombre y mujer para introducir la de
heterosexual y homosexual. Inquietaba
el cambio de lenguaje que, sin embargo, no puede cambiar la creación y su
esencia, es decir, la del acto de amor de Dios. Reafirmaba la importancia de la
persona que no se puede limitar a ni describir partiendo sólo de la dimensión
sexual, sino de ser que tiende a la belleza, el arte, la inteligencia, atraído
por lo trascendente, el conocimiento de Dios y la vida eterna.
Antropología
reafirmada en el Catecismo de la Iglesia
Católica de 1997, y que contiene
pocos números [nn. 2357-2359], pero
llenos de significado, dedicados a las personas que sienten atracción hacia el
mismo sexo, a las que se propone una castidad que está muy lejos de cualquier
moralismo y auto-castración, sino más bien como ámbito de su plena realización
y como consecución de la perfección cristiana. Es
decir, la imitación de Cristo, verdadero
Dios y verdadero Hombre.
El libro
es la historia de una búsqueda que se hace dramática y que es, al mismo tiempo,
la manifestación de la Gracia, obra del Espíritu, como se decía al principio:
las vicisitudes trágicas de compañeros y de amigos cuyas vidas fueron arrasadas
por las consecuencias de comportamientos al límite, y la falta de relación con
la figura paterna, son sólo el principio de la reflexión que, al inicio, es
desorientación y miedo, es desierto, cruz sufrida, no inmediatamente
comprendida y aceptada. Y, sin embargo, de este desierto nacerá la conciencia de haber sido engañado, de haberse engañado uno mismo. Es una
confesión plena y franca, porque el lector se dará cuenta de que Luca di Tolve
no cae en otro engaño, peor, que es el de atribuir las propias atracciones a
sus vivencias, a las dificultades familiares y de socialización, a las heridas
emotivas y relacionales, para crearse así una justificación y autoabsolverse.
Si lo que
ha vivido es una historia de gracia, donde la misericordia de Dios sobreabunda,
también es una historia de justicia: el autor ha puesto en juego toda su
voluntad y no ha eludido sus opciones pasadas, con un empeño responsable, en el
sentido etimológico del latín de dar respuestas, de responder de las propias
acciones. El Papa Benedicto XVI ha recordado recientemente que la fe sin
una declinación moral concreta corre el riesgo de convertirse en un pensamiento
abstracto.
La
historia de Luca Di Tolve es una toma de conciencia de haber sido creado
hombre: los capítulos del libro en los que el autor narra cómo, día tras día,
con la ayuda de las terapias reparativas, pero, sobre todo, con la recuperación de la fe, encontró su identidad de bautizado son, quizás, los más vibrantes, pero están lejos
de entusiasmos pasajeros y efímeros, o de sentimentalismos: la Cruz, primero sufrida e incomprendida se ha convertido
en el camino para la resurrección, para la redención en el sentido de
recreación. La confesión se convierte en el confiteor
in unum baptisma, llega a ser fe totalizante y, como se ha dicho,
imitación de Cristo, configuración con Cristo.
Hay que
hacer otra consideración: nada más lejos, en la vivencia del autor, que considerar la homosexualidad como algo innato. Este es otro engaño, que
se realiza en detrimento de la libertad humana. No existe prueba científica alguna
de una homosexualidad genética, y por eso inconsciente u
obligada. Aun cuando la ciencia consiguiese demostrar que se nace homosexual,
queda el hecho de que eso no puede reducir la libertad del individuo en sus
propias opciones y comportamientos. La enseñanza de la Iglesia, experta en
humanidad, es clara cuando condena el
pecado, es decir, la rebelión consciente y deliberada contra Dios, pero nunca
al pecador. No es
casualidad que haya llenado el cielo de santas y santos y que nunca haya
condenado a nadie al infierno, aun recordando que la perdición es una
posibilidad y un peligro.
El libro
es también la historia de la vocación a la
familia. Resplandece la descripción del encuentro con la
mujer que se convertirá en su esposa, que se dio en lugar y circunstancias
significativas.
Es una
historia de perdón y de encuentro o, mejor, de reencuentro
con los padres. Es también una historia de misión. De ahí la
incansable obra
de ayuda al prójimo que Luca
di Tolve brinda a través de seminarios y testimonios, el apoyo a quien, sintiendo esta atracción, se
plantea las mismas preguntas sobre la propia identidad de hombre creado a
imagen y semejanza de Dios, y busca la verdad. La confesión de
fe es también caridad.
Como
hemos dicho, el libro es una historia de conversión y de compromiso a la
santidad, pero también de deseo de la santidad misma: que no puede ser enseñada
e indicada a otros hermanos como fin del hombre, sino sólo cuando se es
consciente de la necesidad de la propia santificación diaria en el
seguimiento de Jesucristo.
Es
también una historia del ejercicio de las virtudes humanas, de la sabiduría, de la fortaleza, de la
templanza y de la prudencia, pero también de la custodia y la confianza en las
teologales: la fe, la esperanza y la caridad.








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