jueves, 11 de octubre de 2018

DÍA 10: EL NACIMIENTO DE JESÚS EN BELÉN


EL NACIMIENTO DE JESÚS EN BELÉN
CONTEMPLAR
Un matrimonio joven, uno entre la multitud que hormiguea por Judea durante el censo, va caminando lentamente, internándose en la oscura noche. No hay lugar para ellos en ninguna posada, caminan en silencio, con una mezcla de inquietud y esperanza. Un Niño a punto de nacer está allí ocupando el centro de sus pensamientos. El deseo de verlo amortigua en ellos el dolor de no poder ofrecerle un mejor sitio.
Un alma se ha apiadado de ellos, y van a poder pasar la noche, al menos, bajo techo. Deben caminar aún unos metros más, guiados por una débil lámpara, que se alejará con su dueño en unos instantes, apenas José haya encendido fuego.
El lugar está aún oscuro, frío y húmedo. El olor es para nada agradable. María desciende despacio de su montura, cuidada con tierna firmeza por los brazos de su esposo. Se inclina suavemente sobre el heno, desata su hatillo y comienza a entrar en un sueño sereno. José aprovecha ese instante de calma luego de días tensos, y sale rápidamente en busca de leña y tal vez de algo para comer.
Y entonces, entonces, la noche resplandeció. Entonces en lo hondo de esa cueva oscura, fría y húmeda, se manifestó en silencio el Hijo eterno, el esperado de los siglos.
Apareció frágil, tembloroso, con su piel rosada y casi transparente, con su boca arrugada, sus ojitos cerrados, los puñitos minúsculos apretados, el cabello húmedo pegado a su cabeza…
Y el silencio fue interrumpido por la primera Palabra de la Palabra hecha carne: el llanto de este Dios bebé que implora cariño, que llama sin intimidar, que atrae tiernamente.
El llanto de un Dios tan humano que necesita que María lo tome, lo acaricie, y le dé el pecho… como cualquier otro niño. María llora y ríe a la vez, José cae de rodillas y la abraza, y los dos rompen a cantar aquel salmo tantas veces repetido: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”
Y de pronto a sus voces entrecortadas por la emoción se asocia un sonido celestial, de una armonía sobrenatural, de una belleza sobrecogedora. En ese pequeño establo, recién oscuro, frío y húmedo y ahora luminoso, la entera creación se reconcilia con el Creador. Hasta los mismos animales parecen sumarse a la alabanza junto a los hombres y los ángeles, porque el Dios de los Ejércitos es ahora Emmanuel. Allí, de modo perfecto, se restablecía la Paz.
Golpean las manos afuera, y José, sin temer ni dudar, invita a pasar. Un grupo de rudos pastores, con los ojos grandes y el corazón expectante, se acercan conmovidos. Saben que lo que allí ocurre es mucho más que el nacimiento de un bebé. Intuyen que se inaugura allí, discretamente, la plenitud de los tiempos, la nueva Creación.
María sigue amamantando al Niño, lo besa, lo abraza fuerte, lo huele, lo acaricia, juega con Él, se emociona, agradece, se humilla ante el Creador…
Ingresa tú también al establo, pídele que te lo dé, abrázalo y dile con confianza: “no permitas que jamás me aparte de Ti”

REFLEXIONAR
La Navidad es pobreza: el Niño nace en la austeridad, sin lujos, sin casi lo necesario. El Niño viene a redimirnos de la idolatría de lo material. ¿Aceptas las privaciones que te impone la vida, amas la austeridad?
La Navidad es silencio: Dios entra al mundo sin ruidos, sin publicidad, sin estridencias. Ingresa llamando suavemente, como habla al corazón. ¿Amas y cultivas el silencio?
La Navidad es humildad: Dios asume la forma de siervo para salvarnos. Se despoja de su Gloria, esconde su poder, para elevarnos hacia sí. ¿Amas la humildad? ¿Aceptas las humillaciones que la vida te impone?

PEDIR
Jesús, gracias por venir a vivir entre nosotros, ayúdame a hacerme yo también como un niño pequeño para que el proyecto del Padre se realice en mí.
María, ayúdame a querer a Jesús, a ser cariñoso y delicado con Él, a no avergonzarme de manifestar mi amor a Dios delante de todos.
José, enséñame a abrazar los designios de Dios aunque no los entienda, ayúdame a saber entonar un himno de alabanza tanto en las penas como en las alegrías intensas.
P. Leandro Bonnin

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