jueves, 29 de mayo de 2014

¿OBISPOS DE ELECCIÓN POPULAR?, ¡NO, GRACIAS!


Si Jesucristo hubiese querido que la designación de los pastores para regir su naciente Iglesia se hiciese de manera "democrática", hubiera propuesto a los Doce que eligieran a uno entre ellos para encabezar la misión, pero no, directamente escogió a Pedro, y "sobre esta piedra edificaré mi Iglesia"

Atisbo un cierto run run clerical proveniente sobre todo del País Vasco y Cataluña, proponiendo la elección de obispos por “votación popular”. Se apoyan en no sé qué tradiciones históricas de la Iglesia católica primitiva, que no me he tomado la molestia de comprobar porque no estamos en los balbuceos de aquel cristianismo primigenio, minúsculo, de pequeñísimas comunidades, sino en una Iglesia realmente católica, esto es, universal, extendida por todo el planeta y a veces formada por diócesis enormes que por ello mismo necesita en lo más alto de la cúpula jerárquica un timonel supremo de pulso firme capaz de pilotar la inmensa barca de Pedro en toda clase de mares, expuesta siempre a las tempestades y tormentas de este mundo.

Alegan, los sostenedores de la propuesta, que superados los tiempos del galicanismo (sometimiento de la Iglesia al Estado o al poder temporal) y a la luz de las enseñanzas del Concilio Vaticano II (que a juicio de algunos sirven lo mismo para un roto que para un descosido) “no es extraño que haya reaparecido la exigencia (¿quién lo exige?) de recuperar el protagonismo que tradicionalmente ha desempeñado el Pueblo de Dios en la elección de sus obispos”.

Vayamos por partes: ¿que ha desparecido el galicanismo? Entonces, ¿qué es lo que hay ahora en Cataluña, si no es una presión agobiante a cargo de poderes públicos para que la Iglesia apoye las pretensiones separatistas de ciertas formaciones políticas? Y lo mismo digo respecto al País Vasco. Por ventura los comentarios a los que me estoy refiriendo (“Vida Nueva”, núm. 2.893, 10-16 de mayo), ¿no son una prolongación clerical de esa presión política (galicana) sobre la Iglesia?

En todo caso, a quién correspondería la elección del obispo propio, ¿al Pueblo de Dios de su diócesis? ¿Y quiénes formarían a efectos electorales ese Pueblo de Dios?, ¿todos los bautizados? Pero si hay muchos que no han vuelto a pisar una iglesia desde que hicieron la primera comunión... si la hicieron. ¿Los cada vez más “casados” por lo forestal, digo por poner otro ejemplo? Entonces, quiénes podrían votar, ¿sólo los “buenos”? ¿Y cuáles serían esos buenos? ¿Qué máxima autoridad eclesiástica sería capaz de distinguir, en la grey del Señor, el trigo de la cizaña?

De todos modos, ¿cómo se haría la cosa? Pues al copiar métodos seculares, no se podría evitar los mismos efectos “secundarios”, mayormente perversos, que producen en la sociedad general las feroces luchas políticas. Al copiar fórmulas seculares, se seculariza la Iglesia, y cuando la Iglesia se seculariza, descarrila.

Veamos, ¿quiénes propondrían a los candidatos? ¿Cualquiera del Pueblo de Dios o las camarillas eclesiásticas? ¿A través de qué mecanismos? ¿Recogiendo firmas, echando sermones como si fueran mítines a favor de este o del otro aspirante, haciendo propaganda por las parroquias, conventos y demás instituciones religiosas o en polideportivos y plazas de toros? ¿Podrían evitarse las insidias y descalificaciones de los contrincantes? ¿Podrían también evitarse la formación de capillitas, grupos y hasta partidos “políticos” en el seno de la propia Iglesia? Pronto tendríamos –ya los tenemos más o menos veladamente a pesar de no dar pie a ello- grupos conservadores y progresistas; inmovilistas y reformadores; oficialistas y rupturistas; de derechas, de centro y de izquierdas; de Fulano y de Mengano, etc., etc., etc. Zarpa a la greña unos contra otros, a ver quién imponía su candidato. Este maniqueísmo ideológico ya lo ejercieron muchos plumillas –mayormente clérigos- que seguían en directo desde Roma el Concilio Vaticano II, con todas las consecuencias nefasta que ello trajo consigo.

¡Que no!, que adoptar formas seculares para gobernar la Iglesia, en cualquiera de sus parcelas, trae consigo, inevitablemente, su secularización, su ruina secularista. Si Jesucristo hubiese querido que la designación de los pastores para regir su naciente Iglesia se hiciese de manera “democrática”, hubiera propuesto a los Doce que eligieran a uno entre ellos para encabezar la misión, pero no, directamente escogió a Pedro, y “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. De la misma manera que no introdujo el sacerdocio femenino. Son las reglas del juego que decidió nuestro Fundador. Por algo lo haría de ese modo.

Además, estos “innovadores” cuyas propuestas novedosas –aunque antiquísimas según ellos- coinciden “casualmente” con intereses políticos muy definidos y concretos, parecen ignorar los grandes desgarros y cismas sufridos por la Iglesia católica a lo largo de su historia, por causas exclusivamente políticas de espíritu galicano, porque nunca faltaron eclesiásticos, especialmente de alto nivel, que se doblegaron a las exigencias de los poderosos, traicionando su fidelidad a la Iglesia.

MI MUJER NUNCA RENUNCIARÁ A SU FE


«MI MUJER NUNCA RENUNCIARÁ A SU FE», DICE EL MARIDO DE LA SUDANESA CRISTIANA ENCARCELADA EN SUDÁN

Entrevista en «Avvenire»; su bebé acaba de nacer en prisión.

[El diario italiano Avvenire, propiedad de la Conferencia Episcopal Italiana, sigue con atención el caso de Meryam Ibrahim, cristiana ortodoxa sudanesa condenada a muerte en Sudán y encarcelada con cadenas por negarse a renunciar al cristianismo. Ella acaba de dar a luz a su hija Maya este pasado martes en prisión. El diario entrevista a su marido, que es además ciudadano norteamericano. Nota de ReL]

«Quisiera agradecer la movilización que habéis puesto en marcha en favor de mi esposa. El apoyo de vuestros lectores, así como de todos aquellos que se han movido por Meryam, es fundamental para mí. Y en la situación en la que estamos, todo esto podría tener resultados positivos a nivel de presiones políticas. Esperemos que esta campaña no sea inútil».

Así responde a Avvenire Daniel Wani, el marido de Meryam Ibrahim, en silla de ruedas a causa de una distrofia muscular y que ayer [el martes 27 de mayo] fue padre por segunda vez.

Daniel no está sereno y a menudo, cuando le dirigen preguntas que van demasiado a fondo en el caso legal de su mujer, prefiere responder con un amable «no comment».

-¿CÓMO SE SIENTE TRAS EL NACIMIENTO DE MAYA?
Estoy dividido entre la alegría y la frustración. Obviamente estoy contento; después de tanta angustia, mi mujer y mi hija están bien. Pero por otra parte estoy muy decepcionado, porque no me han dado permiso para verlas. Tal vez me permitan hacerlo mañana, tal vez no. Lo único positivo es que las visitas pasarán a ser dos a la semana, en lugar de una como era hasta ahora. Pero hoy me habría gustado estar al lado de mi mujer.

-SU HIJA RECIÉN NACIDA, ¿LE DA ESPERANZAS TAMBIÉN PARA EL CASO JUDICIAL?
-Ciertamente, un niño es siempre una bendición, una esperanza. Y en nuestro caso significa mucho más. Lo único que quiero es tener más tiempo para estar con mi familia. Cuando voy a verles no me conceden mucho tiempo para hablar con Meryam y Martin, mi primogénito. Además hay siempre alguien controlándonos. Para las autoridades sudanesas, que consideran nulo nuestro matrimonio, mi mujer y yo, pero también mis hijos y yo, somos unos extraños entre nosotros.

-EN LOS ÚLTIMOS DÍAS SE HA DICHO QUE MERYAM NO ESTÁ SIENDO TRATADA BIEN EN LA CÁRCEL…
-Camina con cadenas y verla así, para mí, es terrible. Ha tenido complicaciones durante el embarazo, pero no sabemos de qué tipo porque no la ha visitado ningún médico. Pero Meryam es fuerte, es mucho más fuerte que yo. Cuando la condenaron yo me eché a llorar, pero ella se mantuvo firme, ni siquiera se estremeció. También por esto no renunciará jamás a su fe, como le había pedido el juez. Y yo, aunque quiero verla libre, no le pediría nunca que lo hiciera.

-¿CÓMO VIVE SU HIJO MARTIN TODO LO QUE ESTÁ SUCEDIENDO?
-Aunque aún no ha cumplido los dos años, entiende lo que está sucediendo. Pero tiene el carácter de su madre. Hay otros dos niños en la cárcel con él, y las condiciones no son buenas: la prisión no es un buen sitio para un niño. Me han dado permiso para llevarles medicinas y alimentos, pero los riesgos higiénicos son enormes, por no hablar de los psicológicos.

-¿CÓMO TRANSCURREN SUS DÍAS A LA ESPERA DE TENER NOVEDADES SOBRE EL PROCESO JUDICIAL?
-Tengo algunos amigos, tanto cristianos como musulmanes; también estos últimos piensan que la condena de Meryam es injusta. Intento hacer pasar el tiempo, pero para mí estar sin ella es terrible, terrible. Por esto, sentir la cercanía de tanta gente, saber que hay quien se preocupa por nosotros, es muy, muy importante. Y para quien quiera venir aquí, a Jartum, mi puerta está abierta.

(Traducción de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares)

¿QUÉ OPINIÓN TIENES DE TI MISMO?


La mayoría de la gente llega a tener una opinión elevada de sí misma por comparación con los demás. Al fijarnos en los otros, solemos decir:

“No soy como aquel” o “Soy superior a esas personas”.

El orgullo no existe en el vacío. En el proceso de elevarnos para colocarnos sobre un pedestal, inevitablemente degradamos al resto al llano.

Un poema anónimo expresa de manera inteligente este lastimoso atributo de la humanidad:

Soñé que la muerte me visitaba la otra noche y que se abrían las puertas de los cielos.

Amablemente un ángel me condujo al interior.

Y allí, para mi asombro, estaban algunas personas que conocí en la tierra: aquellos que yo había juzgado como incapaces o de poco valor.

Palabras de indignación llegaron hasta mis labios, pero jamás las dejé salir; porque todos esos rostros estaban llenos de asombro… ¡Nadie esperaba que yo estuviera allí!

En lugar de compararse con los demás, mídase respecto de su propio potencial. Siempre se puede crecer, lograr más y soñar en grande.

El secreto más difícil de guardar para el hombre es la opinión que tiene de sí mismo.

Romanos 12:3
Por el encargo que Dios me ha dado, digo a todos ustedes que ninguno piense de sí mismo más de lo que debe pensar. Antes bien, cada uno piense de sí con moderación.

EL ANACORETA Y EL HOMBRE DE HOY


Mientras tomaban una taza de café, el Anacoreta dijo a su joven seguidor:

- Hoy leía esta frase de Erich Fromm: "Hoy la pregunta no es en realidad si Dios ha muerto sino si el ser humano ha muerto, si no ha quedado tan reducido a homo consumens pasivo, vacío, alienado, que ha perdido toda su vida interior."

Tomó un sorbo y continuó:

- Esto lo escribió en los años setenta. No creo que hayamos mejorado. Seguimos obsesionados por el tener, por el poder, por las apariencias y olvidamos el ser. Cuando nos preocupamos por el tener nos convertimos en cosas, porque poco a poco, lo que tenemos nos va teniendo a nosotros. Nos hacemos esclavos de nuestros posesiones. Y olvidamos lo más importante: que sólo poseemos de verdad aquello que damos.

JESÚS HABLA - 22 MAY 2014


22 MAY 2014 MADRE DE LA SALVACIÓN: COMO CRISTIANOS, DEBÉIS PREPARAROS PARA LUCHAR POR VUESTRA FE

29.05.2014 00:55

Jueves 22 de mayo de 2014 a las 15:26 hrs.

Mis queridos hijos, el sufrimiento que mi Hijo padece, a causa de los pecados del hombre, es intenso en este momento. El odio contra Él y contra Su Santísima Palabra - tal como figura en la Santísima Biblia - se manifiesta dentro de los corazones de muchas personas y esto incluye a las falsas religiones, en donde no reconocen al Dios Uno y Trino, así como también aquellos que afirman ser cristianos.

Cualquier pecado que se comete hiere a mi Hijo y todo pecado mortal es sentido como un golpe salvaje infligido a Su Cuerpo. Por cada acto de herejía cometida, es como si otra espina es introducida en la Corona de Dolor, que Él ya padece. A medida que los sufrimientos de mi Hijo incrementan, en momentos cuando todo pecado en contra de Dios será negado, así también el sufrimiento de los verdaderos cristianos aumentará.

Mientras el sufrimiento es una cosa terrible, y mientras que el dolor de los que defienden Su Palabra está más allá de sus límites, esta puede ser la manera de estar en mayor intimidad con mi Hijo. Si aceptáis el sufrimiento como una bendición, en lugar de verlo como una maldición, vosotros entenderéis cómo mi Hijo lo utiliza para derrotar el poder del maligno. Cuando aceptáis el dolor del abuso y el ridículo (la burla), que siempre podéis esperar cuando camináis en unión con mi Hijo, muchas Gracias os son proporcionadas. No sólo ese dolor os hará más fuertes, sino que mi Hijo os revelará Su Compasión por los demás, cuyos pecados Él puede remover/quitar/limpiar, debido a vuestro sacrificio por Él.

Muchas personas no se dan cuenta de que cuando se desarrolla una cercanía con mi Hijo, y cuando Él reside en ciertas almas, que esto siempre dará como resultado dolor para aquellos que están de acuerdo a llevar Su Cruz. Mi Hijo puede únicamente sumergirse realmente en la almas, que estén abiertas a Él y que estén sin orgullo, malicia o amor propio. Pero tan pronto como Él resida plenamente en ese tipo de almas, la Luz de Su Presencia será sentida por muchos con quienes ellos entren en contacto. Ellos atraerán a otros a convertirse en discípulos de mi Hijo. También se convertirán en blanco(objetivo) del maligno, que luchará mucho/fuerte para alejarlos de mi Hijo. Cuando el maligno no puede seducir/tentar a estas almas, su lucha en contra de ellos será cada vez más violenta y él infestará a otros con el propósito de que los ataquen, abusen de ellos y los calumnien.

Es importante que todos los Cristianos se mantengan alerta ante los planes que han sido elaborados por Satanás, para devorar las almas de los que aman y sirven a mi Hijo. Él ansía estas almas más que ningunas otras, y nunca estará satisfecho hasta que sucumban a las tentaciones de él.

Como Cristianos, debéis prepararos para luchar por vuestra Fe, porque seréis despojados de todo lo que más apreciáis en vuestros corazones, capa por capa. Debéis buscar el Sacramento de la Reconciliación, como nunca antes, porque sin él, os resultará imposible soportar la infestación que está siendo ejercida en el mundo en este tiempo contra el Cristianismo.

Acordaos, queridos hijos, de todo lo que mi Hijo os enseñó, porque Su Palabra será desafiada/cuestionada hasta que ésta se vuelva irreconocible. Venid y pedidme, a vuestra amada Madre, la Madre de la Salvación, para que ore por cada uno de vosotros, para que así podáis seguir siendo fieles a la Verdad, al recitar esta Oración para defender vuestra Fe.

CRUZADA DE ORACIÓN (151) PARA DEFENDER LA FE

Oh, Madre de Dios, Inmaculado Corazón de María, Madre de la Salvación, Ruega para que permanezcamos fieles a la Verdadera Palabra de Dios en todo momento. Prepáranos para defender la Fe, para respaldar la Verdad y rechazar la herejía.

Protege a todos tus hijos en tiempos de dificultad y da a cada uno de nosotros las Gracias para ser valientes cuando seamos desafiados a rechazar la Verdad y renunciar a tu Hijo.

Ruega, Santa Madre de Dios, para que se nos de la Divina Intervención para permanecer Cristianos, de acuerdo con la Santa Palabra de Dios. Amén.

Cada uno de vosotros sois bendecidos con una gran valentía(coraje) cuando recitéis esta Cruzada de Oración. Id en paz, hijos míos, para amar y servir a mi Hijo, Jesucristo.

Vuestra amada Madre, Madre de la Salvación

HACIA NUESTRA PROPIA ASCENSIÓN


Algún día nos encontraremos en el cielo, lo mismo que ahora estamos reunidos en la tierra.

¿Cómo está Cristo con nosotros, en nuestra tierra?

Cristo está presente. Cristo está aquí, en la tierra, con nosotros, y ya no nos abandonará jamás. Está presente en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía. Está presente en la comunidad cristiana. Está presente en nuestro corazón que es un templo de Cristo y del Dios Trino

La Ascensión del Señor, nos quiere revelar algo más que su presencia invisible en medio de nosotros. Nos revela cómo se va a acabar nuestro destino, nuestra vida terrenal. Creo que ésta es una pregunta que nos inquieta a todos. Y la fiesta de la Ascensión del Señor nos da la respuesta: nuestro final será una ascensión.

Algún día nos encontraremos en el cielo, lo mismo que ahora estamos reunidos en la tierra. Nuestra presencia en cada misa dominical, no hace más que prefigurar, anunciar y preparar esa gran asamblea final en torno al Señor. Al final de la misa la vida nos dispersará; pero será solo algo transitorio, hasta que llegue la hora de nuestra ascensión final.

Todo es transitorio: alegrías, tristezas, bienes...
Porque todo lo que pasa aquí abajo en esta tierra es transitorio. Cuántas veces nos desanimamos por cualquier contrariedad, cualquier sufrimiento y cruz, diciendo: no es posible que Dios exista y permita estas cosas; no es posible que Dios dirija nuestra vida y que la transforme de esta manera. Sí, es verdad que las cosas no nos resultan siempre fáciles. Pero esperemos, tengamos paciencia, no juzguemos hasta haber visto el final. Porque sabemos ya por experiencia que después de la Pasión y del Calvario viene siempre la Resurrección y la Ascensión.

Por eso, toda tristeza es transitoria. Somos desgraciados, pero solamente por un tiempo breve.

¿Por qué recé y no me escuchó Dios? Porque Dios se reserva el derecho de darme muchas cosas y mucho mejores que las que yo me atreví a pedirle.
¿Por qué sigo enfermo, sin fuerzas? Porque pronto quedaré curado para siempre.
¿Por qué tengo que lamentar la muerte de una persona querida?

¿O por qué la vida me separa de los únicos con quienes me gusta vivir? Porque pronto me encontraré reunido para siempre.

También la alegría, toda alegría de este mundo, es pasajera. Los hijos saben que no pueden tener siempre consigo a sus padres. Los padres saben también que no guardarán para siempre a sus pequeños. Y lo mismo la mujer a su marido, el marido a su mujer, y así todas las personas que se aman. No existe más que un solo lugar definitivo en el que nos juntaremos para siempre, y este sitio no está aquí abajo en esta tierra.

Lo mismo con nuestros bienes: No podemos llevarlos con nosotros: los perderemos todos. Algún día, nuestras manos se abrirán para entregarlos todo. Hoy todavía estamos a tiempo de abrirlas para ofrecerlos libremente. Porque todo lo que no ofrezcamos a Dios, lo vamos a perder.

Llevar el mundo a Dios. En todas las Misas, ofrecemos un poco de pan, un poco de vino – en representación de nosotros mismos, de nuestras vidas, de nuestros trabajos, de nuestros bienes. Y el sacerdote tomará todo esto y luego lo consagrará llevándolo al mundo de Dios.

· Así en cada una de nuestras Misas, un poco de nuestro mundo pasa a formar parte del mundo del otro mundo.
· En cada una de las Misas, tiene lugar la ascensión de un poco de tierra al cielo.
· En cada una de las Misas, los cristianos, estamos invitados a elevarnos, a separarnos un poco de la tierra, a dar un paso hacia el mundo de Dios.

Preguntas para la reflexión

1. ¿He pensado en mi propia ascensión?
2. ¿Qué me costaría dejar hoy: mis bienes…?
3. ¿Vivo como si nunca fuera a dejar este mundo?

Autor: Padre Nicolás Schwizer

EL PAPA COMENTA SU VIAJE A TIERRA SANTA


TEXTO COMPLETO DE LA CATEQUESIS: EL PAPA COMENTA SU VIAJE A TIERRA SANTA

Queridos hermanos y hermanas,

en los días pasados, como saben, he realizado una peregrinación a Tierra Santa. Ha sido un gran don para la Iglesia, y le agradezco a Dios. Él me ha guiado en aquella tierra bendita, tierra bendita, que ha visto la presencia histórica de Jesús, y donde se verificaron eventos fundamentales para el judaísmo, el cristianismo y el Islam. Deseo renovar mi cordial reconocimiento a su beatitud el patriarca Fouad Tual, a los obispos de los diversos ritos, a los sacerdotes, a los franciscanos de la Custodia del Tierra Santa. Estos franciscanos son buenos, su trabajo es realmente bueno y todo lo que hacen.

Mi pensamiento agradecido va también a las autoridades jordanas, israelíes y palestinas, que me acogieron con tanta cortesía. Y añado, también con amistad, como a todos los que han cooperado para la realización de la visita.

La finalidad principal de esta peregrinación fue conmemorar el 50 aniversario del histórico encuentro entre el papa Pablo VI y el patriarca Atenágora. Fue la primera vez que un sucesor de Pedro visitó Tierra Santa: Pablo VI inauguraba así, durante el Concilio Vaticano II, los viajes de los papas fuera de Italia, en la época contemporánea.

Aquel gesto profético del obispo de Roma y del patriarca de Constantinopla ha puesto una piedra angular en el camino, sufrido pero prometedor, de la unidad de todos los cristianos, que desde entonces ha cumplido pasos importantes. Por lo tanto mi encuentro con su santidad Bartolomeo, amado hermano en Cristo, ha sido el momento culminante de la visita. Juntos hemos rezado ante el sepulcro de Jesús, y con nosotros estaban el patriarca griego-ortodoxo de Jerusalén Theophilos III, y el patriarca armenio apostólico Nourhan, además de arzobispos y obispos de diversas Iglesias y comunidades, autoridades civiles y muchos fieles.

En aquel lugar en donde resonó el anuncio de la Resurrección, hemos visto toda la amargura y el sufrimiento de las divisiones que todavía existen entre los discípulos de Cristo. Y verdaderamente ésto hace tanto mal, estamos todavía divididos, en esos lugares en donde resonó la voz de la Resurrección, en donde Jesús nos dio la vida, estamos todavía un poco divididos.

Pero sobre todo, en aquella celebración cargada de recíproca fraternidad, de estima y de afecto, hemos sentido fuerte la voz del Buen Pastor Resucitado, que quiere hacer de todas su ovejas un solo rebaño. Hemos sentido el deseo de sanar las heridas todavía abiertas y seguir de forma tenaz el camino hacia la plena comunión.

Nuevamente, como hicieron los papas anteriores, yo pido perdón por lo que nosotros hemos hecho para favorecer esta división y le pido al Espíritu Santo que nos ayude a sanar las heridas que hemos causado a nuestros hermanos, todos somos hermanos en Cristo y con el patriarca Bartolomeo somos amigos y hermanos, y hemos compartido la ganas de caminar juntos, hacer todo lo que juntos podemos hacer: rezar juntos, trabajar juntos por el rebaño de Dios, buscar la paz, custodiar la creación y como hermanos tenemos que ir adelante.

Otra finalidad de esta peregrinación ha sido animar en aquella región el camino hacia la paz, que es al mismo tiempo don de Dios y empeño de los hombres. Lo he hecho en Jordania, Palestina e Israel. Y lo he hecho siempre en cuanto peregrino, en el nombre de Dios y del hombre, llevando en el corazón una gran compasión por los hijos de aquella Tierra que desde hace demasiado tiempo conviven con la guerra y tienen el derecho de conocer finalmente días de paz.

Por este motivo he exhortado a los fieles cristianos a dejarse 'ungir' con corazón abierto y dócil, por el Espíritu Santo, para ser siempre más capaces de gestos de humildad, de fraternidad y de reconciliación. Humildad, hermandad, reconciliación...

El Espíritu permite asumir estas actitudes en la vida cotidiana, con personas de diversas culturas y religiones, y así volverse 'artesanos' de la paz. La paz se construye artesanalmente, no hay industrias de paz, se hace cada día, artesanalmente y con el corazón abierto para que venga el don de Dios. Por ello he exhortado a los cristianos de dejarse ungir.

En Jordania he agradecido a las autoridades y al pueblo por su empeño, al acoger numerosos prófugos provenientes desde las zonas de guerra, que merecen y necesitan el apoyo constante de la comunidad internacional. He quedado impresionado por la generosidad del pueblo jordano al acoger a los prófugos. Tantos que huyen de la guerra en esa zona. Y que el Señor bendiga a este pueblo acogedor. Y tenemos que rezar para que el Señor bendiga a este pueblo, en este trabajo de acogida que realiza.

Durante la peregrinación también en otros lugares he animado a las debidas autoridades para que sigan en sus esfuerzos para relajar las tensiones en el área de Oriente medio, especialmente en la martirizada Siria, como seguir buscando una solución equitativa al conflicto palestino-israelí.

Por esto he invitado al presidente de Israel y al presidente de Palestina, ambos hombres de paz y artífices de paz, para que vengan al Vaticano a rezar juntos conmigo por la paz. Y por favor, les pido a ustedes que no nos dejen solos, recen mucho para que el Señor nos dé la paz en aquella tierra bendita. Cuento con estas oraciones, recen mucho para que llegue la paz.

Esta peregrinación en Tierra Santa ha sido también la ocasión para confirmar en la fe a las comunidades cristianas, que sufren tanto, y expresar la gratitud de toda la Iglesia por la presencia de los cristianos en esta zona y en todo Oriente Medio. Estos hermanos nuestros son valientes testigos de la esperanza y caridad, 'sal y luz' en aquella Tierra. Con su vida de fe y de oración y con su preciosa actividad educativa y asistencial, ellos trabajan por la reconciliación y el perdón, contribuyendo al bien común de la sociedad.

Con esta peregrinación que ha sido una verdadera gracia del Señor, he querido llevar una palabra de esperanza, si bien al mismo tiempo la he recibido. La he recibido de los hermanos y hermanas que esperan 'contra toda esperanza', a través de tantos sufrimientos, como las de quien se escapó del propio país debido a los conflictos. Como la de aquellos que en diversas partes del mundo sufren discriminación y desprecio por causa de su fe en Cristo.

Sigamos estando cerca de ellos. Recemos por ellos y por la paz en Tierra Santa y en todo el Medio Oriente. La oración de toda la Iglesia sea de apoyo también del camino hacia la plena unidad entre los cristianos, para que el mundo crea en el amor de Dios, que en Jesucristo vino a vivir en medio de nosotros.

E invito a todos a que recemos juntos, a la Virgen, Reina de la paz, Reina de la unidad, la mamá de todos los cristianos, que Ella nos dé la paz en todo el mundo y que nos acompañe en este camino de unidad. (Ave María).

DISTINGUIENDO FANTASÍA DE REALIDAD, LOS QUE PUEDAN


Uno de los grandes placeres que tiene Internet es leer los millares de teorías conspiratorias respecto al Vaticano, el Concilio Vaticano II y el Papa.

Es toda una selva narrativa en la que pululan logias masónicas, extraterrestres, grupos modernistas, dobles que sustituyen a los Papas, y todo ello bien espolvoreado de conexiones con Rusia, bancos oscuros, la ONU como cobertura del verdadero gobierno mundial y otras muchas cosas dignas de las más desatadas imaginaciones. El problema son los centenares de autores que aseguran que su versión es la verdadera y que todos los demás están equivocados.

Desde luego que son los tradicionalistas los más glotones de estas historias. Pero hay almas cándidas que, de vez en cuando, caen en estas redes de araña y se dejan enredar. También están los apocalípticos y los que creen a la primera pseudovisión mariana que les llega por email.

Los apocalípticos son todos los que creen que el fin del mundo está aquí porque este año ha habido tres o cuatro terremotos fuertes en tal o cual lugar, o porque Obama quiere aprobar la Seguridad Social, o porque el último tornado fue más fuerte de lo que se esperaba.

Si pudiéramos fundir todo este magma en una sola novela, sería la novela suprema. Aunque hubiera capítulos que se contradijeran entre sí.

P. FORTEA

miércoles, 28 de mayo de 2014

MENSAJE DE MARÍA SANTÍSIMA EN EL AMOR SANTO



8 DE MAYO DEL 2014

FIESTA DE MARÍA, MEDIADORA DE TODA LA GRACIA

La Santísima Virgen llega como Nuestra Señora de la Gracia, y tiene muchas rosas cayendo de Sus manos. Dice: “Alabado sea Jesús.”

“Nunca se me envía a la tierra sin muchas gracias para compartir con Mis hijos. Y así es hoy, les traigo la gracia de Mi Presencia y la gracia de este mensaje. Decidan escucharme a Mí, su Madre Celestial.”

“Al mundo se le ha dado muchas gracias pero, por arrogancia, ha elegido fracturar la relación entre el corazón del hombre y Dios. Por lo tanto, se están reteniendo muchas gracias en estos tiempos; gracias como una gran habilidad para distinguir el bien del mal, el liderazgo firme y recto y la unidad en la rectitud. Incluso la gracia de esta Misión se opaca por estos errores basados en el orgullo. Las personas están confundidas y desorientadas a tal grado que no reconocen la verdad cuando está frente a ellas, tal como Mi Presencia aquí hoy.”

“Los gobiernos están tomando decisiones morales cada vez más decadentes que arrastran al corazón del mundo más profundamente al abismo de la oscuridad. No hay interés por la Voluntad de Dios ni por Sus mandamientos. La humanidad ha sido engañada para que piense que su propia importancia vale más que la ley de Dios.”

“Debido a este pensamiento confuso y retorcido, Dios retiene mucha de Su protección contra el mal y mucha de Su Provisión en la naturaleza. Es por eso que esos hijos Míos que caminan en la luz de la verdad sienten esa sensación de desasosiego.”

“Sepan que Mi Corazón sigue siendo su humilde refugio, y busquen Mi protección en cualquier momento. Recen pidiendo que Dios permita gentilmente Mis constantes visitas aquí.”

CELIBATO SACERDOTAL: RAZONES DE PESO


Ha reaparecido el tema del celibato sacerdotal. Aunque hay asuntos mucho más importantes, conviene aprovechar la cobertura mediática para explicar cuáles son las razones de peso que justifican dicha medida disciplinaria en la Iglesia Católica de rito latino. De entrada, tenemos que se trata de reproducir el mismo estilo de vida de Jesús, quien fue célibe; sin embargo, para los que no se conforman con una lectura teológica o espiritual, están las implicaciones prácticas. Todo el que conozca a un buen sacerdote se habrá podido dar cuenta de la increíble carga de trabajo -sin duda, causa de muchas satisfacciones- que lleva sobre sus hombros. ¿No sería inhumano sumarle la responsabilidad de tener esposa e hijos? A la hora de la muerte, ¿quiénes y qué bienes heredarían?, ¿acaso podría con la parroquia y el hogar? ¿los niños no terminarían siendo inestables ante tantos cambios de domicilio y/o comunidad? Seamos sensatos. Dos vocaciones en una rebasan a cualquiera.

El que haya excepciones a la regla -como, por ejemplo, en el caso de los sacerdotes de rito oriental- no es un argumento suficiente para desecharla, pues se conocen muchos conflictos que los casados-ordenados, están teniendo a la hora de administrar su tiempo para poder repartirlo entre las actividades del ministerio y los compromisos familiares. En otras palabras, hay muchas quejas -justiciadas- de parte de los fieles, quienes se sienten mal atendidos. El que esto escribe, escuchó de un sacerdote maronita que, aunque tenía la posibilidad de casarse y, posteriormente, ser ordenado, optó por el celibato. ¿La causa? no se puede estar en dos cosas al mismo tiempo sin que una se quede desatendida. Es cuestión de lógica y no de rechazo a la sexualidad humana. Ordenar a varones casados en contextos marcados por la guerra o el paso de otra confesión cristiana a la Iglesia Católica es aceptable, razonable; sin embargo, fuera de eso es sobrecargar demasiado a una persona que se verá muy limitada al momento de sacar adelante la tarea que le corresponde como ministro ordenado.

Supongamos que un párroco casado tiene tres hijas y que una de ellas regresa de un viaje el día y la hora de la apertura del sínodo diocesano. ¿Cuál será su prioridad? Obviamente recoger a la niña en el aeropuerto. Si el sacerdocio fuera un trabajo; es decir, dentro de un horario establecido, no habría problema, pero cuando se trata de un estilo de vida concreto resulta incompatible con la formación y el sostenimiento de un hogar. Los fieles terminarían pagando todo y eso tampoco sería justo. Si se aplicó dicha medida disciplinaria fue para evitar sobrecargar a los involucrados. Ahora bien, aceptar la carta de una mujer que pide al Papa el fin del celibato para poder relacionarse libremente con el sacerdote que se ha convertido en su novio, es tan ilógico y rebuscado como el que un hombre o una mujer le solicite un permiso para vivir en adulterio.

Ahora bien, quien decide entrar al seminario ya sabe a lo que va. Si su idea es casarse, ¡que no entre y punto! El celibato sacerdotal es sinónimo de entrega a tiempo completo en favor de la evangelización y la administración de los sacramentos. Así de claro.

Carlos J. Díaz Rodríguez

DIARIO DE UN CURA CUALQUIERA (2)


No os conformeis a este mundo

(Rom 12, 2)

Seguimos leyendo las amarillentas hojas de nuestro querido D. Fernando que, con su bonita letra inglesa nos sigue describiendo apretadamente, con claras intenciones de aprovechar bien el papel, los inicios de su vocación que le sumieron en una larga temporada sembrada de inquietudes juveniles, buscando sinceramente la luz que nadie le ofrecía. Como ya apuntamos en el primer capítulo, resulta asombroso como en la naturaleza humana de todos los tiempos se repiten los mismos fenómenos e inquietudes, la búsqueda y la desorientación, los éxitos y los fracasos, la alegría y la amargura, la fe y la indiferencia, las crisis de crecimiento que amenazan ser permanentes si no se afrontan en su momento con decisión y prudencia. Parece que a nuestro protagonista, por fin, se le abrió una puerta que él describe con detalle en sus memorias.

El trato con algunas personas enfermas me hizo ver claro que lo mío era dedicarme a los demás apostólicamente. Los visitaba de vez en cuando, y esto se comentaba en un pueblo tan pequeño por no ser normal que un chico de mi edad se preocupara de estas situaciones. Alguna inclinación me vería la buena gente cuando lo comentaba con mi familia. Ellos no decían nada, porque yo tampoco hablaba de este tema. Consideraban la conducta casi normal por estar metido en las actividades religiosas de la parroquia. Alguna vez había ido por el pueblo algún alumno del Seminario, y entonces me enteré que a los que estudiaban en este centro para sacerdotes se les llamaba seminaristas. Creo que vino a visitar al cura, que estuvo también de párroco en su pueblo cuando sintió la vocación. Vestía una sotana pobretona, y llevaba un fagín ceñido a la cintura.

Poco pelo y unas gafas de miope casi negras. Parecía simpático, y su aspecto juvenil y abierto me calló bien. Saludó a los monaguillos y a los pocos muchachos que por allí estábamos. Entre nosotros comentábamos lo alegre que se le veía, y lo listo que debería ser para estudiar nada menos que la carrera de cura. En el pueblo no había nadie más listo que el párroco, que sabía más que el maestro que nos enseñó a leer a todos los chiquillos. El maestro nos explicaba cosas interesantes, pero no hablaba de cosas tan profunda como D. Pedro -así se llamaba el párroco-, cuando explicaba el Evangelio o nos daba catequesis. Sí, al seminarista se le veía cara de listo. Nos dijo algunas cosas que no recuerdo, pero que nos agradaron mucho. Era un tipo de joven que nunca había visto. Pasé un rato feliz aquella tarde, y pienso que mis inquietudes se acentuaron, y algo de luz empezó a verse en mi corazón.

¡Qué importante es el testimonio! A los hombres nos gusta ver, necesitamos ver. Siempre ha sido así. En aquellas épocas en que la lectura y la cultura eran escasas, y en esta que nos atosiga de teorías, palabras, proyectos, ideas..., estamos saturados de promesas y proyectos que muchas veces no se cumplen. Necesitamos testimonios vivos, gente que encarna de verdad lo que se escribe y se predica. El mundo atrae por sus imágenes, cada vez más seductoras. Dios se quiso hacer presente en el mundo mediante la imagen del hombre, y el hombre le falló. A lo largo de la historia nos ha ido enviando imágenes fuertes de almas escogidas, pero no las hemos querido mirar. En un momento determinado, el mismo Verbo de Dios se hace hombre para que veamos cómo actúa Dios en persona, y los hombres lo crucificaron. Nos dejó la Iglesia, signo y sacramento de su presencia en la historia de la humanidad, pero, ¿qué estamos haciendo de la Iglesia? Nunca se ha hablado tanto y con tanta megafonía. Pero el mundo quiere ver, necesita ver que lo que se dice se vive, que la fe no es una teoría, que las obras son de verdad amores, y no puras razones. ¿Puede ser esta otra de las causas de la crisis vocacional? Tal vez lo jóvenes vean poco, o no vean lo que deben ver, lo que quieren ver.

Para D. Fernando, ver a un seminarista supuso casi descubrir lo que iba buscando, como él comentará más adelante. Una imagen vale más que mil palabras. Y si la imagen es pura, honesta, auténtica, el bien que puede hacer es inmenso. Leyendo las florecillas de San Francisco de Asís, recuerdo aquella anécdota curiosa e ingenua de Francisco que pidió a un hermano de la Orden que le acompañara a predicar a la ciudad. Los dos, vestidos con su tosco sayal marrón, recorrieron todas las calles de la urbe. Al cabo de un tiempo le dijo Francisco al fraile que le acompañaba que se marchaban ya para el convento. Todo extrañado el frailecillo le preguntó:- Pero Padre Francisco, ¿no íbamos a predicar? -A lo que contestó el pobre de Asís: -Sí, hermano, ya lo hemos hecho con nuestra presencia en las calles.- Y se marcharon contentos de haber “hablado” del Evangelio.

Me duró la alegría varios días. Parecía que la calma interior me había dado la paz para siempre. Veía más claras las cosas al conocer a aquel joven clérigo que - según nos comentaría más tarde el cura- le faltaba poco para ser sacerdote. Pero esa serenidad duró poco. Volvía a las incertidumbres y las dudas. No entendía nada. Con el paso del tiempo comprendería que en la vida del hombre siempre hay una lucha continua entre el bien y el mal, la verdad y la mentira, la fe y la duda... Toda mi historia, y me imagino que la de muchísima gente, está sembrada de “crisis” permanente, que Dios permite para que no nos durmamos y luchemos por encontrarle en ese misterioso mundo de la fe.

He leído muchas veces a San Juan de la Cruz y Santa Teresa, y me han confirmado con sus vidas y escritos que lo que digo es verdad. Pero, claro, eso lo entendí yo mucho más tarde. A mis quince años las crisis eran angustiosas. Descubría un mundo bonito que me atraía, pero al mismo tiempo el ambiente que me rodeaba en el pequeño pueblo me atraía con las pobres, pero sugestivas ofertas que me hacía continuamente. Me gustaban las chicas, me atraían con sus simpatías o astucias de mujeres. Tengo que confesar que no había malas intenciones, pero la adolescencia, según he podido comprobar en mi larga vida pastoral, es casi igual para todos y en todas partes. Lo que yo no entendía es si era compatible ese atractivo natural con el deseo de una entrega a Dios en el sacerdote. Yo pensaba que no, y esto me hacía vacilar continuamente. Y yo, en mi ingenuidad rezaba a mi Virgen particular todo lo que sabía, con la confianza absoluta de que me resolvería el problema. Y así fue. ¿Cómo? Intentaré explicarlo brevemente.

Marzo de 1835. Era ya Cuaresma empezada. El Párroco invitó a unos padres jesuitas a dar unas misiones en el pueblo. Creo que vinieron solamente dos, uno mayor y el otro más joven. Esto era una novedad para la vida monótona del pueblo. Los misioneros trastocaron todo el orden normal de la vida en los días que duró la misión. Recuerdo que hubieron actos para todo tipo de personas: niños, jóvenes, ancianos, mujeres, enfermos, matrimonios, etc. El estilo nos resultaba llamativo, pues se salía de la monotonía del párroco, que ya llevaba varios años en el pueblo y nos conocíamos todos sus consejos y ejemplos. No se me olvidan los largos ratos dedicados a confesar. Cerca de aquellos desvencijados confesionarios de la iglesia se formaban interminables colas de mujeres y jóvenes durante el día, y de hombres al anochecer. Yo me puse en una de las colas y me dispuse a hacer una confesión casi nueva, pues era la primera vez que me confesaba con un sacerdote distinto al cura que había conocido desde que hice la primera comunión. Cuando me llegó el turno me arrodillé en un reclinatorio rojo que había por la parte que confesaban los hombres, y dije las palabras de saludo habituales. Aquel Padre, antes de que yo dijera nada se interesó por mí y me preguntó una serie de cosas que yo ni siquiera había pensado. Después le dije todos los pecados que recordaba, incluso los que había confesado en confesiones anteriores pero que tenía dudas si lo había hecho bien. Me dio unos consejos, y me preguntó si había pensado alguna vez consagrar la vida a Dios.

Fue para mí una tremenda sorpresa, pues venía a tocar el punto clave de esa crisis vocacional que yo venía arrastrando desde hacía tiempo. Entonces le expliqué lo que me pasaba, y recuerdo que él me sonrió y se interesó mucho por mí. Me dijo que siguiera pidiéndole luz al Señor y fortaleza para vencer las dificultades que se presentaran. Me preguntó si tenía devoción a la Virgen, y le dije inmediatamente que sí, pues como ya he contado era mi fuerte. Entonces me entregó una estampa con una oración para que la rezara todos los días. Así lo hice y me la aprendí de memoria pronto. Hasta hoy la vengo rezando cada mañana. Se trata de aquella conocida oración que después encontraría en tantos libros, y que empieza así: “¡Oh Señora mía, oh Madre mía! Yo me entrego del todo a tí....”. ¡Qué bien me hizo, y me sigue haciendo esta oración tan bonita! Aquellas palabras y consejos que me dio el misionero me animaron muchísimo. Abrieron grandes ventanales en mi alma por donde comenzó a entrar la luz intensamente.

Todo lo veía más claro. Me daba la impresión de que Dios había salido a mi encuentro a través de aquel sacerdote. Para mí aquellas misiones fueron providenciales, y ya habían dado su fruto. Si uno no se deja llevar por la vida, sino que busca sinceramente la Verdad, Dios sale siempre a tu encuentro cuando menos lo esperas. Por eso comprendo ahora las palabras de San Pablo que mucho más adelante leería con frecuencia: No os conforméis a este mundo.

Es muy cierto lo que nos dice el diario. Dios nunca falla. Diríamos que se acerca a nosotros sigilosamente un día para sembrar la semilla de la inquietud. Durante un tiempo va como jugando con nosotros al escondite, sin dejarse ver claramente. Seguramente para fomentar en el alma el ansia de buscarle, el interés por encontrarle. Me dan mucho miedo aquellas personas que siempre han tenido a Dios a su lado, sin necesidad de buscarle, y no valoran su presencia porque no ha sido fruto de su lucha. A Dios hay que conquistarlo para considerarlo algo nuestro.

El amor es conquista. Hay que ganarse a la persona amada, y naturalmente con sólo el amor. Y a Dios hay que ir con fe y amor si queremos de verdad disfrutar del consuelo de su presencia. Santa Teresa de Jesús, comentando el libro del Cantar de los Cantares, anima a sus monjas a ir a Jesús Sacramentado no por cumplimiento, sino con gran fe y amor para dejarse enriquecer por El: “Por cierto que pienso que, si nos llegásemos al santísimo sacramento con gran fe y amor, que de una vez bastase para dejarnos ricas, ¡cuanto más de tantas!, sino que no parece sino cumplimiento el llegarnos a El, y así nos luce tan poco. ¡Oh miserable mundo, que así tienes atrapados los ojos de los que viven en ti, que no vean los tesoros con que podrían granjear riquezas perpetuas!” (MC 3, 9).

No se entiende esto si no hay sinceridad en nuestra fe. Con demasiada frecuencia encontramos hoy en la juventud un total despiste religioso, una gran desorientación. No sé lo que está fallando en nuestra pedagogía religiosa que no terminan de aprender. Hemos huido frenéticamente de los antiguos catecismos y tratados por considerarlos excesivamente teóricos y trasnochados, y hemos caído en una enseñanza religiosa o catequesis de pura letra e imagen, pero con la misma falta de vida. Es verdad que todo hoy se presenta más bonito, pero sigue faltando la experiencia propia de Dios. No se llega al encuentro personal. Muchas veces ni se habla de Él. Nos quedamos en el problema, la duda, el debate, la opinión, la camaradería, la pura frivolidad que se cuela hasta en lo más sagrado. Muchos niños y muchos jóvenes acuden a las catequesis pero, ¿se le ofrece a Dios la oportunidad de acercarse a esas almas para sembrar la semilla del amor? A Dios hay que tratarle si queremos que de verdad llegue a ser algo nuestro.

“Queridos muchachos: Tarde o temprano tendréis que pensar también vosotros en cómo haceros útiles para mejorar la sociedad humana y el mundo en que vivimos. Entonces pensaréis también en lo que podrá ser más eficaz y mejor a este fin. Pues bien, recordad que sólo en el Evangelio de Jesucristo seréis capaces de liberar de verdad al hombre de toda esclavitud y darle la felicidad más honda. Pues, en efecto, el Evangelio coloca en el centro el amor y no el odio, la igualdad de todos y no la opresión ejercida por unos pocos, el diálogo de la paz y no el choque de la lucha, la persona humana y no una ideología abstracta, el impulso a la vida en todas sus manifestaciones y jamás la vejación de la vida” (Juan Pablo II, 14-2-1979). Todo eso es fruto del amor a Dios. Y solamente Él es capaz de llenar seriamente una vida. Hay que dejar que el Señor se acerque a nosotros y siembre la inquietud de hacer de nuestra vida algo que merezca la pena. La labor sacerdotal es lo más útil que hay en el mundo, por lo que es y por lo que aporta al hombre. Realmente no podemos conformarnos a este mundo, sino darle lo que necesita. Hay que suscitar el hambre de Dios, la sed espiritual que nos lleva a buscar la verdadera fuente de nuestra felicidad.

Juan García Inza

EL DEMONIO CREE EN DIOS Y ESTÁ EN EL INFIERNO



Queridos amigos y hermanos de ReL: cada 25 de mes, en la Iglesia de Santiago Apóstol de Cádiz elevamos, junto al Pan y el Vino, nuestra plegaria agradecida en la Santa Misa en sufragio por el alma del querido padre Jorge Loring, SJ. ¿Por qué cada 25 de mes? Porque falleció el 25 de diciembre de 2013, y cuando rezamos los solemnes funerales con un grupo de gente amiga y querida por él, nos pareció regalarle en cada aniversario de mes, estas misas que tanto agradecerá.

La reflexión de la misa al 5º mes de su partida giró en torno al evangelio que nos pone en clima de despedida, ya que el próximo domingo celebraremos la Ascensión del Señor, el regreso de Jesús al Padre. Cristo no estará visible entre los suyos. Por eso, en el 6º Domingo de Pascua, promete enviar una ayuda importantísima: el Espíritu Santo Paráclito. Toda la liturgia nos habló del Espíritu Santo y de su acción en la Iglesia, cuya venida celebraremos dentro de quince días, en la festividad de Pentecostés.

La noche de la última Cena Jesús decía a los suyos: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre” (Jn 14, 15-21). La observancia de los mandamientos como prueba de amor auténtico -recomendada repetidas veces en el discurso de la Cena- es puesta por Jesús como condición para recibir al Espíritu Santo. Solamente quien vive en el amor y por lo tanto en el cumplimiento del querer divino, es apto para acoger al Espíritu Santo que es el Amor infinito hecho persona.

En el archivo de homilías de padre Jorge Loring, que encontramos alojado en el pionero y siempre recomendable portal católico: “Catholic.net”, encontramos una breve homilía suya donde a través de afirmaciones breves y contundentes nos enseña en 9 ideas, lo siguiente:

1.- En el Evangelio de hoy nos dice Cristo que si le amamos guardaremos sus mandamientos. Y en una ocasión en que un joven le preguntó lo que hay que hacer para entrar en la vida eterna, Cristo le contestó: «guardar los mandamientos».

2.- Ya dice el refrán español: «Obras son amores, y no buenas razones».

3.- Por eso es absurdo eso de los «católicos no practicantes». El ser católico se demuestra con las obras. ¿Qué diríamos de uno que dijera: «yo soy escritor, pero jamás he escrito una línea». O de otro: «yo soy futbolista, pero jamás he dado una patada a un balón. Hay que ser coherentes.

4.- Los protestantes dicen que para salvarse basta la fe. Pero los católicos decimos que además de la fe son necesarias las buenas obras. Ya lo dice Jesucristo en el Evangelio de hoy, y también lo dice el Apóstol Santiago en su carta (2,26): «La fe sin obras está muerta». El demonio cree en Dios, y está en el infierno.

5.- Tampoco bastan las obras buenas sin la fe. Hay ateos que son buenas personas, pero si no creen en Dios, esas buenas obras no bastan. A no ser que su falta de fe sea inculpable. Pero es difícil que entre nosotros haya personas que no hayan tenido ocasión de informarse sobre la fe. El que no tiene fe por falta de interés en informarse, es responsable de su falta de fe. Su ignorancia es culpable.

6.- Los mandamientos no son imposiciones caprichosas, sino un exponente de la ley natural; por eso incluso los que se consideran ateos se molestan si se les llama mentirosos o ladrones.

7.- Si todo el mundo los cumpliera, sobrarían todas las cárceles.

8.- El cumplir los mandamientos, a veces, es costoso; pero su cumplimiento perfecciona al hombre. Lo mismo que las ruedas del carro que, aunque pesan, le ayudan a andar; un carro sin ruedas no hay quien lo mueva.

9.- Pero no son imposibles de guardar, con la ayuda de Dios. Decía San Agustín: «Dios no pide imposibles; sino que hagas lo que puedas, le pidas lo que no puedas, y Él te ayudará para que puedas». Y también: «Señor, dame fuerza para lo que me pides, y pídeme lo que quieras».

Ante toda estas afirmaciones nos preguntamos ¿Basta la fe para salvarnos?

En el libro “400 Respuestas” a preguntas que usted puede hacer sobre la doctrina católica, el padre Loring responde a la siguiente pregunta: “Si San Pablo dice (Rom 3,28) que el hombre se justifica por la fe y no por el cumplimiento de la Ley, ¿por qué los católicos ignoran este texto?”. Respuesta: Los católicos no ignoramos este texto, sino que lo entendemos correctamente.

San Pablo se refiere a la Ley de Moisés que los fariseos exageraban con multitud de preceptos. Pero el mismo San Pablo dice (Gal 5,6) que además de la fe hace falta la caridad. El mensaje de San Pablo en el texto que usted me cita es que lo que nos salva no es el cumplimiento de la Ley Mosaica, sino la fe en Jesucristo.

Y la fe en Jesucristo se manifiesta guardando sus mandamientos. Por eso dice Él (Mt 7,21) que para salvarse hay que cumplir la voluntad de Dios.

El Evangelio habla repetidas veces que hay que practicar el bien. Sobre todo, cuando habla del juicio final: los condenados lo son por no haber hecho obras buenas.

“Yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito, para que esté siempre con vosotros”, hemos oído decir a Jesús hoy. Él se está despidiendo. Pero nos asegura que enviará un auxilio poderoso: el Espíritu Santo Paráclito. El Espíritu de la verdad que, a pedido de Jesús, el Padre nos ha enviado y está siempre con nosotros.

Que este Espíritu de Jesús nos haga entender que "la fe sin obras está muerta", que nos grave a fuego aquella verdad más grande que una casa del sabio refranero español: "Obras son amores, y no buenas razones". Es decir, con mis obras demuestro mi fe y mi amor a Jesucristo. «Señor, dame fuerza para lo que me pides, y pídeme lo que quieras».

A este Señor y dador de Vida, que es el Espíritu Santo, por manos de María Santísima, encomendamos el alma del Padre Jorge Loring, descanse en paz, amén.

LE INVITO A ESCUCHAR EL AUDIO DE ESTAS REFLEXIONES EN EL SIGUIENTE VÍNCULO:


Padre José Medina