lunes, 29 de marzo de 2010

VIA CRUCIS SIMPLE PARA HACERLO EN CASA... EN FAMILIA


14 ESTACIONES

ORACIONES INICIALES

TODOS:
Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
Oh buen Jesús, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame y mándame ir a Ti, para que con tus santos te alabe, por los siglos de los siglos. Amén.

Por la señal, de la Santa Cruz de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

ACTO DE CONTRICCIÓN
TODOS: Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y redentor mío; por ser Vos quien sois, Bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón de haberos ofendido; también me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno. Ayudado de vuestra divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar, confesarme, y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Amén.

1ª ESTACIÓN: JESÚS SENTENCIADO A MUERTE
TODOS: Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

GUÍA: Sentenciado y no por un tribunal, sino por todos. Condenado por los mismos que le habían aclamado poco antes. Y El calla...

Nosotros huimos de ser reprochados. Y saltamos inmediatamente...Dame, Señor, imitarte, uniéndome a Ti por el Silencio cuando alguien me haga sufrir. Yo lo merezco. ¡Ayúdame!
TODOS: Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.

Se reza a continuación un Padrenuestro.

CANCIÓN: Perdona a tu pueblo Señor, perdona a tu pueblo, perdónalo Señor.

2ª ESTACIÓN: JESÚS CARGADO CON LA CRUZ
TODOS: Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

GUÍA: Que yo comprenda, Señor, el valor de la cruz, de mis pequeñas cruces de cada día, de mis achaques, de mis dolencias, de mi soledad.
Dame convertir en ofrenda amorosa, en reparación por mi vida y en apostolado por mis hermanos, mi cruz de cada día.

TODOS: Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.

Se reza a continuación un Padrenuestro.

CANCIÓN: Perdona a tu pueblo Señor, perdona a tu pueblo, perdónalo Señor.

3ª ESTACIÓN: JESÚS CAE, POR PRIMERA VEZ, BAJO EL PESO DE LA CRUZ.
TODOS: Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

GUÍA: Tú caes, Señor, para redimirme. Para ayudarme a levantarme en mis caídas diarias, cuando después de haberme propuesto ser fiel, vuelvo a reincidir en mis defectos cotidianos.

¡Ayúdame a levantarme siempre y a seguir mi camino hacia Ti!

TODOS: Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.

Se reza a continuación un Padrenuestro.

CANCIÓN: Perdona a tu pueblo Señor, perdona a tu pueblo, perdónalo Señor.

4ª ESTACIÓN: ENCUENTRO CON LA VIRGEN
TODOS: Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

GUÍA: Haz Señor, que me encuentre al lado de tu Madre en todos los momentos de mi vida. Con ella, apoyándome en su cariño maternal, tengo la seguridad de llegar a Ti en el último día de mi existencia.¡Ayúdame Madre!

TODOS: Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.

Se reza a continuación un Padrenuestro.

CANCIÓN: Perdona a tu pueblo Señor, perdona a tu pueblo, perdónalo Señor.

5ª ESTACIÓN: EL CIRINEO AYUDA AL SEÑOR A LLEVAR LA CRUZ
TODOS: Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

GUÍA: Cada uno de nosotros tenemos nuestra vocación, hemos venido al mundo para algo concreto, para realizarnos de una manera particular.

¿Cuál es la mía y cómo la llevo a cabo?

Pero hay algo, Señor, que es misión mía y de todos: la de ser Cirineo de los demás, la de ayudar a todos.

¿Cómo llevo adelante la realización de mi misión de Cirineo?

TODOS: Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.

Se reza a continuación un Padrenuestro.

CANCIÓN: Perdona a tu pueblo Señor, perdona a tu pueblo, perdónalo Señor.

6ª ESTACIÓN: LA VERÓNICA ENJUGA EL ROSTRO DE JESÚS
TODOS: Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

GUÍA: Es la mujer valiente, decidida, que se acerca a Ti cuando todos te abandonan. Yo, Señor, te abandono cuando me dejo llevar por el "qué dirán", del respeto humano, cuando no me atrevo a defender al prójimo ausente, cuando no me atrevo a replicar una broma que ridiculiza a los que tratan de acercarse a Ti. Y en tantas otras ocasiones.

Ayúdame a no dejarme llevar por el respeto humano, por el "qué dirán".

TODOS: Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.

Se reza a continuación un Padrenuestro.

CANCIÓN: Perdona a tu pueblo Señor, perdona a tu pueblo, perdónalo Señor.

7ª ESTACIÓN: SEGUNDA CAÍDA EN EL CAMINO DE LA CRUZ
TODOS: Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

GUÍA: Caes, Señor, por segunda vez. El Via Crucis nos señala tres caídas en tu caminar hacia el Calvario. Tal vez fueran más.

Caes delante de todos... ¿Cuándo aprenderé yo a no temer el quedar mal ante los demás, por un error, por una equivocación? ¿Cuándo aprenderé que también eso se puede convertir en ofrenda?

TODOS: Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.

Se reza a continuación un Padrenuestro.

CANCIÓN: Perdona a tu pueblo Señor, perdona a tu pueblo, perdónalo Señor.

8ª ESTACIÓN: JESÚS CONSUELA A LAS HIJAS DE JERUSALÉN
TODOS: Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

GUÍA: Muchas veces, tendría yo que analizar la causa de mis lágrimas. Al menos, de mis pesares, de mis preocupaciones. Tal vez hay en ellos un fondo de orgullo, de amor propio mal entendido, de egoísmo, de envidia.

Debería llorar por mi falta de correspondencia a tus innumerables beneficios de cada día, que me manifiestan, Señor, cuánto me quieres. Dame profunda gratitud y correspondencia a tu misericordia.

TODOS: Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.

Se reza a continuación un Padrenuestro.

CANCIÓN: Perdona a tu pueblo Señor, perdona a tu pueblo, perdónalo Señor.

9ª ESTACIÓN: JESÚS CAE POR TERCERA VEZ
TODOS: Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

GUÍA: Tercera caída. Más cerca de la Cruz. Más agotado, más falto de fuerzas. Caes desfallecido, Señor.

Yo digo que me pesan los años, que no soy el de antes, que me siento incapaz.

Dame, Señor, imitarte en esta tercera caída y haz que mi desfallecimiento sea beneficioso para otros, porque te lo doy a Ti para ellos.

TODOS: Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.

Se reza a continuación un Padrenuestro.

CANCIÓN: Perdona a tu pueblo Señor, perdona a tu pueblo, perdónalo Señor.

10ª ESTACIÓN: JESÚS DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS
TODOS: Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

GUÍA: Arrancan tus vestiduras, adheridas a Ti por la sangre de tus heridas.

A infinita distancia de tu dolor, yo he sentido, a veces, cómo algo se arrancaba dolorosamente de mí por la pérdida de mis seres queridos. Que yo sepa ofrecerte el recuerdo de las separaciones que me desgarraron, uniéndome a tu pasión y esforzándome en consolar a los que sufren, huyendo de mi propio egoísmo.

TODOS: Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.

Se reza a continuación un Padrenuestro.

CANCIÓN: Perdona a tu pueblo Señor, perdona a tu pueblo, perdónalo Señor.

11ª ESTACIÓN: JESÚS CLAVADO EN LA CRUZ
TODOS: Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

GUÍA: Señor, que yo disminuya mis limitaciones con mi esfuerzo y así pueda ayudar a mis hermanos. Y que cuando mi esfuerzo no consiga disminuirlas, me esfuerce en ofrecértelas también por ellos.

TODOS: Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.

Se reza a continuación un Padrenuestro.

CANCIÓN: Perdona a tu pueblo Señor, perdona a tu pueblo, perdónalo Señor.

12ª ESTACIÓN: JESÚS MUERE EN LA CRUZ
TODOS: Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

GUÍA: Te adoro, mi Señor, muerto en la Cruz por Salvarme. Te adoro y beso tus llagas, las heridas de los clavos, la lanzada del costado... ¡Gracias, Señor, gracias!
Has muerto por salvarme, por salvarnos. Dame responder a tu amor con amor, cumplir tu Voluntad, trabajar por mi salvación, ayudado de tu gracia. Y dame trabajar con ahínco por la salvación de mis hermanos.

TODOS: Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.

Se reza a continuación un Padrenuestro.

CANCIÓN: Perdona a tu pueblo Señor, perdona a tu pueblo, perdónalo Señor.

13ª ESTACIÓN: JESÚS EN BRAZOS DE SU MADRE
TODOS: Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

GUÍA: Déjame estar a tu lado, Madre, especialmente en estos momentos de tu dolor incomparable. Déjame estar a tu lado. Más te pido: que hoy y siempre me tengas cerca de Ti y te compadezcas de mí.¡Mírame con compasión, no me dejes, Madre mía!

TODOS: Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.

Se reza a continuación un Padrenuestro.

CANCIÓN: Perdona a tu pueblo Señor, perdona a tu pueblo, perdónalo Señor.

14ª ESTACIÓN: EL CADÁVER DE JESÚS PUESTO EN EL SEPULCRO
TODOS: Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo.

GUÍA: Todo ha terminado. Pero no: después de la muerte, la Resurrección. Enséñame a ver lo transitorio y pasajero, a la luz de lo que perdura. Y que esa luz ilumine todos mis actos. Así sea.

TODOS: Señor, pequé, ten piedad y misericordia de mí.

Se reza a continuación un Padrenuestro.

CANCIÓN: Perdona a tu pueblo Señor, perdona a tu pueblo, perdónalo Señor.

ORACIÓN FINAL
GUÍA: Te suplico, Señor, que me concedas, por intercesión de tu Madre la Virgen, que cada vez que medite tu Pasión, quede grabado en mí con marca de actualidad constante, lo que Tú has hecho por mí y tus constantes beneficios. Haz, Señor, que me acompañe, durante toda mi vida, un agradecimiento inmenso a tu Bondad. Amén.

Virgen Santísima de los Dolores, mírame cargando la cruz de mi sufrimiento; acompáñame como acompañaste a tu Hijo Jesús en el camino del Calvario; eres mi Madre y te necesito. Ayúdame a sufrir con amor y esperanza para que mi dolor sea dolor redentor que en las manos de Dios se convierta en un gran bien para la salvación de las almas. Amén.

CANCIÓN:
Resucitó, resucitó, resucitó, ¡Aleluya! - ¡Aleluya! ¡Aleluya! Aleluya! Resucitó.
La muerte, dónde está la muerte, dónde está mi muerte, dónde su victoria.
Resucitó, resucitó, resucitó, ¡Aleluya! - ¡Aleluya! ¡Aleluya! Aleluya! Resucitó.

Grupo Católico de Oración por los Enfermos “Sí Señor”
José Miguel Pajares Clausen
Abril – 2010

EL VAGABUNDO Y LA PERRA


Quiero que conozcan de un evento que cambió mi vida hace muchos años.

Es un recuerdo que me viene periódicamente, pero es uno de los más preciosos que mi esposa y yo compartimos. Estoy agradecido de que lo podamos recordar juntos. Es un recordatorio de que las cosas no son lo que parecen y que los ángeles vienen en distintos envoltorios.

Vivimos en College Station, Texas e íbamos de camino a casa desde Houston, Texas, alrededor del área de Weston Lakes un sábado o domingo en la mañana. Y cuando digo mañana, no hablo de 1:00 a 2:00 en la mañana. Estábamos en camino hacia casa y decidimos detenernos en una gasolinera para tomar café y comer algo ya que nos tomaría una buena hora y media llegar a nuestro destino.

Cuando acabamos, nos subimos a nuestro auto y antes de arrancarlo, observamos a un hombre de pie, fuera, frente al edificio. Uno podía darse cuenta de que era un desposeído. Su ropa estaba hecha andrajos y desgastada y parecía que él había entrado y comprado café o algo para mantenerse caliente ya que hace frío en esta parte del año. Debió haber tenido insuficiente dinero para comprarse algo de comer.

Eso no es algo que recuerdo muy bien, porque eso no fue lo que me “conmovió”.

Lo siguiente que recuerdo es una perra que caminó hacia el frente del edificio. Siendo un amante de los perros, noté que ella era parte loba y probablemente parte pastora alemán.

Supe que se trataba de una perra porque uno podía darse cuenta de que había estado amamantando cachorros. Necesitaba terriblemente algo que comer y me sentí mal por ella. Me di cuenta de que si no comía pronto, ella y tal vez sus cachorros perecerían.

Mi esposa y yo nos quedamos sentados y la miramos. Notamos que la gente le pasaba al lado y ni siquiera la acariciaban, como hace la mayor parte de la gente al pasarle al lado a un animal frente a una tienda. Puede que no haya estado tan bonita y limpia como la mayoría, pero aun merecía mejor suerte. Pero todavía no hicimos nada. Pero alguien lo hizo.

El hombre desposeído, que pensé que no podía comprarse nada para comer, regresó a la tienda. Y lo que hizo nos aguó los ojos a mi esposa y a mí. Había vuelto a la tienda y con el dinero que tenía, compró una lata de comida para perros y dio de comer a aquella perra.

Sé que esta historia no inspira tanto como muchas otras, pero juega un papel importante en nuestras vidas. Y a mucha gente se le olvida que algunos animales son padres también. Y tanto los animales como nosotros somos creación de Dios.

Sería una mejor historia si pudiese recordar todos los detalles, pero aun sin ellos, creo que todavía comunica el mensaje.

Se necesitó a un hombre desposeído para mostrarme lo que yo debí haber hecho. Él me hizo un hombre mejor ese día.
Chris

Compasión es algo que necesita estar en nuestro corazón. Compasión puede hacer la vida diferente para alguien.

Y cuando la abrió, vio al niño; y he aquí que el niño lloraba. Y teniendo compasión de él, dijo: De los niños de los hebreos es éste. Éxodo 2:6.

Y Saúl dijo: Benditos seáis vosotros de Dios, que habéis tenido compasión de mí. 1 Samuel 23:1.

¡Oh, vosotros mis amigos, tened compasión de mí, tened compasión de mí, porque la mano de Dios me ha tocado! Job 19:21.

HE CONFESADO AL DIABLO


Estamos en el Año Sacerdotal en honor del Santo Cura de Ars. El próximo Jueves Santo celebraremos el día de la Institución del Sacerdocio Católico. Con este motivo ofrecemos en el Blog una interesante aportación.

La Página W. Catholic.net tuvo la feliz idea de lanzar un concurso sobre “Anécdotas Sacerdotales”, dirigido en exclusiva a sacerdotes de todo el mundo. El resultado ha sido magnífico. Han participado en él sacerdotes de 78 países, que han aportado 820 anécdotas.

Tras una concienzuda deliberación de los 20 miembros del Jurado Internacional, fue seleccionada una de las anécdotas como la más original e interesante. La escribió el padre Manuel Julián Zapata, sacerdote de la Diócesis de Cartago en Colombia. Reproducimos a continuación lo que cuenta este sacerdote en su colaboración:

Anécdota Ganadora
HE CONFESADO AL DIABLO

De lo que viví antes de confesarlo, recuerdo lo siguiente...
Como párroco de un pequeño pueblo, frecuentemente, cada domingo, salía por las calles y aprovechaba para saludar a la gente, dejándoles una catequesis escrita, especialmente a aquellos que por diversas razones no acudían al templo.

En aquella parroquia dedicada a San José, muchos tenían una costumbre que cumplían sin falta cada domingo, como si fuera un deber. Esto era tomarse “unas frías” - así llamaban ellos a la cerveza -. Por tanto, era fácil saber dónde encontrar este tipo de “fieles”, y entre ellos estaba también él.

Cierto día, al terminar mi recorrido, se acerca una señora para preguntarme si había reconocido al “diablo”. Según ella, yo lo había saludado y él había recibido uno de los mensajes que yo repartía. Yo no había visto al “diablo”, o por lo menos no recuerdo haber visto a ninguna ni a ninguno que se le pareciera.

En otra ocasión necesitaba ir al pueblo vecino para ayudar a un hermano sacerdote, pero el coche de la parroquia se había averiado y por ello necesitaba a alguien que me transportara.

Vaya sorpresa cuando, al preguntar a algunas personas quién podría ayudarme con este servicio, inmediatamente un niño me dijo: «Padre, si gusta llamo al “diablo” para que se lo lleve». No se imaginan lo que pensé en aquel momento. Parecía una broma, pero luego acepté la propuesta y ese día lo vi por primera vez...

Por un buen rato guardé silencio, pues era la primera vez que hacía un viaje así. Además pensé: ¿de qué puedo hablar con el diablo? Al poco tiempo le hablé, pero parecía más una entrevista que un diálogo. Ese día, antes de terminar el viaje y sin decir nada, dejé en su coche un escapulario de la Virgen del Carmen.

En adelante lo veía por todas partes; ya lo reconocía y, aunque siempre lo invitaba a la misa, él siempre me decía: “ahora no, algún día lo haré, tengo mis razones”.

El tiempo pasó, y cierto día un niño que esperaba en la puerta del templo me dijo que alguien me necesitaba urgentemente y que no quería irse sin antes hablar conmigo. El niño me explicó que se trataba de un enfermo grave. Entonces, rápidamente busqué todo lo necesario para la visita.

Cuán asombrado quedé cuando, al llegar a aquel lugar, descubrí que el enfermo grave que hacía varios días esperaba al sacerdote era Ramón, aquel a quien llamaban “el diablo”; un hombre del campo que había vivido situaciones humanas muy difíciles. No recordaba cuándo ni por qué le habían empezado a decir así, pero él se había acostumbrado. Ahora, postrado en una cama, padecía de un cáncer terrible y se acercaba a su final.

Recuerdo muy bien lo que él me dijo aquel día: «Padre, ¿me recuerda? Soy aquel que llaman “el diablo”, ¡pero mi alma no se la dejo a él; le pertenece a Dios! Por favor, ¿me puede confesar?»

Fue un momento muy especial, pero aún más cuando vi lo que apretaba en sus manos mientras lo confesaba: un escapulario; precisamente aquel que yo le había dejado en su coche. Ahora él lo portaba en su viaje a la eternidad. Luego, en aquella casa también pude ver una hoja sobre la confesión, una de aquellas que yo mismo le había dado un domingo al mediodía.

Qué grande y misterioso es Dios. Obra en silencio y con sencillez, pero además nos permite compartir con todos el don que nos ha dado.

Y ese día todo el pueblo lo comentaba (y también yo lo pensaba): ¡he confesado al diablo!
Manuel Julián Zapata

A propósito de esta anécdota recuerdo un artículo que publiqué en la revista "Mundo Cristiano" que titulé: Yo he estado en Los Infiernos. Y efectivamente, yo estuve un día en Los Infiernos. Se trata de una pedanía del Campo de Cartagena (Murcia-España), cercana a mi pueblo que se llama LOS INFIERNOS. Es curioso, pero allí vive un grupo de familias que, de por vida, han tenido que decir siempre que viven en los Infiernos, aunque estén en la gloria por la paz que allí se respira. Son ironías de la vida.
Juan García Inza

SOÑÓ CON SER RICO Y AYUDAR A LOS`POBRES... Y LO CONSIGUIÓ


Es uno de esos casos hermosos que por un lado hablan de cómo Dios puede hacer que nuestros sueños se lleguen a cumplir si ponemos nuestra confianza en Él y por otro nos hablan de agradecimiento cristiano, que no se puede quedar solamente en un sentimiento, por muy hermoso que sea, sino que se debe manifestar en buenas obras.

Se trata del que fue un joven modesto, que en su Gales natal vendía dulces en tiempos de la postguerra europea (1939-1945). Soñó con llegar a ser rico y, de familia católica, le prometió a Dios que si llegaba a serlo le daría la mitad de su fortuna a través de los pobres. El modo de plantearlo habla ya de un corazón generoso, que no se quedó en un posible diezmo, lo que sin duda ya sería mucho, sino que ofreció prescindir de la mitad de su fortuna. La tradición representa a San Martín de Tours dando la mitad de su capa a un pobre, como acto simbólico de su entrega a Dios, y es un ejemplo encomiable. Pues algo parecido a lo de la media capa le pasó a este joven, aunque en un principio solamente en su deseo y en su sueño. Seguro que muchos han pensado algo parecido y se han quedado al final en una limosna más o menos sustanciosa, pero este muchacho se propuso que no quedase en eso.

"Soñad y os quedaréis cortos" dijo un santo del siglo XX, y es lo que le pasó a este joven. Desconocido para todos, su nombre es hoy muy conocido en el mundo anglosajón: Albert Gubay, magnate multimillonario, el que fue un joven emprendedor que se convirtió en 1965 en fundador de una cadena de tiendas llamadas "Kwik Saver", de gran popularidad en el Reino Unido, de la cual se deshizo hace poco, vendiéndola a otra cadena todavía mayor. Pero entre esa venta y otros negocios, el hombre había ya amasado una fortuna de más de 490 millones de libras esterlinas (más de 500 millones de euros), fortuna nada despreciable.

Pues bien, la noticia interesante que leo en Telegraph.co.uk, es que a la edad de 82 años el millonario, que ahora vive en la Isla de Man, ha cumplido su promesa de modo sobreabundante regalando 480 de sus millones de libras esterlinas a instituciones caritativas, y se ha quedado con 10 millones para vivir su ancianidad, aunque piensa seguir dirigiendo las empresas que todavía tiene. Con esos millones que ha donado se ha creado una fundación que se calcula que producirá unos 20 millones de libras al año para dichos fines de caridad. Entre las cosas que ha estipulado el magnate, católico practicante, es que la mitad de ese dinero debe ir a instituciones caritativas de la Iglesia y el resto a diferentes instituciones de los mismos fines.

La primera vez que habló de dicha promesa fue en 1997, en un programa de la televisión irlandesa. En aquella ocasión contó su pacto con Dios: "Hazme millonario y quédate con la mitad del dinero". Si bien parece que lo que ha dado es más mucho más de la mitad de lo que tiene, él ha hecho sus cálculos pensando en que si Dios le da salud, su fortuna todavía puede crecer mucho más en unos años. Cálculos aparte, lo importante de esta historia, creo yo, es ver la generosidad de un joven al que el Señor le dio la oportunidad de cumplir sus deseos y hacer mucho bien.
Alberto Royo Mejía

INQUIETUD Y QUIETUD HUMANA


Es muy conocida la célebre frase de San Agustín, acerca de la inquietud humana. Escribió el gran santo y doctor de la Iglesia, que fue San Agustín: “Nos has hecho para Ti Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. También San Pablo, en su epístola a los Filipenses en relación con el tema de la inquietud humana dice: “No os inquietéis por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión, presentad a Dios vuestras peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias. Y la paz de Dios, que supera todo conocimiento, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. (Flp 4,6-7).

La inquietud es un estado permanente de la persona, pero hemos de distinguir dos distintas clases de inquietudes, según sea la causa que genere esta. Así San Agustín, se refiere a la inquietud básica que nunca podremos calmar, hasta que contemplemos el rostro de Dios, pues estamos creados para Eso y hasta que no logremos Eso, estaremos siempre inquietos y desazonados. Y esto solo lo lograremos plenamente, cuando seamos capaces de superar la prueba de amor en razón de la cual aquí nos hallamos convocados y alcancemos el cielo. Mientras tanto solo podemos mitigar esta inquietud, acercándonos cada vez más a Dios, primeramente buscándolo, después amándole cada día más, y al final entregándonos a Él incondicionalmente, poniendo en sus manos el timón de la nave de nuestras vidas.

La inquietud a la que más bien se refiere San Pablo, es una inquietud de carácter más general que podríamos llamar de segunda categoría y que se genera en nosotros, por carecer de la seguridad que exhaustivamente buscamos, para no tener problemas en el desarrollo de nuestra vida. Los problemas de la vida generalmente tratamos de solventarlos apoyándonos solo en nuestras propias fuerzas y olvidándonos muchas veces la tremenda fuerza, de la palanca que puede mover el mundo, que no utilizamos y que se llama oración, y esta conducta de la persona, esta conducta nuestra, lo que hace es aumentarnos nuestra inquietud y hacernos perder un preciado bien que es la paz de Dios, de la que luego hablaremos.

Pero refiriéndonos a la inquietud que hemos calificado de básica, esta tiene una enorme importancia que generalmente nos pasa desapercibida, en nuestra actividad cotidiana. Esta inquietud hábilmente manejada por nuestro enemigo, nos hace creer que nuestro problemas se acaban si cambiamos. Y aquí está la palabra mágica que actúa de desazonador nuestro; siempre buscamos el cambio, incluso sin saber ni tener la certeza, de si este mejorará nuestra situación, inconscientemente buscamos el cambio por el cambio muchas veces con un optimismo suicida. Y como freno de esta ansia de cambio, nos olvidamos del viejo refrán que dice: Más vale malo conocido que bueno por conocer.

Continuamente queremos cambiar del lugar o ciudad donde vivimos, queremos cambiar de trabajo, queremos cambiar de actividad, creyendo tontamente que si cambiamos, nuestros problemas habrán acabado. Y en este cambio, lo peor es que muchas veces no nos limitamos solo a nosotros, sino que arrastramos a las que forman parte de nuestra vida. En definitiva muchas veces, no respetamos la voluntad del Señor, Él que es más listo que nosotros y sabe mejor que nosotros lo que más nos conviene, nos ha hecho nacer en un país, en una ciudad, en una familia, rodeados de un ambiente, y desde luego que hay veces, en las que Él mismo nos proporciona un cambio, sea por ejemplo, cuando nos surge una oportunidad de trabajo o de estudio en otra ciudad o país, pero no vayamos por la vida buscando siempre el cambio por el cambio, porque nunca encontraremos lo que nuestro corazón anhela, si no nos apoyamos en el Señor.

Este ansia de cambio que todos tenemos, generada por nuestra inquietud en no encontrar aquí abajo lo que solo se encuentra allá arriba, nos fuerza a querer cambiar de lugar donde residimos o estamos, del trabajo que tenemos, de las relaciones humanas que nos cansan, de la vida que llevamos, etc.. Nos creemos que cambiando todo mejorará. Nadie se libra en mayor o menor grado del ansia de cambio, pues a ello nos impulsa mucho la propia rutina de nuestras obligaciones familiares y laborales. Hasta los frailes, persona consagradas, muchos de ellos ansían cambiar de convento y el mismo Kempis dedica unos puntos en un capítulo a este tema.

Solo en la antítesis de la inquietud que es la quietud, se encuentra el remedio a este mal, porque tal como escribe un cartujo: “El arte de contemplar a Dios y contemplar las cosas divinas es tener calma”. La calma y la quietud forman parte de lo que denominamos la “paz de Dios”, a la cual ya le dedicamos una glosa publicada el 28 de enero de este año. Para encontrar la paz de Dios es necesaria la quietud la calma. El hermano marista sicólogo Pedro Finkler, escribe que: “Una cierta inmovilidad física intencionada y voluntaria favorece en gran manera la concentración de la personalidad, intensificando por tanto la comunicación profunda y mejorando la oración”.

Jacques Philippe, en su libro “La Paz interior”, escribe: “El hombre que se enfrenta a Dios, que más o menos conscientemente le huye, o huye de alguna de sus llamadas o exigencias, no podrá vivir en paz. Cuando un hombre está cerca de Dios ama a su Señor y desea servirle, la estrategia habitual del demonio consiste en hacerle perder la paz del corazón, mientras que, por el contrario, Dios acude en su ayuda para devolvérsela. Pero esta ley cambia radicalmente para una persona cuyo corazón está lejos de Dios, que vive en medio de la indiferencia y el mal: el demonio tratará de tranquilizarla, de mantenerla en una falsa quietud, mientras que el Señor, que desea su salvación y su conversión, agitará e inquietará su conciencia para tratar de inducirla al arrepentimiento”.

El demonio sabe perfectamente, que Dios solo mora en el alma que está y vive en su paz y esta paz, es la que le permite realizar grandes servicios al Señor en detrimento del demonio. Por ello una de las estrategias más habituales del demonio para alejar un alma de Dios y retrasar su progreso espiritual, y consiste en intentar hacer perderle la paz interior, utilizar la inquietud del ser humano como medio idóneo a sus fines.

Con frecuencia la lucha ascética del que quiere vivir entregado al Señor, consiste precisamente en defender la paz interior contra el demonio nuestro enemigo, que se esfuerza por arrebatárnosla. Porque él pone en juego todos sus esfuerzos para arrancar la paz de nuestro corazón, porque sabe que Dios solo mora en la paz, y en la paz realiza cosas grandes, usando como instrumento suyo, la persona que vive en su amor, en su gracia y en su paz.

Henry Nouwen, nos asegura que: “Es el descanso de la fe, que nos permite seguir viviendo con un corazón alegre y tranquilo aun cuando las revoluciones y las guerras sigan desbaratando el ritmo de nuestra vida diaria. Este descanso divino lo conocen cuantos viven en el espíritu de Jesús, cuyas vidas no se caracterizan precisamente por la ociosidad, la pasividad o la resignación, sino que, por el contrario, se distinguen por la acción creativa a favor de la paz y la justicia. Pero esa acción es fruto del descanso de Dios en sus corazones y está libre, por tanto, de la obsesión y de la compulsividad y es rica en seguridad y confianza”.

Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.
Juan del Carmelo

CRISTO NOS AMA INCLUSO CUANDO NOS ATREVEMOS A NEGARLO


Lunes Santo. La caridad es ser capaz de servir hasta que ya no pueda más.

El día de hoy vamos a ponernos el cristal de la caridad, y bajo esta óptica contemplaremos la Última Cena.

¿Qué es la caridad? Si alguien quisiese definir la caridad, podría escribir libros enteros. Si alguien quisiese definir la caridad, podría llenar bibliotecas, o simplemente tomar una fuente con agua y lavar los pies a sus discípulos durante la cena: “[...] cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego hecha agua en un lebrillo y se pone a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido”.

La caridad es ser capaz de servir hasta que ya no haya nada más que uno pueda hacer; la caridad es servir hasta la último. “No hay amor más grande que aquél del que da la vida por quien ama”. Cristo, constantemente, va a unir su caridad con su muerte. Tanto es así, que la cruz va a ser la mayor expresión de caridad de Cristo.

Nos impresiona cuando vemos a Cristo rebajarse como un esclavo a lavar los pies, quizá no nos impresiona tanto el hecho de que Cristo no solamente lava como esclavo los pies a sus discípulos, sino que muere esclavo en la cruz por sus discípulos. La caridad, la verificación, el amor, la muerte de Cristo están inseparablemente unidos. La caridad de Cristo es una caridad que se ofrece en la separación de aquellos que ama. “Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis y a donde yo voy vosotros no podéis venir”.

El amor de Cristo es un amor totalmente desinteresado, no es un amor que se busque a sí mismo. El amor de Cristo no busca la propia felicidad sino la felicidad de aquellos que ama. Cristo incluso va a aceptar la separación de aquellos que ama por amor; pero, al mismo tiempo, como todo auténtico amor, el amor de Cristo va a buscar en todo momento compartir, y por eso Jesucristo les dice a sus discípulos: “Como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros”.

Cristo busca encarnar su amor en los que ama. Cristo busca que aquellos que Él ama también amen como Él: “En esto conocerán que sois mis discípulos: en que os tengáis amor unos a otros como yo os he amado”. La caridad que no se transmite, la caridad que no se manifiesta, la caridad que no se encarna en aquellos que amamos no puede ser una caridad auténtica.

No hay que olvidar que el Maestro se nos presenta como modelo de caridad, como dirá San Juan, “en la glorificación”, es decir, en la muerte, en el don absoluto de sí mismo por amor a los suyos. Éste es el don más grande que un hombre puede dar: el don de sí mismo. ¿Qué otra cosa podemos dar más que nosotros? Aun cuando hubiéramos terminado de dar mucho, todavía quedaríamos nosotros por darnos. ¿Qué más puede ofrecer un soldado a su señor, cuando ya lo ha dado todo? ¿Qué más puede ofrecer Cristo, cuando ya lo ha dado todo? ¿Qué más puedo ofrecer yo, como discípulo, cuando ya lo haya dado todo?

La caridad de Cristo tiene, además, una muy especial característica. En el Evangelio de San Mateo se dice: “aquél que me negare delante de los hombres yo le negaré delante de mi Padre celestial”. Justamente en este contexto de caridad se introduce el misterio de la negación de Pedro. Sin embargo, Pedro no contaba con la última de las delicadezas de la caridad de Cristo. Dice el Evangelio: “Señor, ¿a dónde vas? Jesús le respondió: Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde. Pedro le dice: ¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti. Le responde Jesús: ¿Que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces”.

La caridad ama aun cuando el amado nos niega. Así ama Cristo. Cristo no solamente ama cuando nosotros somos grandes apóstoles que entendemos perfectamente los planes del Señor sobre nosotros - ¡qué fácil sería amar así! - Cristo ama incluso cuando nosotros nos atrevemos a negarlo. Y nos ama con un amor redentor, nos ama con un amor transformador, nos ama con un amor purificador, nos ama con un amor que es capaz de sacarnos del pozo donde nosotros podríamos vernos encerrados.

El amor de Cristo no es un amor que arrasa; es un amor que reconstruye, cuando el alma se deja reconstruir. Es un amor que hace que aquél que lo ha negado pueda amarlo a Él, como Cristo lo ama. ¿Cómo nos ha amado Cristo? Hasta dar su vida por nosotros. ¿Cómo tenemos que amar nosotros a Cristo? Hasta dar nuestra vida por Él.

San Juan va a unir la caridad con la obediencia y con el sacrificio en la obscuridad: “Si alguno ama, guardará mi palabra y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él”.

Cristo une caridad, obediencia y presencia de Dios. La esencia de toda santidad y de toda virtud cristiana está en la caridad. No hay presencia de Dios donde no hay caridad, no hay presencia de Dios donde no hay obediencia; y donde no hay obediencia, no hay caridad ni presencia de Dios; y donde no hay caridad no hay obediencia ni presencia de Dios.

Tendríamos que darnos cuenta que esta especie de trinidad es el corazón del cristiano. Presencia de Dios es obediencia y es caridad. Quien diga que tiene a Dios y odia a su hermano, es un mentiroso. Y quien quiera obedecer, primero tiene que amar. Y quien regatea con el egoísmo, no obedece ni tiene a Dios en su corazón. La caridad se hace obediencia y se hace presencia. Si no es así, la obediencia es vacía y la presencia ausencia. Solamente cuando hay esta presencia, esta caridad y esta obediencia, el hombre posee luminosidad para poder guiar su vida en la autenticidad.

“El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todo y os recordará todo cuanto os he dicho”. La presencia amorosa de Dios en nosotros es la garantía de la luminosidad interior. No puedes guiar tu vida si estás cegado por el egoísmo. No puedes guiar tu vida si en tu interior no existe luminosidad y la disposición de vivir en la obediencia. No puedes guiar tu vida si en tu interior no existe la verdadera presencia de Dios. La caridad, como obediencia que se hace presencia, es la clave que Jesús mismo nos deja.

Después de hablar del amor, Cristo empieza hablando del Príncipe de este mundo. No hay que olvidar que la auténtica caridad se hace testimonio precisamente ante las persecuciones del Príncipe de este mundo. Y así como la luz expulsa la noche, y la obscuridad se ve alejada por la aurora, la caridad expulsa de nuestra vida al Príncipe de este mundo.

¿Quién no le tiene miedo al contagio del mundo del demonio y de la carne en su propia vida? ¿Alguien puede sentirse inmune a esto? ¿Alguien puede decir que tiene las manos limpias? Y, sin embargo, ¿cómo podemos resistir al Príncipe de este mundo? Sólo quien vive en la caridad tendrá la capacidad suficiente para desencadenarse una y otra vez del Príncipe de este mundo. Sólo el que tenga caridad como ley auténtica de su vida podrá estar liberándose de las ataduras que el Príncipe de este mundo le ponga a su corazón. Solamente quien no es capaz de vivir la caridad acabará por vivir con el demonio dentro del corazón.

La caridad es el testimonio del cristiano. Ante las asechanzas del demonio, que muchas veces podrá buscar encimarse, apoderarse de la vida del hombre, más aún, que muchas veces hará fracasar las obras buenas del hombre, sólo la caridad continuará siendo la coraza con la cual el hombre vence, con la cual el hombre es capaz - a pesar de los errores, a pesar de los fallos propios o de los demás -, de volver a amar y de entregarse.

No hay que tenerle miedo al demonio si en nosotros hay caridad, si en nosotros hay amor verdadero. No hay que tenerle miedo al demonio de las tentaciones y de las dificultades, en el seguimiento de Cristo, si en nosotros verdaderamente existe un corazón lleno de amor a Dios.

Aun cuando el corazón pueda estar en la soledad, en el abandono, en la dificultad y en la prueba, tenemos que saber que la caridad de Cristo se convierte en paz en nuestra alma, consuelo de nuestra soledad. “Os dejo la paz; mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis oído que os he dicho: ‘Me voy y volveré a vosotros’. Si me amarais, os alegrarías [...]”.

Éste es el rostro de la caridad que Cristo nos presenta. Una caridad que se ofrece, una caridad que se comparte, una caridad que se hace testimonio, una caridad que ama incluso en la negación del amor. Y al mismo tiempo, es una caridad que se convierte en presencia por la obediencia, es una caridad que no se contamina a pesar de las asechanzas del demonio o de la soledad en la que nosotros podamos vivir.

Este amor - lo vemos en Cristo -, no es simplemente un bonito sentimiento interior. Este amor tiene obras que efectivamente manifiestan el amor, obras que realmente realizan el amor, obras que demuestran que estamos auténticamente entregados a Cristo. Porque si no prestamos más que a aquellos de quienes esperamos recibir, ¿qué mérito tendremos que no tengan también los gentiles? Si no saludamos más que a los que nos saludan, ¿en qué nos diferenciamos de los gentiles? Y si no amamos más que a los que nos aman, ¿qué hacemos que no hagan también los publicanos?

También a nosotros se nos exige una caridad que se hace celo apostólico, como el mejor servicio hecho a los hombres. ¿Qué más les puedes dar a los hombres sino la presencia de Dios en sus corazones? No existe la caridad sin celo apostólico, no existe la caridad sin esfuerzo por conquistar a los hombres para Cristo. Y la podremos disfrazar de lo que queramos, pero sin celo apostólico que influya verdaderamente en las sociedades en las que vivimos, en los ambientes en los que nos movemos, no hay caridad. Sin un corazón que arda por sus hermanos los hombres, no hay caridad, porque Cristo, por amor a nosotros, busca introducir la presencia de Dios en nosotros. “En el que me ama moraremos”.

¿Realmente mi amor a los hombres es un amor que busca hacer que la presencia de Dios esté dentro de mis hermanos? ¿O es un amor platónico, o es un amor romántico? ¿O es un amor que arde, y porque arde quema, y porque quema transforma, y transforma en celo apostólico?

Cuando revisemos la caridad, veamos el amor de Cristo por nosotros, veamos nuestro amor por Cristo, veamos nuestro corazón, y veamos si verdaderamente hay caridad que es obediencia y es presencia. Pero nunca olvidemos la tercera dimensión de la caridad: el celo apostólico.

Recordemos que se nos va a exigir. “Tuve hambre y no me diste de comer; tuve sed y no me diste de beber; estuve desnudo y no me vestiste, en la cárcel, enfermo y no me fuiste a ver”. Si a ésos, Cristo los manda lejos de sí, lejos del amor, lejos de la vida eterna, ¿qué será de aquellos que le negaron a sus hermanos los hombres, por falta de caridad, la presencia de Dios en su corazón? ¿Qué será de aquellos que, llevados por la pereza o por la soledad, o por el Príncipe de este mundo, o por el orgullo, se permitieron el lujo de no llenar el corazón de sus hermanos los hombres con la presencia del Señor?
Autor: P. Cipriano Sánchez LC

PONCIO PILATO ¿CULPABLE O INOCENTE?


Es muy duro llamar a un hombre deicida y echarle todo el peso de la muerte de Jesús.

Es difícil escribir sobre Pilato, el gobernador romano que oficialmente condenó a muerte a Jesús. De él se ha dicho todo. Se le han aplicado toda clase de epítetos, desde deicida a débil. Además, está mencionado en el Credo: “Y padeció bajo Poncio Pilato”.

Es muy duro llamar a un hombre deicida y echar todo el peso de la muerte de Jesús a un gobernador que tenía un quinto puesto de responsabilidad dentro de la administración romana: el emperador Tiberio, el Senado, la Cancillería de Asuntos Exteriores, el legado de Siria y, en un quinto lugar, un modesto gobernador o prefecto que vigilaba una pequeña región con apenas un millón de habitantes. Los Evangelios nos lo presentan como un hombre que, ante la inocencia de Jesús, no quiso condenarle y trató una y otra vez de salvarle, valiéndose de todos los resortes a su alcance. Si es cierto que el juicio de Jesús lo llevó al principio con ecuanimidad, al final la ecuanimidad fue empañada con la condena a muerte del Nazareno.
¿Cómo ha juzgado la historia a Pilato?
Veamos la personalidad de quienes hablaron mal de Pilato:
 El rey Herodes Antipas - citado por Filón - decía de Pilato que era un hombre “venal, violento, rapaz, extorsivo y tirano”. Pero era fama y corría la voz entre la gente que el propio rey ejercía el oficio de espía del emperador Tiberio. Esto lo sabía el mismo Pilato. De ahí la enemistad entre los dos según señala el evangelista San Lucas (23,12). Esta enemistad se incrementó a causa de la muerte de unos galileos, súbditos del rey Herodes Antipas, que habían venido a Jerusalén a “ofrecer sacrificios” en el Templo. Pero es lógico pensar que harían algo más que ofrecer sacrificios, pues todos los años, e incluso ese mismo año, vinieron decenas de miles de galileos a celebrar la Pascua a Jerusalén y a ofrecer sacrificios y no les sucedió nada. Esta enemistad alcanzó cotas máximas al enterarse Pilato, por sus espías, que Herodes acumulaba gran cantidad de armas en lugares ocultos de Galilea. ¿Para qué?
 El historiador Flavio Josefo lo cita para relatar ciertos hechos acontecidos en la región durante el tiempo de sus mandato, sin recalcar tintas negras sobre su persona.
 El filósofo Filón, que vivió en un tiempo en que habían abrazado la fe cristiana numerosos intelectuales que emplearon la pluma en defensa del cristianismo. Los romanos no intervinieron en estas luchas religiosas porque o no conocían la fe cristiana o la tomaban como una de tantas creencias existentes en el imperio. Los judíos sí intervinieron ante la acusación de los cristianos de ser los responsables de la muerte de Jesús. Uno de estos judíos era Filón, quien para aminorar el golpe de los cristianos, recalcó tintas negras sobre Pilato, haciéndole responsable de ella, por ser un gobernador de naturaleza implacable, corrompido y cruel que no retrocedía ante nada, haciendo todo por orgullo y, a su vez, corrompido.
 El historiador romano Tácito no conoció a Pilato, pero lo describe como “arbitrario y despiadado”. No sabemos las fuentes que tuvo Tácito para afirmar esto. Lo que sí sabemos es que la buena imagen que Pilato presenta en el juicio de Jesús, en el que quiere ser recto, no corresponde a un hombre despiadado.
 Los apologistas cristianos de los primeros siglos son inmisericordes con Pilato por su debilidad.
 Por su parte los judíos, atacaron duramente a Pilato como defensa ante las acusaciones de los cristianos que cargaban sobre ellos el peso de la muerte de Jesús.
¿Qué sabemos de Pilato?
La historia nos dice que fue enviado como gobernador a Palestina por Tiberio en el año 26 de nuestra era. Sucedía en el cargo a Valerio Grato y era el quinto gobernador de Roma en esta zona. Roma lo puso al frente de una circunscripción de segunda categoría a la que pertenecían tres pequeñas provincias: Judea, Samaría e Idumea. Esta última tenía fronteras poco definidas por lo que necesitaba vigilancia especial. Era una región difícil y problemática. En ella había frecuentes revueltas. No era procurador, como muchas veces hemos oído, sino un simple prefecto, como lo demuestra la lápida encontrada en Cesarea Marítima en 1961. Su residencia oficial estaba en Cesarea, ciudad construida por Herodes el Grande, a la que puso tal nombre para congraciarse con el emperador César Augusto. El ambiente de la ciudad era helenizado, por lo que podía llevar una vida regalada, sin oler constantemente a carne asada de los sacrificios, como ocurría de residir en Jerusalén. Pero durante las grandes festividades judías en las que se congregaba gran número de peregrinos, se trasladaba a Jerusalén con el fin de evitar revueltas, ya que las aglomeraciones eran caldo de cultivo para ellas. La guarnición militar de Jerusalén no superaba los 4.500 soldados. No eran legionarios romanos sino tropas auxiliares, reclutadas entre sirios, griegos y samaritanos. Se dividían en “cohortes” y “alas”. En casos excepcionales el prefecto podía recurrir al legado de Siria, su superior inmediato, para pedir refuerzos.

El cometido del prefecto era: advertir a las autoridades religiosas locales que no se entrometieran en asuntos de la administración civil, el de recaudar los impuestos y el de evitar y reprimir levantamientos secesionistas.

El cargo de prefecto se renovaba cada tres años. Pilato estuvo diez, lo que dice mucho en su favor a pesar de las críticas severas que le han hecho y de la acusación de que no se preocupaba de los asuntos de la metrópoli. A este respecto no olvidemos que Tiberio tenía costumbre de retener a algunos funcionarios más de tres años, porque decía que al pretender enriquecerse en tan poco tiempo, podían cometer desmanes. Y ponía por ejemplo el de un hombre solo y abandonado al que acudían las moscas a chuparle la sangre por estar lleno de llagas. Pasó por allí uno que se compadeció del pobre y quiso espantar a las moscas. El llagado se opuso y gritando dijo: “Déjalas, ya me han chupado bastante y están hartas. Si las espantas vendrán otras hambrientas y me chuparán la poca sangre que me queda”.

Pilato, ¿antisemita?
La gestión de Pilato en Palestina estuvo marcada por varios hechos de cierta importancia. Nada mas llegar a esta región como reconocimiento al emperador Tiberio e influido por el ambiente antijudío del que hablaremos, mandó instalar en Jerusalén las insignias de su tropa con el estandarte del emperador, acompañado de las águilas imperiales. La presencia de representaciones humanas en la Ciudad Santa exaltó a los judíos. Fueron a protestar en masa a Cesarea, a la residencia de Pilato. Allí estuvieron vociferando durante cinco días. Al final, Pilato, cansado de tanto griterío, los amenazó con la tropa que ya tenía preparada. Ellos, lejos de temer, hicieron el gesto de desnudar sus cuellos, demostrando que estaban dispuestos a morir. Ante esta reacción inusitada, mandó quitar las imágenes y estandartes de Jerusalén. Poco tiempo después hizo lo mismo. Parece que recibió órdenes de Roma como se desprende de lo que vamos a decir.

Unos años antes, concretamente en el año 19 de nuestra era, cuatro judíos representativos de la comunidad de Roma engañaron a una tal Fulvia, esposa de un alto dignatario llamado Saturnino, amigo de Tiberio. El emperador, instigado por su amigo, mandó expulsar a todos los judíos de Roma y alrededores. El hecho de la expulsión tuvo graves consecuencias no sólo en Roma sino también en muchas provincias del imperio. Se suscitó además, un clima antijudío con repercusiones en el mal trato que se les daba y sobre todo el que los prefectos enviados a Palestina llevaban órdenes concretas de reprimirlos. Se ha de tener en cuenta esta circunstancia para comprender la actitud de Pilato en Palestina y no acusarlo de que no atendía bien los intereses de Roma en la zona, y que en vez de atraer a sus subordinados sentía hacia ellos vivo desprecio que repercutía en su proceder con ellos, buscando ocasiones para humillarlos. Además, sabemos que Tiberio sentía gran antipatía por los judíos y el todopoderoso Sejano, jefe de la guardia imperial, era el prototipo del antisemitismo.

Tomó dinero de las arcas del Templo.
Otro de los casos sucedidos durante su mandato fue con ocasión del acueducto que construyó para llevar agua desde las cercanías de Belén a Jerusalén. Necesitaba dinero para costear la obra y lo tomó de las arcas del Templo de Jerusalén. Herodes el Grande también lo había hecho y, aun que fue criticado, no tuvo mayor repercusión. Pero en este caso el que lo hacía era pagano y además invasor. El hecho suscitó una rebelión. Para reprimirla Pilato usó una táctica curiosa. Envió soldados a Jerusalén, vestidos de paisano, sin espadas, pero con un garrote camuflado entre la ropa. Llevaban órdenes de entremezclarse con la gente alborotada y dar garrotazos a todo el que gritara. Como consecuencia de los golpes murieron muchos judíos, otros perdieron la vida pisoteados por la multitud que huía despavorida por las estrechas calles de la ciudad.

Pilato y los samaritanos.
El peor de los casos sucedidos durante su mandato fue el del año 35 de nuestra era. Un iluminado samaritano convenció a muchos a alzarse contra los romanos ante la proximidad de los tiempos mesiánicos. El pueblo tomó las armas y se dirigió a Tarante, Monte Garizim. Pilato se anticipó y con sus tropas ocupó el camino que iba al monte sagrado de los samaritanos. Murieron muchos. Otros fueron hechos prisioneros y ejecutó a gran número de gente principal. Pilato esta vez tuvo mala suerte. La operación de su ejército en las faldas del monte coincidió con el nombramiento de un nuevo legado para Siria, del que dependía Palestina. Era Lucio Vitelio. Este, siguiendo su costumbre, quiso informarse de todo lo que había sucedido en la región revisando los archivos. A su vez, los samaritanos, repuestos del susto, enviaron una comisión para quejarse de lo sucedido con Pilato, aduciendo que no se habían sublevado contra Roma.

Vitelio, mal compañero de Pilato, lo relevó de su puesto y lo envió a Roma para dar explicaciones al emperador. Tras 54 días de viaje, desembarcó en Italia días después de la muerte de su protector Tiberio, acaecida el 17 de marzo del 37. No sabemos más de él. Lo que sí sabemos es que todas las personas designadas por el emperador para un cargo, perdían sus funciones y pasaban al estado civil, si el emperador no les renovaba el nombramiento. Por eso, todo lo que después de su destitución se ha dicho de Pilato pertenece al género de la leyenda. Los franceses, por ejemplo, lo hicieron morir en Viena del Delfinado, como hicieron venir a Francia a otros personajes evangélicos, como a Marta, María y Lázaro. Son leyendas que aparecieron en los siglos X y XI.

Pilato y el proceso de Jesús.
Respecto al comportamiento de Pilato en el proceso civil de Jesús, vemos que una y otra vez quiso salvar su vida. Ante una multitud que presionaba, que amenazaba con acusarlo a Roma, cedió. De haber sido Pilato plenamente contrario a Jesús, los evangelistas no hubieran recalcado tanto y tanto su voluntad de querer salvar a Jesús de la muerte en la cruz. Pilato se encontró entre la espada y la pared, por lo que cansado y asqueado del caso y de los que lo promovieron, sin saber qué hacer, lo remató con un procedimiento jurídico, valedero para las provincias del imperio, que constaba en la “Lex Iulia”, llamado “Extraordinaria cognitio”. De todos modos, condenando a Jesús, fue moralmente culpable y jurídicamente responsable: “El que me entregó a ti, tiene más culpa que tú” (Jn 19,11).

Como nota curiosa anotemos que la Iglesia de Etiopía celebra el 25 de junio su fiesta como mártir, y la Iglesia griega ortodoxa, el 27 de octubre, celebra la de su esposa Prócula.
Autor: P. Constancio Cabezón ofm

domingo, 28 de marzo de 2010

EL PODER DE LAS PALABRAS


Las palabras no las lleva el viento, las palabras dejan huella, tienen poder e influyen positiva o negativamente.

Las palabras curan o hieren a una persona.

Por eso mismo, los griegos decían que la palabra era divina y los filósofos elogiaban el silencio.

Piensa en esto y cuida tus pensamientos, porque ellos se convierten en palabras, y cuida tus palabras, porque ellas marcan tu destino.

Piensa muy bien antes de hablar, cálmate cuando estés airado o resentido y habla sólo cuando estés en paz.

De las palabras depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra.

Una cometa se puede recoger después de echarla a volar, pero las palabras jamás se podrán recoger una vez que han salido de nuestra boca.

Las palabras tienen mucha fuerza, con ellas podemos destruir lo que hemos tardado tanto tiempo en construir.

Cuantas veces una palabra fuera de lugar es capaz de arruinar algo por lo que hemos luchado, cuantas veces una palabra de aliento tiene el poder de regenerarnos y darnos paz.

Las palabras insultantes o despectivas nunca han creado algo edificante. Con el uso de expresiones agresivas, lastimamos a las personas provocando heridas creando resentimientos y dolor, que se volverán a nosotros.

La verdad puede compararse con una piedra preciosa. Si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir, pero si la envolvemos en un delicado papel y la ofrecemos con ternura ciertamente será aceptada con agrado.

Las palabras son la manifestación de nuestro mundo interior, al cuidar de nuestro lenguaje purificamos nuestro mundo interior.

Muchas enfermedades son únicamente el producto de nuestros pensamientos desequilibrados. La violencia, las mentiras, el resentimiento y tantas otras cosas existen y conviven con nosotros en este mundo

Ante ello tenemos que cultivar cualidades de amor, verdad y gratitud, creando un sólido mundo interior en donde la bondad y la verdad brillen; para luego extender este mundo interior a las personas de nuestro alrededor.
Una palabra amable: puede suavizar las cosas.
Una palabra alegre: puede iluminar el día.
Una palabra oportuna: puede aliviar la carga.
Una palabra de amor: puede curar y dar felicidad.
Una palabra irresponsable: puede encender discordias.
Una palabra cruel: puede arruinar una vida.
Una palabra de resentimiento: puede causar odio.
Una palabra brutal: puede herir o matar.

¡Las palabras son vivas! ¡Bendicen o maldicen, alientan o abaten, salvan o condenan!
“Si todas nuestras palabras son amables, los ecos que escucharemos también lo serán”

De ti depende si las usas para bien o para mal, tanto para ti como para los demás.

Cuida tus palabras ellas tienen poder.

Habla de tal manera que en tu alma y en la de los demás quede la Paz.

ORACIÓN DESNUDA PARA DESCUBRIRME EN CUARESMA


Ayúdame a hacer silencio, Señor, quiero escuchar tu voz. Toma mi mano, guíame al desierto. Que nos encontremos a solas, Tú y yo.

Necesito contemplar tu rostro, me hace falta el calor de tu voz, caminar juntos… callar, para que hables Tú.

Quiero revisar mi vida, descubrir en que tengo que cambiar, afianzar lo que anda bien, sorprenderme con lo nuevo que me pides.

Me pongo en tus manos, ayúdame a dejar a un lado las prisas, las preocupaciones que llenan mi cabeza.

Barre mis dudas e inseguridades, quiero compartir mi vida y revisarla a tu lado. Ver dónde aprieta el zapato para urgir el cambio.

Me tienta el activismo. Me tienta la seguridad, hay que hacer, hacer y hacer. Y me olvido del silencio, aflojo la oración. ¿Leer tu Palabra en la Biblia?… para cuando haya tiempo.

Me tienta la incoherencia. Hablar mucho y hacer poco. Mostrar facha de buen cristiano, pero dentro, donde solo Tú y yo conocemos, tenemos mucho que cambiar.

Me tienta ser el centro del mundo. Que los demás giren a mi alrededor. Que me sirvan en lugar de servir. Me tienta la idolatría. Fabricarme un ídolo con mis proyectos, mis convicciones, mis certezas y conveniencias, y ponerle tu nombre de Dios.

Me tienta la falta de compromiso. Es más fácil pasar de largo que bajarse del caballo y actuar como el buen samaritano. ¡Hay tantos caídos a mi lado, Señor, y yo me hago el distraído!

Me tienta la falta de sensibilidad, no tener compasión, acostumbrarme a que otros sufran y tener excusas, razones, explicaciones… que no tienen nada de Evangelio pero que me conforman… un rato, Señor, porque en el fondo no puedo engañarte.

Me tienta separar la fe y la vida. Leer el diario, ver las noticias sin indignarme evangélicamente por la ausencia de justicia y la falta de solidaridad.

Me tienta el mirar la realidad sin la mirada del Reino. Me tienta el alejarme de la política, la economía, la participación social… que se metan otros… yo, cristiano sólo el Domingo. Misa y gracias…

Me tienta el tener tiempo para todo menos para lo importante. La familia, los hijos, la oración… al cuadragésimo lugar. Hay cosas más importantes. ¿Las hay?

Me tienta, Señor, el desaliento, lo difícil que a veces se presentan las cosas. Me tienta la desesperanza, la falta de utopía. Me tienta el dejarlo para mañana, cuando hay que empezar a cambiar hoy.

Me tienta creer que te escucho cuando escucho mi voz. ¡Enséñame a discernir! Dame luz para distinguir tu rostro.

Llévame al desierto de la oración, Señor, despójame de lo que me ata, sacude mis certezas y pon a prueba mi amor. Para empezar de nuevo, humilde, sencillo, con fuerza y Espíritu para vivir fiel a Ti. Amén.

HIJO ILEGÍTIMO, LA MADRE QUISO MATAR AL BEBÉ, LA CRIADA LO SALVÓ Y HOY ES PROCLAMADO SANTO


EL VIRREY PALAFOX SUBE A LOS ALTARES

Cuando la madre de Palafox parió, encargó a una criada que matase al bebé. Ella no lo hizo y el niño llegó a lo más alto, siendo proclamado santo por el Papa. Asimismo, Benedicto XVI aprueba también sendos milagros sucedidos en 2003 y 2004 para canonizar a Bonifacia Rodríguez de Castro y beatificar a Madre María de la Purísima.

Ana de Casañate, viuda noble, dio a luz a escondidas en el año 1600 a un bebé ilegítimo y encargó a su criada que lo arrojase a una acequia. Un alcaide descubrió a la mujer con el bebé y se lo impidió; más aún, cuidó al niño en su casa 9 años. Aquel bebé «no deseado», que pasó la infancia cuidando ovejas hasta que lo reconoció su padre, llegó a ser político de confianza de Felipe IV, virrey de México, obispo de Puebla, mecenas de las artes, defensor de los indios y, con la firma de Benedicto XVI en su decreto de beatificación, beato de la Iglesia católica.

Obispo de Osma.
Juan de Palafox murió en 1659 como obispo de Osma (Soria), y en 1666 se descubrió su cuerpo incorrupto. En 1769, un párroco de 66 años, tuberculoso y moribundo, rezó con una firma de Palafox entre sus manos. Cuatro horas después despertó completamente sano. Su médico de Fuentemolinos (Soria), otro de la cercana aldea de Roa y un tercero describieron al tribunal todos los síntomas de un enfermo terminal de tuberculosis. La detallada documentación de esta curación inexplicable respalda el milagro que permite beatificar a Palafox, modelo de político honrado y buen obispo que en México se recuerda con orgullo.

Una santa obrera del textil.
Benedicto XVI también ha firmado el decreto que permite canonizar a Bonifacia Rodríguez Castro. Su padre, sastre, murió cuando ella tenía 15 años, y desde esa edad trabajó duramente en tareas de cordonería y pasamanería. Bajo la dirección espiritual del jesuita catalán Francisco Javier Butinyà, muy interesado en la santificación de la vida obrera, fundó las Siervas de San José en Salamanca en 1874. Su modelo era la familia de Jesucristo, la casa-taller del carpintero de Nazaret. Actualmente, más de 700 mujeres consagradas como Siervas de San José trabajan por la promoción de la mujer y la evangelización en trece países.

Sucesora de Sor Ángela de la Cruz.
El Papa ha aprobado también el milagro que servirá para beatificar a Madre María de la Purísima (de nombre civil, María Isabel Salvat), que fue sucesora de Santa Ángela de la Cruz como superiora de las Hermanas de la Compañía de la Cruz, una de las congregaciones con más vocaciones en España.

Un mártir de los nazis.
Además de aprobar los milagros de los tres eclesiásticos españoles, Benedicto XVI ha firmado el decreto de beatificación de un compatriota suyo, el sacerdote alemán Gerard Hirschfelder, de la diócesis de Glatz, que murió en 1942, con 35 años, en el campo nazi de Dachau, donde los alemanes encerraron a miles de clérigos católicos.

El Papa también ha reconocido las virtudes heroicas de la monja paraguaya María Felicia Guggiari Echevarria, carmelita descalza fallecida en Asunción en 1959. Es su primer paso hacia los altares.

Por último, el Pontífice ha aprobado la beatificación de la religiosa italiana Anna María Adorni (1805-1893), fundadora de las Siervas de la Beata María Inmaculada y del Instituto del Buen Pastor de Parma, con fuerte presencia en Italia.
Pablo J. Ginés/La Razón

LA ENTRADA DE CRISTO A JERUSALÉN


Domingo de Ramos. ¿Qué tanto soy capaz de seguir a este Cristo, que como rey, va a ser sacrificado por mí?

El día de hoy para acompañar a Cristo en su pasión, su muerte y su resurrección, vamos a centrar nuestra reflexión en la entrada de Cristo a Jerusalén.

La entrada Mesiánica de Jesús en Jerusalén, tal como la presenta San Juan, se encuentra centrada en un contexto muy particular. No hay que olvidar que los evangelios son una carga espiritual, teológica, de presencia de Cristo. Por así decirlo, son un retrato descrito.

San Juan ubica la entrada de Cristo en Jerusalén, por una parte, en el contexto de la unción de Betania, en la que se ha vuelto a hablar de la resurrección. Junto con este aspecto de la resurrección aparece, como sombra constante, la determinación de los sumos sacerdotes para deshacerse de Cristo. Y como un segundo trasfondo de la entrada de Cristo en Jerusalén está el contexto del discurso de Jesús sobre el grano de trigo que tiene que caer y morir para dar fruto.
Dice el Evangelio: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto”. En el texto del grano de trigo se vuelve a repetir el mismo dinamismo que se encierra en la voz de “lo he glorificado”, junto con la conciencia clara de la presencia inminente de la pasión.

A nosotros nos llama mucho la atención que todo el misterio de la entrada de Jesús en Jerusalén quiera estar enmarcado en este contraluz de muerte y resurrección (el grano de trigo que muere para poder dar fruto), pero, independientemente de que pueda ser un poco literario, este contexto nos permite ver lo que es exactamente la entrada de Cristo en Jerusalén.

Por una parte vemos que el pueblo realiza lo que estaba escrito que tenía que realizar: “Esto no lo comprendieron sus discípulos de momento; pero cuando Jesús fue glorificado, se dieron cuenta de que esto estaba escrito sobre él, y que era lo que le habían hecho”.

Por otra parte, la voz del pueblo es un signo que indica lo que Cristo es verdaderamente: “Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel”. Sin embargo, como tantas veces sucede con Cristo, los hombres actúan sin saber que están actuando de una forma profética. El pueblo no sabe lo que hace, pero aclama el triunfo y el éxito maravilloso de un taumaturgo que resucitará. Además, las palabras de la gente tienen un total carácter de proclamación mesiánica, por la que Cristo se presenta como liberador de Israel. Y así, Cristo cumple un gesto mesiánico que Zacarías había profetizado: “No temas, hija de Sión; mira que viene tu Rey montado en un pollino de asna”. Cristo se sienta en el asno, aceptando con ello el que se le proclame Rey, realizando así la profecía de Zacarías.

Sin embargo, esto no obscurece su conciencia de que su mesianismo no es de tipo mundano, sino que esta unción como Mesías, esta proclamación, es el camino que lo va a llevar a la cruz. No hay que olvidar que el Mesías es el que resume, en sí mismo, todos los símbolos de Israel: el profeta, el sacerdote, el rey. Y como dijo el mismo Cristo, es el profeta que va a morir en Jerusalén, y es el sacerdote que llega hasta donde está el templo para ofrecer el sacrificio.

Pero, junto con esta visión externa que nos puede ayudar a preguntarnos: ¿qué tanto soy capaz de seguir a este Cristo, que como rey, profeta y sacerdote va a ser sacrificado por mí?, yo les invitaría a contemplar el alma de Cristo, el interior de Cristo en su entrada a Jerusalén.

El alma de Cristo tiene ante sí, con una gran claridad, el plan de Dios sobre Él. Cristo sabe que Dios ha querido unir su glorificación con el misterio de la pasión. Es una gloria que pasa a través de la infamia y del rechazo de los hombres, una gloria que pasa por la paradoja de los planes de Dios, una gloria que quiere pasar por la total donación del Hijo de Dios para la salvación de los hombres.

Cristo tiene claro en su alma este plan de Dios, y con toda libertad y con toda decisión, lo acepta. Él sabe que al ser proclamado Rey, y al entrar en Jerusalén como Mesías, está firmando la sentencia que le lleva al sacrificio, y sin embargo, lo hace. “Entonces los fariseos comentaban entre sí: ¿Veis cómo no adelantáis nada?, todo el mundo se ha ido tras él”. Él sabe que la exaltación real que a Él se le dará cuando sea levantado, es la de la cruz, la del cuerpo para el sacrificio.

La cruz será su gloria de dominio, será su palabra profética de discernimiento y también será la unción con la que su cuerpo será marcado como sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza. La cruz será su trono de dominio desde el que Él va a atraer a todos los hombres hacia sí mismo: “Y cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”. En su alma aparece el deseo de donarse, porque ha llegado la hora para la que había venido al mundo, la hora del designio de amor sobre la humanidad, la hora por la que Dios entre, de modo definitivo, en la vida de los hombres por la gracia de la redención.

Sin embargo, todos los sentimientos se van mezclando en Cristo. Así como es consciente de que ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre, es también consciente de que el grano de trigo tiene que caer en tierra para poder dar fruto: “Pero mi alma se turba, ¿y cómo voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero es para esta hora que yo he venido al mundo”.

Podríamos terminar con una reflexión sobre nosotros mismos, sin olvidar que nuestra vocación cristiana también es una perspectiva de la luz que pasa a través de la cruz: Mi vocación es luminosa solamente cuando pasa a través de la cruz. Tiene que pasar por el mismo camino de Cristo: la aceptación generosa de la cruz, la aceptación generosa de los signos que nos llevan a la cruz.

Para Cristo, el signo de la entrada de Jerusalén, es el signo que le lleva a la cruz; para nosotros cristianos, nuestro Bautismo es un signo que nos indica, necesariamente, la presencia de la cruz de Cristo. Se trata de ser seguidor de Cristo, marcado con el signo indeleble de la cruz en el corazón y en la vida. El cristiano ha de ser capaz, como Cristo, de recoger los frutos de vida eterna del árbol fecundo de la cruz, para uno mismo y para sus hermanos.

Para quien juzga según Dios, la abnegación es Sabiduría Divina envuelta en el misterio de Cristo crucificado. No existe otro camino para ser seguidor de Aquél que no ha venido para ser servido sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.

Toda la vida de Cristo, y particularmente su pasión, tiene un profundo significado de servicio para la gloria del Padre y para la salvación de los hombres. El Primogénito de toda criatura - al cual corresponde el primado sobre todas las cosas que son en el cielo y en la tierra -, el que viene en el nombre del Señor, el rey de Israel, se ha hecho siervo de todos los hombres y dado a muerte en rescate de sus pecados.

Cristo entra en Jerusalén; Cristo nos habla del grano de trigo, nos habla de ser exaltados en la cruz, y nos hace una pregunta que tenemos que responder: “¿Puedes beber del cáliz que yo beberé?”.
Autor: P. Cipriano Sánchez LC