jueves, 9 de julio de 2020

LOS CURSOS DE TEOLOGÍA PARA LAICOS


Como, cuando escribo aquí, alguna vez me lee la persona adecuada que está en el puesto adecuado, voy escribir un post un poco rollo, pero que creo que es una aportación.

Hay varias universidades que ofrecen distintos tipos de cursos de teología que los podríamos denominar diplomas. Que ninguno piense que, en mis críticas, me voy a referir a la Universidad de san Dámaso por el hecho de ser mi diócesis sufragánea de Madrid. Tengo la mejor de las consideraciones por la Universidad de Navarra y por la de san Dámaso.

Pero es un hecho que la formación teológica, en muchas facultades, es esencialmente memorística; que, durante las clases, el profesor dicta y los alumnos copian; que hay profesores que saben muchísimo, pero que no tienen la facultad de transmitir. Podría continuar con los defectos y ser mucho más específico. Pero, entonces, empezaríamos a decir no el pecado, sino el pecador.

Y en las facultades teológicas hay mucho pecador suelto. No me refiero a pecados morales, sino al gran pecado para un profesor de no saber trasmitir el placer de la teología.

Ya dediqué otros posts al tema de las facultades de teología y sus estudios para el sacerdocio. Hoy quiero centrarme en los diplomas, en los cursos para personas que no van a acceder al sacerdocio y quieren emplear dos o tres años en profundizar en la teología.

PRIMER PUNTO: ¿Para qué se dan conocimientos tan extremadamente especializados a gente que solo busca profundizar en la teología? Alguien me dirá que es que son unos cursos de gran altura y tal. FALSO. La gente que está en esos cursos las he conocido durante años y hay un total desfase entre los que se sientan en las mesas y el señor que se pone a enseñar (dictar) en el estrado.

De no saber teología, el pobre alumno pasa a cuestiones de mera erudición que, muy a menudo, son las más áridas de la ciencia teológica.

Este punto puede ser el más polémico de los que diga, pero estoy bien seguro de lo que hablo. Y tengo muchos ejemplos concretos.

SEGUNDO PUNTO: En mi opinión, los cursos de diplomatura deberían espiritualizarse al máximo. Deberían transformarse en una lectio sacra en grupo que ofreciera una visión de conjunto de la teología. Lo esencial sería eso: la visión global, armónica, de la ciencia acerca de Dios y las cosas de Dios.

Todos sabemos lo que es la lectio divina, el modo espiritual, orante, tranquilo, de leer las Sagradas Escrituras. Pues con la teología (en los cursos de diplomatura) habría que hacer una especie de lectio sacra de los santos padres, de los doctores de la Iglesia, de los místicos.

Un recorrido de dos o tres años a través de la moral, la dogmática, la liturgia, la Biblia, los concilios, etc. Habría que plantear ese curso como un “recorrido”. Y como un periplo en grupo.

Por supuesto, no debería haber ni exámenes ni trabajos para hacer en casa. Si uno dedica tres horas, por ejemplo, tres días a la semana, se puede leer en clase y después comentar.

Ya sé que algunos dirán: “Con ese sistema, no van a saber nada”. Desde luego, lo que sepan lo sabrán para siempre y de un modo que calará en sus almas. En el otro sistema, se memoriza mucho y se olvida pronto.

La misma aula es bueno que tenga las mesas formando un cuadrado, para dejar claro el carácter de diálogo que tienen esas “clases”. Clases que ya no están monopolizadas por el profesor. Están centradas en él, pero son un lugar de conversación. Conversación del alumno con el texto, de los alumnos entre sí, de todos con el profesor.

TERCER PUNTO: Esas tres horas estarían organizadas para imbricar en ellas tiempos de oración. Desde el principio, se les dejaría claro que no se está allí solo para estudiar mucho y sacar un buen examen. Sino para que la ciencia de Dios penetre en sus mentes y corazones.

Se podría empezar con el rezo de nona. Una hora de lectio sacra: lectura, comentarios entre todos, preguntas, exposiciones del profesor. Rezo de vísperas después. Estos rezos mejor en una iglesia bonita, con toda solemnidad, con máxima solemnidad: sintiendo la necesidad de unir el conocimiento a la adoración. Después otra hora de lectio sacra. Se puede acabar con la misa
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En fin, esto son sugerencias. Todo se puede organizar de varias maneras. Es cierto que con este sistema estaríamos reduciendo la tarde a dos horas lectivas. (Con otra reorganización, podrían ser tres y sin misa.) Pero lo importante que hay que entender es que, en este nuevo sistema, lo esencial es el Espíritu. Es decir, esto querría revivir el modo en el que se enseñaba y aprendía la teología en las escuelas de Antioquía o en Alejandría en las épocas de los santos padres.

Sinceramente, creo que el estudio de la teología se puede espiritualizar mucho más.

P. FORTEA

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