Un
sacerdote de argentina me pedía mi opinión acerca de cómo organizar la atención
pastoral en tiempos de epidemia y cómo actuar en los hospitales. Bueno, por si
le sirve a alguien más, doy mi modesta opinión:
En las
iglesias, yo continuaría con todos los horarios como siempre. En España lo
único que impera el decreto de estado de alarma es que en los templos los
fieles se sitúen a varios metros de distancia unos de otros. Afortunadamente el
decreto no prohíbe ir a las iglesias. En mi ciudad, ahora que toda la gente se
queda en casa, una pequeña parte de los que iban a misa siguen haciéndolo. Esto
no tendrá incidencia relevante en los contagios: también
siguen yendo a los supermercados y a los puestos de trabajo. Lo repito,
el que una fracción de los fieles que iban a misa sigan yendo no tendrá apenas
relevancia.
El
sacerdote debe escuchar las confesiones y administrar la unción de enfermos si
se le pide. En tiempos de epidemia siempre se ha hecho así. Se puede suspender
la comunión por las casas, aunque yo no lo haría. ¿Acaso
no está permitida la entrega de comida a domicilio? Pues esto es un
alimento espiritual.
En la
parroquia yo aconsejaría que, a la hora de la comunión, hubiera una fila a un
lado del altar para los que quieran comulgar en la mano. Y después, al otro
lado del altar, la daría a los quieran comulgar en la boca. El sacerdote se
lavará la mano tras dar la comunión. Yo puse, en la credencia, un recipiente
grande de agua para sumergir y restregar las manos tras dar la comunión.
En los
hospitales, para no estar yendo y viniendo muchas veces al día --estoy a diez
kilómetros de distancia--, apunto los nombres y las camas y voy por la mañana y
otra vez por la tarde. Alguna vez voy por la noche, antes de acostarme.
Me
revisto con una bata desechable y un delantal más grueso, también desechable.
Me pongo mis guantes, la mascarilla y el gorro. Una vez administrada la unción
de los enfermos, deposito los guantes en los contenedores. Su contenido será incinerado.
Me parece digno que esos guantes sean incinerados, aunque hayan entrado en
contacto con el santo óleo. En cualquier caso, está prohibido que yo saque del
hospital material contaminado. Y, como he dicho, me parece digno.
El
recipiente del óleo que uso es solo para los pacientes de coronavirus. Así que
no importa que su contenido y el mismo recipiente ya pueda tener alguna
contaminación. Para no tener que desinfectar el ritual, he aprendido de memoria
la fórmula de la unción de los enfermos.
Si el
paciente está consciente, procedo de esta manera. Me presento, le digo algunas
palabras de cariño. Después le digo que si quiere recibir los sacramentos. Le
digo que le dejo unos momentos para que piense sus pecados. Cierro los ojos y
oro por el enfermo en silencio. Después le pido que repita cosas como estas: Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Dios mío,
perdóname. Jesús, me arrepiento de mis pecados, etc. Y le doy la absolución.
No le
pido que confiese sus pecados porque (incluso aunque estuvieran sanos) eso
sería un parto en España (dada la mala formación que hay) y, al final, sacaría
bien poco. Además, los enfermos ya no tienen muchas fuerzas, y –no lo
olvidemos– no estamos solos, pues hay camas al lado. Prefiero concentrar
mis esfuerzos en que pidan perdón a Dios.
Estoy
seguro de que esa absolución les perdona en mayor o menor medida, dado que
repiten de corazón mis frases. Acto seguido les propongo recibir la unción de
los enfermos. No hago el acto de contrición, ya lo he hecho antes de la absolución.
Como liturgia de la Palabra, rezo de memoria el salmo 23, El Señor es mi pastor. Impongo las manos, sin
tocar la cabeza. Administro el sacramento, hago una oración espontánea a Dios y
le doy la indulgencia plenaria.
Como se
ve, solo me salto unas preces y la oración final del ritual. Pero son largas
para aprenderlas de memoria y el ritual sí que es complicado estar
desinfectándolo, pues las hojas son de papel.
Si doy
varias unciones, dependiendo del tiempo del que disponga, hago más o menos
elementos de este ritual abreviado que hago.
No me
cambio de bata si voy a otra sala de enfermos. Sí que tiro al contenedor los
guantes y me pongo otros limpios si voy a tocar algo (una puerta, lo que sea)
en mi camino hacia otra sala. Pero, normalmente, las puertas son automáticas y
no tengo que tocar nada, así que puedo mantener los mismos guantes hasta que
acabe de dar las unciones. Al último le puedo tomar de la mano y darle alguna
muestra de cariño (cosa que agradecen mucho) porque en cuanto salga, tiraré los
guantes al contenedor. La máscara sí que la conservo día tras día.
Al llegar
a casa, me cambio enteramente de ropa y me lavo las manos. Uso siempre el mismo
clergyman cuando voy al hospital. En casa, me pongo zapatillas nada más entrar.
Por las
habitaciones, trato de pasar a saludar enfermos. Les saludo desde la puerta si
está abierta, no me siento, no toco nada, solo les saludo y les digo algunos
versículos de la Palabra de Dios. Alguno dirá que mi actitud debería ser el
aislamiento total para no extender el virus. Pero el personal sí que pasa a
darles el alimento y otros las medicinas y, por supuesto, los médicos. ¿Es menos importante el alimento y la medicina espiritual?
Si las
autoridades del hospital me lo prohíben, dejaré de hacerlo. Pero tendrán que
prohibírmelo expresamente. Este momento no es para que los sacerdotes se aíslen
en casa. Al revés, tenemos que estar más presentes que nunca en nuestras iglesias
y allá donde seamos solicitados.
Jamás
haría algo que fuera, a todas luces, no razonable. Pero dados todos los datos,
lo que hago me parece que entra dentro de lo razonable. El virus es real, pero
Dios es tan real como el virus. Hay gente que muere, pero a mí me preocupa
mucho más la muerte espiritual.
Si
supiera que voy a morir por ayudar a la gente que me pida asistencia
espiritual, sencillamente consideraría que ha llegado mi momento de dejar este
mundo. Pero, queridos hermanos sacerdotes, las cosas no están tan
dramáticas.
Pero lo
que sí que pido a la gente es que siga yendo a los templos a alabar a Dios. Que
se sienten lejos unos de otros, que se pongan una bufanda con tres vueltas
alrededor de la nariz y la boca. Pero seguid yendo a las iglesias a orar, a la
misa diaria.
Me parece totalmente adecuado que cada obispo
decrete que cesa la obligación del precepto dominical. Totalmente adecuado.
Pero, dejando claro eso, tenemos que tener fe. Además, ahora, con poquita gente
y poca iluminación, ¡qué bien se reza en las
iglesias! Con qué quietud, con qué paz.
P. FORTEA








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