jueves, 13 de octubre de 2011

ANTIPATÍA



La antipatía, es el primer escalón de esa escalera que nos desciende al pozo del odio, que es quien nos destruye espiritualmente.

El DRAE, la define como un sentimiento de aversión, que en mayor o menor grado, se experimenta hacia alguna persona, animal o cosa. Su antítesis es un término de un uso no tan corriente como la antipatía y es la identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro. Pero lo importante es conocer las consecuencias que en el orden de nuestra alma y vida espiritual, tiene este sentimiento de aversión denominado antipatía. Y para ello conviene que previamente refresquemos nuestra memoria con unas ideas que son básicas, para el desarrollo de nuestra vida espiritual, que en definitiva es lo que aquí, en esta vida más nos interesa o nos debe de interesar.

Como sabemos los Evangelios son cuatro; tres de ellos son los llamados sinópticos, es decir que tiene forma de sinopsis, o sea, que tienen una disposición conforme a la cual los hechos evangélicos se muestran o representan relacionadas entre sí, facilitándose así una visión conjunta de los pasajes evangélicos, ya que el orden de exposición de los hechos, es sensiblemente el mismo en los tres Evangelios. Pero en el caso del cuarto Evangelio el de San Juan, el tema es muy distinto, cualquiera que haya profundizado un poco en los cuatro Evangelios, si tuviese que quedarse solo con uno, sin duda alguna escogería el Evangelio de San Juan. El discípulo amado escribió el cuarto Evangelio y si la flor de las Sagradas Escrituras, son los Evangelios, la flor de los Evangelios es el de San Juan que es la flor por excelencia de las cuatro flores.

Tanto en el Evangelio de San Juan que es el Águila de Patmos, como en sus cartas apostólicas, mediante su lectura estamos frente a una auténtica teofanía divina. Este Evangelio es la manifestación de la gloria de Dios en Jesús: Y la Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. (Jn 1,14). En la totalidad des Evangelio y en sus Cartas apostólicas, San Juan nos presenta siempre la palabra hecha carne y el camino hacia el Padre: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto. (Jn 14,6-7). Este cuarto Evangelio, es el evangelio de la Revelación, cada una de sus palabras son como un eco, de la voz del Padre que se oyó en el Tabor, cuando dijo: Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia; escuchadle. (Mt 17,5).
Y en este maravilloso Evangelio de San Juan, y en sus escritos, es donde podemos deleitarnos meditando la llamada Oración sacerdotal (Jn 17,1-26), y es también donde hallamos la esencia de la naturaleza divina: Carísimos amémonos los unos a los otros, porque la caridad procede de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y a Dios conoce. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es Amor. (1Jn 4,7). Y es aquí, a donde deseaba yo llegar, a que consideremos la naturaleza del Señor, el hecho de que Dios tal como nos dice San Juan, es amor y solo amor, y si no amamos, jamás comprenderemos al Señor. Por ello, en un éxtasis de amor, cuando Santa Teresa de Lisieux meditando buscaba su vocación, exclamó gozosa: ¡Mi vocación es el amor! Y a esto es a lo que todos hemos sido convocados, pues para esto hemos sido creados.

Nuestra vida, sí que queremos anclarla en el Señor, solo puede ser una referencia al amor. Hemos de amar, amar sin límite alguno, amar todo aquello que ama nuestro Amado, porque aunque no se nos hubiese dado este mandamiento del amor, siempre hubiésemos llegado al cumplimiento de él, para poder integrarnos en la gloria, que nuestro Amado nos tiene prometida. Hemos de amarle a Él y ser conscientes de que a Él como a nosotros nos pasa, necesitamos amar y ser amados. Y el Señor suspira por nuestro amor, incluso ha habido quien le ha calificado como el mendigo del amor de los humanos. Nosotros si queremos ser felices, eternamente felices, no tenemos otro camino que el del amor, porque amor y solo amor es nuestro Amado, y cuanto más amemos, más felicidad encontraremos. Hemos de ascender por la escalera del amor y evitar bajar por los peldaños que nos llevan al reino del odio, que es el infierno.

Pero al amor, le pasa lo mismo que a la luz, que tiene entidad propia y cuando no existe su vacío lo ocupa una nada llamada tinieblas, porque las tinieblas lo mismo que el odio pertenecen al mundo de la nada. Su función es ocupar los vacíos que se les permite ocupar. El amor también tiene entidad propia, y cuando no existe en el alma humana, se produce un vacío que lo rellena el odio, por ello de la misma forma que la antítesis de la luz son las tinieblas, la antítesis del amor es el odio. He puesto intencionadamente este paralelismo entre amor y luz, pues conviene que nos demos cuenta de que el Reino de Dios, es el reino del amor y de luz, una luz maravillosa, no material como la que nos proporciona el sol, sino una luz de la que nos hablan los tres apóstoles, y que contemplaron en la Transfiguración del Tabor. Es la luz tabórica, la Luz divina, una Luz cuya fuerza era y es de tal intensidad, que cuando Moisés salía de la tienda del encuentro, tenía que echarse un velo sobre su cabeza para que los israelitas pudiesen mirarlo, porque no podían soportar sus ojos el tremendo reflejo de luz que emanaba de Moisés, un reflejo de luz espiritual mucho más intenso, que los rayos de la pobre luz solar que nos ilumina el día. Y a sensu contrario, tenemos como la antítesis del reino de Dios, que es el reino de la Luz y el amor, el reino del odio y de las tinieblas, que es el reino del maligno, a donde se llega por no haber amado y haber bajado en esta vida al pozo del odio y de la ofensa al Señor.

La antipatía tal como Juan Pablo II nos dice en su libro, La vida de Cristo: "… ante el instinto de la aversión, que potencialmente ya es un acto de lesión y hasta de muerte, al menos espiritual,…. Jesús intenta contraponer la Ley de la caridad que purifica y reordena al hombre hasta en los más íntimos sentimientos y movimientos de su espíritu. La antipatía podemos sentirla, pero hemos de rechazarla, porque ella siempre va contra alguien amado del Señor que es tu amado. Hemos de luchar frente a este sentimiento de aversión, porque tal como siempre ocurre en la vida espiritual, la intencionalidad consentida genera el desorden espiritual, si consentimos pecamos en nuestro corazón: "Ustedes han oído que se dijo: "No cometerás adulterio". Pero yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho es para ti una ocasión de pecado, arráncalo y arrójalo lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena. Y si tu mano derecha es para ti una ocasión de pecado, córtala y arrójala lejos de ti; es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena. (Mt 5, 27-30).

A todos nos ocurre, ¡hay personas que nos caen gordas! Cuenta M. Eguibar, en una biografía de Santa Teresa de Lisieux, que ella sentía una cierta antipatía hacia una persona que tenía el don de desagradarla en todo: me apliqué, escribe la santa, a hacer por aquella hermana lo que hubiera hecho por la persona más querida. Cada vez que la encontraba rogaba a Dios por ella, ofreciéndole todas sus virtudes y méritos. Conocía que esto agradaba mucho a mi Jesús, pues no hay artista que no le guste recibir alabanzas por su obra y el divino Artista de las almas se complace en que uno no se detenga en el exterior, sino que penetrando hasta en el santuario íntimo que ha elegido por morada, admiremos la belleza de este. Lo curioso de este caso, es que, aunque el autor no lo cuente, cuando falleció Santa Teresa, esta hermana manifestaba a las demás que era a ella, a la que más quería.

Cuando alguien te reviente, te fastidie o simplemente te caiga gordo, piensa inmediatamente que también él es un amado de Dios, y que tú tienes la suerte, de tener la oportunidad de mostrarle a Dios cuanto le amas, amando al que te inoportuna. Es el pensamiento de San Josemaría Escrivá, que podemos leer en su libro Camino: Esta persona no me mortifica, sino que me santifica. La antipatía es el primer escalón para descender al pozo del odio. ¡Por los clavos de Cristo! Que Él nos libre de acercarnos a este maldito pozo de condenación. Borra, Señor, de mi mente y de mi corazón cualquier tipo de antipatía o fobia que secreta o manifiestamente anide en mí, sobre cualquier persona sea la que sea, me haya hecho o me esté haciéndome mal o bien.

Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

Juan del Carmelo

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