lunes, 26 de octubre de 2020

LA MADRASTRA

La segunda esposa de mi padre apareció un día con un kilo de caramelos y dos perros caniches. Mi hermana y yo la mirábamos aterrorizados, tanto nos habían hablado nuestros amigos de lo malas que resultaban las madrastras, que ni siquiera le dijimos gracias.

Ella lejos de ofenderse sonrió y nunca más dejó de hacerlo.

Era una mujer bella, de cara maternal y cabellos oscuros.

Mi padre nos la presentó y sin preámbulos nos dijo que sería nuestra nueva madre. Yo era muy chico como para entender lo incómoda que ella debió sentirse. El silencio fue nuestro recibimiento.

Se casaron por civil y casi de inmediato se mudó a nuestra casa.

La casa había estado sumida en la oscuridad propia del duelo, y nosotros ya nos habíamos habituado. Lo primero que hizo el día que llegó fue dejar entrar el sol. Y poner música.

Recuerdo la cara que puso mi hermana cuando escuchó la música y tuvo que cubrirse los ojos cuando el sol le dio de lleno en la cara. Incomprensión, fue lo que vi en ella.

Hizo una limpieza a fondo a todas las habitaciones, tan minuciosa y detallista, que un rey se hubiera sentido en casa. Llenó los estantes de libros, y cuando pasó frente al cuadro de mamá en la sala, yo pensé que lo quitaría, pero no lo hizo, se limitó a sacarle el polvo y centrarlo correctamente.

Ese día la acepté, y ese día cambió el rumbo de mi destino. Pero yo no podía saberlo.

La cocina era su fuerte, y se la pasaba siempre ocupada preparando platos extraños, llenando la mesa de delicias que ninguno de nosotros había probado. Así se ganó el corazón de mi padre, y mi hermana dejó su desconfianza y le habló.

Después de un año casi no recordábamos la terrible enfermedad de nuestra madre, aunque de ella sería imposible olvidarnos, su imagen seguía reinando en el salón.

Aunque le tomamos cariño nunca la llamamos mamá, pero ella tampoco lo exigió. Se ganó nuestra confianza y estuvo cada vez que necesitamos un consejo, y nos cubrió cuando nuestras travesuras nos ponían en evidencia frente a mi padre.

Así pasaron varios años, y un día papá no volvió del trabajo.

Mi segunda madre al principio no se preocupó, pero luego pasó largas horas al teléfono, preguntando por él a sus compañeros de trabajo. Hasta que se halló su auto, unos jóvenes montañistas lo encontraron entre las rocas. Había caído por el acantilado, dentro de él mi padre tuvo una muerte instantánea.

La segunda muerte de nuestra niñez, nos puso de frente a la realidad de la vida y es que nada es para siempre.

Después del entierro y con terribles presagios que no compartimos con nuestra madrastra, nos preparamos para terminar ambos en alguna institución de menores.

Pero ella no se fue, siguió siendo la misma que fue mientras vivió mi padre, o aún mejor.

Tomó un trabajo de medio tiempo como cocinera en un restaurante local, y trató de alivianar nuestra pena con todo lo que se le ocurrió. Inventaba paseos a cualquier hora, o ponía música y bailaba sola o con sus perros que saltaban a su alrededor contagiados por su alegría. Nosotros la observábamos sin participar, callados y tristes.

Pero ya debíamos conocerla, y nuestro mutismo no la avasalló. Redobló sus intentos y poco a poco fuimos cediendo.

Las pocas veces que le hablábamos era para preguntarle dónde estaba esto o aquello, pero nunca creímos necesario ser amables con ella.

Pero ese día amaneció soleado, después de varios meses de la muerte de papá al fin el cielo azul y limpio nos invitaba a salir.

Por eso le pregunté dónde estaba mi pelota de fútbol, y ella la buscó con una sonrisa gigante.

Me la dio y mientras me alejaba hacia la puerta me dijo.

- Si no quieres jugar solo aquí estoy.

- Bueno...- Dije yo levantando los hombros.

Salí al patio y jugué un rato contra el paredón que dividía nuestro terreno. Al fin me dí cuenta que mi hermana no jugaría conmigo y me animé a llamar a mi madrastra.

Ella estaba esperando al parecer, porque apareció sonriente seguida por sus caniches y empezó a tocar la pelota sin habilidad pero riendo como una niña.

Jugamos un buen rato y después me dijo que entráramos a comer algo.

Sus desayunos y meriendas eran espectaculares, aunque no tuviera mucho ella se las ingeniaba para darle color a la mesa, según ella eso es tan importante como la buena calidad de los productos a consumir.

Desde ese día nació en mí un sentimiento muy parecido al amor, la acepté como mi madre.

Y no tuve miedo de equivocarme.

Mi hermana vio el cambio en mi actitud, y aunque con más cautela comenzó a verla con otros ojos.

Así antes de terminar ese año, los dos sentíamos por ella un inmenso amor, aunque nunca se lo dijimos.

Pero además de buena cocinera y excelente ama de casa era muy inteligente, y lo notó.

Se dio cuenta de nuestro cambio y se sumó con una calidez y sinceridad que nos terminó de ganar.

Cuando terminé mis estudios no creía poder continuar en el nivel terciario ya que nuestros ingresos aunque nos sostenían, eran mis reducidos.

Pero ella había ahorrado durante esos años, y me inscribió en una universidad sin decírmelo.

El día que me enteré lloré de alegría, y mi hermana me abrazó, emocionada.

Ella siguió estudiando en la ciudad y se perfeccionó como enfermera.

Me fui con la sensación de estar en deuda para siempre, y más aún teniendo en cuenta que ella no era nuestra madre y que pudo irse y olvidarse de nosotros al morir mi padre. Pero no sólo no lo hizo, sino que se quedó y fué la madre que nunca imaginamos.

Años pasaron desde esos días, me recibí y comencé a ejercer como abogado, teniendo siempre contacto con mi hermana y mi segunda madre.

Al cumplir los treinta y tres ella enfermó, yo vivía a unos cuantos kilómetros pero me mudé para acompañarla.

Nos turnamos mi hermana y yo para asistirla, pero el informe médico no era alentador.

Se moría, y ella lo sabía.

Aunque más triste y sin fuerzas aún sonreía, y nos hizo prometer que no la lloraríamos, prefería risas.

La enterramos un lunes, al principio del verano, no quiso que la pusieran junto a mi padre, dijo que ese lugar era de nuestra madre. Ella misma eligió un lugar discreto debajo de los árboles.

Vamos cada cierto tiempo a visitarlos, a los tres.

En la tumba de mamá siempre dejamos rosas rojas sus favoritas, en la de papá leemos el periódico, principalmente los chistes que era lo que más leía. Y en la tumba de nuestra madrastra, la última en nuestro recorrido ponemos caramelos. Ella así lo quiso.

Muchas veces las segundas oportunidades no son buenas.

Pero muy de vez en cuando, llegan a nuestras vidas personas increíbles que ocupan un lugar en nuestros corazones y no lo abandonan nunca más. Aunque se hayan ido.

 

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