viernes, 30 de octubre de 2020

“CARGA PESADA”

Acosado y atrapado. Tan solamente contaba con 25 soles que tenían que alcanzar para regresar desde Huacho hasta Virú. Llevaba el rodaje de repuesto, el cual pondría y regresaría. El camión estaba malogrado junto al cerro Las Tetas por cinco días con un ayudante que ya habría muerto de inanición por el hambre. No tenía para comer en el camino ni para ómnibus, de tal manera que estaba viajando tras un viejo semi tráiler que en cada pueblo paraba a recoger un pasajero misio como yo, con su carga y su mercadería.

Parecía un circo por lo curioso de su carga: un ropero, sacos de papas, una señora con un chivato, más adelante colchones de paja con su dueño encima de ellos. Yo me agazapé adelante tratando de ser ajeno a esta miscelánea de personajes sin darme cuenta que también eran parte de esta caravana de misios viajeros.

La pista era una calamidad pues un gobierno que no mencionaré, la había descuidado tanto que los viajes eran una epopeya, a veces sin retorno. Todo esto fue interrumpido por la estridente y sonora carcajada de un grupo de mujeres que abordaron el vehículo con un paquete de costales y canastos vacíos para verduras. Traté de ignorarlas.

Me había comenzado a doler el estómago mas no sé si por el hambre o por las úlceras que el estrés causaba. Sentí la mirada audaz y atrevida de una de las féminas extremadamente gordita, con un corte de cabello similar al Puma Carranza, quien desprendiéndose del grupo vino hacia mi gateando a la vez que decía con voz cantada y fingida: ¡Hola guapo, soy Dorita! viajo a Trujillo a comprar fresa y te quiero conocer, me has impactado. A lo cual repliqué, ante tanta osadía: soy Darío, chofer de camión. Me estoy zurrando y no quiero conocer a nadie. Pensé que esta respuesta marcaría la clara distancia entre mi persona y la susodicha, pero fue como si hubiese despertado un monstruo dormido. El dolor de estómago era insoportable y más aún matizado por la voz chillona "del prototipo de la fealdad", que trataba un acercamiento amical con mi persona. Era un acoso descarado a rajatabla, que me hacían sentir chico.

Llegamos al restorán "Pedros" en plena pampa, y el chofer aviso que teníamos media hora para almorzar, todos bajaron, la gorda también, no sin antes decirme que, si no tenía dinero para comer, ella me lo daría. No hice caso y me acurruqué contra la carga sin poder ocultar mi dolor de estómago ni mi antipatía por ella. Traté de dormir para olvidar el hambre y demás problemas. Cuando mi letargo fue roto por una gordita sonriente quien portaba en una mano, una taza con manzanilla y una pastilla para el cólico en la otra. Era tanto el malestar que sin variar ningún gesto de agradecimiento en mi rostro, cogí la taza y tome la pastilla con avidez… ¡Gran error! Pude ver una sonrisa de satisfacción y triunfo en su gorda carita; me había vendido por una pastilla -que hizo un efecto casi inmediato-. Al cabo de unos minutos nuevamente apareció Dorita con un caliente caldo de gallina, que compondría esa fría mañana de julio. La degusté sin ningún ademán de agradecimiento, pero ella ya se sentía mi dueña. Entonces traté de ser cortés no evadiendo su conversación, mas hasta Huarmey ella ya sabía mi vida, gustos y problemas. Me había propuesto que seamos pareja, a lo cual yo aduje que ya la tenía y que además no me gustaban las coboyadas. A todo esto ella se resintió pero no me quitó su caliente frazada tigre que me protegía de la llovizna.

Llegamos a Chimbote a la famosa Pampa del Hambre donde se congregaban los traileros a comer y buscar carga. Bajaron todos menos yo, ya resignado a no comer. Nuevamente, Dorita se apareció con una fuente que llevaba bistec apanado, papas fritas, arroz y ensalada, y una coca cola familiar, todo para mí solo. Comencé a comer y le pedí una bolsita, pensando en mi ayudante que ya estaría disecado, 5 días sin comer el pobre. Dorita me pidió que comiera todo, de lo contrario lo tomaría como un desprecio. Luego continuamos viaje, ella se acercó a mí y me dijo: No lo tomes a mal pero tienes un problema y soy tu amiga. Luego alargó su manito regordeta con un billete de 100 soles tratando de meterlo en el bolsillo de mi camisa, a lo cual rechace su cortesía devolviéndoselo. Ella insistió, lo metió en dicho bolsillo, el cual abotonó, no sin antes hacerme saber que era un préstamo de amigos. Sin yo poder hacer nada ella me abrazó y compartió su frazada. Empecé a sentirme incómodo, entonces recapitulé: salí misio de Huacho, de hambre, enfermo y esta gordita me curó, me dio abrigo, me dio de comer, encima me dio dinero y yo en cambio me porto majadero con ella. ¡Ah, no! me quedaba desde Chimbote hasta Virú para agradecerle. ¡Y sí que lo hice! Pero, esa es otra historia…

Se pasaban penurias en los años de 1970, de 1980, dado que se estilaba en esos tiempos -a fletear con pagos a vuelta de guías- o sea el dueño de la carga te pagaba el flete cuando traías de regreso la guía firmada y sellada por el receptor, no antes. Hoy es diferente pues a veces hasta te pagan el flete adelantado o mínimo la mitad para gastos. Aun así, las experiencias más traumáticas las vives cuando trabajas con un camión cuyo dueño es misio o vicioso, pues tú te acostumbras y quieres a una máquina mientras el dueño se despreocupa y tú pagas las consecuencias ¡De verdad...! Te lo digo yo aún vigente y con 39 almanaques en el transporte de carga.

Publicado en la revista Sobre Ruedas, propiedad de la familia Pimentel.

De Darío Pimentel (2014).

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