"El gozo espiritual es la mejor señal de que la gracia habita en un alma", escribió alguna vez San Buenaventura, místico y teólogo franciscano, Doctor de la Iglesia, conocido como el “Doctor Seráfico”, gracias la grandeza de sus escritos, particularmente encendidos de amor y fe, y por ello, de inmenso provecho para la vida espiritual e intelectual.
San Buenaventura nació en Bagnoregio, Italia, en 1221. Después de
recibir el hábito de la orden franciscana, estudió en la Universidad de París,
Francia, donde llegaría a enseñar teología y Sagrada Escritura, exhibiendo un
profundo conocimiento de las relaciones entre la filosofía, la teología y la
fe.
Buenaventura dedicaba mucho tiempo a la oración y al estudio. Llevaba
siempre una discreta y serena sonrisa en el rostro, reflejo de su alma siempre
en búsqueda de Dios. La finura de espíritu que poseía lo llevó a reverenciar
más y más la grandeza de Dios, pero también le generó cierto problema
espiritual. Fray Buenaventura empezó a considerarse indigno, lleno de faltas,
y, por eso, algunas veces, se abstuvo de comulgar, aun cuando lo deseaba con
todo su corazón. Llegó a ver en sí mismo solo sus pecados y defectos. Dios, por
su parte, le mostró que su misericordia está más allá de los cálculos humanos: la tradición señala que uno de esos días en los que Fray
Buenaventura había decidido no acercarse a recibir la comunión, un ángel llevó
un pedacito de una de las hostias consagradas desde el altar hasta su boca.
Después de eso, San Buenaventura no volvería a ser el mismo, y volvería a
comulgar normalmente, sabiéndose pecador pero, antes que cualquier cosa, amado,
profundamente amado por Dios. Dios le estaba mostrando con ello, al mismo
tiempo, el camino para el orden sacerdotal.
Una de las más importantes obras que escribió fue el “Comentario sobre las sentencias de Pedro Lombardo”,
una brillante suma -o compendio- de teología escolástica. Sobre él dijo alguna
vez el Papa Sixto IV: "la manera como (San
Buenaventura) se expresa sobre la teología, indica que el Espíritu Santo
hablaba por su boca”.
Estando el Santo instalado como Maestro de la Universidad de París,
vivió tanto los años de florecimiento teológico y filosófico -coincidió con
Santo Tomás de Aquino como profesor- como aquellos años llenos de conflictos o
tensiones entre los miembros de la comunidad académica. Sufrió la hostilidad
generada contra los franciscanos, así como los excesos de las pugnas
intelectuales en torno a la naturaleza de la teología y su relación con la
filosofía o la razón. La situación llegó a tal punto que los franciscanos
fueron retirados de la enseñanza. Afortunadamente el Papa Alejandro IV
intervino y después de una cuidadosa investigación se les devolvió todas las
cátedras a los hijos de San Francisco, empezando por la del propio
Buenaventura. En 1257, él y Santo Tomás de Aquino recibieron el título de
doctores.
Ese mismo año, Buenaventura fue elegido superior general de los frailes
menores. Al asumir el cargo recibió una orden desgarrada entre los que pedían
una severidad inflexible y los que deseaban mitigar la regla original. En ese
contexto, el Santo volvió a las fuentes y empezó a escribir la vida de San
Francisco de Asís. Precisamente en esa etapa San Buenaventura recibe la visita
de Santo Tomás de Aquino quien había tomado conocimiento sobre aquello que
estaba escribiendo el franciscano. Al llegar lo encontró en su celda, en plena
contemplación, y decidió retirarse Santo Tomás se retiró diciendo: “Dejemos a un Santo trabajar por otro Santo”.
San Buenaventura sería nombrado posteriormente Obispo de Albano y
llamado inmediatamente a Roma. El Papa Gregorio X lo creó cardenal y le
encomendó la preparación de los temas del Concilio ecuménico de Lyon -sobre la
unidad con los ortodoxos griegos- en el que participó activamente.
Renunció al cargo de superior general de la Orden y poco tiempo después
partió a la Casa del Padre, la noche entre el 14 y el 15 de julio de 1274 en
Lyon, Francia.
Redacción ACI Prensa
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