jueves, 23 de septiembre de 2021

HUIR DEL SILENCIO ES HUIR DE SÍ MISMO

En el silencio Dios tendrá más espacio en nuestras vidas.

Por: Celso Júlio da Silva, LC | Fuente: Catholic.net

Palabras vienen y palabras van y al final la única cosa que define a un hombre es su silencio. Lo que caracteriza a una persona -como bien escribe el cardenal Sarah en su libro La fuerza del silencio- es su capacidad de hablar, de comunicarse. Sin embargo, lo que define a una persona es el silencio. Quizás porque es en el silencio donde cada uno es capaz de afrontar su propia verdad y la verdad de Dios en su vida con realismo y autenticidad.

Nuestra vida diaria comúnmente no favorece ese espacio de silencio y por ahí podemos andar nosotros como fugitivos de nuestra realidad perdiéndonos en la última noticia, en los chismes que corren como reguero de pólvora, en proyectos, viajes, trabajo, estudios, videos, persiguiendo sueños que simplemente nos hipnotizan, pero no nos hacen crecer. Huyendo del silencio nos volvemos fugitivos de nosotros mismos.

Claro está que también existen silencios que son cobardía, silencios cómplices del mal y del pecado. Estos al fin y al cabo se radican en la corrupción del corazón humano que, distraído por tantas palabras, tantas promesas, tantas ambiciones y desorden, terminan encarnando lo que San Agustín en la Ciudad de Dios llama "el amor a sí mismo hasta el desprecio total de Dios". Estos silencios corroen y matan el alma.

Sólo el silencio verdadero que procede del encuentro con Dios nos puede ayudar a enfocar otra vez la mirada hacia lo que es esencial en nuestra vida. Dejar de mirar el propio ombligo para detenernos ante el espectáculo de la vida, la belleza de la naturaleza, el don del otro que está a nuestro lado, ante la vida que pasa rápido y quizás no nos damos cuenta.

El silencio nos empuja a lo que es esencial. Francisco Petrarca, eximio humanista y escritor italiano, pasaba por una fuerte crisis espiritual. Su director espiritual era un franciscano del Convento de Santo Sepulcro que le había sugerido la lectura de las Confesiones de San Agustín. Cierto día del 1336, subiendo el Monte Ventoso con un fraile más joven que él, Petrarca -al detenerse una y otra vez debido al cansancio- contemplaba las montañas hermosísimas que se levantaban delante de sus ojos. Llegado a la cima, abriendo al azar las Confesiones, se depara con el Libro X en el que el Doctor de la Gracia afirma que los hombres, una vez que son capaces de contemplar las cimas de los montes y la belleza de los mares, son capaces de salir de sí mismos y por medio de la creación encontrar a Dios (Cfr. San Agustín, Confesiones, Libro X, 8, 12-15). Pero todo esto gracias al silencio del alma que se enfoca en lo que es esencial, haciéndonos reposar la mirada hacia fuera de uno mismo.

El silencio es la serena escuela del discernimiento. En la agitación, en el ruido, en la superficialidad de nuestra rutina acelerada jamás podremos discernir la voluntad de Dios. Si por un lado la paz del alma nace del discernimiento hecho en el espacio del silencio, por otro es innegable que la vida diaria con sus quehaceres no puede ser vilipendiada. Cuando el mar está agitado los peces se dirigen a las profundidades, es imposible pescar. Lo mismo pasa en la vida, cuando hay distracción, ruido, agitación, las mejores respuestas o soluciones no aparecen o no se ven porque están allí en las profundidades del silencioso mar de nuestro interior. A veces para empezar un serio discernimiento desde el silencio es necesario tomar distancia del mar tempestuoso, casi de una manera epicúrea, como sugiere Lucrecio en su De rerum natura, que invita al hombre a distanciarse un poco de las preocupaciones para volverse sabio mediante la contemplación de las cosas que en sí son buenas y verdaderas (cfr. Lucrecio, De rerum natura, II, 1-61).

El cristianismo abraza lo mejor de lo clásico y por eso podemos decir que la oración y sobretodo la liturgia es la roca en medio del mar tempestuoso en la que podemos encontrarnos con Dios y con nosotros mismos. Ha caído en mis manos hace pocos días un lindo libro de Guido Marini. El capítulo 3 destaca algunos aspectos específicos de la celebración eucarística entre el silencio. Y allí el énfasis que realiza el monseñor es sustancialmente éste: el silencio en la liturgia es sagrado, por tanto, no es un silencio vacío de contenido, sino un silencio rico, repleto de Dios mismo. No se trata de vaciarnos, sino de llenarnos de Dios que quiere comunicarse con nosotros y llenarnos de Él (Cfr. Guido Marini, Liturgia, Gloria di Dio, santificazione dell”uomo, San Paolo, pág. 65ss). Dicho esto notamos que quien huye del silencio no se escapa sólo de sí mismo, sino también de Dios. Si aceptamos ser abrazados por Dios en ese silencio que nos llena la santidad será un gozoso camino de felicidad y de paz.

Por último, el silencio es sanador y redentor si está radicado en Cristo. Toda la riqueza del silencio que hace con que el hombre sea realmente espiritual y sabio proviene del silencio del Verbo de Dios, de la Palabra Eterna de Dios, Cristo. Orígenes en el De Principiis afirma que “Cristo es la Palabra abreviada de Dios Padre”, pero esa Palabra conoció desde su Encarnación el humilde silencio salvífico. Silencio en el seno de María, silencio en la sencillez y pobreza con su nacimiento, silencio en Nazaret por muchos años, silencio ante el momento de la Pasión y la Muerte. Y grandioso es que ese silencio fue fuente de Redención para todo el género humano. Silencio redentor, silencio lleno de amor y de entrega, silencio de Cristo que nos invita a radicar nuestros pequeños silencios en la fecundidad divina de su amor elocuente por cada uno de nosotros.

Radicados en Cristo a través de la oración, la liturgia, del sincero discernimiento y de la contemplación de la verdad y la belleza ya no seremos fugitivos de nuestra realidad, sino hombres definidos por ese silencio fecundo y portador de paz. Además cualquier palabra que salga de nuestra boca estará llena de valor y significado porque estará impregnada de un silencio pleno de Dios, pleno de autenticidad y de trascendencia.

Siendo así, no huyamos de las ocasiones de silencio y así no huiremos de nosotros mismos y Dios tendrá más espacio en nuestras vidas.

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