jueves, 30 de septiembre de 2021

EL SECRETO DE LA CASONA

 La Caleta de Carquín fue durante la Colonia zona de recreación de familias españolas. Venían de la Villa de Carrión de Velasco en o a caballo, al fundo Carquín Bajo, propiedad de dos ancianos españoles sin hijos, hospedaje preferido de los veraneantes.

A la llegada del Libertador José de San Martín, los dueños de esta hacienda ocultaron todo -el oro y plata acumulada en tantísimos años, viajaron a España, esperando tiempos mejores para regresar por la tierra y fortuna, lo que no sucedió.

El fundo fue pasando de mano en mano, vendido o arrendado. La estuvo siempre habitada. Con el tiempo comenzó a circular una leyenda de un tesoro oculto. Mucha ·gente decía ver de noche salir de los alrededores de la casona una bola de fuego "A tomar agua al río".

La heredó finalmente una hermosa huaurina. Como mujer que era, no le dio importancia ni valor alguno a la tierra y prefirió buscar mejor fortuna en el negocio de cabotaje, permutando el fundo por una balandra que al poco tiempo naufragó. Su nuevo propietario fue un moreno, hijo de esclavos. Interesado en el fundo por noticias que tuvo de la leyenda de la "bola de fuego". Su buena fortuna le había permitido dar con un tapado de monedas de oro, oculto en una huaca en la hacienda en la que trabajaba como gañán.

Los peones veían al nuevo patrón rondar por huacas y paredones. En dirección al río, sobre todo en noches de luna. Andaba el moreno al de la "bola de fuego”, en la que tendría un resplandor, una señal encontrar el tesoro. En esta afanosa búsqueda pasó muchos que se le hicieron larguísimos, llegando a hacérsele obsesión, rayando en la locura por el temor de morir sin encontrarlo. Estaba seguro de que existía y debía estar escondido en los alrededores de la casona.

Cumplió cien años, seguían sus pretensiones de seguir buscando, sus hijos le prohibieron salir, ellos nunca llegaron a creer en la leyenda y, quedó el viejo moreno encerrado en la planta alta. Un amplio corredor con baranda asomaba al patio empedrado de la planta baja. En el gran salón de recepciones se encontraba uno frente a otro, haciendo guardia, dos estatuas de soldados españoles, revestidos de fuertes corazas, de tamaño natural, todo hecho de cal y canto. Las diversas familias que habitaron esta casona, pintaban estos centinelas para darles vida y presentación.

Una mañana paseando por el corredor apoyado en un fuerte bastón, obsesionado con la idea del tesoro oculto, maldiciendo su mala suerte, casi enloquecido acabó tropezándose cara a cara con una de las estatuas. Enfurecido, creyéndola culpables de su desgracia, levantó el bastón y la emprendió a golpes con el soldado español diciéndole: "Ahora me vas a decir dónde enterraron el tesoro de esta hacienda". Golpe tras golpe llovía sobre la cabeza de la estatua que apaciblemente resistía sus arremetidas, con que lo enfureció más y con mayor vigor arreció con los bastonazos de izquierda a derecha, de arriba a abajo, una y otra vez hasta decapitarla, yendo a caer la cabeza al patio de piedra. Quedó el viejo sorprendido, volviendo a la realidad con el estruendo de la cabeza al partirse en mil pedazos. Riéndose de su obra se tomó un descanso, pero nuevamente obsesionado volvió a su demoledora acción, diablo español, estás sin cabeza, pero igual tienes que decirme dónde está oculto el "tesoro". Emprendiendo nuevamente contra la fuerte coraza, ¡uno!, ¡dos!, ¡tres!, ¡cuatro!, al quinto garrote la armadura de cal y canto se fue agrietando y sobre el orificio fueron cayendo seguidos los golpes hasta que habló: águilas de oro salieron volando de la armadura, posándose titilantes sobre el empedrado. En la otra estatua, se encontraron semejando una música celestial más monedas de plata. Los incrédulos hijos, tomaron el tesoro y para conformarlo, le dieron tres águilas de oro, con las cuales jugaba.

De Alberto Bisso Sánchez (1985).

Alejandro Smith Bisso

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