miércoles, 25 de julio de 2018

¿PARTICIPACIÓN O SUMISIÓN? LA PRESENCIA DEL LAICO EN LA IGLESIA



La Iglesia no sólo está formada por religiosos, los laicos formamos parte activa dentro de ella.
Preocupado, como otros muchos laicos, por la Iglesia y en concreto por nuestra Iglesia Diocesana, me atrevo a exponer unas cuantas ideas, por si pudieran ser útiles. Son la consecuencia de experiencias vividas en el campo de la Catequesis de Adultos y del voluntariado de Caritas. Acertadas o no, reflejan de alguna manera el sentir de una buena parte de los fieles respecto a nuestra participación en el caminar de la Iglesia. No es un problema exclusivo de la Iglesia, sino que se da también, y mucho, en la política y en el terreno empresarial. Tampoco es un problema de organizaciones, sino de la condición humana. Este escrito fue originalmente redactado en enero de 1999. Parece no haber perdido vigencia, y tras pequeñas modificaciones, consideramos preferible conservar su sentido original.

En general, tras el Concilio Vaticano II, y en particular tras el Sínodo Diocesano en la provincia de Badajoz (España) ha calado honda la idea de la participación de los fieles en la Iglesia.

Poco a poco, a veces con tensiones y dificultades, sacerdotes y laicos nos vamos compenetrando y ocupando cada uno el puesto que nos corresponde. Tras la notable experiencia del Sínodo, y la incorporación a las diferentes actividades parroquiales de numerosos laicos, se van detectando algunos fallos, lógicos y naturales, que podrían frenar seriamente esa deseada participación en algunas parroquias. Consideremos algunos casos:
No hay duda de que los párrocos, los sacerdotes, lo han sido todo en “sus” Parroquias. Sin ellos no se hacía nada. Lo que ellos no hacían, se quedaba sin hacer. Si algo emprendía un laico era bajo la total sumisión a las directrices del cura correspondiente. En abstracto, estos siempre necesitan y desean ayuda. Sin embargo, a la hora de ceder parte de sus atribuciones, algunos piensan que se están invadiendo sus competencias exclusivas. Surgen roces, abandonos, discrepancias, etc. cuya única razón es, casi siempre, la vanidad o el orgullo herido de uno o de otro. En definitiva, se confunde colaboración con sumisión.

Los sacerdotes, sobre todo los de cierta edad, han sido formados y han trabajado en un entorno social que ha variado espectacularmente en muy poco tiempo. Se encuentran con laicos, muchos universitarios, de gran preparación que le superan en algunos campos, y eso nadie lo soporta con gusto. Los curas tampoco. Es, por tanto, natural y lógica la actitud de recelo de algunos. Esta situación es incluso positiva pues plantea problemas que hasta hace poco eran impensables. “Rogar al dueño de la mies que mande obreros a su mies…” Y el dueño los manda; pero el “manigero” ,de vez en cuando, no los sabe poner a trabajar. En cualquier reunión es rarísima la menor contradicción a las directrices o comentarios del sacerdote, incluso en materias muy opinables. Somos los fieles del Amén y sí Señor. Así nos luce el pelo.

Por otra parte, algunos laicos, al integrarse en grupos de trabajo parroquiales nos pasamos de rosca, formando capillitas, encerrándonos en nosotros mismos e impidiendo la incorporación de otros fieles a la tarea. En ocasiones, terminamos siendo “más papistas que el Papa” creyendo poder prescindir de todas las directrices y orientaciones del párroco. Casi siempre consideramos a los sacerdotes hombres perfectos, ángeles, sin tachas ni faltas. Olvidamos que los hombres perfectos no existen en esta vida y que debemos trabajar – hasta ciertos límites – con los que hay con sus defectos y virtudes.

Curas y fieles volcados en tareas de apostolado, olvidamos con frecuencia algunas cosas: En primer lugar, que la proporción de católicos practicantes, comprometidos y bien formados es escandalosamente baja. En segundo lugar, es verdad que unos 4.000 laicos – 400 grupos – están interviniendo activamente en la Iglesia de Badajoz; pero también es verdad que no lo hacen unas 596.000 personas, pues en la provincia de Badajoz somos unas 600.000. O sea una de cada 150 personas aproximadamente están preocupadas de forma activa por la Iglesia .Lo más penoso es que las personas activas son las de siempre. En misa diaria y en todo tipo de reuniones o actividades, siempre estamos los mismos: diez o quince mujeres por cada hombre y casi ningún joven. Otro tema muy preocupante es la escasez de catequistas aceptablemente preparados, no sólo para los catecúmenos que hay; sino para los que debería haber. La juventud brilla por su ausencia. Teniendo en cuenta todo esto sugerimos algunas posibles soluciones:
a.- En cada catequesis o grupo de trabajo, junto al sacerdote o catequista, debería sentarse uno o más laicos, preparándose para ocupar puestos de dirección y de catequista, además de aquellos que ya reciban una formación específica. Hoy día, hay una gran proporción de bachilleres y universitarios que, aproximadamente en un año, deberían estar suficientemente formados para ser catequistas o hacer de motor en más de una actividad.

b.- Los laicos catequistas o jefes de grupos deberían actuar frecuentemente solos, sin la presencia constante, a veces atosigante del sacerdote. Hay que dejar que la gente se equivoque. Nunca se equivocan los que nunca hacen nada. Otra cosa es que el sacerdote esté “a mano” para consultarle las inevitables dudas que irán surgiendo. Los laicos solos, hablan de distinta forma y con diferente talante que con el cura delante, éste no puede seguir mediatizando “todas” las reuniones y todos los temas. Todo profesional tiene una “deformación profesional”, y es peligroso dejarles actuar sin algún tipo de contrapeso. Puede que esta sea una de las causas de que el catolicismo español esté donde está y como está.

c.- Como en cualquier actividad humana, en la Iglesia hay curas y laicos buenos, regulares y malos, “profesionalmente” hablando. Las personas ineptas son detectadas por todos inmediatamente. A estas hay que separarlas inmediatamente de los puestos de responsabilidad para los que han mostrado no ser aptos, y asignarles otra actividad donde puedan producir frutos positivos. Sacerdotes y laicos por acción u omisión somos corresponsables del daño, muy grave daño a veces, que estas personas producen en la Iglesia. En cualquier empresa a los ineptos de les pone rápidamente de patitas en la calle. En la empresa de la salvación de almas ¿vamos a ser menos rigurosos?. Cuantas sinrazones para justificar nuestra tibieza. ¿No hay también un cierto olor a “corporativismo” trasnochado entre los sacerdotes?

d. Los que estamos involucrados en los problemas de la Iglesia no podemos dejar de constatar que tanto en la misa diaria como en las diferentes actividades, como dijimos antes, estamos siempre los mismos. Los sermones, conferencias y escritos están dirigidos fundamentalmente a ellos. A los alejados de la Iglesia, todas estas actividades le suenan a música celestial. Simplemente, no les dice casi nada, no les atrae. Cristo no vino a curar a los sanos, sino a los enfermos, y estos, los enfermos son hoy los alejados, los que no entran en el templo. ¿No sabemos presentarles el mensaje de Cristo? El Espíritu Santo no abandona a la Iglesia; pero quizá nosotros colaboramos tan poco con El que podamos tenerle bastante aburrido.

e. No podemos seguir esperando a “que vengan” los hermanos alejados, tenemos nosotros que salir a buscarlos. Cuando entren, hay que tener todo organizado para que puedan empezar a trabajar. ¿Cuántas personas se ofrecen para cooperar y, o no reciben contestación, o se les deja aparcados por no saber qué hacer con ellos o se les evita porque dan trabajo? Reconocemos que cuando en una parroquia se trabaja bien nadie tiene tiempo para nada; pero se olvida muchas veces que el que manda no está para hacerlo él todo, sino para que todo lo que haya que hacer sea hecho con previsión y con orden entre todos. Quizá uno de los defectos más acusados del ibérico sea la falta de previsión y la incapacidad para organizar bien incluso los actos más elementales. Detectado este fallo, bueno será ponerse a buscar esa persona organizadora – siempre existe – que necesita cada parroquia. Seamos humildes, esa persona en más de una ocasión no es el párroco.

f. Hagamos algunas pruebas con personas normales, sensatas, bien formadas culturalmente y más o menos alejadas de la Iglesia: Pongamos en sus manos algunos de los folletos semanales de la Catequesis de Adultos o del excelente semanario “Iglesia en Camino”. Todas mis experiencias al respecto han sido frustrantes. Estas hojas no les dicen nada. Las contestaciones más corrientes han sido:
– “No está mal”
– “Esto es un rollo macabeo”
– “Aquí todo es perfecto y donde no hay fallos humanos se miente en todo lo que se oculta”
– “Se sigue hablando de forma dogmática incluso en temas muy discutibles”
– “Estos Srs. no tienen ni una sola duda en nada. Donde no hay dudas no hay avances”
– “Se habla, como en los partidos políticos, todo en la Iglesia está bien, no se hace nada mal”, etc. (En estos meses últimos el Papa ha pedido perdón en nombre de la Iglesia por hecho ocurridos hace tiempo. No sólo no ha pasado nada, sino que su figura humana, y la Iglesia toda, han salido ennoblecidos)

– La mayor parte de las respuestas son anodinas, sin interés, aunque lo realmente grave no es que se esté más o menos de acuerdo; sino que pasan de religión, no interesa el tema. El lenguaje del Papa, obispos y párrocos está muy bien para personas que están dentro de la Iglesia; para los alejados, todo eso es música celestial. Hay que traducírselo al idioma de la calle, de sus vidas. A Cristo le entendía todo el mundo porque hablaba con el lenguaje de la calle, y de los problemas de sus oyentes.

g. Muchos católicos nos seguimos comportando con una extraña cobardía en nuestras actuaciones sociales. Nos seguimos avergonzando de llamarnos católicos y actuar como tales. Esta actitud repele a los alejados, que ven en nuestra “humildad y prudencia” una justificación a nuestra falta de valor y coraje. Humildad, sí, pero ante Dios. Ante los hombres tenemos que mostrarnos orgullosos de ser Hijos de Dios, hijos del Rey de Reyes.

¿Hasta qué punto algunos podrían tener razón? Para nosotros son, en general, buenos escritos, buenos sermones, actividades adecuadas, etc… Quizá, nuestras voces se están dirigiendo a los que desde antiguo viven en el hogar del Padre, gozan de su intimidad y se sientan a su mesa. Los otros, aquellos que adormecidos en el error y enredados en el mundo ni nos oyen, ni escuchan, necesitarán ser despertados con otros gritos y de otras formas. ¿Cuáles? Yo no lo sé, aunque esté haciendo esfuerzos por encontrarlos. Además, creo que en este asunto somos los laicos los más llamados a intervenir. En el nº 44 del semanario “Iglesia en camino” pág. 8 se dice: “Pensamos que hoy día hay dos objetivos prioritarios muy claros: por una parte los pobres – materiales y espirituales – y por otra la participación y corresponsabilidad del seglar en la vida de la Iglesia. La verdad es que los laicos no contamos en la Iglesia todo lo que debiéramos y eso nos duele”.

h. Tenemos buenas armas, las de siempre: El Evangelio, la Cruz y el Amor. Quizá tengamos que buscar nuevos modos de hacer apostolado cada uno en nuestro propio ambiente, con nuestro ejemplo de santidad, utilizar el lenguaje de nuestra vida de hoy. Bueno será que, para empezar, intentemos detectar estas situaciones. Por esas 596.000 personas alejadas también murió Cristo, y Cristo nos pedirá cuenta de ellas. Estoy seguro que están en la mente y en las oraciones de todos nosotros, religiosos y laicos. La duda no está en lo que se está haciendo en nuestra provincia, que es – salvo pocas excepciones – mucho y muy bueno; sino en lo que no hacemos y que podríamos hacer. No creo que sea cuestión de trabajar más, sino de trabajar mejor, con más orden, con más puntualidad, incorporando más personas al apostolado, y sobre todo, orando y sacrificándonos un poco más por todos nuestros hermanos.

Leyendo al padre Antonio Aradillas en “Iglesia 2001” me encuentro frases como estas: -Pregunta al cardenal Tarancón: ¿Cree que la Iglesia se democratiza hoy de verdad?. Responde: “La Iglesia no es una sociedad puramente democrática. No lo quiso así su fundador. Pero el espíritu democrático es cien por cien evangélico y muy utilizable en no pocos planteamientos eclesiásticos, en tanto que se recaba y exige en ellos la colaboración y participación de cuantos más hombres mejor… Un sacerdote o un obispo que no logre conectar directamente con los seglares en la verdad de su vida, vivirán de espaldas o al margen de la realidad del mundo.” En pág. 205. “En el fondo este país nuestro tan clerical, no se librará del clericalismo, a menos que sus sacerdotes carezcan de tiempo para preocuparse de aquello que sólo le compete a los seglares y no a ellos. Los sacerdotes siguen todavía suplantando a los laicos en España”…. “El silencio del clero y de los seglares perjudica a la Iglesia, cuando deben hablar por su bien”… Deseo que haya iniciativas porque el Espíritu Santo vibra en todos los corazones, difunde abiertamente sus carismas e impulsa a la Iglesia desde todas partes… no es de extrañar que muchos sacerdotes y seglares sugieran fórmula nuevas y realicen tanteos en medio de riesgos y complicaciones. Si esta multiplicidad de experiencias fuera alentada, estudiada y dirigida por la jerarquía, tendría la Iglesia menos peligro de desviación y padecería menos riesgos de confusionismos”

CRITERIOS PARA LA FORMACIÓN DE LOS LAICOS
Consejo Pastoral de la Archidiócesis de Mérida-Badajoz
Boletín Oficial del Arzobispado de Mérida Badajoz Vol. CXLV

No hay duda de que en una parte de sacerdotes y religiosos no ha calado aún el espíritu del Concilio Vaticano II en lo referente al papel de los laicos; pero también es cierto, que sí ha calado y preocupa en las altas jerarquías de la Iglesia. Basta leer los párrafos siguientes de los criterios antedichos:
pág. 375. …superar los viejos planteamientos discriminatorios de la condición laical y las concepciones que definían al laico por lo que no es (el que no es clérigo ni religioso). Los laicos no sólo están en la Iglesia, sino que son Iglesia.

pág. 376 “la formación de los laicos es una prioridad de máxima urgencia para toda la Iglesia”
pág. 377. El laico…se inhibe, a veces, con escasa capacidad de iniciativa; en parte, por falta de claridad en su misión y, en parte, porque su inhibición es fruto de un cierto protagonismo del clero.

pág. 378. (Al laico) le parece que existen bastantes dificultades prácticas para que los laicos sean tomados en cuenta, como miembros activos de las comunidades parroquiales, por una cierta autosuficiencia del clero. Así como a la mujer laica, siendo numéricamente la más activa, no siempre se le facilita el acceso a servicios de responsabilidad en la comunidad (…) está surgiendo un nuevo laico, disponible, inquieto, comprometido, con deseos de formación, y viviendo a fondo su pertenencia eclesial.

pág. 395. (2) Impulsar la aparición de un laicado formado, corresponsable y comprometido, capaz de evangelizar el medio en que vive. (17) La Iglesia no está plenamente constituida si, junto a los Obispos, sacerdotes y religiosos no existe un laicado adulto y corresponsable.

En el Catecismo de la Iglesia Católica conviene releer el tema “LOS FIELES LAICOS” números, 897 a 913. Entre ellos el 907 nos recuerda que “Tienen el derecho y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestarla a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres y la reverencia hacia los pastores, habida cuenta de la unidad común y de la dignidad de las personas” (CIC can.212,3).

Está claro que todo cristiano tiene el “deber” de llamar la atención a las autoridades eclesiásticas, con todo respeto y reverencia, pero también con toda firmeza, sobre todo lo que pueda producir daño a la Iglesia. Caso contrario, podríamos hacernos cómplices con nuestro silencio por ayudar a perpetuar situaciones, a veces graves, que inciden en la comunidad cristiana.

Colaboración de Alejo Fernández Pérez (España)
Parroquia de Santa María la Mayor

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