sábado, 20 de agosto de 2022

LOS DOCE GRADOS DEL ORGULLO

No es infrecuente tener que escuchar aquella tontería de que la fe impide el pleno desarrollo de la capacidad de razonar. Se han llenado páginas y más páginas sobre el tema, demostrando que la realidad es justa la contraria: la fe ilumina el intelecto y nos abre a perspectivas de conocimiento que sin ella no alcanzaríamos. No voy a insistir sobre ello. Me limitaré a compartir con ustedes lo que he descubierto en el libro de Ernest Hello, Fisonomías de santos, en el capítulo que el autor dedica a san Bernardo.

Lo que he descubierto allí es un ejemplo concreto de la hondísima penetración psicológica del santo. Una fina penetración dedicada a sus monjes pero que se puede aplicar a todos los estados y situaciones y que parece, por cierto, escrita para nuestros días.

Hello hace referencia a un texto de san Bernardo, el Tratado de los diversos grados de la humildad y el orgullo, y nos explica cuáles son los doce grados del orgullo:

1.      La curiosidad (la curiositas, no la studiositas).

2.      La ligereza de espíritu, como cuando «la excelencia de que alardea entrega al orgulloso a una alegría pueril».

3.      La alegría inepta, que quiere ser admirada.

4.      La jactancia: «si no hablara, reventaría… Se anticipa a las preguntas, contesta sin ser preguntado, él mismo se hace las preguntas y respuestas». ¡Qué fácil es conocer alguien así!

5.      La singularidad: «Durante las comidas pasea la mirada por las mesas y si ve a otro monje comer menos que él, se lamenta de ser aventajado: entonces va escatimándose lo que antes creía serle indispensable, pues teme más la pérdida de su gloria que los tormentos del hambre. Vela en las horas de dormir y duerme en el coro». Lo importante es ser diferente, singular (en Cataluña, sin ir más lejos, sufrimos de una plaga de orgullosos de este tipo).

6.      La arrogancia: «no es que en lo que dice y hace crea ostentar su religiosidad, sino que sinceramente se tiene por el más santo de los hombres». Hello se admira aquí de la notable observación de san Bernardo: es una arrogancia sincera, el orgulloso está convencido de que lo que se atribuye es verdadero.

7.      La presunción: «Si el monje que llega al séptimo grado del orgullo no es elegido prior al venir la ocasión, dice que su abad tiene celos de él o que se ha engañado». Pueden cambiar prior por director, secretario general, ministro, arcipreste o el cargo que quieran.

8.      Es cuando el hombre defiende sus falacias. Grado peligrosísimo, del que es muy difícil volver. Escribe san Bernardo: «Hasta este punto el orgulloso no ha hecho más que practicar el orgullo, pero al llegar aquí lo convierte en teoría. El mal parece bien». Una cosa es pecar, otra mil veces peor elaborar una teoría para demostrar que esa acción en realidad no es ningún pecado, sino algo bueno y meritorio. Las semejanzas con el segundo binario ignaciano son evidentes. Comenta Hello: «Cuando las cosas cambian de nombre, cuando al hombre el mal le parece bien y el bien le parece mal, entonces va sumiéndose en un pecado más tenaz, frío, pesado, más difícil de curar». Hacer pasar el bien por mal y viceversa: lo que vemos a diario.

9.      La confesión simulada: quien presentaba sus faltas como algo bueno ahora va incluso a exagerarlas. «Lejos de excusarse, exagera su falta». El colmo, pero algo bien lógico si se piensa.

10.  La rebelión: «el que antes se acusaba sin verdad y sin humildad, ahora arroja la máscara y desobedece abiertamente».

11.  La «libertad» del pecado: «se ha roto toda traba» y uno se cree libre haciendo lo primero que le viene en gana.

12.  La costumbre de obrar mal: «llega la costumbre y entonces todo ha concluido».

Jorge Soley

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