jueves, 29 de agosto de 2019

FUERO EXTERNO Y FUERO INTERNO


Hace años recibí una consulta sobre el tema del que he hablado ayer. Un sacerdote (fuera del ámbito de la confesión) me hizo una serie de preguntas de conciencia: ¿cómo enfocar el tema si su obispo le preguntaba? 

(También le dije que algún día comentaría este asunto en mi blog porque a algún sacerdote esta información le podía dar luz ante este tipo de temas de morales.)

El tema lo pensé muy en serio porque le atormentaba. Hablamos del asunto bastantes veces, siempre fuera de la confesión. No solo lo medité con tiempo, sino que también, mucho después, lo consulté con una persona de una congregación de Roma.

Tras varios años, creo que tengo mucho más clara cuál debe ser la doctrina a seguir al respecto y la expongo aquí porque no dudo de que a alguien le puede ser útil para ayudar a algún sacerdote del mundo y no es fácil encontrar bibliografía sobre esto de lo que voy a hablar.

Quiero aclarar antes que aquí no se pone en duda la obligación de la castidad en el clérigo, ni la obligación de no mentir, ni el derecho del obispo a preocuparse por el alma de un presbítero. La cuestión que aquí expongo es la del derecho del presbítero a preservar su intimidad en materia de ocultis.

Un obispo puede preguntar acerca de rumores que corren, acerca de las denuncias, acerca de las sospechas que él mismo tenga. No hay nada malo en que un obispo pregunte: “Hijo mío, he escuchado tal cosa...”.

Ahora bien, un obispo no debería preguntar in genere. No debería preguntar: “¿Eres casto?”.

Si el obispo pudiera preguntarlo, también podría preguntar: “¿Abusas del alcohol? ¿Rezas el breviario? ¿Me criticas?”.

Un obispo nunca debería preguntar: “¿Me criticas?”. Pero sí que podría preguntar: “He escuchado esto. ¿Es verdad que lo has dicho?”.

Puede parecer que esto no tiene demasiada importancia, pero el sacerdote tiene pleno derecho a que lo totalmente oculto siga oculto.

Imaginemos que un venerable anciano sacerdote es acusado por una viuda loca. Si el obispo pregunta in genere, el admirado sacerdote tendría que desvelar, tal vez, un hecho puntual sucedido treinta años antes que absolutamente nadie sospechaba. Tiene todo el derecho del mundo a que un episodio totalmente oculto siga oculto.

Pero, evidentemente, no debe mentir. Nadie debe mentir. Por eso, a los clérigos habría que acostumbrarles a que no deben responder a preguntas cuya formulación supone una ilícita invasión de su intimidad.

Hace años, me pidieron dar una conferencia en una diócesis de Estados Unidos. Era una sola conferencia en una parroquia. Iba a estar en esa diócesis un día. Cuál fue mi sorpresa cuando me enviaron varias páginas (creo que eran cinco) con preguntas que debía responder y cosas que debía firmar bajo juramento. Después de leerlas todas, le respondí que a todas las preguntas podía responder que “no”, pero que no iba a firmar esas hojas porque me parecía esa batería de preguntas una total invasión de la intimidad. Precisamente porque yo puedo responder “no” a todas las preguntas es por lo que les digo que esas preguntas son un abuso.

En los últimos años, y hablo de diócesis concretas que he conocido de primera mano (todas en determinado país), se ha pensado que lo mejor para defender el buen nombre del sacerdocio era romper el muro divisorio entre el fuero externo y el interno. Y no solo eso, por sistema, desde ciertas curias se han pedido informaciones que no deberían haberse pedido nunca, mucho menos por escrito y firmadas por el interesado.

Sirvan estas líneas de este humilde autor para dar luz a quien tenga que dársela en materia tan delicada.

P. FORTEA

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