viernes, 6 de abril de 2018

EL PRÓJIMO



“Que os améis unos a otros…”. “Que vayáis y deis fruto…”
Amo tu libertad incluso a pesar de ti mismo. Cuando tu confianza en mí disminuye la mía en ti crece.

Entonces simplemente espero y rezo.

La libertad con que hoy me das la espalda la usarás mañana para llamar a mi puerta.

Nunca desprecies el diálogo con el pretexto de defender el silencio, pues diálogo y silencio manan de la misma fuente.

QUE VAYÁIS Y DEIS FRUTO (Jn 15,16). El árbol da el fruto quieto y el cristiano lo da andando. Crecemos hacia los demás lo mismo que el árbol lo hace hacia el Cielo. ¿No será que nuestro Cielo, Cristo, lo entrevemos en el prójimo?

QUE OS AMÉIS… QUE VAYÁIS (ut diligatis … ut eatis) == Dos mandatos: uno manda la unión y otro la dispersión. El primero sin embargo es el más importante: si el muelle no se comprime hacia dentro nunca saltará hacia fuera.
(Jn 13, 34 y 15, 16)

Lo tuyo no acaba de ser tuyo hasta que lo compartes.

Tu intimidad no llega a ser profunda hasta que aflora en el diálogo.

INVITAD A CUANTOS ENCONTRÉIS (Mt 22, 9). Según los encontréis, los invitáis. La razón para invitarlo es simplemente haberlo encontrado. Basta con hallarse en tu camino para considerarlo invitado. La tierra que todos pisáis es mi tarjeta de invitación. Lo que aquí abajo parece fortuito, casual, en el cielo es la señal exacta, prevista desde toda la eternidad.

SALID A LOS CRUCES DE LOS CAMINOS E INVITAD A CUANTOS ENCONTRÉIS (Mt 22, 9). El Señor se refiere a esos sitios de paso, donde se está lo imprescindible antes de marchar. ¿Y acaso la tierra entera no eso: una gran estación donde cada cual aguarda su tren? Cada uno pensando en su destino, en las menudencias del viaje, maleta en mano, con cara de prisa. Si encuentras a alguien así, entonces no lo dudes: háblale de la boda del Gran Rey.

ID Y ANUNCIAD LO QUE VEIS (Mt 11, 4), responde Jesús a los que piden sus credenciales: porque te percatas de lo que ves cuando lo anuncias; no valoras lo que ven tus ojos hasta que lo transmite tu lengua; sólo diciendo lo que ves, ves de verdad lo que dices. Lo cual no significa que las cosas de Dios sean autosugestión, mero efecto psicológico de tanto hablar de Él. ¡Al contrario!: es el miedo a decir la verdad lo que ofusca la mente.

¡Sí, hay milagros ante tus narices! ¡el primero de ellos eres tú! A base de callar ante tus amigos, de eludir el testimonio cristiano, acabas aprobando la mediocridad, acatando la ramplonería, consintiendo. Eso sí que es alucinación. Por tanto escúchame bien: si quieres abrir los ojos, abre la boca.

¡LO DE LOS DEMÁS! ¡Tengamos un mismo sentir! ¡Vibremos al unísono! ¡Lo que nos distingue refuerza lo que nos une!
Como si fuéramos candelas, el Espíritu Santo enciende todas las mechas: UNAS LENGUAS DE FUEGO SE DIVIDÍAN Y SE POSARON SOBRE CADA UNO (Hechos 2, 3). Pero es un único Soplo el que aviva cada llama. El que nos distingue es el mismo que nos une.

LOS CORAZONES se entienden antes que las cabezas. Los corazones se aúnan antes que las voluntades. Los corazones se adelantan a la obras.

Y DESPERTANDO JOSÉ DEL SUEÑO HIZO COMO EL ÁNGEL DEL SEÑOR LE HABÍA MANDADO Y RECIBIÓ A SU MUJER (Mt 1, 24). También Adán recibió a su mujer al despertar del sueño. Siempre es así. Recibes verdaderamente a alguien el día que despiertas para él, cuando lo consideras tu despertar, cuando dices: “amanezco en ti, tú me sacas de mis sombras, me libras de mí a mí”.

CONSEJO PARA EL APOSTOLADO == Un no es muchas veces un sí camuflado por el miedo.

Para conocer a una persona hay que “soñarla”, como hizo José con María: Y DESPERTANDO, HIZO COMO EL ÁNGEL LE HABÍA MANDADO Y RECIBIÓ A SU MUJER (Mt 1, 24). Soñar a alguien es verlo al trasluz de Dios, ilusionadamente, fijarse no en cómo es sino en lo que lleva camino de ser; en una palabra, verle la vocación.

Y RECIBIÓ A SU MUJER. Porque saber de la vocación de alguien es verse implicado en ella. Si intuyes la vocación de tu amigo es que está llamando a tu puerta.

¿ERES TÚ EL QUE HABÍA DE VENIR O HEMOS DE ESPERAR A OTRO? (Mt 11, 3). He encontrado a muchos como estos discípulos de Juan: esperando que un día (no saben cuándo) llegue alguien (no saben quién) y les diga algo (no saben qué). Y a pesar de esta angustiosa incertidumbre perseveran con asombrosa tenacidad: “No sabemos a quién esperamos, pero estamos ciertos de una cosa: que lo esperamos”.

Para tu amigo eres el puerto. Ten paciencia si tarda en volver. Apartándose de tus consejos él busca sentirse libre e independiente, pero sabe bien que siempre estás ahí.
A la hora de la tempestad, cuando amenaza el naufragio, lo verás volver. Entonces no sólo acudirá a ti, sino que lo hará con la sensación de no haberte abandonado nunca. Y es así: en cuestión de amistad el ancla puede estar increíblemente lejos del barco.

La calidad de la amistad depende de los vínculos que la alimentan. Es tanto más valiosa cuanto más precioso es lo que se comparte: estudio, gustos, aficiones, deporte…familia, amores…la fe, la gracia…Cristo…

Pbro. Dr. Pablo Prieto

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