viernes, 30 de septiembre de 2011

¿POR QUÉ REZAR EL ROSARIO?



Son muchísimos los que por haber rezado con toda fe su Rosario lograron obtener una buena y santa muerte y ahora gozan para siempre en el cielo.

Cuentan los antiguos que cuando Santo Domingo de Guzmán empezaba a desanimarse al ver que en los sitios donde predicaba la gente no se convertía y la herejía no se alejaba, le pidió a Nuestra Señora le iluminara algún remedio para conseguir la salvación de aquellas personas y que Ella le dijo en una visión: "Estos terrenos no producirán frutos de conversión sino reciben abundante lluvia de oración".

Desde entonces el santo se dedicó a hacer rezar a las gentes el Padre Nuestro y el Ave María y a recomendarles que pensaran en los misterios de la Vida, Pasión y Muerte de Jesús. Muy pronto las conversiones fueron muy numerosas y las gentes de aquellas regiones volvieron a la verdadera religión.

Hoy por hoy, después de la Santa Misa, el Rosario es quizás la devoción más practicada por los fieles. Los enemigos de la religión católica (protestantes, etc.) han dicho y siguen diciendo horrores contra el Santo Rosario pero los católicos han experimentado y siguen experimentando día por día los extraordinarios favores divinos que consiguen con esta santa devoción.

¡Cuántas personas han logrado verse libres de pecados y de malas costumbres el dedicarse a rezar con devoción el santo Rosario! ¡Cuántos hay que desde que están rezando el Rosario a la Virgen María han notado como su vida ha mejorado notoriamente en virtudes y en buenas obras! Son muchísimos los que por haber rezado con toda fe su Rosario lograron obtener una buena y santa muerte y ahora gozan para siempre en el cielo.

Ojalá leyéramos algún libro que hable de las maravillas que se consiguen con el rezo del Santo Rosario. Basta saber que el Rosario ha sido recomendado por muchos Sumos Pontífices y aprobado por la Iglesia Católica en todo el mundo, y que a los que lo rezan se les conceden numerosas indulgencias.

Se llama indulgencia la rebaja de castigos que tendríamos que sufrir en la otra vida por nuestros pecados. La Iglesia Católica con el poder que Jesús le dio cuando dijo: "Todo lo que desates en la tierra queda desatado en el cielo", puede conceder a los fieles que por ciertas devociones se les rebaje parte de los castigos que tendrían que sufrir en el purgatorio.

"Se confiere una indulgencia plenaria si el rosario se reza en una iglesia o un oratorio público o en familia, en una comunidad religiosa o asociación pía; se otorga una indulgencia parcial en otras circunstancias" (Enchiridion de Indulgencias, p. 67)

Condiciones:
1. Que se recen las cinco decenas del Rosario sin interrupción.
2. Las oraciones sean recitadas y los misterios meditados.
3. Si el Rosario es público, los Misterios deben ser anunciados.

Además debe cumplirse:
1. Confesión Sacramental.
2. Comunión Eucarística.
3. Oraciones por las intenciones del Papa.
Si no se cumplen las condiciones para la indulgencia plenaria, puede aún ganarse indulgencia parcial.

La indulgencia puede ser aplicada a los difuntos. La indulgencia plenaria solo puede ganarse una vez al día (excepto en peligro de muerte).

"Lo maravilloso del Santo Rosario no es la repetición de las avemarías o de la mesa bien dispuesta que sostiene la imagen de la Virgen, sino la experiencia de la unidad que se conforma en todo el mundo entero para alabar y bendecir a Dios por los motivos inmensos de su amor para con la humanidad. Es una rica costumbre de la piedad popular donde la Santísima Virgen se hace universal y de mucha importancia para los creyentes. Es la magnífica oportunidad que tenemos todos de experimentar en la fe ese amor a Dios en María Santísima, a la cual le había confiado esa misión salvífica. Es el santo rosario el lugar para reconocer a María Virgen como la Madre del Señor Jesús y en el plano de la gracia, Madre de todos nosotros. Es a la vez el reconocimiento de que Dios a través de Ella interviene a favor nuestro. Es una oración connatural a la gente sencilla que reconoce la elegancia de Dios para hacer nacer a Jesús, el Salvador del vientre inmaculado de la Virgen María. Por eso en cada decena de las avemarías se medita el sufrimiento, la lucha y el triunfo en ese caminar de Jesús por el camino de la vida, donde la Virgen estuvo presente y actuante para ayudarle a cumplir su misión salvadora. Mi madre solía decir, que el rosario era tan sagrado porque en el estaba todo Jesús y toda María. Por eso, hoy en día, se hace necesario, que el santo rosario ocupe ese espacio tan vivo en los hogares". (P. Marcelo Rivas Sánchez, Gracias mamá por enseñarme el Santo Rosario)

Autor: El Santo Rosario

jueves, 29 de septiembre de 2011

EFECTOS DEL EXORCISMO



Cuando la persona tenía negatividades, incluso cuando éstas manifestaran signos particulares durante el exorcismo, el sujeto a menudo ha obtenido provecho de éste.

Generalmente no se tiene en cuenta el día en que se ha practicado el exorcismo: puede provocar bienestar o malestar, atontamiento o somnolencia, aparición de hematomas o desaparición de dolores; estas cosas carecen de importancia.

En cambio, es importante evaluar las consecuencias a partir del día siguiente. En algunos casos uno se encuentra mal durante un día o dos y luego está mejor durante un determinado período; en general, siente de inmediato una mejora que puede durar pocos o muchos días, según la gravedad del mal. Si uno no ha manifestado ningún signo de negatividad durante la bendición y si no siente ningún efecto después, la mayoría de las veces quiere decir que no tiene ninguna negatividad; sus trastornos obedecen a otras causas. Pero el exorcista puede sugerir que se practique otra bendición si tiene motivos para sospechar que el demonio puede estar escondido.

Además, es interesante prestar atención a qué ocurre en las bendiciones siguientes, ya sea como comportamiento durante el exorcismo, ya sea las consecuencias de éste. Puede suceder que desde la primera vez la influencia maléfica haya mostrado toda su fuerza, sea ésta poca o mucha.

Entonces se nota cómo progresivamente se atenúan los fenómenos. Otras veces, en cambio, es como si el trastorno maléfico tratara de ocultarse y sólo poco a poco emergiera en toda su extensión; después empieza la fase regresiva. Recuerdo, por ejemplo, a un joven que durante el primer exorcismo había presentado sólo algunos pequeños signos de negatividad; en el segundo exorcismo comenzó a aullar y a agitarse. Aunque el caso se presentaba más grave que muchos otros, bastaron pocos meses de exorcismos para llegar a la liberación.

Para el buen éxito es fundamental la colaboración del paciente. Suelo decir que el efecto de los exorcismos influye en un diez por ciento sobre el mal; el otro noventa por ciento debe ponerlo el interesado. ¿De qué manera? Con mucha oración, con la frecuencia en los sacramentos, con una vida conforme a las leyes del Evangelio, con el uso de los sacramentales (hablaremos aparte del agua, el aceite y las sales exorcizados), haciendo rezar a otros (es muy eficaz la oración de toda la familia, o de comunidades parroquiales o religiosas, de grupos de oración...), haciendo celebrar misas.

Son muy útiles las peregrinaciones y las obras de caridad. Pero sobre todo se necesita mucha oración personal, mucha unión con Dios, de modo que la oración se vuelva habitual. A menudo tengo que vérmelas con personas más bien alejadas de las prácticas religiosas; he encontrado utilísima la integración activa en una parroquia o en los grupos de oración, particularmente en los de la Renovación.

Para demostrar la necesidad de la colaboración suelo hacer una comparación con la droga; es algo muy distinto, pero con lo que todos están familiarizados. Todo el mundo sabe que un drogadicto puede curarse, pero con dos condiciones: debe ser ayudado (integrándose en una comunidad terapéutica o de otro modo), pues por sí solo no puede conseguirlo. Y debe colaborar activamente con su esfuerzo personal, de lo contrario, toda ayuda es inútil. En nuestro caso la ayuda personal viene dada por los medios que hemos indicado. Y si bien el fruto directo de los exorcismos, la liberación, es bastante lento, en compensación he presenciado rápidas conversiones: familias enteras comprometidas en una práctica cristiana intensamente vivida, con plegaria común (muy a menudo el rosario). He visto cómo se superaban obstáculos para la curación con decidida generosidad: a veces el obstáculo era una situación matrimonial irregular; otras, el impedimento tenía su origen en no lograr perdonar las afrentas recibidas o no reconciliarse con personas, en general parientes cercanos, con las que se había roto toda relación.

Hay que mencionar de modo especial, por su eficacia, uno de los más duros preceptos evangélicos: el perdón dado a los enemigos. En nuestro caso, los enemigos están representados la mayoría de veces por las personas que han hecho el maleficio y que, a veces, siguen haciéndolo. Un sincero perdón, la oración por ellas, la celebración de misas en su favor, son los medios que han desbloqueado una situación y acelerado la curación.

Entre los efectos del exorcismo debemos también incluir la curación de males y enfermedades que en ocasiones se presentaban como incurables. Puede tratarse de dolores inexplicables en distintas partes del cuerpo (sobre todo, repetimos, en la cabeza y el estómago) o de enfermedades concretas, exactamente diagnosticadas clínicamente pero no curadas por los médicos, o consideradas incurables. El demonio tiene el poder de provocar enfermedades. El Evangelio nos habla de una mujer a la que el demonio mantenía encorvada desde hacía dieciocho años (deformación de la espina dorsal); Jesús la curó expulsando al demonio; también fue curado del mismo modo un sordomudo que lo era por causa maléfica.

. Otras veces.
Jesús curó a sordos y mudos cuyas enfermedades no eran el resultado de presencias maléficas. El Evangelio es muy preciso al distinguir a los enfermos de los endemoniados, aunque pueda haber algunas consecuencias idénticas.

¿Cuáles son los enfermos más graves? ¿Los más difíciles de curar?
Según mi experiencia, son los que han recibido hechizos de particular gravedad. Recuerdo, por ejemplo, algunas personas que habían recibido hechizos en Brasil (los llaman «macumbas»); he bendecido a otras personas que habían recibido hechizos de brujos africanos. Todos ellos eran casos dificilísimos. Añado los hechizos sobre familias enteras, con el fin de destruirlas; a veces uno se encuentra en situaciones tan complejas, que no sabe por dónde empezar. También son de curación lentísima aquellos casos en que las personas se ven periódicamente afectadas por nuevos hechizos: el exorcismo es más fuerte que el hechizo, por lo que la curación no puede ser bloqueada, pero puede ser retrasada, incluso durante mucho tiempo.

¿Quiénes resultan más afectados? No dudo en decirlo: los jóvenes.
Basta con reflexionar sobre las causas de culpabilidad que hemos indicado como ocasiones ofrecidas al demonio para actuar contra una persona y vemos cómo hoy, debido a la falta de fe y de ideales, los jóvenes son los más expuestos a «experiencias» desastrosas. También los niños están muy expuestos, no por culpa personal, sino por su debilidad. Muchas veces, al exorcizar a personas incluso de edad madura, descubrimos que la presencia demoníaca se remontaba a la primera infancia, o al momento del nacimiento o, antes aún, durante la gestación.
Con frecuencia me han hecho notar que bendigo a más mujeres que hombres. Y esto ocurre en todos los exorcismos. No es un error pensar que la mujer se ve más fácilmente expuesta a las acometidas del maligno.

Hombres y mujeres no están expuestos del mismo modo. También es verdad que son mucho más numerosas las mujeres dispuestas a recurrir al exorcista para hacerse bendecir. Muchos hombres, aunque saben con seguridad que están afectados, no quieren ni oír hablar de acercarse a un sacerdote. Y he tenido más casos de hombres que de mujeres a quienes he pedido que cambiaran de vida y se han negado. Naturalmente, no han vuelto a verme, aunque eran conscientes de su mal. El mayor obstáculo era pasar de un práctico ateísmo a una vida de fe vivida, o de una vida de pecado a una vida de gracia.

No oculto que la curación de este mal exige verdaderamente mucho, en cuanto a intensidad de vida cristiana. Pero creo que éste es precisamente uno de los motivos por los que Dios lo permite. Muchas veces me lo han dicho las mismas personas afectadas: su fe era muy lánguida y la vida de oración casi extinta. Si se han acercado a Dios, muchas veces incluso con un intenso apostolado, han reconocido que lo debían al mal que las había afectado. Estamos apegados a la tierra y a esta vida mucho más de lo que suponemos; el Señor, en cambio, mira más allá, mira a nuestro eterno bien”.

El exorcista, por su parte, a medida que avanza en las bendiciones, no se conformará con instar al paciente a la oración y a todos los demás medios a los que hemos aludido, sino que buscará todos los medios posibles para irritar, debilitar y destrozar al demonio. Ya el Ritual dice que hay que insistir en aquellas expresiones ante las que el demonio reacciona más: cambian de una persona a otra y de una ocasión a otra. Pero es bueno recurrir a otras ayudas. Para algunos es insoportable sentir cómo le rocían con agua bendita; a otros les exaspera el soplido, que es un medio usado desde la época patrística, como refiere Tertuliano; otros no soportan el olor del incienso, por lo que es útil usarlo; para otros es doloroso el sonido del órgano, de la música sacra y del canto gregoriano. Son medios auxiliares cuya eficacia hemos experimentado.

Y el demonio ¿cómo se comporta a medida que se en los exorcismos?
Añadiré algo más a cuanto ya queda dicho al respecto. El demonio sufre y hace sufrir. El sufrimiento que siente durante los exorcismos es algo inimaginable. Un día el padre Candido le preguntó a un demonio si en el infierno había fuego y si era un fuego que quemaba mucho. El demonio le respondió: «Si supieras qué fuego eres tú para mí, no me harías esta pregunta». Desde luego, no se trata del fuego terrenal, provocado por la combustión de material inflamable. Vemos cómo el demonio arde en contacto con cosas sagradas como crucifijos, reliquias y agua bendita.

También a mí me ha ocurrido varias veces que el demonio me dijera que sufría más durante las bendiciones que en el infierno. Y cuando le pregunto: «Entonces ¿por qué no te vas al infierno, responde: «Porque a mí lo único que me importa es hacer sufrir a esta persona». Aquí se percibe la verdadera perfidia diabólica: el demonio sabe que no obtiene ningún provecho, es más, que por cada sufrimiento que causa aumenta su castigo en pena eterna. Sin embargo, incluso a costa de salir maltrecho, no renuncia a hacer el mal por el mero placer de hacerlo.

Los nombres mismos de los demonios, como ocurre con los ángeles, indican su función.

Los demonios más importantes tienen nombres bíblicos o dados por la tradición: Satanás o Belcebú, Lucifer, Asmodeo, Meridiano, Zabulón... Otros nombres indican más directamente el objetivo que se proponen: Destrucción, Perdición, Ruina... O bien indican males concretos: Insomnio, Terror, Discordia, Envidia, Celos, Lujuria...

Cuando salen de un alma, la mayoría de veces los demonios están destinados al infierno, a veces quedan atados en el desierto (véase en el libro de Tobías la suerte de Asmodeo, encadenado en el desierto por el arcángel Rafael). Yo siempre les obligo a ir a los pies de la cruz, para recibir su destino de mano de Jesucristo, único juez.

Publicado por Wilson

QUIÉN ES EL ENEMIGO - CREACIÓN ESPIRITUAL



En el principio Dios existía en su Gloria rodeado por los ángeles, espíritus puros creados como una emanación de su Presencia.

Existía uno que estaba adornado con atributos especiales y brillaba por encima de los demás, su nombre era Lucifer, que quiere decir lleno de luz o portador de luz (Ezequiel 31:3-11) (Ezequiel 28:13-19)

Dios le anunció a los ángeles que iba a crear en el orden del tiempo criaturas quienes también participarían en su Reino, y que también el iba a participar de la naturaleza humana en la carne para ser su Amo y para liberarles de la maldad.

Lucifer en su orgullo desafió la Voluntad Divina y junto con una tercera parte de todos los ángeles desaprobó la creación del hombre, rehusando darle adoración a Dios en forma humana y a la Mujer que tendría el privilegio de ser exaltada por encima de toda la raza humana volviéndose su Madre y la Reina de toda la creación. (La Virgen María)

Una gran batalla espiritual comenzó entre aquellos ángeles fieles a Dios, guiados por El Arcángel Miguel, quienes en humildad sintieron vergüenza por el desafío de Lucifer y comenzaron a adorar a Dios diciendo “¿Quien puede ser como Dios?”

Lucifer fue arrojado del Cielo como relámpago (Ezequiel 28:17) (Lucas 10:18), y recibió su castigo volviéndose el monarca de la oscuridad por haber opuesto a Dios quien es Luz. (Isaías 14:12-15)

Dios permitió que la creación humana existiera al lado de los ángeles de la oscuridad para poder ponernos a la prueba y de cierta manera para llenar en el Cielo los puestos vacantes de los ángeles reprobados por aquellos seres humanos que consiguen la Salvación Eterna.

El nombre Satanás quiere decir obstáculo, también se conoce en Hebreo como Abadón, en Griego como Apolión que quiere decir destructor. Otros nombres que se le dan son príncipe de la oscuridad, adversario, acusador, engañador, dragón, mentiroso, leviatán, asesino, serpiente, atormentador y dios de este mundo.

En la batalla final de los ángeles como está revelado en el Apocalipsis, San Miguel Arcángel derrotará a Satanás para siempre, quien será arrojado al lago eterno de fuego con todos sus ángeles malignos y sus seguidores.

Como seres humanos nuestra pelea con estos espíritus es muy desigual puesto que nosotros caemos fácilmente en el pecado y automáticamente ya le damos territorio al enemigo. Para poder luchar contra el, tenemos que ser gente de Dios, vencerle primero personalmente como lo hizo Jesús en el desierto y después junto con el resto de la Iglesia luchar espiritualmente a través de nuestra oración para poder ser liberados de este enemigo mortal.

San Pablo nos habla de la batalla espiritual en Efesios 6:12-18: 12 - Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas.

13 Por eso, tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haber vencido todo, manteneros firmes.
14 ¡En pie!, pues; ceñida vuestra cintura con la Verdad y revestidos de la Justicia como coraza,
15 calzados los pies con el Celo por el Evangelio de la paz,
16 embrazando siempre el escudo de la Fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del Maligno.
17 Tomad, también, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios;
18 siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos,

San Pedro en su primera carta 5:8-9
8 Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar.
9 Resistidle firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos que están en el mundo soportan los mismos sufrimientos.

POR QUÉ PUEDE EL DEMONIO ENTRAR EN UNA PERSONA
Hemos sido creado en la imagen y semejanza de Dios. Somos templos vivientes del Espíritu de Dios. La vida que corre por nuestras venas no es nuestra, es un regalo divino, un pequeño aliento de Dios que nos sostiene.

Por esta razón debemos vivir nuestra vida con gran reverencia ante nuestro creador, pues en el vivimos, nos movemos y tenemos nuestra existencia.

Cuando optamos por llevar una vida desobediente, despreciamos el espíritu de Dios que mora en nosotros, no escuchamos la voz de la conciencia y escogemos desafiar a Dios con nuestro pecado.

En este momento autorizamos al enemigo, quien sutilmente nos hace caer en el pecado y poco a poco nos quita el temor de Dios hasta hacernos dudar de su existencia. Dios nos ama tanto que ha enviado a su hijo a perdonarnos los pecados con su muerte en la cruz, por el precio de su sufrimiento y de su preciosa sangre.

Cuando endurecemos nuestro corazón y resistimos el llamado de Dios, o sentimos apatía por El o por las cosas o personas consagradas, le cerramos completamente la puerta al Espíritu Santo y se la abrimos ampliamente al enemigo quien empieza a influenciar nuestra vida de tal manera que terminamos siendo gobernados por él.

Desde entonces ya no podemos decir que somos templos del Espíritu santo sino templos de Satanás. Allí empieza el gran problema espiritual de cual pocos logran salir triunfantemente.

Claro que en el caso de víctimas inocentes de influencia o posesión, no existe ninguna culpabilidad en la persona, sino que se nos presenta un caso ante el cual podemos ejercer nuestra misericordia como hijos de Dios y viene allí nuestro empeño en orar por la liberación de aquellos que sufren este mal espiritual.

PRESENTACIÓN DEL RITO DE EXORCISMO DEL RITUAL ROMANO



Cardenal Jorge Arturo Medina Estévez - 26 de enero de 1999

(Esta es una traducción no oficial de la presentación que en conferencia de prensa hizo en Roma el Cardenal Jorge Medina al nuevo Ritual del Exorcismo, el 26 de enero de 1999. Los subtítulos han sido añadidos).

Para entender qué es el exorcismo se debe partir de Jesucristo y de su propia praxis.

Jesucristo vino para anunciar e inaugurar el Reino de Dios en el mundo y en los hombres. Los hombres tienen una capacidad de acoger a Dios en sus corazones (Rom 5,5). Esta capacidad de acoger a Dios está, sin embargo, ofuscada por el pecado; y a veces en el hombre el mal ocupa el lugar donde Dios quiere vivir. Por esto Jesucristo vino a liberar al ser humano del dominio del mal y del pecado, y así también de todas las formas de dominio del maligno, esto es, del diablo y de sus espíritus malignos llamados demonios, que quieren desviar el sentido de la vida del hombre. Por esta razón Jesucristo expulsaba a los demonios y liberaba a los hombres de la posesión de los espíritus malignos, para hacerse espacio en el hombre, de manera que, este último, tenga la libertad hacia Dios. Él quiere dar su Espíritu Santo al hombre que es llamado a convertirse en templo suyo (cf. 1Cor 6,19; 1Pe 2,5) para dirigir sus pasos (cf. Rom 8,1-17; 1Cor 12,1-11; Gál 5,16-26) hacia la paz y la salvación.

El ministerio de la Iglesia.
-Es aquí donde entra la Iglesia y su ministerio.

La Iglesia está llamada a seguir a Jesucristo y ha recibido el poder, de parte de Cristo, de continuar su misión en su nombre. Así la acción de Cristo para liberar al hombre del mal se ejercitará a través del servicio de la Iglesia y de sus ministros ordenados, delegados del Obispo para cumplir los sagrados ritos dirigidos a liberar a los hombres de la posesión del maligno.

El exorcismo es, pues, una antigua y particular forma de oración que la Iglesia utiliza contra el poder del diablo. He aquí cómo en el Catecismo de la Iglesia Católica se explica qué es el exorcismo y cómo se ejerce:
"Cuando la Iglesia pide públicamente y con autoridad, en nombre de Jesucristo, que una persona o un objeto sea protegido contra las asechanzas del maligno y substraída a su dominio, se habla de exorcismo. Jesús lo practicó (Mc 1,25s), de Él tiene la Iglesia el poder y el oficio de exorcizar (cf. Mc 3,15; 6,7.13; 16,17). En forma simple, el exorcismo tiene lugar en la celebración del Bautismo. El exorcismo solemne sólo puede ser practicado por un sacerdote y con el permiso del obispo. En estos casos es preciso proceder con prudencia, observando estrictamente las reglas establecidas por la Iglesia. El exorcismo intenta expulsar a los demonios o liberar del dominio demoníaco gracias a la autoridad espiritual que Jesús ha confiado a su Iglesia. Muy distinto es el caso de las enfermedades, sobre todo psíquicas, cuyo cuidado pertenece a la ciencia médica. Por tanto, es importante asegurarse, antes de celebrar el exorcismo, de que se trata de una presencia del Maligno y no de una enfermedad (cf. Código de Derecho Canónico, can. 1172)". (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1673).

-La obsesión y sus características.
La Sagrada Escritura nos enseña que los espíritus malignos, enemigos de Dios y del hombre, desarrollan su acción de diversas maneras; entre ellas se señala la obsesión diabólica llamada también posesión diabólica. Sin embargo, la obsesión diabólica no es el modo más frecuente como el espíritu de las tinieblas ejerce su influjo. La obsesión tiene características de espectacularidad y en ella el demonio se apodera en un cierto modo de las fuerzas y de las actividades físicas de la persona que padece la posesión. No puede, sin embargo, apoderarse de la libre voluntad del sujeto, y por esto el demonio no puede comprometer la voluntad libre de la persona poseída hasta el punto de hacerla pecar. Esto a pesar que la violencia física que el diablo ejerce en el obseso es una incitación al pecado, que es lo que el diablo busca lograr. El ritual del exorcismo señala diversos criterios e indicios que permiten llegar, con prudente certeza, a la convicción de cuándo es que se tiene delante una posesión diabólica. Entonces el exorcista autorizado podrá realizar el solemne rito del exorcismo. Entre estos criterios se encuentran: el hablar o entender muchas palabras en lenguas desconocidas; evidenciar cosas distantes o inclusive escondidas, demostrar fuerzas más allá de la propia condición, y esto junto con la aversión vehemente hacia Dios, la Virgen, los Santos, la Cruz y las Imágenes santas.

Se debe subrayar que para poder realizar el exorcismo es necesaria la autorización del Obispo diocesano, autorización que puede ser concedida para un caso específico o también en modo general y permanente al Sacerdote que ejercita en la diócesis el ministerio de exorcista.

-El Ritual del Exorcismo.
El Ritual Romano contenía, en un capítulo específico, las indicaciones y el texto litúrgico de los exorcismos. Este capitulo era el último y quedó sin ser revisado después del Concilio Vaticano II. La redacción final de este Rito de los Exorcismos ha demandado muchos estudios, revisiones, actualizaciones y modificaciones con varias consultas de las Conferencias Episcopales, después de un análisis de parte de una Asamblea Ordinaria de la Congregación para el Culto Divino. El trabajo ha demandado 10 años y ha dado como resultado el texto actual, aprobado por el Sumo Pontífice, que es hecho hoy público y puesto a disposición de los Pastores y de los fieles de la Iglesia. Quedará pendiente todavía un trabajo que compete a las respectivas Conferencias Episcopales: y es el de la traducción de este Ritual a las lenguas habladas en los respectivos territorios; estas traducciones deberán ser exactas y fieles al original en latín y deberán ser puestas, según la norma canónica, a la "recognitio" (al reconocimiento) de la Congregación para el Culto Divino.

-El exorcismo.
En el ritual que hoy presentamos se encuentra, ante todo, el rito del exorcismo propiamente dicho, de ejercitarse sobre una persona posesa. Siguen las oraciones a recitarse públicamente por un sacerdote, con el permiso del Obispo, cuando se juzga prudentemente que existe un influjo de Satanás sobre lugares, objetos o personas, sin llegar al estado de una posesión propia y verdadera. Hay, además, una colección de oraciones para recitar privadamente por parte de los fieles, cuando estos sospechan con fundamento de estar sujetos a influjos diabólicos.

El exorcismo tiene como punto de partida la fe de la Iglesia, según la cual existen Satanás y los otros espíritus malignos, y que su actividad consiste en alejar a los hombres del camino de la salvación. La doctrina católica nos enseña que los demonios son ángeles caídos a causa de su pecado, que son seres espirituales de gran inteligencia y poder: "Sin embargo, el poder de Satán no es infinito. No es más que una criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre criatura: no puede impedir la edificación del Reino de Dios. Aunque Satán actúe en el mundo por odio contra Dios y su Reino en Jesucristo, y aunque su acción cause graves daños - de naturaleza espiritual e indirectamente incluso de naturaleza física - en cada hombre y en la sociedad, esta acción es permitida por la divina providencia que con fuerza y dulzura dirige la historia del hombre y del mundo. El que Dios permita la actividad diabólica es un gran misterio, pero 'nosotros sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman' (Rom 8, 28)" (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 395).

-Influjo a través de la mentira.
Quisiera subrayar que el influjo nefasto del demonio y de sus secuaces es habitualmente ejercitado a través del engaño, el embuste, la mentira y la confusión. Como Jesús es la Verdad (cf. Jn. 8,44), así el diablo es el mentiroso por excelencia. Desde siempre, desde el principio, el engaño ha sido su estrategia preferida. No hay duda que el diablo logre enredar a tantas personas en las redes de sus mentiras, pequeñas o clamorosas. Engaña a los hombres haciéndoles creer que la felicidad se encuentra en el dinero, el poder, y en la concupiscencia carnal. Engaña a los hombres persuadiéndolos de que no tienen necesidad de Dios y que son autosuficientes, sin necesidad de la gracia y de la salvación. Incluso engaña a los hombres disminuyendo, es más haciendo desaparecer el sentido del pecado, sustituyendo a la ley de Dios como criterio de moralidad, por las costumbres o las convenciones de la mayoría. Persuade a los niños de que la mentira es un modo apropiado para resolver diversos problemas, y así, poco a poco se crea entre los hombres una atmósfera de desconfianza y de sospecha. Detrás de las mentiras y los engaños, que llevan en sí la imagen del Gran Mentiroso, se desarrollan las incertidumbres, las dudas, un mundo donde no hay más seguridad ni Verdad y donde, en cambio, reina el relativismo y la convicción que la libertad consiste en el hacer lo que se quiere: así no se entiende más que la verdadera libertad es la identificación con la voluntad de Dios, fuente del bien y de la única felicidad posible.

-Lucha, gracia y victoria.
La presencia del diablo y de su acción, explica la advertencia del Catecismo de la Iglesia Católica : "Esta situación dramática del mundo que todo entero yace en poder del maligno(1 Jn 5, 19), hace de la vida del hombre un combate: ‘A través de toda la historia del hombre se extiende una dura batalla contra los poderes de las tinieblas que, iniciada ya desde el origen del mundo, durará hasta el último día según dice el Señor. Inserto en esta lucha, el hombre debe combatir continuamente para adherirse al bien, y no sin grandes trabajos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de lograr la unidad en sí mismo(Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Actual, Gaudium et spes, n. 37,2)" (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 409).

La Iglesia está segura de la victoria final de Cristo y por lo tanto no se deja arrastrar por el miedo o el pesimismo, pero al mismo tiempo es consciente de la acción del maligno que busca desanimarnos y sembrar la confusión. Tengan fe - dice el Señor - Yo he vencido al mundo!" (Jn. 16,33). En este marco encuentran su lugar los exorcismos, expresión importante, aunque no la única, de la lucha contra el maligno.

A LA ALTURA DE DIOS



Dios esta anhelando que tengas altura espiritual, emocional y mental para salir de tu mundo pequeño y llevarte a un mundo mucho más grande.

Lectura 2 Reyes 4:1-7 El aceite de la viuda:
La viuda de un miembro de la comunidad de los profetas le suplicó a Eliseo:
-Mi esposo, su servidor, ha muerto, y usted sabe que él era fiel al Señor. Ahora resulta que el hombre con quien estamos endeudados ha venido para llevarse a mis dos hijos como esclavos”.
-“¿Y qué puedo hacer por ti? - le preguntó Eliseo - Dime, ¿qué tienes en casa?”
-Su servidora no tiene nada en casa - le respondió - excepto un poco de aceite”.
Eliseo le ordenó:
-Sal y pide a tus vecinos que te presten sus vasijas; consigue todas las que puedas. Luego entra en la casa con tus hijos y cierra la puerta. Echa aceite en todas las vasijas y, a medida que las llenes, ponlas aparte”.

En seguida la mujer dejó a Eliseo y se fue. Luego se encerró con sus hijos y empezó a llenar las vasijas que ellos le pasaban. Cuando ya todas estuvieron llenas, ella le pidió a uno de sus hijos que le pasara otra más, y él respondió:
-Ya no hay”.
En ese momento se acabó el aceite.

La mujer fue y se lo contó al hombre de Dios, quien le mandó:
-Ahora ve a vender el aceite, y paga tus deudas. Con el dinero que te sobre, podrán vivir tú y tus hijos.

Dios va elevarte en algún momento de tu vida, porque Él nos creo para las alturas, y esto se logra teniendo relación (intimidad) con Dios y ahí nos entrena para cambiar nuestra manera de pensar, para obtener una nueva mentalidad, Él esta anhelando que tengas altura espiritual, emocional y mental para salir de tu mundo pequeño y llevarte a un mundo mucho más grande.

Isaías 55:9 - "Mis caminos y mis pensamientos son mas altos que los de ustedes. ¡Mas altos que los cielos sobre la tierra!".

Y allí en la intimidad con Dios entenderemos que muchas veces, nos enfrentaremos con situaciones difíciles, complicadas y que agotamos todos los recursos y ya no sabemos como seguir adelante, entonces es ese el momento propicio para que Dios intervenga y transforme aquello que para nosotros parece imposible en algo posible para Dios. Pero es fundamental un corazón que le crea a Dios que Él lo hará, sin embargo muchas veces dudamos, ya sea por todo lo que hemos vivido, por los fracasos o porque nos han lastimado y así el corazón sufre, tiene carencias y el único que puede completar cada "agujerito" es Dios con todo su amor, pero para ello necesitamos estar a solas con Él.

La historia de esta mujer es muy triste, viuda, con deudas, hijos que estaba a punto de perderlos, pero ella dio algunos pasos que la llevaron a cambiar su mundo negativo por un mundo mejor que Dios le ofrecía.

1) Fue a ver al profeta.
La viuda fue a ver al profeta que simboliza la voz de Dios, o sea que ella habló con Dios de lo que le estaba pasando, confío en el profeta y abrió su corazón y cada palabra que decía era identificar y encontrarse con cada sentimiento para poder cambiarlo, empezó a ordenar sus emociones para luego actuar.

2) Escucho una palabra.
"Ve y pide para ti vasijas prestadas de todos tus vecinos, vasijas vacías, no pocas". (Vs. 3)
La viuda al ordenar sus emociones hizo espacio para recibir una palabra de parte de Dios, una palabra poderosa, el profeta le dice "vasijas para ti" el profeta le enseñaba que ella era merecedora de la grandeza de Dios, que era el tiempo de recibir, que Dios activaba la capacidad de conquista, de llegar alcanzar lo que ella necesitaba. Pero también en este pasaje podemos encontrar que dice "vasijas vacías, no pocas" remarca por quería cambiar la mentalidad de ella le estaba diciendo mi bendición no es poca, es mucha… "es mucha más la bendición que te voy a dar de la deuda que hoy te toca vivir" (te dice Dios). Es glorioso pensar que el Señor tiene más momentos felices para mi vida que los momentos triste que viví, que Dios tiene muchas más oportunidades que las que perdí. Esta mujer creyó que era la bendición para ella y que era abundante.

3) Cerró la puerta.
"Y se fue y cerro la puerta encerrándose ella y sus hijos y ellos traíanlas vasijas y ella echaba el aceite". V4
Cuando recibís una palabra es necesario que esa revelación, esa promesa este contigo en todo tiempo, entró a su casa y cerró la puerta ¿Por qué? Porque debía impedir que la promesa se contamine con pensamientos negativos, con gente toxica, la promesa tenia que envolverla para que se cumpliera.

4) Aparte.
"Echa en todas las vasijas, y cuando una este llena ponla aparte" Vs 4.
¿Por qué poner aparte la vasija llena? ¿Por qué no vender en la medida que se llenaban? Y así rápidamente traer alivio a la vida de esta mujer. Pero el propósito de Dios para ella no era simplemente cancelar la deuda la idea y el pensamiento de Dios es mucho más alto, el desafío es que aprendiera de tal manera que su trabajo es (creerle a DIOS) y su trabajo natural es llenar las vasijas, y así cada vez que llenaba una, su fe crecía y crecía.

Cuando la mujer recibió la palabra del profeta ella tenía deuda. Cuando cerró la puerta de la casa seguía con la deuda, cuando llenó cada una de las vasijas, aún las deudas estaban allí. Este proceso que ella pasó fue el que desató un mayor milagro sobre su vida y la de sus hijos. Porque el pensamiento de Dios no era solamente cancelar la deuda, su pensamiento era cancelar la deuda y además bendecir económicamente a la mujer en su presente y desatar financieramente la vida de sus hijos. Cada vez que llenaba una vasija, Dios trabajaba en la capacidad de conquista, en la perseverancia, en la fe, si tú permites que la promesa siga viva interiormente, Él la cumplirá.

5) Hecho esta.
"Vino ella luego y le contó al varón de Dios el cual dijo ve y vende el aceite y paga a tus acreedores, y tu y tus hijos vivirán de lo que quede". (V7)
Ella salió victoriosa de la tarea que realizó, llenó cada vasija y puso aparte una por una y luego fue a ver al profeta nuevamente donde él le dio otra palabra.

Ella había aprendido la lección, por que antes lo hacia a su manera, pero esto trajo una consecuencia que fue una gran deuda, pero cuando cerró la puerta de su casa y trabajó creyendo en la promesa que el profeta le dio, aprendió que no era a su manera sino que el milagro y la bendición se logra a la manera de Dios, volvió al profeta y el le dio una orden, y al obedecer el milagro se concreto. ¡¡No frenes más tu bendición, es a la manera de Dios que se logran las cosas!!

Mary Nasich

CAPACITADOS POR DIOS



Bette ejercía de secretaria en Dallas mientras criaba sola a su hijo Michael, que luego se haría famoso con su grupo The monkees.

Nesmith nunca se propuso ser inventora, sólo intentaba solucionar los problemas que le provocaba su poca experiencia en mecanografía y taquigrafía. Como su formación de artista le hacía estar acostumbrada al uso de pinturas y tintas, un día intentó crear un producto con el que lograr tapar las faltas de mecanografía que cometía en el trabajo. Tras diversos intentos, elaboró una sustancia blanca que se secaba rápidamente y servía para ello, así que la puso en un botella y se la llevó al trabajo.

Cuando cometía algún error extendía la sustancia sobre el papel con un pequeño cepillo y luego volvía a escribir encima.

En1956 convirtió su cocina en un laboratorio, debido a la demanda de sus compañeros y amigos.

En 1967 creó su propia compañía, la Liquid Paper Corporation.

En 1976, vendió 25 millones de botellas. Nesmith creó dos fundaciones para ayudar a las mujeres a encontrar nuevas maneras de ganarse la vida.

Bette murió en el año 80, seis meses después de vender su empresa por 47,5 millones de dólares.

El ejemplo de esta mujer emprendedora nos enseña una gran lección espiritual. Muchas veces nos ahogamos en un mar de dificultades, sin embargo tenemos la capacidad dada por el Dios supremo para encontrar solución a nuestras inconveniencias, no solo para que salgamos de ellas sino para que también seamos de bendición y ayuda a muchos que están pasando por las mismas pruebas…

Mateo 25:23 - Su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.
Salmos 139:6 - Más maravillosa es su ciencia que mi capacidad; alta es, no puedo comprenderla.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

MIGUEL, GABRIEL Y RAFAEL - FESTIVIDAD: 29 DE SEPTIEMBRE



Arcángeles, los únicos cuyos nombres constan en la Biblia.

Arcángeles.
Martirologio Romano: Fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. En el día de la dedicación de la basílica bajo el título de San Miguel, en la vía Salaria, a seis miliarios de Roma, se celebran juntamente los tres arcángeles, de quienes la Sagrada Escritura revela misiones singulares y que, sirviendo a Dios día y noche, y contemplando su rostro, a él glorifican sin cesar.

Son los nombres con que se presentan en la Sagrada Escritura estos tres príncipes de la corte celestial.

Miguel aparece en defensa de los intereses divinos ante la rebelión de los ángeles malos; Gabriel, enviado por el Señor a diferentes misiones, anunció a la Virgen Maria el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y su maternidad divina; Rafael acompañó al joven Tobías cuando cumplía un difícil encargo y se ocupó de solucionar difíciles asuntos de su esposa.

Actualmente, se habla mucho de los ángeles: se encuentran libros de todo tipo que tratan este tema; se venden "angelitos" de oro, plata o cuarzo; las personas se los cuelgan al cuello y comentan su importancia y sus nombres.

Hay que tener cuidado, pues se puede caer en dar a los ángeles atribuciones que no les corresponden y elevarlos a un lugar de semidioses, convertirlos en "amuletos" que hacen caer en la idolatría, o crear confusiones entre lo que son las inspiraciones del Espíritu Santo y los consejos de los ángeles.

Es verdad que los ángeles son muy importantes en la Iglesia y en la vida de todo católico, pero son criaturas de Dios, por lo que no se les puede igualar a Dios ni adorarlos como si fueran dioses.

A pesar de que están de moda, por otro lado, es muy fácil que nos olvidemos de su existencia, por el ajetreo de la vida y principalmente, porque no los vemos.

Este olvido puede hacernos desaprovechar muchas gracias que Dios ha destinado para nosotros a través de los ángeles.

Por esta razón, la Iglesia ha fijado dos festividades para que, al menos dos días del año, nos acordemos de los ángeles y los arcángeles, nos alegremos y agradezcamos a Dios el que nos haya asignado un ángel custodio y aprovechemos estos días para pedir su ayuda.

Misión de los ángeles.
Los ángeles son seres espirituales creados por Dios por una libre decisión de su Voluntad divina. Son seres inmortales, dotados de inteligencia y voluntad.

Debido a su naturaleza espiritual, los ángeles no pueden ser vistos ni captados por los sentidos.

En algunas ocasiones muy especiales, con la intervención de Dios, se han visto y oído materialmente. La reacción de las personas al verlos u oírlos ha sido de asombro y de respeto. Por ejemplo, los profetas Daniel y Zacarías.

En el siglo IV, el arte religioso representó a los ángeles con forma de figura humana. En el siglo V, se le añadieron las alas, como símbolo de su prontitud en realizar la Voluntad divina y en trasladarse de un lugar a otro sin la menor dificultad.

En la Biblia encontramos algunos motivos para que los ángeles sean representados como seres brillantes, de aspecto humano y alados. Por ejemplo, el profeta Daniel escribe que un "ser que parecía varón" - se refería al arcángel Gabriel - volando rápidamente, vino a él (Daniel 8, 15-16; 9,21). Y, en el libro del Apocalipsis, son frecuente las apariciones de ángeles que claman, tocan las trompetas, llevan mensajes o son portadores de copas e incensarios; otros que suben, bajan o vuelan; otros que están de pie en cada uno de los cuatro puntos cardinales de la tierra o junto al trono del Cordero, Cristo.

La misión de los ángeles es amar, servir y dar gloria a Dios, ser mensajeros y cuidar y ayudar a los hombres. Ellos están constantemente en la presencia de Dios, atentos a sus órdenes, orando, adorando, vigilando, cantando y alabando a Dios y pregonando sus perfecciones. Se puede decir que son mediadores, custodios, guardianes, protectores y ministros de la justicia divina.

La presencia y la acción de los ángeles aparece a lo largo del Antiguo Testamento, en muchos de sus libros sagrados. Aparece frecuentemente, también, en la vida y enseñanzas de Nuestro Señor, Jesucristo, en la Carta de san Pablo, en los Hechos de los Apóstoles y, principalmente, en el Apocalipsis.

Con la lectura de estos textos, podemos descubrir algo más acerca de los ángeles: nos protegen, nos defienden físicamente y nos fortalecen al combatir las fuerzas del mal, luchan con todo su poder por y con nosotros.
Como ejemplo, está la milagrosa liberación de San Pedro que pudo huir de la prisión ayudado por un ángel (Hechos 12, 7 y siguientes). También, aparece un ángel deteniendo el brazo de Abraham, para que no sacrificara a su hijo, Isaac.

Los ángeles nos comunican mensajes importantes del Señor en determinadas circunstancias de la vida. En momentos de dificultad, se les puede pedir luz para tomar una decisión, para solucionar un problema, actuar acertadamente y para descubrir la verdad.

Por ejemplo, tenemos las apariciones a la Virgen María, a San José y a Zacarías. Todos ellos recibieron mensajes de los ángeles.

Los ángeles cumplen, también, las sentencias de castigo del Señor, como el castigo a Herodes Agripa (Hechos de los Apóstoles) y la muerte de los primogénitos egipcios (Exódo 12, 29).

Los ángeles presentan nuestras oraciones al Señor y nos conducen a Él. Nos acompañan a lo largo de nuestra vida y nos conducirán, con toda bondad, después de nuestra muerte, hasta el trono de Dios para nuestro encuentro definitivo con Él. Este será el último servicio que nos presten pero el más importante. El arcángel Rafael dice a Tobías: "Cuando ustedes oraban, yo presentaba sus oraciones al Señor", (Tob 12, 12 - 16).

Ellos nos animan a ser buenos pues ven continuamente el rostro de Dios y también ven el nuestro. Debemos tener presentes las inspiraciones de los ángeles para saber obrar correctamente en todas las circunstancias de la vida. "Los ángeles se regocijan cuando un pecador se arrepiente", (Lucas 15, 10).

Jerarquía de los ángeles.
Se suelen enumerar nueve coros u órdenes angélicos. Esta jerarquía se basa en los distintos nombres que se encuentran en la Biblia para referirse a ellos. Dentro de esta jerarquía, los superiores hacen participar a los inferiores de sus conocimientos.

Cada tres coros de ángeles constituyen una jerarquía y todos ellos forman la corte celestial.
1. Jerarquía Suprema: Serafines, querubines y tronos.
2. Jerarquía Media: Dominaciones, virtudes y potestades.
3. Jerarquía Inferior: Principados, arcángeles y ángeles.

Serafines: Son los "alabadores" de Dios. Serafín significa "amor ardiente". Los serafines alaban constantemente al Señor y proclaman su santidad. (Isaías 6, 17).
Querubines: Son los "guardianes" de las cosas de Dios. Aparecen como encargados de guardar el arca de la alianza y el camino que lleva al árbol de la vida. Entre dos querubines comunica Yahvé sus revelaciones. "Se sienta sobre querubines". (Génesis, Éxodo, en la visión de Ezequiel, 1, 4 y Carta a los Hebreos, 9,5).

Potestades, Virtudes, Tronos, Principados y Dominaciones: En la Biblia encontramos estos diversos nombres cuando se habla del mundo angélico. Hay quien interpreta los nombres de los ángeles como correspondientes a su grado de perfección. Para San Gregorio, los nombres de los ángeles se refieren a su ministerio:
-los principados son los encargados de la repartición de los bienes espirituales.
-las virtudes son los encargados de hacer los milagros.
-las potestades son los que luchan contra las fuerzas adversas.
-las dominaciones son los que participarán en el gobierno de las sociedades.
-los tronos son los que están atentos a las razones del obrar divino.

Existe, también, una jerarquía basada en los distintos nombres que se encuentran en la Biblia para referirse a ellos. A los arcángeles les podríamos llamar los "asistentes de Dios". Son ángeles que están al servicio directo del Señor para cumplir misiones especiales.

a. Arcángel San Miguel: es el que arrojó del Cielo a Lucifer y a los ángeles que le seguían y quien mantiene la batalla contra Satanás y demás demonios para destruir su poder y ayudar a la Iglesia militante a obtener la victoria final. El nombre de Miguel significa "quien como Dios". Su conducta y fidelidad nos debe invitar a reconocer siempre el señoría e Jesús y buscar en todo momento la gloria de Dios.
b. Arcángel San Gabriel: en hebreo significa "Dios es fuerte", "Fortaleza de Dios". Aparece siempre como el mensajero de Yahvé para cumplir misiones especiales y como portador de buenas noticias. Anunció a Zacarías el nacimiento de Juan, el Bautista y a la Virgen María, la Encarnación del Hijo de Dios.
c.. Arcángel San Rafael: su nombre quiere decir "medicina de Dios". Tiene un papel muy importante en la vida del profeta Tobías, al mostrarle el camino a seguir y lo que tenía que hacer. Tobías obedeció en todo al arcángel San Rafael, sin saber que era un mensajero de Dios. Él se encargó de presentar sus oraciones y obras buenas a Dios, dejándole como mensaje bendecir y alabar al Señor, hacer siempre el bien y no dejar de orar. Se le considera patrono de los viajeros por haber guiado a Tobías en sus viajes. Es patrono, también, de los médicos (de cuerpo y alma) por las curaciones que realizó en Tobit y Sara, el padre y la esposa de Tobías.

Los ángeles custodios.
Dios ha asignado a cada hombre un ángel para protegerle y facilitarle el camino de la salvación mientras está en este mundo. Afirma sobre este tema San Jerónimo: "Grande es la dignidad de las almas, cuando cada una de ellas, desde el momento de nacer, tiene un ángel destinado para su custodia".

En el Antiguo Testamento se puede observar como Dios se sirve de sus mensajeros para proteger a los hombres de la acción del demonio, para ayudar al justo o librarlo del peligro, como cuando a Elías lo alimentó un ángel, (1 Reyes, 19, 5).

En el Nuevo Testamento también se pueden observar muchos sucesos y ejemplos en los que aparecen estos seres: el mensaje a San José para que huyera a Egipto y los ángeles que sirvieron a Jesús, después de las Tentaciones en el desierto, entre otros ejemplos.

Se puede decir que los ángeles custodios son compañeros de viaje, que siempre estarán al lado de cada uno de nosotros, en las buenas y en las malas, sin separarse ni un solo momento. Está a nuestro lado mientras trabajamos, descansamos, cuando nos divertimos y cuando rezamos, cuando le pedimos ayuda y cuando le olvidamos. Y, lo más importante, es que no se aparta de nosotros ni siquiera cuando perdemos la gracia de Dios por el pecado. Nos presta auxilio para enfrentar de mejor ánimo las dificultades y tentaciones de la vida diaria.

Muchas veces se piensa en el ángel de la guarda como si fuera algo infantil. Pero, si pensamos que al crecer la persona se enfrentará a una vida con mayores tentaciones y dificultades, el ángel custodio será de gran ayuda.
Para que la relación de la persona con el ángel custodio sea eficaz, necesita hablar con él, llamarle, tratarlo como el amigo que es. Así podrá convertirse en un fiel y poderoso aliado nuestro.
Debemos confiar en nuestro ángel de la guarda y pedirle ayuda, pues además de que él nos guía y nos protege, está muy cerca de Dios y le puede decir directamente lo que queremos o necesitamos.

Recordemos que los ángeles no pueden conocer nuestros pensamientos ni deseos íntimos si nosotros no se los hacemos saber de alguna manera, ya que sólo Dios sabe lo que hay dentro de nuestro corazón. Ellos, en cambio, sólo pueden conocer lo que queremos intuyéndolo por nuestras obras, palabras, gestos, etc.

También podemos pedirle favores especiales a los ángeles de la guarda de otras personas para que las protejan de determinados peligros o las guíen en situaciones difíciles.

¿Qué nos enseñan los ángeles?
Nos enseñan a:
-glorificar al Señor, proclamar su santidad y rendirle sus homenajes de adoración, de amor y de ininterrumpida alabanza.
-cumplir con exactitud y prontamente todas las órdenes que recibimos del señor y a cumplir su Voluntad sin discutir sus mandatos ni aplazando el cumplimiento de éstas.
-servir al prójimo, pues ellos están preocupados por nosotros y quieren ayudarnos en las diversas circunstancias que se nos presentan en la vida. Esto nos anima a compartir con nuestros hermanos penas y alegrías.

¿Quiénes son los ángeles caídos?
Dios creó a los ángeles como espíritus puros, todos se encontraban en estado de gracia. Pero algunos, encabezados por Luzbel, el más bello de los ángeles, por su malicia y soberbia se negaron a adorar a Jesucristo, Dios hecho hombre, por sentirse seres superiores. Así, rechazaron eternamente a Dios con un acto inteligente y libre de su parte.

A Luzbel - también denominado Lucifer, Diablo o Satán - junto con los ángeles rebeldes que le siguieron - convertidos en demonios - fueron arrojados del Cielo al infierno. Quedaron confinados a un estado eterno de tormento en donde nunca más podrán ver a Dios.

No cambiaron su naturaleza, siguen siendo seres espirituales y reales.
Lucifer es el enemigo de Dios. Jesús le llama el engañador”, “el padre de la mentira”. Su constante actividad en el mundo busca apartar a los hombres de Dios mediante engaños e invitaciones al mal. Quiere evitar que lo conozcan, que lo amen y que alcancen la felicidad eterna. Es un enemigo con el que se tiene que luchar para poder llegar al Cielo.

Los demonios se encuentran organizados en jerarquías, tal y como fueron creados en un principio, subordinados los inferiores a los superiores.

Satanás y sus demonios comenzaron sus maléficas acciones con Adán y Eva y no se dan por vencidos en su labor. Aprovechan la inclinación del hombre hacia el mal por su naturaleza que quedó dañada después del pecado original. Son muy astutos, disfrazan el mal de bien. Su acción ordinaria en el hombre es la tentación. Por ello rezamos en el Padrenuestro: “...no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal”.

¿Por qué creer en los ángeles?
Toda la Sagrada Escritura está llena de versículos y capítulos completos que hablan de los ángeles. Si creemos en la Sagrada Escritura, no podemos negar la existencia y la acción de los ángeles.

Además del testimonio de la Revelación, tenemos el de los Santos Padres de la Iglesia quienes nos dejaron bellas y sugestivas descripciones de los ángeles que fueron retomadas por Santo Tomás no sólo en el aspecto teológico sino en un dinamismo cristiano. La Iglesia ha definido dogma de fe la existencia de los ángeles.

El culto a los ángeles de la guarda comenzó en la península Ibérica y después se propagó a otros países. Existe un libro acerca de esta devoción en Barcelona con fecha de 1494.

El Concilio IV de Letrán, en 1215, se señaló que Dios es creador de todas las cosas, de las visibles y de las invisibles, de las criaturas espirituales y las corporales. Se señaló que a unas y a otras, las creó de la nada.

En 1870, debido al materialismo y racionalismo que imperante en esa época, el Concilio Vaticano I afirmó de nuevo la existencia de los ángeles.
Pablo VI volvió a poner de manifiesto la existencia de los ángeles en 1968, al formular el Credo.

En la reforma litúrgica de la Iglesia de 1969, quedó establecido el día 29 de septiembre para dar culto a los arcángeles San Miguel, San Rafael y San Gabriel y el día 2 de Octubre, para rendir culto a los ángeles custodios.

ÁNGELES CAÍDOS - LA MALDAD Y EL PECADO EN EL MUNDO... PARA TI



Hemos visto que es artículo de Fe Católica que la caída del hombre vino por la tentación de Satanás (Lucifer) y que éste y los demás demonios continúan tentando y persiguiendo a la humanidad.

Así leemos en la 1ª Carta de San Pedro (5, 8) y en el Documento Gaudium et Spes (#13) del Concilio Vaticano II y lo reitera el Catecismo de la Iglesia Católica (#391-395). A esta lucha entre las fuerzas del Bien y las del Mal que se ha llamado "Combate Espiritual", se refiere también San Pablo en su Carta a los Efesios: "Nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso, sino contra principados, autoridades y poderes que dominan el mundo de tinieblas. Nos enfrentamos contra los espíritus y las fuerzas sobrenaturales del Mal". (Ef. 6, 12).

Los demonios siguen siendo espíritus, que no han perdido ninguna de sus cualidades angélicas, con excepción de la gracia sobrenatural (cfr. Catholic Encyclopedia, Broderick, 1986). Son, por lo tanto, seres superiores en inteligencia y poderes a nosotros los seres humanos, con una capacidad de engaño digna de su inteligencia y astucia, superiorísimas a las nuestras. No en vano Satanás es el inventor o "padre de la mentira" (Jn. 8, 44), el Engañador, que busca engañar a los seres humanos sin descansar. Y hoy, como antes a nuestros progenitores, Satanás y los demás ángeles rebeldes buscan tentarnos con la misma idea: "ser como dioses". (cfr. CIC #392).

No se puede, entonces, exagerar la importancia del Diablo, pero tampoco se puede esconder, ni minimizar, ni negar su poder maligno. Conocer de su existencia y de su influencia en el mundo y en cada hombre es vivir una realidad invisible, pero presente en cada persona y en toda la humanidad.

A fines del siglo XIX, el Papa León XIII pudo vislumbrar las pruebas a que serían sometidos la Iglesia y los hombres, pruebas que provenían de la lucha de los poderes del Infierno.

Pero en medio de esa visión que tuvo, también pudo vislumbrar a San Miguel Arcángel, que arrojaba a Satanás al abismo del Infierno. Y, basado en esa visión, compuso él mismo la conocida Oración a San Miguel Arcangel que aparece en el Apéndice. (cfr. P. Roberto Cayuela, s.j. en "Cristiandad",Julio 1976)

Nos decía el Papa Juan Pablo II: "La existencia de los ángeles malos nos pide a nosotros el sentido de la vigilancia... en esto estamos válidamente ayudados por los Ángeles Buenos" (20-agosto-86).

El Príncipe de los Ejércitos Celestiales, el glorioso San Miguel Arcángel, es el defensor de la Iglesia y de los elegidos de Dios en estas persecuciones. Esto está predicho por el Profeta Daniel: "En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran Príncipe que defiende a los hijos de tu pueblo". (Dn. 12, 1). Y esta batalla entre San Miguel Arcángel y los Ángeles Buenos, y Satanás y los ángeles malos está descrita en el Apocalipsis (12, 7-11).

El Demonio es poderoso. Sin embargo, dice el Catecismo, "el poder de Satanás no es infinito... Aunque su acción cause graves daños... en cada hombre y en la sociedad, esta acción es permitida por la Divina Providencia" (#395). Así, el poder del Demonio está limitado por la Voluntad de Dios (cfr. Libro de Job) y Dios no permite que seamos tentados por encima de la gracia con que Él nos fortalece (cfr. 1ª Cor. 10, 13). Y nosotros podemos vencer sus ataques con armas espirituales: la Oración, la Confesión, la Comunión, con el auxilio de los Ángeles Buenos, etc. y, por encima de todo, buscando siempre la Voluntad de Dios para nuestras vidas y no la propia voluntad que con frecuencia nos puede desviar por caminos equivocados.

He aquí las recomendaciones que hacía el Papa Juan Pablo II, sobre este "Combate Espiritual": "Quiera Dios que la oración nos fortalezca para la batalla espiritual de la que habla la carta a los Efesios... A esa misma batalla se refiere el libro del Apocalipsis, reviviendo ante nuestros ojos la imagen de San Miguel Arcángel... Seguramente tenía muy presente esa escena el Papa León XIII cuando al final del siglo pasado introdujo en toda la Iglesia una oración especial a San Miguel Arcángel... Aunque en la actualidad esa oración ya no se rece al final de la celebración eucarística, os invito a todos a no olvidarla, a rezarla para obtener ayuda en la batalla contra las fuerzas de las tinieblas y contra el espíritu de este mundo" (cfr. Juan Pablo II en Meditación Dominical 24-abril-94)

ORACIÓN A SAN MIGUEL ARCÁNGEL
Arcángel San Miguel: Defiéndenos en el combate, sé nuestro amparo contra la maldad y asechanzas del demonio. "Reprímale Dios", pedimos suplicantes. Y tú, Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a satanás y demás espíritus malignos, que vagan por el mundo para la perdición de las almas. Amén.

Publicado por Wilson

AMAR A MARÍA, NUESTRA MADRE CELESTIAL



La Virgen María, nuestra Madre y Señora, ve en cada uno de nosotros a su Hijo amado.

Nos trata como si en nuestro lugar estuviera Cristo mismo. Ella sufre intensamente el tormento que nuestros pecados le causan a su Hijo, ofendiendo a Dios que nos amó hasta el extremo de: Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”. (Jn 3,16). El amor de María a nosotros es muy superior al amor que nos pueda tener nuestra madre terrenal, pues el amor de esta se basa más en razones y consideraciones materiales, que en las espirituales, y el amor de María a nosotros es exclusivamente espiritual.

Como sabemos el orden del espíritu, es superior al orden material. Fue Dios, espíritu puro el que creo toda la materia que constituye el universo. Nunca la materia ha creado el espíritu, sino que siendo un orden de carácter inferior, le está sometida al espíritu y la materia existe, porque el Espíritu, en este caso Dios creador de todo lo visible e invisible, la sostiene y le permite existir. Por todo ello en contra de lo que muchos no comprenden, María no se sintió menospreciada por su Hijo el Señor, cuando: "Vinieron su madre y sus hermanos, y desde fuera le mandaron a llamar. Estaba la muchedumbre sentada en torno de Él y le dijeron: Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que te buscan. Él les respondió: ¿Quién mi madre y mis hermanos? Y echando una mirada sobre los que estaban sentados en derredor suyo, dijo: He aquí a mi madre y a mis hermanos. Quien hiciere la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre. (Mc 3,31-35). Los lazos de amor entre María y su Hijo Jesús, eran más fuertes e importantes los espirituales que los materiales terrenos.

Con nuestra madre terrenal, podemos tener también lazos de carácter espiritual. ¡Cuántas son las madres! que le han adiestrado a sus hijos a dar los primeros pasos de su vida espiritual, enseñándoles sus oraciones nocturnas, aquellas que todos recordamos, referidas al ángel de la guarda y han guiado nuestras manos derechas a persignarnos y santiguarnos. Personalmente recuerdo que ya de mayor estando en la Universidad, seguía rezando el rosario con mi madre. Pero el lazo espiritual con nuestra madre celestial es superior, porque ella es también superior espiritualmente hablando, sin perjuicio de que también lo fuera materialmente, cuando estaba en este mundo.

Nosotros somos amados por Ella, el Señor en la cruz, le dijo: Mujer, he ahí a tu hijo. Después dice al discípulo: He ahí a tu madre. (Jn 19,26-27). Y aunque no se lo hubiese dicho, ella siempre nos habría amado, porque el amor siempre genera deseos de amar lo que ama el Amado. De la misma forma que Ella también hubiese sido amada, como lo que es: Nuestra Corredentora y Mediadora universal de todas las divinas gracias. Lo que el Señor dijo en la cruz, más bien va dirigido a nosotros, que a Ella, pues el amor de Ella en nosotros ya había nacido, es desgraciadamente el de nosotros hacia Ella el que es enteramente raquítico, y son muchos los que ignoran lo que se pierden, pues ella es un verdadero atajo para lograr una gran gloria el día de mañana, sencillamente porque Ella es la Gloria de las glorias.

Pero a pesar de la anterior lamentación, que lo poco que a nuestro juicio se la ama, no han faltado a lo largo de la historia, locos enamorados de su amor. Quizás sea España quien se lleve la palma, por algo se la llama la Tierra de María Santísima, y entre los muchos españoles a los que se les puede donar el título de locos por Maria”, se encuentra un reciente Santo, llamado Rafael Arnáiz. Nació este en Burgos en 1911 y fallecido de un coma diabético, a los 27 años en 1938, tras una corta vida monástica en la Trapa del Monasterio de san Isidro de Dueñas en Palencia. Fue canonizado por Benedicto XVI en el 2009. En su corta vida dedicó una especial atención al amor a nuestra Señor, fruto del cual son los siguientes pensamientos: Todo, absolutamente todo en nuestra vida está en manos de María, de manera que no hay que preocuparse que Ella lo arreglará todo; ponte en sus manos y confía.

¿Quién mejor que Ella para comprender, para ayudar, para consolar, para fortalecer?...

¡Qué grande es Dios, qué dulce es María! Qué alegría tan grande pensar en el cielo, cuando allá estemos a su lado, y cantemos siempre, siempre, siempre, unos los tiernos cantos del colegio; otros la Salve Regina; otros, el solemne y divino Magníficat de los coros monacales, y otros que no sepan cantar, de tanto gozar de la hermosura de María.

¿Quién mejor que María, la Santísima Virgen, para refugio de nuestro pecados, de nuestras miserias?

Creo que no hay temor en amar demasiado a la Virgen; creo que todo lo que en la Señora pongamos, lo recibe Jesús ampliado.

Tú dices muchas veces: todo por Jesús”; ¿por qué no le añades,todo por Jesús y a Jesús por María”.

¡Sería todo tan fácil si acudiéramos siempre a la Señora! A mí me ha sacado adelante en muchas ocasiones.

Ama mucho a la Virgen, y eso te ayudará para amar a Dios. Con Jesús y María a mi lado, lo puedo todo. Aún con miserias y todo, la Virgen nos quiere mucho.
La Santísima Virgen que me comprende sin necesidad de ruidos ni de palabras, es mi gran consuelo. Ante Ella deposito mi silencio.

Son diversas las composiciones y oraciones, que llevan el sello Hispánico, así tenemos a Pedro Mezonzo, obispo de Santiago de Compostela que en el año 997. En aquella época tuvo que hacer frente al moro Almanzor, que conquistado Santiago de Compostela, retornó a Córdoba con cuatro mil prisioneros, sometidos a la esclavitud. Como humillación final, hizo cargar a los hombros de algunos de ellos las campanas y las puertas de la catedral que se colocaron en la mezquita de Córdoba. ¡Cuántos sufrimientos tuvimos que soportar, durante más de 700 años, hasta que logramos vivir en libertad nuestra amor al Señor y a la Virgen su Inmaculada madre. Pues bien, según Benedicto XIV, tiene al obispo Mezonzo fue el redactor de la Salve a Nuestra Señora.

Termino esta glosa con una composición del poeta y músico Juan del Encina o Enzina, nacido en 1468 y fallecido en León en 1529. La composición dice así:
Ave María que te salve Dios te digo, María, por ser quien eres,llena de gracia y abrigo; el Señor Dios es contigo; bendito el fruto y primorde tu vientre sin dolor, Jesucristo, nuestro Dios; tú, Madre, ruega por nos y por todo pecador.

Juan del Enzina

Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

Juan del Carmelo

EL TESTIMONIO DE UN AFECTADO POR EL MALIGNO



Este capítulo no es mío, pero es un testimonio escrito con rara claridad.

Incluso al exorcista más experto, le es siempre difícil identificarse con los poseídos y entender lo que sienten. Y hasta la que puede parecer una infestación de mediana gravedad esconde sufrimientos que al mismo paciente le cuesta describir. Éste fue el principal esfuerzo de G. G. M.: tratar de expresar lo inexpresable, confiando en ser entendido sobre todo por quienes están afligidos por un mal análogo.

Todo comenzó a partir de los dieciséis años. Antes yo era un muchacho feliz, avispado y bastante alegre, aunque siempre tenía una sensación de angustia y en todas partes me parecía que alguien me decía: «Nosotros hacemos esto, ¿y tú?» «Nosotros vamos allí, ¿y tú No entendía el porqué, pero entonces esto no suponía un problema para mí.

Vivía en una pequeña ciudad marítima; el mar, el alba y los campos me ayudaban bastante a mantenerme alejado de la melancolía. A los dieciséis años me trasladé a Roma, dejé de acudir a la iglesia y comencé a frecuentar todo aquello que en una gran ciudad atrae a un forastero, es decir, todas aquellas situaciones extremas que en un pueblo ni siquiera se conocen. Muy pronto conocí a drogadictos, marginados, ladrones, muchachas fáciles y así sucesivamente. Tenía una cierta prisa por aprender todo este «ruido» que me apartaba enormemente de la paz que tenía antes. Comencé a vivir esta nueva dimensión artificiosa, desbordante y nauseabunda. Mi padre era muy represivo: controlaba cada uno de mis movimientos y siempre se mostraba descontento de mí. La suma de estos disgustos y de todas las humillaciones de que me hacía objeto mi padre me impulsó como un muelle a la calle. Me fui de casa y conocí el hambre, el frío, el sueño y la maldad. Frecuenté a mujeres ligeras y amigos pesados. Pronto surgió en mí una pregunta sin respuesta: «¿Por qué vivo? ¿Por qué me encuentro en la calle? ¿Por qué soy así y los demás, en cambio, tienen fuerza necesaria para trabajar y sonreír

En aquel tiempo tuve relación con una muchacha que creía que el mal era más fuerte que el bien; hablaba de brujas y magos, y escribía cosas que daban vértigo. Yo creía que era muy inteligente porque estaba fuera del alcance de un ser humano escribir todas aquellas lucubraciones sobre el mundo y la vida. Leí todos sus cuadernos y luego le impuse que los quemara delante de mí porque sólo hablaban del mal y me daba un poco de miedo tener aquellos folios dando vueltas por la casa. Ella empezó a odiarme sin que yo pudiera entender el motivo; traté de ayudarla a salir de aquel pozo negro, pero no lo conseguí; se mofaba de mí y del bien que le proponía.

Volví a casa con los míos, me uní a otra muchacha peor que la anterior y durante algunos años me sentí triste, desdichado y perseguido por cada persona que conocía; me rodeaba una especie de oscuridad, la sonrisa ya no asomaba a mis labios y las lágrimas estaban siempre listas para correr por mis mejillas. Estaba desesperado y una vez más me pregunté: «¿Por qué vivo? ¿Quién soy? ¿Qué hace el hombre en la tierra

Como es natural, en mi ambienté nada de esto interesaba a nadie y en un momento de desesperación muy fuerte, en mi fuero interno exclamé con un hilo de voz: «¡Dios mío, estoy acabado! Heme aquí delante de ti... ayúdame». Parece que fui escuchado; al cabo de unos días, la muchacha con la que andaba entró en una iglesia, comulgó y se convirtió en un tiempo récord.

Yo, para no ser menos, hice lo mismo y fui a parar a una iglesia en la que sacaban en procesión a la Virgen de Lourdes; me llamaron para ayudar a llevar la imagen y, aunque me daba vergüenza, lo hice y luego estuve orgulloso de haberlo hecho. Comulgué y me quedé asombrado por la actitud del confesor, que se mostró bondadoso y comprensivo. Salí de allí diciendo: «Lo he conseguido; he vuelto al bien». Aun cuando no sabía qué era el bien, sentía que era así. Después de algunas semanas oí hablar de Medjugorje, donde la Virgen se aparecía desde 1981.

Emprendí inmediatamente viaje con aquella muchacha, también impulsado por un prodigio que no sé describir. Volvimos al seno de la Iglesia de forma plena, cambiamos de vida, amamos a Dios más que a nosotros mismos, tanto que ella se hizo monja y yo pensé en el sacerdocio. Ya no podía contener la alegría de tener un motivo para vivir y que la vida no acabara ahí.

Pero era sólo el principio: había «alguien» que no estaba contento con todo esto. Después de algunos años volví a Medjugorje y de vuelta a Roma comencé a sentir otra vez el eco de aquella oscuridad en que mi alma vivía antes de descubrir a Dios. En el curso de pocas semanas, esa sensación que yo atribuía al autoritarismo de mi padre, a la situación menesterosa en que, por distintos motivos, yo había vivido y a un tormento que creía común sin entender que para los demás no era así, esa sensación, digo, se convirtió en realidad. Comencé a sufrir como nunca me había sucedido; sudaba, tenía fiebre y la fuerza me había abandonado, al punto que ni siquiera podía comer si no me metían la comida en la boca. Tenía la percepción de que sufría con algo distinto del cuerpo: era como ajeno a esos hechos. Sentía una desesperación fortísima y veía, no sé con qué ojos, una oscuridad que entenebrecía no la habitación donde estaba ni la cama en la que yacía desde hacía meses, sino el futuro, las posibilidades de vida, la espera del mañana. Estaba como muerto por un cuchillo invisible y sentía que quien hundía aquel cuchillo me odiaba y quería algo más que mi muerte. Es muy difícil de explicar con palabras, pero era tal como he dicho.

Después de varios meses estaba enloquecido y ya no razonaba; querían llevarme a un manicomio; no entendía ni lo que decía, porque ahora vivía en otra dimensión: la de mi sufrimiento. La realidad estaba como desprendida de mí. Era como si estuviese en el tiempo sólo con el cuerpo, pero que el alma se encontrase en otra parte, en un sitio horrible, donde no penetra la luz ni existen esperanzas.

Permanecí muchos meses en este estado, entre la vida y la muerte, y ya no sabía qué pensar. Perdí amigos, conocidos y la comprensión de mis parientes. Vivía fuera del mundo y ya no me entendían, ni yo podía pretender que lo hicieran, sabiendo lo que guardaba dentro y que nunca conseguiría describir. Casi me olvidé de Dios y aunque me dirigía a él con llantos y lamentos interminables, lo sentía lejano, una lejanía que no se mide en kilómetros, sino en negaciones: o sea que algo decía «no» a Dios, al bien, a la vida, a mí mismo. Pensé en dirigirme a un hospital porque suponía que la fiebre que tenía desde hacía meses debía por fuerza depender de una causa física y, si eliminaba ésta, me sentiría mejor; en cualquier caso, algo tenía que hacer.

En Roma, ningún hospital me quería ingresar por tener fiebre, y tuve que irme a trescientos kilómetros de allí, donde permanecí durante veinte días sometido a exámenes y análisis de toda clase. Salí con un «no tiene nada» y una cartilla clínica que habría llenado de envidia a un atleta: estaba sano como una roca, pero una apostilla decía que nadie se explicaba la fiebre y mi cara hinchada y cadavérica.

Estaba blanco como las hojas de un cuaderno. Apenas salí del hospital, donde todos mis males se habían atenuado un poco, entré en una crisis fortísima, vomité varias veces, sufrí todo lo que un hombre puede sufrir y me encontré en un punto desconocido de la ciudad; no sé cómo había llegado hasta allí. Mis piernas caminaban solas, los brazos eran independientes de la voluntad y así el resto del cuerpo. Fue una sensación horrible; daba órdenes a las articulaciones, que ya no me obedecían; no se lo deseo a nadie. Por si fuese poco, volvió la oscuridad, que, esta vez, se extendió desde el alma hasta el cuerpo. Lo veía todo como si fuese de noche aun estando en pleno día. El sufrimiento había llegado a las estrellas; comencé a gritar, a retorcerme en el suelo como si tuviera un fuego dentro de mí e invoqué a la Virgen gritando: «Madre, madre, ten piedad... ¡Madre, te lo suplico! Madre mía, concédeme tu gracia, que me muero». Los dolores no se atenuaron y el sufrimiento se había exasperado tanto que perdí también el sentido de la orientación y pegado a las paredes, caminé hasta una cabina telefónica; logré marcar el número al tiempo que golpeaba la cabeza contra los cristales y el teléfono; me respondió la única persona que conocía y que vino para llevarme de vuelta a Roma. Antes de que mi amigo llegara, me di cuenta, como por una indicación exterior, de que había estado viendo el infierno; no tocándolo o viviendo en él, sino sólo viéndolo de lejos. Aquella experiencia cambió mi vida mucho más que la conversión de Medjugorje.

No obstante, seguía sin pensar en realidades ultraterrenales, sino que lo explicaba todo con motivos psicológicos: inadaptación, padre dominante, traumas infantiles, shocks emotivos y varias otras cosas que, como un hermoso dibujo, explicaban muy bien el porqué de lo acaecido.

Había estudiado psicología durante cinco años como autodidacta y así había conseguido formular un esquema según el cual era obvio que sufriera. El día de la Virgen del Buen Consejo, y por eso lo creí al haberla invocado, un fraile me aconsejó que telefoneara a un carismático que actuaba bajo la estrecha tutela de un obispo y tenía el don del conocimiento. Éste me dijo: «Te han formulado un hechizo de muerte para afectarte la mente y el corazón, y hace ocho meses comiste un fruto embrujado». Me eché a reír, sin creer ni una palabra de aquello; pero luego, reflexionando, sentía que dentro de mí volvía a encenderse la esperanza. Había olvidado esta sensación y pensé en el fruto descrito y en los ocho meses anteriores. «Es verdad – dije -, he comido ese fruto», y recordé también que no quería comerlo por una instintiva repulsión hacia la persona que me lo ofrecía. Todo coincidía y entonces escuché también el consejo acerca del remedio que me sugirieron: las bendiciones.

Busqué un exorcista y después de las diversas risotadas de los curas o de los obispos y las humillaciones que me infligieron, por las cuales descubría un aspecto de la Iglesia afeado por sus mismos pastores, llegué al padre Amorth. Recuerdo muy bien aquel día; aún no sabía qué era una bendición particular: pensaba en una señal de la cruz, como hace el cura después de la misa. Me senté, él me puso la estola en torno a los hombros y una mano en la cabeza; empezó a rezar en latín y yo no entendía nada. Al poco rato, algo así como un rocío fresco, es más, helado, me bajó de la cabeza al resto del cuerpo. Por primera vez, después de casi un año, la fiebre me abandonaba. No dije nada; él continuó y poco a poco la esperanza volvía a vivir en mí, la luz del día volvía a ser luz, el canto de los pájaros ya no se parecía al graznar de los cuervos, y los ruidos exteriores ya no eran obsesivos, sino que se habían vuelto simples ruidos; de hecho, llevaba siempre tapones en los oídos porque hasta el menor ruido me hacía saltar.

El padre Amorth me dijo que volviera y, apenas salí, tuve grandes deseos de sonreír, de cantar, de disfrutar: «Qué bien – dije -, se acabó». Era verdad, era verdad todo aquello que había sentido: era la rabia de «alguien» que me odiaba y no una locura mía lo que me hacía todo aquel daño. «Es verdad - repetía mientras iba solo dentro del coche -, todo es verdad». Hoy han pasado tres años y, poco a poco, después de una bendición tras otra, he vuelto a la normalidad y he descubierto que la felicidad viene de Dios y no de nuestras conquistas o de nuestros afanes.

El mal, la llamada desdicha, la tristeza, la angustia, el brinco continuo de las piernas, la rigidez de los nervios, el agotamiento nervioso, el insomnio, el temor a la esquizofrenia o a la epilepsia (había tenido realmente algunas caídas) y tantas otras enfermedades de las que era víctima, desaparecían al sonido de una simple bendición. Hace tres años que tengo una prueba tras otra que demuestran, sólo a mí naturalmente, que el demonio existe y actúa mucho más de lo que creemos y que hace lo imposible para no dejarse descubrir hasta convencernos de que estamos enfermos de esto o aquello, cuando él es el autor de todo mal y tiembla ante un sacerdote con el aspersorio en la mano.

He querido relatar mi experiencia para invitar a cuantos la lean a someter a examen este aspecto de nuestra vida que yo, por desgracia, he experimentado plenamente. En conclusión, me siento feliz de que Dios haya permitido que se me haga esta enorme prueba, porque ahora comienzo a gozar de los frutos de tanto sufrimiento. Tengo el ánimo más puro y veo lo que antes no veía. Sobre todo soy menos escéptico y más atento a la realidad que me rodea. Creía que Dios me había dejado y, en cambio, era precisamente entonces cuando me estaba probando, a fin de prepararme para encontrarlo.

Con este escrito también quiero estimular a quienes están enfermos como lo estuve yo a que no se desanimen ya que, aunque parezca evidente, no hay que creer ni siquiera en la evidencia, o sea que Dios nos abandone. No es así y al final se tiene la prueba de ello. Hay que perseverar, incluso durante años. Además, debo hacer una precisión: que las bendiciones tienen un efecto tanto más intenso cuanto más lo quiere Dios y no dependen de la voluntad del exorcista o del exorcizado; y que según mi experiencia, esta intensidad depende mucho más de la voluntad de conversión del sujeto que de las prácticas exorcistas. La confesión y la comunión valen como un gran exorcismo. Especialmente en las confesiones, si están bien hechas, he sentido la inmediata desaparición de los tormentos antes mencionados; y en las comuniones, una dulzura nueva que no pensaba que pudiera existir.

También hace años, antes de todos aquellos sufrimientos, me confesaba y comulgaba; pero como no sufría, no podía darme cuenta, si puede decirse así, respecto de qué me había vuelto inmune. Ahora lo sé e invito sobre todo a los tibios a creer que Dios está realmente presente en la puerta del confesionario y en la hostia, que a menudo tomamos con gran indiferencia.

Además, invito a los escépticos a creer, antes de que «alguien» les ayude a la fuerza como me ha ocurrido a mí. Para terminar, me dirijo con una invitación a los pobres, porque nadie lo es más que ellos, a los poseídos, a los odiados por Satanás, que se sirve de sus mismos conocidos para matarlos u oprimirlos. No perdáis la fe, no rechacéis la esperanza, no sometáis la voluntad a las insinuaciones violentas y a los fantasmas que el maligno os presenta.

Éste es su verdadero objetivo y no el de causar sufrimientos o procurar el mal. Él no busca nuestro dolor, sino algo más: quiere que nuestra alma derrotada diga: «Basta, estoy vencido, soy un juguete en manos del mal; Dios no es capaz de liberarme; Dios se olvida de sus hijos si permite tales sufrimientos; Dios no me ama, el mal es superior a Él».

Ésta es la verdadera victoria del mal a la cual debemos responder, aunque hayamos perdido la fe, ofuscada por el dolor. «Nosotros queremos querer la fe»; queremos querer; el demonio no puede tocar esta voluntad, es nuestra voluntad; no es ni de Dios ni del diablo, sino sólo nuestra, porque Dios nos la dio cuando nos creó; por lo tanto, debemos decir siempre que no a quien nos la quiere echar por tierra y debemos creer (con san Pablo) que, al oír el Nombre de Jesús, caen de rodillas «todos los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra».

Ésta es nuestra salvación. Si no creemos con firmeza, el mal que nos ha sido impuesto, ya sea con maleficios o con hechizos, puede durar años, sin que experimentemos mejora. Además, para aquellos que creen haber enloquecido ya y no ven remedio, yo puedo testimoniar que después de muchas bendiciones este mal pasa como si nunca hubiese existido; por eso no debemos temerlo, sino alabar a Dios por la cruz que nos da. Porque después de la cruz está siempre la resurrección, como después de la noche viene el día; así han sido creadas todas las cosas. Dios no miente y nos ha elegido para acompañar a Jesús en Getsemani, haciéndole compañía en su dolor, para resucitar con Él.

Ofrezco a María Inmaculada este testimonio para que lo haga fructificar por el bien de mis hermanos de dolor. Respondo con el amor, el perdón, la sonrisa y la bendición a aquellos que han sido instrumentos del diablo para darme el martirio que he padecido.

Ruego que mi sufrimiento les haga entrever la luz que también yo he recibido gratuitamente de nuestro Dios maravilloso.

Publicado por Wilson