jueves, 30 de julio de 2009

MI HIJA... NO ME TIENE CONFIANZA


En este mensaje tratamos el siguiente caso de una mujer que «descargó su conciencia» de manera anónima autorizándonos a que la citáramos:

«Tengo una hija de quince años. Desde que cumplió los quince, la siento más alejada de mí... Ella ahora no tiene confianza conmigo... Tiempo atrás... anduve... cometiendo muchos errores... Estuve con muchos hombres. Mi hija conoció a cuatro de ellos. Yo sé que le di mal ejemplo. Creo que por eso ella no me tiene confianza. Prefiere hablar con sus amigas que conmigo... y me duele mucho que no me cuente sus cosas. Quiero ser una amiga, mamá, compañera, confidente; pero no lo consigo. Por favor, necesito un consejo»

Este es el consejo que le dimos.

Estimada amiga:
Casi toda madre que haya tenido una hija adolescente puede identificarse con lo que usted está sintiendo. Se debe a que, en casi toda relación entre padres e hijos, tarde o temprano es de esperarse la experiencia que usted ha tenido con su hija.

Su hija ya no es una niña. Ya casi es adulta, y eso implica independencia de sus padres. Como ella ansía llegar a ser toda una mujer, la aleja a usted a fin de hacer lo posible por independizarse cuanto antes. Cuando les tiene confianza a sus amigas y no a usted, ella está estableciendo un límite entre usted y ella. No es señal de que la esté rechazando a usted, sino de su deseo de independencia...

Todos hemos hecho cosas que no debimos haber hecho. El apóstol Pablo dijo que todos hemos pecado y que por eso estamos privados de la gloria de Dios. Usted está sintiendo una gran culpa a causa de su pecado pasado. Para que sea posible librarse de la culpa de ese pecado, tiene que pagarse un castigo. ¿Cuál es, entonces, ese castigo? San Pablo nos dio la respuesta más adelante: «La paga del pecado es muerte, mientras que la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor» Con esa declaración dejó en claro que, si bien el castigo de nuestro pecado es la muerte, Jesucristo pagó ese castigo en nuestro lugar cuando murió en la cruz.

Ahora usted no tiene que hacer más que aceptar la muerte de Cristo en reemplazo de la suya, y pedirle a Dios que la perdone y que le conceda la vida eterna que Él ofrece. Cristo jamás pecó, así que el castigo que pagó fue en el lugar de usted. Él borrará no sólo el pecado que usted ha cometido, sino también el gran peso de la culpa que sigue sintiendo. Pídale en oración que lo haga ahora mismo...

Es posible que algún día se cumpla el deseo que usted tiene de ser la amiga, compañera y confidente de su hija... Por ahora, conténtese con ser una buena madre. Ámela aun cuando ella no corresponda a su amor. Acéptela aun cuando ella la rechace a usted...
Le aseguramos que valdrá la pena.
Linda y Carlos Rey

miércoles, 29 de julio de 2009

EL MÁS ALLÁ


Aunque a veces se dan conversiones a última hora, éstas son pocas. Lo normal es que cada cual muera conforme ha vivido.

EL QUE PECA MORTALMENTE Y MUERE SIN ARREPENTIRSE DE SUS PECADOS MORTALES SE VA AL INFIERNO
Vive siempre como quien has de morir, pues es ciertísimo que, antes o después, todos moriremos.
En la puerta de entrada al cementerio de El Puerto de Santa María se lee: «Hodie mihi, cras tibi» que significa: «Hoy me ha tocado a mí, mañana te tocará a ti». Esto es evidente. Aunque no sabemos cómo, ni cuándo, ni dónde; pero quien se equivoca en este trance no podrá rectificar en toda la eternidad. Por eso tiene tanta importancia el morir en gracia de Dios. Y como la vida, así será la muerte: vida mala, muerte mala; vida buena, muerte buena. Aunque a veces se dan conversiones a última hora, éstas son pocas; y no siempre ofrecen garantías. Lo normal es que cada cual muera conforme ha vivido.

Es impresionante la muerte de Voltaire (Francisco M Arouet). Murió la noche del 30 al 31 de mayo de 1778, a los ochenta y cuatro años de edad. Fue un hombre impío y blasfemo. En la hora de la muerte pidió un sacerdote, pero sus amigos se lo impidieron. Murió con horribles manifestaciones de desesperación, bebiéndose sus propios excrementos, como cuenta la marquesa de Villate, en cuya casa murió (977).

Con la muerte termina para el hombre el estado de viajero, y se llega al término que permanecerá inmutable por toda la eternidad. Más allá de la muerte no hay posibilidad de cambiar el destino que el hombre mereció al morir. Después de la muerte nadie puede merecer o desmerecer. Ha terminado para el alma el estado de vía y ha entrado para siempre en el estado de término.

Hay personas que se acomodan en esta vida como si ésta fuera para siempre y definitiva. Esto es una equivocación. Debemos vivir en esta vida orientados a la otra, a la eterna, que es realmente la definitiva. Por lo tanto debemos aprovechar esta vida lo más posible para hacer el bien.

En la muerte se separa el alma del cuerpo. El cuerpo va a la sepultura y allí se convierte en polvo. El alma, en cambio, constitutivo esencial de la persona, sigue viviendo.

En el mismo instante de la muerte Dios nos juzga. Esto es dogma de fe (978). Inmediatamente después de la muerte los que mueren en pecado mortal actual se van al infierno; y al cielo - después de sufrir la purificación, los que la necesiten - las almas de todos los santos.

Dice San Pablo: «Cada cual dará a Dios cuenta de sí» (979) «Dios dará a cada uno según sus obras» (980).

Si hemos muerto en paz con Dios, sin pecado mortal, el alma es destinada a ser eternamente feliz en el cielo; pero si hemos muerto en pecado mortal, es destinada a ser eternamente desgraciada en el infierno.

Dice San Juan: «Los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida; y los que hayan hecho el mal, para la condenación» (981).

El hombre materialista es vencido por la muerte. Sólo Dios nos da la vida eterna. La fe y la fidelidad a Dios es el supremo modo de vivir en esta vida, y de esperar con ilusión la eternidad.

EL INFIERNO ES EL TORMENTO ETERNO DE LOS QUE MUEREN SIN ARREPENTIRSE DE SUS PECADOS MORTALES

El infierno es el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno.La existencia del infierno eterno es dogma de fe. Está definido en el Concilio IV de Letrán (982). Siguiendo las enseñanzas de Cristo, la Iglesia advierte a los fieles de la triste y lamentable realidad de la muerte eterna, llamada también infierno.

«Dios quiere que todos los hombres se salven» (983).

Pero el hombre puede decir no al plan salvador de Dios, y elegir el infierno viviendo de espaldas a Él. El pecado es obra del hombre, y el infierno es fruto del pecado. El infierno es la consecuencia de que un pecador ha muerto sin pedir perdón de sus pecados. Lo mismo que el suspenso de una asignatura es la consecuencia de que el estudiante no sabe.

Jesucristo habla en el Evangelio quince veces del infierno, y catorce veces dice que en el infierno hay fuego. Y en el Nuevo Testamento se dice veintitrés veces que hay fuego. Aunque este fuego es de características distintas del de la Tierra, pues atormenta los espíritus, Jesucristo no ha encontrado otra palabra que exprese mejor ese tormento del infierno, y por eso la repite. La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe dijo, el 17 de mayo de 1979, que «aunque la palabra "fuego" es sólo una "imagen", debe ser tratada con todo respeto».

En el infierno hay otro tormento que es el más terrible de todas las penas del infierno. Según San Juan Crisóstomo, es mil veces peor que el fuego. (984).

San Agustín dice que no conocemos un tormento que se le pueda comparar (985).

Los teólogos lo llaman pena de daño. Es una angustia terrible, una especie de desesperación suprema que tortura al condenado, al ver que por su culpa perdió el cielo, no gozará de Dios y se ha condenado para siempre. La Biblia pone en boca del condenado un grito terrible: «Me he equivocado» (986).

Ahora, como no entendemos bien ni el cielo ni el infierno, no comprendemos esta pena, pero entonces veremos todo su horror.

No hay que confundir «el infierno» con «los infiernos» a los que fue Cristo después de morir.

Rezamos en el credo de los Apóstoles: «Descendió a los infiernos».
Aquí «los infiernos» se refiere al «lugar de los muertos», como se dice en el Canon IV de la Misa. Era el «Sheol» para los judíos. Allí fue Cristo a anunciarles la Redención. A la morada de los muertos también la llamamos «el limbo de los justos» (987).

Los Testigos de Jehová niegan la existencia del infierno basados en que Cristo, a veces, empleó la palabra «sheol» que significa tumba.

Pero la palabra «sheol» significa infierno en el sentido teológico, pues si las almas de los justos son librados por Dios del «sheol», éste no podemos considerarlo como domicilio común de todos los muertos. Pero la doctrina católica sobre la existencia del infierno no se basa en palabras metafóricas que Cristo pudo emplear en alguna ocasión, sino en la doctrina que desarrolló repetidas veces en sus enseñanzas, tal como se contiene en el Evangelio.

El infierno es la negación del amor y el fracaso de nuestra libertad.
El infierno es la condenación eterna. Es el fracaso definitivo del hombre. Aquel que, con plena conciencia de lo que hace, rechaza la palabra de Cristo y la salvación que le ofrece; o quien, luego de aceptarla, se comporta obstinadamente en contra de su ley; o aquel que vive en oposición con su conciencia: éstos tales no llegarán a su destino de bienaventuranza y quedarán, por desgracia suya, alejados de Dios para siempre.

Puede ser interesante mi vídeo «El infierno: fracaso definitivo».
A algunos, que no han estudiado a fondo la Religión, les parece que siendo Dios misericordioso no va a mandarnos a un castigo eterno. Sin embargo, que el infierno es eterno es dogma de fe (988).

Pero hemos de tener en cuenta que Dios no nos manda al infierno; somos nosotros los que libremente lo elegimos. Él ve con pena que nosotros le rechazamos a Él por el pecado; pero nos ha hecho libres y no quiere privarnos de la libertad que es consecuencia de la inteligencia que nos ha dado. Jesucristo nos enseñó clarísimamente la gran misericordia de Dios. Pero también nos dice que el infierno es eterno. Cristo afirmó la existencia de una pena eterna, entre otras veces, cuando habló del juicio final: «Dirá a los de la izquierda: apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo» (989). Y después añade que los malos «irán al suplicio eterno y los justos a la vida eterna» (990).

Es dogma de fe que existe un infierno eterno para los pecadores que mueran sin arrepentirse.
Aunque Dios es misericordioso, también es justo. Dice la Sagrada Escritura: «Tan grande como ha sido mi misericordia, será también mi justicia» (991).

Y su misericordia no puede oponerse a su justicia.
Como es misericordioso, perdona siempre al que se arrepiente de su pecado; pero como es justo, no puede perdonar al que no se arrepiente.

La justicia exige reparación del orden violado. Por lo tanto, el que libre y voluntariamente pecó y muere sin arrepentirse de su pecado, merece un castigo. Y este castigo ha de durar mientras no se repare la falta por el arrepentimiento; pues las faltas morales no se pueden reparar sin arrepentimiento. Sería una monstruosidad perdonar al que no quiere arrepentirse.

Dice Santo Tomás que Dios no puede perdonar al pecador sin que éste se arrepienta previamente (992).

Fiémonos de Él que está arriba y ve más. El que está en la cumbre señala mejor el camino de la subida que el que está abajo, que no ve que el camino que él cree mejor está cortado por un precipicio tras unas peñas. El buen padre de familia quita a su hijo de botones para que aprenda un oficio. De momento deja de ganar unas pesetas; pero de botones sólo aprende a llevar cartas y a cerrar puertas, y cuando, por la edad, tenga que dejar el oficio, será un hombre inútil. Aprender un oficio es a la larga mucho mejor. Dios nos guía como un padre de familia a sus hijos.

El infierno existe, no porque lo quiera Dios, que no lo quiere; sino porque el hombre libre puede optar contra Dios. No es necesario que sea una acción explícita. Se puede negar a Dios implícitamente, con las obras de la vida. Si negamos la posibilidad del hombre para pecar, suprimimos la libertad del hombre. Si el hombre no es libre para decir NO a Dios, tampoco lo sería para decirle SI. La posibilidad de optar por Dios incluye la posibilidad de rechazarlo.

El gran misterio del infierno es que aunque Dios desea la salvación de todos los hombres, nosotros somos capaces de condenarnos. Dios nos ha creado libres y quiere que nos comportemos como tales. Negar la posibilidad de condenarnos es negar la libertad del hombre. Es anular al hombre. Afirmar que existe el infierno es tomar en serio la libertad del hombre. Dios ofrece la salvación, no la impone. El infierno es el respeto de Dios por tu última voluntad. Si tú libremente elegiste el pecado, mientras no te retractes, Dios te respeta. Y como con la muerte se acaba tu libertad, no cambiarás eternamente.

Se presenta el problema del mal.
El mal es un misterio que supera el entendimiento humano. Nos debe bastar el saber que Dios saca bienes de los males. Por ejemplo, para que el pecador reconozca su falta y se arrepienta; para que el justo expíe sus faltas en este mundo, gane así mayor gloria en el cielo, y dé buen ejemplo al prójimo con su paciencia; para que los hombres vivan más despegados de las cosas de la Tierra, porque esta vida es tiempo de prueba y no de premio, etc.

A veces, es difícil consolar a unos padres que han perdido a su niño angelical. Pero no podemos olvidar que Dios es padre amorosísimo, y no permite nada que no sea en bien nuestro. Dios conoce el futuro, y sabe si esa criatura angelical va a perseverar así o se va a torcer con gran daño para sí y para sus padres. Puede ser que la muerte angelical de ahora sería muy diferente el día de mañana.

Confiemos en que los planes de Dios son siempre para nuestro mayor bien.
Puede ser que en un caso concreto, no alcancemos a ver el bien que Dios saca de ese mal. Pero ya nos dice San Pablo que para los que aman a Dios, todo coopera en su bien.

Dios en su infinita Sabiduría subordina un bien inferior a un bien superior, el bien material al espiritual, el físico al moral, el profano al religioso, el terreno al celestial; porque no estamos hechos para la tierra sino para el cielo, no para el tiempo sino para la eternidad.

Sin negar el problema del mal, vamos a dar algunas ideas aclaratorias.
En el hombre el mal físico produce dolor, y el mal moral es producido por el pecado. El mal físico es consecuencia de las leyes de la Naturaleza. El mal moral es consecuencia del mal uso de la libertad humana. Para evitar el mal moral, Dios tendría que quitar la libertad al hombre. Todo hombre libre es capaz de pecar. Y un hombre sin libertad dejaría de ser hombre. La libertad para ser bueno o ser malo es lo que hace meritorio ser bueno. Y hacer méritos para la vida eterna, es para lo que Dios nos ha puesto en la Tierra. Dice San Pablo: «Sabemos que Dios hace converger todas las cosas para el bien de aquellos que le aman» (995).

Si Dios impidiera al hombre hacer el mal, violentaría su libertad.
Dios tiene sus razones para permitir el mal. A nosotros nos basta con saber que Dios tiene Providencia, aunque desconozcamos sus caminos. La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo conoceremos plenamente en la vida eterna.

Evidentemente que Dios pudo haber hecho un mundo con otras leyes físicas. Pero todo mundo imaginable es perfectible. Para no poder ser superado hay que ser Dios, que es el único ser Omniperfecto. Dios ha pensado que este mundo es suficientemente bueno para que en él viva el hombre, y gane la gloria eterna que es el fin para el cual ha sido creado.

Pero, sobre todo, la respuesta al dolor es Cristo, que quiso pasarlo primero para animarnos a sufrir. Como la madre que prueba primero la sopa delante del niño, que no quiere comer, para animarle. El sufrimiento humano, individual o colectivo, a veces sólo tiene una respuesta: Cristo crucificado.

La Redención de la humanidad se ha hecho por el dolor. Por eso muchos santos han amado el dolor. El calvario se ha convertido en la meta ideal, según aquello de San Pablo que «no quería gloriarse de otra cosa que no fuera la cruz de Cristo» (996).

Mal es la carencia de un bien debido. Para la piedra no es un mal el no poder ver, pero sí lo sería para mí. En cambio para mí no es mal no tener alas, pero sí lo sería para un águila. Por eso dice Santo Tomás que el mal no es cualquier carencia de un bien, sino la carencia de un bien propio de una determinada criatura.

El único mal absoluto es el infierno: Todos los demás males son relativos: para unos sí, y para otros no; en un sentido sí y en otro no. Un terremoto puede ser un mal para mí, que en él he perdido mi casa y algunos seres queridos; pero no lo es para la Tierra que ha conseguido más estabilidad en su masa. Una enfermedad es un mal para mí en el sentido de que me hace sufrir, pero puede ser un bien si con ella me santifico y merezco más para el cielo.

Y por extraña paradoja, el sufrir por amor a Cristo es una fuente inefable de consuelo. También lo dijo San Pablo: «Sobreabundó de gozo en medio de mis tribulaciones» (997).

Y es que el sacrificio realizado por amor pierde toda su dureza.
Incluso se convierte en alegría cuando se ama de verdad. Y además, la esperanza de la gloria. El dolor pasará, las tribulaciones se acabarán, el sufrimiento se extinguirá para siempre. Y todo ello quedará substituido por una sublime e incomparable gloria que no terminará jamás. Por eso dice San Pablo: «qué tienen que ver las amarguras y tribulaciones de la tierra si las comparamos con la inmensa gloria que nos aguarda en la eternidad» (998).

El cristiano no permanece pasivo ante el dolor propio o ajeno, y procura prevenirlo con todos los medios lícitos de que dispone. (...)
Cuando los recursos humanos se han venido abajo, cuando la CIENCIA Y EL AMOR SE HAN DECLARADO IMPOTENTES, EL CRISTIANO TIENE TODAVÍA un refugio. Para él, el cielo no está vacío. En él vive un Dios bueno, sabio y omnipotente del cual dependen todos los acontecimientos de la vida y todos los fenómenos del universo. Un Dios que conoce nuestras miserias y oye nuestras voces de auxilio, y puede, si le parece bien, socorrernos y consolarnos.

Y cuando la oración no es oída enseguida, el cristiano no se desanima. (...) Sabe aceptar con serena resignación los designios inescrutables de Dios, que es el más amoroso de los padres.

99,5. Todas las cosas tienen pros y contras. La electricidad nos trae muchos bienes (iluminación, telecomunicación, motores, etc.); pero también puede provocar un incendio por cortocircuito y matar por electrocución. A pesar de los peligros que supone la electricidad no por eso dejas de poner en tu casa instalación eléctrica. El mundo que Dios ha hecho tiene muchas cosas buenas, pero a veces ocurren adversidades y contratiempos. Son consecuencias de que el mundo es un ser en evolución. La dinámica de la evolución provoca contrastes y conflictos. A veces ocurren cosas que no comprendemos. Pero es absurdo querer entender a Dios al modo humano. Es como si un animal quisiera entender las ideas filosóficas humanas: es imposible.

Es lógico que el hombre no entienda a veces el proceder de Dios. A nosotros nos basta saber que Dios es Padre, y permite el sufrimiento para nuestro bien. Lo mismo que una madre le pone a su hijo una inyección que éste necesita, aunque le duela. Dios deja actuar las leyes de la naturaleza y la libertad de los hombres, y no los mueve como el jugador de ajedrez las piezas.

Sin embargo, ha de ser un consuelo para nosotros saber que en igualdad de circunstancias, en el cielo gozan más, los que más han sufrido en este mundo con cristiana resignación. Es consolador saber que el sufrir pasa, pero el premio de haber sufrido por amor a Dios durará eternamente. En el cielo bendeciremos a Dios por aquellos sufrimientos que nos han merecido tanta gloria eterna.

No nos engañemos con el aparente triunfo de algunos malos. En primer lugar, porque el triunfo del malo se limita a esta vida, donde la experiencia enseña que no se da triunfo completo y libre de mal. Pero, sobre todo, porque el que peca es un fracasado para la eternidad, que es donde el fracaso es completo e irremediable. El único que triunfa es quien se salva.

Ahora bien, como la muerte pone fin a la vida, el arrepentimiento se hace ya imposible, porque después de la muerte ya no habrá posibilidad de arrepentirse. (993).
Después de la muerte no se puede merecer nada: con la muerte se acaba el tiempo de merecer. (994).

La falta del pecador que murió sin arrepentirse queda irreparada para siempre, luego para siempre ha de durar también el castigo.
En el infierno no es posible el arrepentimiento, lo mismo que en el cielo no es posible pecar. Los bienaventurados del cielo se sienten tan atraídos por el amor de Dios, que el atractivo del pecado les deja indiferentes.

"Dios es infinitamente justo y no puede quedar indiferente ante las maldades que se hacen en este mundo. Cómo van a estar lo mismo en la otra vida, el asesino, el ladrón, el egoísta y el vicioso, que el honrado y caritativo con todo el mundo"
Evidentemente tiene que haber un castigo para tanta injusticia, tanto crimen y tanta maldad como queda en este mundo sin castigo. El temor al infierno no es el mejor motivo para servir a Dios. Es mucho mejor servirle por amor, como a un Padre nuestro que es. Pero somos tan miserables que a veces no nos bastará el amor de Dios, y conviene que tengamos en cuenta el castigo eterno, porque es una realidad. Cristo nos lo avisa para que nos libremos de él.

Se oye decir de labios irresponsables: Hoy a la juventud no le interesa la religión del miedo o de las seguridades. Depende: tener miedo a cosas irreales es de idiotas; pero cerrar los ojos a los peligros reales es de imbéciles. Lo mismo: buscar seguridades ficticias es de idiotas; pero despreciar seguridades reales y preferir inseguridades, es de imbéciles.

El concepto de eternidad se opone al concepto de tiempo, que supone un antes y un después. La eternidad supone una duración ilimitada, una permanencia interminable. Una imagen que puede ayudar a entender la eternidad es un reloj pintado a las nueve en punto. Por mucho que esperemos, nunca señalará las nueve y cinco.

Debemos pedir a Dios muy a menudo que nos proteja en las necesidades de la vida. Dios tiene en su mano todos los acontecimientos de la vida y los gobierna con amorosa Providencia.

Dios está siempre presente en nuestras vidas. Nos ayuda y protege continuamente. Pero muchas personas sólo se acuerdan de Él cuando lo necesitan. Lo mismo pasa con el aire, que sólo nos acordamos de él cuando nos falta para respirar.

Sabemos que Dios es bueno y cuida de nosotros; aunque a veces no entendamos su Providencia.
Jorge Loring

¿EL CURA DE ESPALDAS?


El cardenal Ratzinger explicó el verdadero sentido.

El cardenal Ratzinger, hoy Su Santidad Benedicto XVI, escribió en el año 2003 el prólogo del libro Volverse hacia el Señor, de Uwe Michael Lang, que ahora publica en español la editorial Cristiandad. En él recoge el verdadero significado de la celebración eucarística en latín y con el sacerdote en la posición que, desacertadamente, se ha dado en llamar de espaldas al pueblo:

Para el cristiano que asiste regularmente a la celebración de la liturgia, los dos efectos más obvios de la reforma litúrgica llevada a cabo por el Concilio Vaticano II parecen ser la desaparición del latín y la colocación del altar cara al pueblo. El que lea los textos más relevantes de la Constitución conciliar no podrá menos de extrañarse de que ninguno de esos elementos se encuentre literalmente en los documentos del Concilio.

No cabe duda de que el empleo de las lenguas vernáculas está permitido, sobre todo en la liturgia de la Palabra, pero la regla general que precede al texto conciliar dice literalmente: «Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular» (Sacrosanctum Concilium 36, 1). Sobre la orientación del altar de cara al pueblo, el texto no dice nada; ese detalle no aparece más que en las Instrucciones postconciliares. La directiva más importante se encuentra en el párrafo 262 de la Institutio Generalis Missalis Romani (Instrucción General sobre el nuevo Misal Romano), publicada en 1969, que dice así: «Es preferible que el altar mayor se encuentre exento, y no pegado a la pared, de modo que se pueda rodear fácilmente y celebrar el servicio divino cara al pueblo (versus populum)». Y la Instrucción General sobre el Misal, publicada en 2002, mantiene el texto inalterado, aunque añade una cláusula subordinada: «Lo cual es deseable siempre que sea posible».

En muchos sectores, esta cláusula se interpretó como una manera de forzar el texto de 1969, para hacerle decir que, en adelante, era obligatorio colocar el altar de cara al pueblo, donde fuera posible. Sin embargo, esa interpretación fue rechazada el 25 de septiembre de 2000 por la Congregación para el Culto Divino, al declarar que el término expedit (es deseable) no implicaba una obligación, sino que era sólo una sugerencia. La Congregación decía que la orientación material debe distinguirse de la espiritual. Aunque el sacerdote celebre versus populum, siempre tendrá que estar orientado hacia Dios por medio de Jesucristo (versus Deum per Iesum Christum). Los ritos, los signos, los símbolos y las palabras jamás podrán explicar de manera exhaustiva la realidad misma del misterio de la salvación. Por eso, la Congregación añade una advertencia contra cualquier postura unilateral y rígida en este debate. Es una clarificación importante, porque da a entender lo que en las formas simbólicas externas de la liturgia es puramente relativo, y se opone al fanatismo que, por desgracia, ha sido tan frecuente en las controversias de los últimos cuarenta años. Al mismo tiempo, subraya el dinamismo interior de la acción litúrgica, que jamás podrá expresarse en su totalidad por medio de fórmulas puramente externas. Y esa orientación interior es válida tanto para el sacerdote como para el pueblo congregado; es una orientación hacia el Señor.

El liturgista de Innsbruck Josef Andreas Jungmann, uno de los arquitectos de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, se declaró desde el principio abiertamente opuesto a la expresión polémica de que, antes, el sacerdote celebraba de espaldas al pueblo. Jungmann insistía en que el tema de discusión no era el hecho de que el sacerdote diera la espalda al pueblo, sino, al contrario, que estuviera en la misma dirección que el pueblo. La liturgia de la Palabra tiene carácter de proclamación y diálogo, al que pertenecen esencialmente exhortación y respuesta. Por el contrario, en la liturgia eucarística el sacerdote lidera al pueblo en la plegaria y se dirige a Dios en unión con el pueblo.
Autor: Joseph Ratzinger

LA CRISIS SEGÚN ALBERT EINSTEIN


No pretendamos que las cosas cambien, si siempre hacemos lo mismo. La crisis, es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura.

§ Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias.
§ Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar superado.
§ Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias, violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones.
§ La verdadera crisis, es la crisis de la incompetencia.

El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones. Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos.

Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia. Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto, trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora, que es la tragedia de no querer luchar por superarla.
Albert Einstein
1879-1955

EL CORAZÓN DEL CRISTIANISMO


ECLESALIA - 29/07/09.- La gente necesita a Jesús y lo busca. Hay algo en él que los atrae, pero todavía no saben exactamente por qué lo buscan ni para qué. Según el evangelista, muchos lo hacen porque el día anterior les ha distribuido pan para saciar su hambre.

Jesús comienza a conversar con ellos. Hay cosas que conviene aclarar desde el principio. El pan material es muy importante. Él mismo les ha enseñado a pedir a Dios «el pan de cada día» para todos. Pero el ser humano necesita algo más. Jesús quiere ofrecerles un alimento que puede saciar para siempre su hambre de vida.

La gente intuye que Jesús les está abriendo un horizonte nuevo, pero no saben qué hacer, ni por dónde empezar. El evangelista resume sus interrogantes con estas palabras: «y ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere. Hay en ellos un deseo sincero de acertar. Quieren trabajar en lo que Dios quiere, pero, acostumbrados a pensarlo todo desde la Ley, preguntan a Jesús qué obras, prácticas y observancias nuevas tienen que tener en cuenta.

La respuesta de Jesús toca el corazón del cristianismo: «la obra en singular!) que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado». Dios sólo quiere que crean en Jesucristo pues es el gran regalo que él ha enviado al mundo. Ésta es la nueva exigencia. En esto han de trabajar. Lo demás es secundario.

Después de veinte siglos de cristianismo, ¿no necesitamos descubrir de nuevo que toda la fuerza y la originalidad de la Iglesia está en creer en Jesucristo y seguirlo? ¿No necesitamos pasar de la actitud de adeptos de una religión de "creencias" y de "prácticas" a vivir como discípulos de Jesús?

La fe cristiana no consiste primordialmente en ir cumpliendo correctamente un código de prácticas y observancias nuevas, superiores a las del antiguo testamento. No. La identidad cristiana está en aprender a vivir un estilo de vida que nace de la relación viva y confiada en Jesús el Cristo. Nos vamos haciendo cristianos en la medida en que aprendemos a pensar, sentir, amar, trabajar, sufrir y vivir como Jesús.

Ser cristiano exige hoy una experiencia de Jesús y una identificación con su proyecto que no se requería hace unos años para ser un buen practicante. Para subsistir en medio de la sociedad laica, las comunidades cristianas necesitan cuidar más que nunca la adhesión y el contacto vital con Jesús el Cristo.
José Antonio Pagola

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

DEJA QUE TU PADRE TE DÉ UN BESO


La balsa de goma corrió desbocada sobre los furiosos rápidos del río Colorado, en el Gran Cañón.

Navegaban en la balsa tres hombres impetuosos. De repente la balsa dio contra una afilada punta de una roca, y estalló como un globo. Los tres hombres cayeron a las turbulentas aguas.

Harris Frank, de sesenta y cinco años de edad, hombre recio y duro, luchó por su vida. Tenía una clavícula fracturada y la mano izquierda casi seccionada. De los otros hombres, su hijo John de cuarenta años, y su nieto Tyler de dieciocho, no supo nada. En su agonía clamó a Dios diciendo: «Señor de los cielos, sálvame a mí y sálvalos a ellos» Después de dos horas fue rescatado.

Cuando su hijo y su nieto fueron a verlo al hospital, Harris Frank, con lágrimas en los ojos, dijo: «Deja que tu padre te dé un beso» Este era el primer beso que aquel padre le daba al hijo en cuarenta años de vida.

Harris Frank no era un hombre malo. Era un hombre duro, eso sí, de los que piensan que besar a un hijo es señal de debilidad, cosa de mujeres. Pero él no era malo. Sin embargo, esos momentos de peligro, cuando parece que se ha llegado al fin de la vida y se abre por delante el abismo negro de la muerte, sirven para ablandar la mente y el corazón. El hombre más duro se enternece, y los ojos sin lágrimas se humedecen.

Muchos padres piensan que para hacer que sus hijos sean hombres tienen que tratarlos con dureza e insensibilidad. No deben nunca mostrarles cariño ni darles un abrazo. Pero cuando acecha la muerte o golpea la desgracia, se dan cuenta de que la vida natural no es así. Ellos también, por duros que sean, sienten emociones que los mueven a llorar, a asustarse y a clamar a Dios. Cuenta Harris Frank, en su relato, que vio una especie de catedral blanca en los cielos, y eso lo hizo clamar a Dios.

¿Cómo debe relacionarse, entonces, el padre con su hijo? Si el hijo está en la cunita y todavía viste pañales, debe ir y darle un beso. Si el hijo tiene dieciocho años y está sufriendo sus primeros problemas emocionales, debe abrazarlo, darle un beso y confortarlo. Y aun si el hijo tiene cuarenta años de edad y está pasando por una crisis en su vida, debe darle un abrazo y un beso. ¿Acaso por eso deja de ser su hijo?

Los hijos, especialmente los hijos varones, necesitan ver en su padre esa transparencia emocional que les asegura que son amados de quien más necesitan amor. Amemos a nuestros hijos con el amor con que Dios ama a su Hijo Jesucristo, y lloremos con ellos.
Por: El Hermano Pablo

HAY MUCHOS POSEÍDOS, YO PASÓ DOCE HORAS AL DÍA HACIENDO EXORCISMOS


EL PADRE ENRIQUE GONZÁLEZ ES EL FUNDADOR DEL HOGAR «DON DE MARÍA»
El padre Enrique González es conocido en Madrid, entre otras cosas, por su labor con los menesterosos desde el albergo «don de María» recientemente clausurado por el Ayuntamiento de Madrid. La diócesis de Madrid le ha encargado un difícil ministerio: ser el exorcista oficial. Y asegura que tiene mucho trabajo...

(Álex Navajas/Fe y Razón) El suyo no es el horario de un sacerdote al uso. Se levanta al alba, dedica «unas cuantas horitas a la oración» y después comienza su labor de exorcista. «Desde las once de la mañana hasta las nueve de la noche, literalmente sin parar», puntualiza. Después, la misa, «y luego siempre tengo una, dos, tres personas más». Es el padre Enrique González, exorcista de la archidiócesis de Madrid, quien ha relatado su experiencia en el último número de la revista «Pórtico».

Hay muchos casos.
El sacerdote es enjuto, de sonrisa afable y hablar pausado, con el cabello oscuro como sus vestimentas clericales.
-"¿Realmente hay tantos casos de personas poseídas o, al menos, infestadas por Satanás, como para dedicar 12 horas al día?"
-", - responde el sacerdote con mansedumbre - Y hay de todo: jóvenes hay muchos - agrega - incluso niños. Son personas que están por formarse; tienen toda una vida por delante, una vida que se puede torcer o enderezar, y quizás por eso siento una especial solicitud por mi parte hacia ellos" - confiesa.

El exorcista no es ingenuo: sabe que no todos los que vienen a él «son casos de posesión». Aun así, «la oración, el exorcismo, están destinadas a apartar, a alejar al demonio de la vida de una persona, pues tiene un poder liberador importante». Se trata de una «herramienta» eficaz «para todos», especialmente «para las personas con heridas, con esclavitudes», ya que «les devuelve la libertad».

Cara a cara con Satanás.
El padre Enrique se dedicaba a los pobres en el albergue «El don de María» hasta que el arzobispo de Madrid, el cardenal Rouco, le asignó «para ejercer como exorcista de la catedral». «Yo no me lo he propuesto; Dios ha ido configurando mi vida así y ya está», resuelve. Ahora que es exorcista, contempla «más cercanamente y más cara a cara al diablo». Se trata de «una criatura cuya maldad y odio contra Dios y los hombres es difícil de comprender», afirma. Satanás, según el padre Enrique, «puede aparecer con un rostro inocente o grotesco, pero detrás de ello se esconde una maldad, una inteligencia y un endurecimiento difícil de imaginar».

Una de las armas contra el diablo es invocar la protección de la Virgen. «Hay muchos demonios que no soportan el Avemaría; muchos, muchos», explica. «Sobre todo el rezo repetitivo del Avemaría, que expulsa a muchos demonios, a muchísimos demonios», subraya. Ser exorcista no es un «título». «¡Que no quede exaltada la persona, sino la obra de Dios!, ¿eh, exclama.

Peregrinaciones de 1.500 kilómetros hasta Jerusalén.
La vida del padre Enrique y de los que le asisten - especialmente la hermana Carmela, una religiosa - no se limita a su oficio de exorcista. Ha peregrinado desde Madrid a pie - sin dinero y comiendo de lo que le da la gente - a Santiago y a Covadonga; a Roma y Loreto (Italia); a Lourdes (Francia); a Jerusalén y a Czestochowa (Polonia). Siempre dedica en verano varias semanas, incluso meses, a peregrinar. «Lo más bonito es la experiencia del abandono, el ofrecimiento al amor de Dios que hay en abandonarlo todo, en no tener ningún otro recurso fuera de Dios, en vivir a la intemperie... En fin, todo eso», confiesa.

«No espero nada de este mundo», sentencia el sacerdote madrileño. «La esperanza teologal es la que se apoya sólo en Dios, en el modo de ser de Dios, en la bondad de Dios, en su amor, no en nada humano», prosigue.

De joven pensó en dedicarse a la Química y a la Física. «Pero, luego, Él me fue atrayendo hasta que comprendí que mi vida tenía que dársela a Dios», explica. El sacerdote no tiene reparos en abrir su corazón: «Recuerdo salir muchas noches para estar a solas con Dios y no poder dormir sin saber cuál era la causa de mi angustia y así pasar muchos años y muchas horas de estar a solas con Él y de haber conocido el dolor y la angustia». «Aquí nació mi vocación a la oración, porque sólo encontraba la paz en Dios, a solas con Él en la capilla», apostilla. «Ahora soy sólo oración; no hago otra cosa que rezar por los demás», concluye.
Publicado el 29 Julio 2009

martes, 28 de julio de 2009

¿CÓMO SERÁ LA ETERNIDAD?


¿Cómo será el cielo? Todos nos lo preguntamos, y Don Antonio Orozco nos da las claves para responder esta misteriosa pregunta.

«Mis días se van río abajo, salidos de mí hacia el mar, como las ondas iguales y distintas de la corriente de mi vida: sangres y sueños. Pero yo, río en conciencia, sé que siempre me estoy volviendo a mi fuente».

¿Cómo será el Cielo?
«Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por pensamiento de hombre cuáles cosas tiene Dios preparadas para los que le aman». Sabemos que supera toda posible imaginación, porque la generosidad de Dios y su poder son infinitos. «Sabemos que si esta nuestra casa terrestre se desmorona, tenemos habitación de Dios en los Cielos»; porque «esta es la promesa que Él mismo nos ha hecho: la vida eterna».

Dios mismo, que nos ha creado con un ansia hondísima de vivir siempre, nos asegura que, en efecto, más allá del tiempo - breve en todo caso - nos espera la eterna plenitud del gozo: «Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida».
Es claro que todo hombre tendrá vida eterna. Pero cuando en la Escritura Santa se habla de «vida eterna», se refiere sólo a la de los bienaventurados, porque la otra, la de los que se autocondenen a la lejanía de Dios, más que vida, será lo suyo una agonía interminable.

«Queridísimos - escribe San Juan -, nosotros somos ahora hijos de Dios, mas lo que seremos algún día no aparece aún. Sabemos que cuando se manifieste Jesucristo, seremos semejantes a Él, porque le veremos como Él es». No como al través de velos o sombras, sino en Sí mismo. Seremos semejantes al Jesús del Tabor. Endiosados, extasiados, con­templaremos y viviremos en el torrente inefable de Amor que es Dios. Escucharemos el diálogo eterno de las tres divinas personas. Asistiremos a la eterna generación del Hijo y a la espiración del Espíritu Santo.

La juntura de todos los bienes.
A gentes poco ilustradas se les puede antojar algo monótono pasar la eternidad contemplando - simple­mente contemplando - a Dios. Pero sucede que en ello se encuentra «la juntura de todos los bienes», según el decir de San Juan de la Cruz, porque Dios es toda la Verdad, toda la Bondad, toda la Belleza, toda la Sabiduría, todo el Amor. Por lo demás, amar no es pasividad sin más: es una contemplación que suscita una actividad intensísima, la entrega de toda la persona en un éxtasis de sumo gozo.

«Si el amor, aun el amor humano, da tantos consuelos aquí, ¿qué será el amor en el Cielo, donde el Amor se posee y se vive en toda su maravilla. «Vamos a pensar lo que será el Cielo (...) ¿Os imagináis qué será llegar allí, y encontrarnos con Dios, y ver aquella hermosura, aquel amor que se vuelca en nuestros corazones, que sacia sin saciar? Yo me pregunto muchas veces al día: ¿qué será cuando toda la belleza, toda la bondad, toda la maravilla infinita de Dios se vuelque en este pobre vaso de barro que soy yo, que somos todos nosotros? Y entonces me explico bien aquello del Apóstol: "ni ojo vio, ni oído oyó..." Vale la pena, hijos míos, vale la pena».

Cuenta Francisca Javiera del Valle, cómo «allá... en inmensas y dilatadas alturas, fue arrebatada mi alma por una fuerza misteriosa y con tanta sutileza, que así como nuestro pensamiento, en menos tiempo de abrir y cerrar los ojos, recorre de un confín a otro confín, allí con esa mayor ligereza me veía allá, en aquellas inmensas y dilatadas alturas, donde siempre están todos como en el centro de Dios metidos, vayan donde vayan, recorran lo que quieran. Siempre se hallan en el centro de Dios y siempre arrebatados con su divina hermosura y belleza. Porque Dios es océano inmenso de maravillas y también como esencia que se derrama, y siempre está derramándose. Y como lo que se derrama son las grandezas y hermosuras, dichas y felicidades y cuanto en Dios se encierra, siempre el alma está como nadando en aquellas dichas, felicidades y glorias que Dios brota de sí. Es Dios cielo dilatado y por eso siempre se está viendo y gozando nuevos cielos, con inconcebibles bellezas y hermosuras, y todas estas bellezas y hermosuras siempre las ve y las goza el alma como en el centro de Dios. Y recorriendo aquellos anchurosos cielos nuevos siempre el alma se halla eternamente feliz».

No hay riesgo de cansancio o hastío. «Aquí - dice Malon de Chaide - dura siempre una alegre primavera, porque está desterrado el erizado invierno; ni la furia de los vientos combaten los empinados árboles, ni la blanca nieve desgaja con su peso las tiernas ramas; aquí el enfermizo otoño jamás desnuda las verdes arboledas de sus hojas (...

«Cuando demos el gran salto, Dios nos esperará para darnos un abrazo bien fuerte, para que contemplemos su Rostro para siempre, para siempre, para siempre. Y como nuestro Dios es infinitamente grande, estaremos descubriendo maravillas nuevas por toda la eternidad. Nos saciará sin saciarnos, no nos empalagará jamás su dulzura infinita».

Lo único necesario.
«Allá no se sabe qué cosa es dolor, no hay enfermedad, no llega a ti muerte porque todo es vida, no hay dolor porque todo es contento, no hay enfermedad porque Dios es la verdadera salud. Ciudad bienaventurada, donde tus leyes son de amor, tus vecinos son enamorados; en ti todos aman, su oficio es amar y no saben más que amar; tienen un querer, una voluntad, un parecer; aman una cosa, desean una cosa, contemplan una cosa y únense con una cosa: Unum est necessarium». Una sola cosa es necesaria.

Si somos fieles, seremos como los ángeles, que «vueltos a mirar aquella fuente de amor dulcísima, arden con un sabroso fuego, adonde ¿quién podrá decir lo menos de lo que gozan? Están rendidos a aquella divina, pura, antiquísima hermosura de Dios; llévalos el amor enlazados y presos de un dulce y libre lazo de amor, para que tornen a la fuente y principio de donde salieron; y como ven aquel Sol de infinita belleza, amante eterno de sí mismo, véanse aquellas mentes angélicas, atónitas, enajenadas de sí, libres, sin libertad, presas, sin prisión, como las mariposas a la llama. Allí se encienden y no se queman; arden y no se consumen; apúranse y no se gastan. Oh sol resplandeciente, hermosura infinita, espejo purísimo de la gloria ¿Quién podrá decir lo que sienten los que te gozan?».

Nadie puede decir lo indecible. He aquí el testimonio de Teresa de Jesús: «Ibame el Señor mostrando grandes secretos... Quisiera yo dar a entender algo de lo menos que entendía, y pensando cómo puede ser, hallo que es imposible; porque en sola la diferencia que hay de esta luz que vemos a la que allí se representa, siendo todo luz, no hay comparación, porque la claridad del sol parece muy desgastada. En fin, no alcanza la imaginación, por muy sutil que sea, a pintar ni trazar cómo será esta luz, ni ninguna cosa de luz que el Señor me daba entender como un deleite tan soberano que no se puede decir; porque todos los sentidos gozan en tan alto grado y suavidad, que ello no se puede encarecer, y así es mejor no decir más».

Y así, según San Agustín, «este Bien que satisface siempre, producirá en nosotros un gozo siempre nuevo. Cuanto más insaciablemente seáis saciados de la Verdad, tanto más diréis a esta insaciable: amén, es verdad. Tranquilizaos y mirad: será una continua fiesta».

Asistiremos pasmados a la eterna generación del Verbo y a la espiración del Espíritu Santo. Veremos y paladearemos el cariño infinito que nos tienen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, Dios Uno y Trino, y con la Trinidad del Cielo la Trinidad de la tierra, Jesús - Verbo que enlaza una y otra Trinidad -, María y José. Los grandes amores, las Personas infinitamente buenas serán nuestra compañía, nuestra conversación, nuestro gozo eternos. Todas las maravillas del amor divino y del amor humano las gozaremos en plenitud. Ciertamente «será una continua fiesta».

Un futuro que ya es.
No son éstos sueños vanos, no sólo consuelo para los afligidos de este valle de lágrimas. Son objeto de una esperanza certísima, fundada en la palabra de Dios. Al extremo de que San Pablo, por su esperanza teologal, se consideraba en la tierra ya en el Cielo: «Nosotros somos ciudadanos del Cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo». Por eso, el cristiano de fe ardiente, se adelanta a todos, vive desde el futuro, un futuro que ya es: Cristo Jesús. Viene de lo Eterno, camino hacia la Eternidad, sin perder un instante.

¿Cómo será mi Cielo?
Depende, claro es. Depende de mi caridad en el instante de cruzar la frontera del tiempo. Mi belén eterno depende de la medida del amor a Dios que haya conquistado en este tiempo fugaz. Qué bien se entiende la urgencia del Fundador del Opus Dei: «Tened prisa en amar»; «todo el espacio de una existencia es poco, para ensanchar las fronteras de tu caridad». La eternidad, lejos de lo que algunos piensan, nos revela e ilumina todo el valor del tiempo. Nos enseña que aun eso, que aparece sin importancia, tiene un valor de eternidad. Porque cada momento, cada ocupación, puede - y requiere - llenarse con todo el amor divino que se lleve en el corazón. «Un pequeño acto, hecho por Amor, ¡cuánto vale.

Este es el camino para arribar al Cielo: La santidad "grande" está en cumplir los "deberes pequeños" de cada instante. No es poco, porque no es fácil. Pero la gracia de Dios nos lo hace asequible, nos eleva hasta esa medida divina.

Fe, esperanza, amor - vida teologal - en los mil detalles de la vida ordinaria. Incrementando así, cada día un poco, las virtudes humanas y las sobrenaturales. Pequeños detalles de prudencia, de justicia, de fortaleza, de templanza. El cuidado en las pequeñas cosas - no sólo de las grandes - que pertenecen al culto divino, a la santa pureza, a la vocación recibida. Así, día a día, paso a paso llegará el momento de oír la voz de Jesús: «Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu Señor». «Yo mismo - dice Dios - seré tu recompensa inmensamente grande».

El cielo y la tierra, el tiempo y la eternidad, coexisten en lo más íntimo de mi ser. El tiempo pasa, pero no todo pasa con el tiempo. Yo no paso, mi yo no envejece, al contrario, se aproxima a la juventud eterna de Dios. A cada paso, se enriquece con las obras que hace a impulsos del Amor.

Madre Nuestra, que has visto crecer a Jesús, que le has visto aprovechar su paso entre los hombres: enséñame a utilizar mis días en servicio de la Iglesia y de las almas; enséñame a oír en lo más íntimo de mi razón, como un reproche cariñoso, Madre buena, siempre que sea menester, que mi tiempo no me pertenece, porque es del Padre Nuestro que está en los cielos.
Antonio Orozco Delclós

EL ROBO DE UN CELULAR Y LA INTRANSIGENCIA DEL MUCHACHO LADRÓN


Ayer un hermano del grupo me contó una historia digna de publicarse.

Tres muchachos asaltaron a un transeúnte en una de las calles de mi ciudad para robarle un celular que sólo había costado 30 soles ($10). A los tres días uno de ellos fue identificado por el agraviado y lo capturaron.

El padre del muchacho acudió por ayuda donde mi amigo que lo acompañó a la comisaría y se encontraron con la jueza – amiga de mi amigo – a la que le suplicaron que no lo enviaran a la cárcel, que sólo era un muchacho de 17 años que merecía una oportunidad.

La jueza hizo llamar a su presencia al muchacho y le dijo:
-Lee en este momento te van a llevar a la cárcel de menores por cuatro meses, pero por las súplicas de mi amigo y de tu padre, te voy a dar la libertad con una condición: no vuelvas a ese barrio

El muchacho miró a su padre y dijo:
-Y… ¿qué voy a hacer con mi novia no podré visitar a mis amigos?”

La jueza, indignada, le dijo:
-Tú no tienes ninguna intención de corregirte así que te vas a la cárcel
El padre y mi amigo guardaron silencio… el muchacho había escogido su destino… no había nada que hacer.

¿No les parece irreal este caso? Pero sucede. En los caminos de Dios sucede a cada momento. Él te da la mano para sacarte del fango y tú la rechazas. No sirve de nada la intercesión de nuestro amigo Jesús ni de su Santísima Madre tú escogiste tu destino.
José Miguel Pajares Clausen

LAS LÁGRIMAS DE RAY CHARLES


En 1946, el artista Ray Charles escuchó que la orquesta de Lucky Millinder visitaría la ciudad.

Charles se las arregló para tener una audición con él y esto lo emocionó. Si lograba unirse a Millinder sería, sin duda, algo grande.

Cuando llegó su oportunidad, el joven músico tocó el piano y cantó dando lo mejor de sí. En su condición de ciego, Charles no podía ver la reacción de Millinder, por lo que cuando terminó, esperó pacientemente por su respuesta. Finalmente el director de la orquesta le dijo: «No fue lo suficientemente bueno, muchacho».
Charles regresó a su cuarto y lloró.

Algún tiempo después, Charles dijo: «Aquella fue la mejor cosa que pudo haberme pasado. En lugar de compadecerme de mí mismo, me puse a practicar para que nunca nadie volviera a decirme lo que me había dicho Millinder». Y no han vuelto a decírselo.

Como afirma el dicho popular: «Puedes decir que te sorprendieron una vez, después de eso, sencillamente no estás preparado» La preparación de Charles le ha rendido frutos por más de medio siglo. Ha tocado con algunos de los más talentosos músicos del mundo.

Quizás la preparación no garantiza el triunfo pero sin duda te da las condiciones para alcanzarlo.
Maxwell, J. C.

¿No crees que ya has llorado lo suficiente frente a la desilusión que recibiste o las palabras que te dijeron? Es hora de usar el pañuelo, secarte las lágrimas y ponerte a trabajar para superar esa etapa en la que has fallado. Recuerda, no estas sólo. Dios está a tu lado. ¡Levántate y comienza de nuevo!

Tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar. Eclesiastés 3:4.

Ciertamente el pueblo morará en Sión, en Jerusalén; nunca más llorarás; el que tiene misericordia se apiadará de ti; al oír la voz de tu clamor te responderá. Isaías 30:19

EL PERDÓN. ETAPA OBLIGATORIA EN LA VÍA DE LA RECONCILIACIÓN


Reflexión del arzobispo Tomasi en el Año Internacional de la Reconciliación

ROMA, lunes, 27 julio 2009 (ZENIT.ORG)
.- Cualquier proceso de reconciliación que implique a pueblos en conflicto o se destine al alcance de la estabilidad social no puede dejar de alimentarse del perdón y para ello una religión, como la católica, puede desempeñar un papel determinante.

Es lo que escribe en síntesis el arzobispo Silvano M. Tomasi, observador permanente de la Santa Sede ante la Oficina de la ONU en Ginebra, en el artículo titulado "Reconciliación: la experiencia de la Iglesia Católica", publicado en el Boletín del Observatorio Internacional Cardenal Van Thuan.

En su reflexión, el prelado parte del texto de la Resolución de la Asamblea General de Naciones Unidas (61/17) que proclamó el 2009 Año Internacional de la Reconciliación y que se remite a los principios de justicia y pacífica convivencia, aunque sin definirla.

"La reconciliación - afirma monseñor Tomasi - no puede darse en el vacío". En efecto, explica, "toda la comunidad internacional debe desempeñar un papel activo en los procesos de salvaguarda de la paz, construcción de la paz, desarme, desarrollo sostenible, promoción y defensa de los derechos humanos dentro de la inalienable dignidad de la persona humana, democracia, estado de derecho y gobernanza, todas exigencias que abren el camino a la reconciliación".

En particular, añade, para afrontar la reconciliación entre adversarios, "la verdad" y "la justicia" deben ser vistas como "indispensables elementos si la reconciliación debe llevar a una paz duradera".

"En los últimos años - escribe - se ha hecho más clara la conciencia de que la reconciliación es un compromiso para la sociedad civil, para las iglesias y para los grupos de voluntarios, para los estudiosos y las universidades" porque "una paz duradera no puede ser impuesta".

"Una palabra que no está en la Resolución de Naciones Unidas y sin embargo fundamental para toda concreta iniciativa de reconciliación - observa el arzobispo Tomasi -, es perdón, la voluntad de volver a empezar, de restablecer relaciones interrumpidas y de mirar al futuro más bien que al pasado".

"Aquí las raíces religiosas de la reconciliación asumen todo su significado", afirma porque "la palabra reconciliación misma proviene de la larga tradición de la religión que afirma que el perdón puede y debería reintegrar a una persona en la comunidad y una comunidad en el más amplio organismo de todos los creyentes, y hace posible el paso de la comunidad a la comunión".

"El cambio está implícito en la reconciliación, y el perdón es un cambio profundo e interior de la persona que la hace consciente de que también las otras personas pueden cambiar", explica.

Entre los primeros pasos que la Iglesia católica da en iniciativas de reconciliación, el prelado señaló el de "fundar la reconciliación en el centro del mensaje evangélico (Dios reconcilia al mundo en Cristo) y compartir esta buena noticia con el mundo mediante la enseñanza y la liturgia".

De aquí deriva "el empeño cotidiano de las comunidades en acoger y servir a todo el que esté en situación de necesidad y estructurar este empeño, en momentos específicos de crisis, a través de formas de reconciliación más formalizadas" y "la acción ocasional diplomática de mediación y reconciliación entre Estados".

"El lazo que une a estas varias formas de empeño - añade el prelado - es el fundamento común sobre el que estas reposan, la fe en que la familia humana es una sola y tiene un destino común, según el proyecto de Dios".

Un ejemplo en tal sentido ha sido la directa implicación de la Santa Sede en 1978 - gracias sobre todo a Juan Pablo II - en las diferencias fronterizas entre Argentina y Chile relativas a la posesión de las islas de Picton, Lennox y Nueva en el Canal de Beagle, que condujo a una solución diplomática y desbarató el estallido de un conflicto.

A veces es en cambio la Iglesia local la que interviene, como en el caso de la Conferencia Episcopal de Colombia que ha guiado la Comisión Nacional de Conciliación, creada el 4 de agosto de 1995, con el fin de alcanzar la pacificación en el país. "Elemento clave de esta política - escribe monseñor Tomasi - es la defensa y la promoción de los derechos humanos y la aplicación de los principios del derecho internacional humanitario para los conflictos internacionales".

El camino hacia la reconciliación se refiere también a los países ricos tecnológicamente avanzados, "donde millones de inmigrantes impulsan a la Iglesia a trabajar por la integración, por la acogida recíproca", y donde se comprende que "la tolerancia no es suficiente" y que la vía a recorrer es la del "respeto" y del "amor".

"Hoy, la necesidad de reconciliación como base para la paz es una urgente prioridad", subraya el prelado, y "sin una verdadera reconciliación, la guerra se volverá a presentar con regularidad".

Por esto, recuerda por último, "existe la necesidad de reflexionar ulteriormente sobre todo esto y elaborar una doctrina del jus post bellum" (el Derecho tras la guerra) porque "cerca de la mitad de todos los países que salen de una guerra recaen en la violencia antes de cinco años".
Traducido del italiano por Nieves San Martín