martes, 12 de enero de 2016

EXCLUSIVO, Cartas Inéditas de la Vidente de La Salette [sobre sus Profecías]


Por primera vez en español.

En 1846 se produjo, a dos niños pequeños, en la hoy famosa montaña de La Salette, una de las apariciones más proféticas aprobadas por la Iglesia, la Virgen de La Salette

Lo que se ha publicado sobre los secretos de La Salette muestra que sus profecías no eran sólo para esa época histórica, incluso porque se habla del año 2000.

Por eso hoy es importante profundizar sobre el alcance de esas profecías, y entonces publicamos unos materiales inéditos en español sobre las aparición y las profecías de La Salette.

La Salette se sitúa en la parte occidental de los Alpes, que dividen a Francia del Piamonte en Italia. La ciudad más cercana a La Salette es Corps y pertenece a la diócesis de Grenoble. La Gran Cartuja estaba en esa vecindad.

RESUMEN DE LA APARICIÓN

Dios, como de costumbre, elige a los débiles y humildes para vencer a los fuertes y elige a los pobres e ignorantes para confundir a los sabios.

Un muchacho pastor, de sólo once años y un tímida jovencita de catorce, se hicieron de pronto famosos en Francia, Italia, Europa y en todo el mundo católico. Sus nombres, Peter Massimin Giraud y Frances Melanie Mathieu, ambos mejor conocidos por sus segundos nombres, Massimin y Melanie. Ambos, nativos de Corps.

Melanie fue contratada para ayudar al muchacho en el cuidado del ganado del padre de Massimin, en la montaña de La Salette.

Los dos estaban en este humilde trabajo aquel sábado 19 de septiembre de 1846. Esa fecha es la víspera de la Fiesta de los Siete Dolores de la Santísima Virgen María. Eran entre las dos y tres de la tarde cuando, ambos, vieron la maravillosa aparición.

Una dama rodeada por una luz brillante, se hallaba sentada en una piedra, cerca de una fuente seca. Su actitud era de profunda pena. Ante este inesperado espectáculo, los niños quedaron llenos de estupor y asombro.

Melanie deja caer al suelo su bastón de pastorcita; pero el pequeño Massimin, naturalmente más valiente, se mantuvo firme, de pie. Le dijo a Melanie que levantara el báculo de inmediato, para que pudieran defenderse en caso de necesidad.

En ese momento la hermosa dama desconocida se puso de pie, cruzó los brazos sobre el pecho y les habló:

“acérquense, hijos míos; no tengan miedo. Yo estoy aquí para comunicarles a ustedes grandes cosas por venir”.

Tranquilizados por su gentil actitud, sus amorosas palabras y sus amables maneras, los niños se movieron unos pasos hacia la dama.

También ella se les acercó y colocándose entre ambos, y mientras derramaba abundantes lágrimas les dijo:

Si mi pueblo no obedece los mandamientos de Dios, me veré obligada a dejar libre el brazo de mi Hijo. Es tan fuerte y pesa tanto que ya no puedo frenarlo. Hace mucho tiempo que estoy sufriendo por ustedes. Si quiero evitar que mi hijo los abandone, debo orar sin cesar…

Sin embargo, ustedes no toman en cuenta nada de esto. Todo lo que sea que hagan, nunca será capaz de superar toda mi solicitud por ustedes. Dios les ha dado seis días de trabajo, reservando el séptimo para que lo dediquen a Su Honra, y sin embargo ni esto alcanzan a darle. He aquí lo que hace tan pesado el brazo de mi Hijo.

Los conductores del pueblo confunden el alto el nombre de mi Hijo con sus propios juramentos. Si la cosecha se echa a perder, es por su propia culpa.

El año pasado quise hacerles entender esto por la podredumbre de las patatas; pero ustedes no prestaron la más mínima atención. Muy por el contrario, cuando se enteraron de sus patatas estropeadas, blasfemaron, y mezclaron el nombre de mi Hijo con sus maldiciones.

Sus patatas se pudrirán tan rápido que no tendrán nada para Navidad. Los gusanos destruirán el trigo; lo poco que crecerá se reducirá a polvo. Una gran hambruna vendrá. Sus castañas serán saqueadas y sus uvas se echarán a perder”.

Después de estas palabras, la Santísima Virgen se volvió hacia Massimin. Le confió un secreto. Lo mismo hizo después con Melanie.

Mientras ella hablaba a uno, el otro podía ver sus labios moverse, pero no podía oír sus palabras. Ella ordenó a cada uno, por separado, a que mantuviesen inviolable su secreto. Ambos prometieron hacerlo así.

La Santísima Virgen les dijo en común algunas otras palabras amorosas que por razones de brevedad, omitimos. Luego dijo dos veces:

“Bueno, mis hijos, hagan conocer estas cosas a toda mi gente”.

Luego la señora comenzó a caminar hacia el lugar donde pastaba el ganado, seguida por los dos niños. Ellos observaban cómo sus pies tocaban el suelo como si fuesen una brisa ligera, como un luminoso zafiro, pisaban sólo la parte superior de la hierba verde.

Entonces ella empezó a elevarse, lentamente en el aire. Miró hacia el cielo, luego miró de nuevo hacia la Tierra. Gradualmente empezó a desaparecer, primero su cabeza. Luego sus brazos, por último sus pies. Ella dejó tras de sí, por un breve momento, un halo brillante.

Estos niños privilegiados describen así a la Divina Señora:

Tenía en sus pies zapatos blancos, adornados alrededor con rosas. Llevaba un vestido blanco también, orlado con perlas. Usaba un delantal amarillo, sobre los hombros y alrededor de su cuello lucía un pañuelo blanco o pequeño chal. La vieron peinada con rodete alto, contenido por una corona de rosas.

Sostenido por una pequeña cadena que colgaba de su cuello estaba un crucifijo que descansaba sobre su pecho. Se veían un par de pinzas de la derecha, y un martillo en la izquierda; desde el extremo de la cruz colgaba de una cadena más grande.

En su mano sostenía un pañuelo común ribeteado con rosas. Su rostro era alargado, bellísimo y tan resplandeciente que no se podía fijar la mirada en él.

La Santísima Virgen habló mucho más tiempo a Melanie que a Massimin.

Como es de esperarse en este tipo de acontecimientos tan extraordinarios, los dos niños fueron sometidos a examen y a la más minuciosa investigación. En su simple ingenuidad, se constató que eran coherentes e inflexibles en el relato de los hechos. Nadie pudo, ni con promesas ni con amenazas, inducirlos a revelar sus respectivos secretos.

Melanie en especial llamó la atención, a causa de su prolongado coloquio con la Gran Reina del Cielo y porque además ella parecía más profundamente impresionada con la solemnidad sagrada de la aparición.

LOS MENSAJES SECRETOS

A partir de ese momento los niños fueron colocados bajo el cuidado de maestros religiosos, piadosos y prudentes. En julio de 1851, Monseñor de Bruillard, el venerable obispo de Grenoble, logró persuadir a Melanie y Massimin de escribir en privado sus respectivos secretos, para enviarlos en dos cartas selladas distintas al Papa.

Los reverendos Rousselot y Gerin, sacerdotes de la diócesis, fueron comisionados por el obispo para transmitir estos dos misteriosos mensajes a su Santidad, quien los recibió con gran amabilidad.

El Papa leyó las dos cartas en presencia de los dos eclesiásticos. Pareció particularmente impresionado con la larga carta de Melanie. Pero sólo pronunció estas palabras:

“Hay castigos para Francia; pero Alemania, Italia, y muchas otras naciones, son por igual culpables.”

Los mensajes secretos pueden leerse en estos dos posts


Pocos años después, Melanie abrazó el estado religioso en Francia. Por Napoleón fue exiliada a Inglaterra, donde cumplió su vocación entre las monjas carmelitas descalzas, con el nombre de Sor María de la Cruz, Víctima de Jesús. Vivió en el convento en Darlington cerca de Durham, diócesis de Hexam, norte de Inglaterra. Años después regresó a Francia. Durante algún tiempo vivió en el Convento de la Providencia en Marsella, cuando se vio obligada a abandonarla, se mudó a Castellamare, cerca de Nápoles, Italia.

Desde allí escribió una carta profética muy importante para su madre (que publicamos abajo), que ha sido autenticada por el cura de Corps, cerca de La Salette.

Melanie fue profesora de cinco o seis niñas bajo obediencia inmediata del Obispo de Castellamare di Stabia, una ciudad a unas dieciocho millas de distancia de Nápoles.

Allí tuvo visiones muy frecuentemente, y a menudo ella estaba en unión espiritual con Palma María d’Oria [Sor Palma Maria Addolorata Matarelli D’Oria (1825-1872)] a quien nunca vio de una manera ordinaria. A través de la bilocación u otras formas sobrenaturales, hablan juntas casi todos los días, a pesar de vivir a gran distancia una de la otra.

Palma María estuvo, durante muchos años, confinada su pobre habitación por sufrimientos extraordinarios. Esta santa mujer habló mucho de Melanie a un sacerdote francés, el abad Brandt, y Melanie hizo lo mismo con él acerca de Palma Maria D’Oria. Estos son, de hecho, marcas de santidad.

CARTAS INÉDITAS DE MELANIE

Acá presentamos por primera vez en español cartas inéditas de Melanie que permiten ahondar más en las Profecías de La Salette.

Es tan claro y llano lo que dice Melanie que no consideramos pertinente hacer un comentario de ellas, solo recomendamos leerlas.

CARTA DEL 22 DE SEPTIEMBRE 1871

Grandes castigos sobrevendrán, porque los hombres no se convierten; sin embargo, sólo su conversión que puede detener estos flagelos. Dios comenzará a golpear a los hombres infligiendo castigos más ligeros con el fin de abrir los ojos.

Él puede detenerse o puede repetir sus anteriores advertencias para dar lugar al arrepentimiento.

Pero los pecadores no hacen uso de estas oportunidades. En consecuencia, enviará castigos más graves, con ansias de mover a los pecadores a la penitencia, pero todo será en vano.

Por último, la obstinación de los pecadores hará caer sobre sus cabezas las mayores y más terribles calamidades.

EXTRACTO DE UNA CARTA DE 16 DE JUNIO DE 1872

¡Todos somos culpables! No se hace penitencia, y se incrementa el pecado diariamente. Los que deben adelantarse para hacer el bien son restringidos por el miedo. El mal es grande. Un castigo moderado sólo sirve para irritar los espíritus, porque consideran todas las cosas con ojos humanos.

Dios puede hacer un milagro para convertir y cambiar la faz de la Tierra sin aplicar su disciplina. Dios obrará un milagro: será un golpe de su misericordia. Pero después que los impíos se hayan embriagado a sí mismos con sangre, el flagelo deberá llegar.

¿Qué países serán preservados? ¿Dónde iremos en busca de refugio? Yo, a mi vez, pregunto: ¿Cuál es el país que observa los mandamientos de Dios? ¿Qué país no está influenciado por el miedo humano cuando el interés de la Iglesia y de la gloria de Dios están en juego?

A menudo he pensado ¿dónde podríamos ir en busca de refugio, teniendo los medios para el viaje y para nuestra subsistencia? Pero pronto renuncio a estos pensamientos inútiles. ¡Somos muy culpables! A consecuencia de esto, se hace necesario un muy grande y terrible flagelo que venga a revivir nuestra fe, y a devolvernos la razón, que hemos perdido por completo.

Los hombres malvados son devorados por la sed de ejercer su crueldad; pero cuando hayan llegado al punto sumo de su barbarie, Dios mismo extenderá su mano para detenerlos, y muy poco después, se efectuará un cambio completo en todas las personas que sobrevivan.

Entonces van a cantar el Te Deum Laudamus con la más viva gratitud y amor. La Virgen María, nuestra madre, será nuestra liberadora. La paz reinará, y la caridad de Jesucristo ha de unir todos los corazones…

Dios no quiere castigarnos tan severamente. Nos habla de muchas, muchas maneras para que nos volvamos a Él. ¿Hasta cuándo vamos a seguir siendo tercos?

Oremos, oremos; nunca cesemos de orar y hacer penitencia. Oremos por nuestro Santo Padre el Papa, la única luz para los fieles en estos tiempos de oscuridad…

Pidamos a la buena, a la dulce, a la misericordiosa Virgen María; porque estamos en gran necesidad de sus poderosas manos sobre nuestras cabezas.

LA MÁS IMPORTANTE: CARTA DE MELANIE A SU MADRE, DEL 21 DE SEPTIEMBRE DE 1870

MI muy bien amada madre:

Que Jesús sea amado por todos los corazones. Esta carta no sólo es para ti, sino que también es para todos los habitantes de Corps, mi ciudad natal tan querida.

Un padre de familia, lleno de afecto por sus hijos, al ver que éstos eran bien olvidadizos con sus obligaciones, y después de que abandonasen la ley que él mismo les dejó para seguir, resolvió castigarlos severamente.

Su cónyuge, la madre de la familia, oró por obtener su perdón, y se dirigió de inmediato a visitar los dos más jóvenes, es decir, a los dos más débiles e ignorantes de todos sus hijos.

Esta señora, que no podía llorar en la mansión de su esposo, que es el Cielo, encontró abundancia de lágrimas en los campos de estos niños miserables.

Anunció a ellos las quejas y amenazas de su Amo y Señor, que se llevarían a cabo si sus hijos no se volvían a Él cumpliendo con sus mandamientos.

Sin embargo, sólo un número muy pequeño abrazó de corazón una reforma sincera ateniéndose a la sagrada ley del padre de familia. La mayoría continuaba en sus crímenes, cayendo cada vez más profundamente en el vicio.

En consecuencia, su padre inflige varios castigos a fin de doblar su obstinación. Pero estos niños miserables, en lugar de caer de rodillas para pedir perdón, misericordia y prometer un verdadero cambio de conducta; rompen la varilla con la que están siendo castigados, imaginando que así se escapan del castigo.

El padre, cada vez más irritado, los golpea hasta que reconozcan su culpa, se humillen e imploren misericordia al Señor y Rey de los Cielos y la Tierra. [Esta es una muy sencilla y modesta alusión a la aparición de La Salette]

¡Ustedes entienden, querida madre, y queridos conciudadanos de Corps! ¡Este padre de la familia es Dios! …Todos nosotros somos sus hijos.

Ni ustedes ni yo lo hemos querido como conviene. No hemos observado sus mandamientos como deberíamos; como consecuencia, Dios nos castiga. Un gran número de nuestros hermanos mueren en la guerra. Muchas familias y ciudades enteras se reducen a la miseria.

Si la gente no vuelve a Dios, el castigo no se dará por terminado. París es culpable, muy culpable, porque ha premiado a un hombre impío (Renan) que ha escrito un libro en contra de la Divinidad de Jesucristo…

Los hombres sólo tienen un período limitado de tiempo para cometer sus pecados, pero Dios, siendo el Maestro de la Eternidad, elige el momento para castigar a los malvados.

Dios está irritado por una multitud de pecados y porque Él es casi desconocido y olvidado por los hombres. ¿Quién será capaz de detener esta guerra que causa en Francia tanta desolación y que pronto comenzará en Italia y en otros lugares? ¿Quién será capaz de detener este flagelo de la guerra?

Es necesario, en primer lugar, que Francia reconozca en esta guerra la verdadera mano de Dios. En segundo lugar, es preciso que se humille a sí misma y ??ruegue con todo su corazón y alma por el perdón de sus pecados. En tercer lugar, es necesario que Francia prometa sinceramente estar al buen servicio de Dios y observe sus mandamientos, sin mirar los respetos humanos.

Hay personas que oran y piden al buen Dios por el éxito de nuestros ejércitos franceses. Pero esto no es lo que Dios quiere. (¿No era esto una clara profecía de la derrota de los ejércitos franceses por los soldados prusianos?)

Dios exige la conversión de los franceses. La santísima Virgen vino a Francia (en La Salette), pero Francia no se convierte. Ella es más culpable que otras naciones. Si ella no se humilla a sí misma ante el buen Dios, ella será humillada grandemente.

¿Quién va a salvar a la ciudad de París, el centro de la vanidad y la arrogancia, si no las fervientes y continuas oraciones que ascienden al corazón del buen Maestro?

Qué placenteros recuerdos, mi muy querida madre, y bien queridos habitantes de mi ciudad natal querida. Recuerdo esas piadosas procesiones que han realizado en el santo monte de La Salette para mantener el cólera de Dios fuera del vecindario.

La Santísima Virgen se mostró satisfecha con sus oraciones fervientes, sus penitencias, con todas sus buenas obras realizadas por el amor de Dios. Espero que continúen con esas hermosas procesiones por la salvación de Francia.

Pueda ser que Francia por fin regrese a la buena voluntad de Dios, Él espera esta conversión para retirar la varilla con la que castigará a su pueblo rebelde. Oremos mucho; sí, oremos. Hagan sus procesiones como las hechas en 1846 y 1847. Creo que Dios escuchará, Él siempre escucha las oraciones de los corazones humildes. Oremos juntos; oremos continuamente.

Nunca me gustó Napoleón, porque tengo en mi memoria toda su historia. Que el Divino Salvador del mundo le perdone tanto el mal que ha hecho como el mal que está todavía haciendo.

Recordemos que hemos sido creados para el amor y servicio de Dios, sin el cual no puede haber ninguna verdadera felicidad.

Que las madres críen a sus hijos de manera cristiana, porque el tiempo de las tribulaciones aún no está terminado. Si yo divulgase el número y la calidad de estas tribulaciones, ¡estarían aterrados! Pero no quiero asustarlos.

Tengan confianza en Dios, que nos ama. ¡Recemos! ¡Recemos! y el favor de la Virgen María será siempre con ustedes. La oración desarma la ira de Dios. La oración es la llave del Cielo.

Oremos por nuestros pobres soldados. Oremos por tantas madres desoladas ante la pérdida de sus hijos. Vamos a consagramos a nuestra buena Madre del Cielo. Recemos. Oremos por aquellos enceguecidos y engañados, que no ven que es la mano de Dios que aplica castigo a Francia en este momento. Oremos mucho. Hagamos penitencia.

Estemos fuertemente unidos a la Santa Iglesia y al Santo Padre, Jefe de la Iglesia, el Vicario en la Tierra de Nuestro Señor Jesucristo. En sus procesiones, en sus penitencias, recen mucho por el Papa.

Finalmente, estad todos en paz. Amaos los unos a los otros como hermanos. Prometan a Dios mantener sus santos mandamientos y háganlo en la práctica. Entonces, a través de la Divina Misericordia serán felices, usted tendrán una buena y santa muerte. Estos son mis deseos para ustedes, los coloco bajo la augusta protección de la Virgen María. Mi salvación está en la Cruz.

María de la Cruz, Víctima de Jesús.

El corazón de Jesús cuida de mí.

FUENTES:


Foros de la Virgen Maria

SIN BAUTIZAR HACÍA ESPIRITISMO Y LOS ESPÍRITUS LE INVITABAN AL SUICIDIO: BUSCÓ AYUDA Y HOY ES OBISPO


El espiritismo -sea engaño, superstición o verdadera invocación de espíritus- siempre ha sido condenado por el cristianismo y también en el Antiguo Testamento.

Gueorgiy Shevkunov es un abad ortodoxo que ha vendido en Rusia 2 millones de ejemplares de su libro de testimonios cristianos “Santos no santos y otras historias”, publicado por primera vez en 2011 y ya con ediciones en 16 países, incluyendo Francia e Italia. En ReL hemos citado alguno de estos testimonios, como el de una religiosa y técnica de cohetes que fue espía durante la Segunda Guerra Mundial (léalo aquí).

Pero uno de los testimonios más interesantes es el del propio autor, que en su juventud estaba sin bautizar, leía la Biblia por su cuenta ignorando a la Iglesia y se dedicaba al espiritismo con sus amigos. En el primer capítulo del libro cuenta como sus experiencias con lo oculto le hicieron ver la necesidad de ir a lo luminoso de la fe cristiana y la necesidad de los sacramentos y la Iglesia.

Shevkunov nació en 1958 en Moscú y se graduó en el Instituto Pansoviético de Cinematografía (VGIK). Al hacerse monje en 1991 tomó el nombre de Tíjon. Actualmente es obispo, vicario de la vicaría occidental de Moscú, rector del seminario de la Visitación de Moscú, abad del monasterio masculino de la Visitación de Moscú, secretario responsable del consejo del Patriarca para la cultura, guionista y director de varios documentales sobre historia eclesiástica y espiritualidad, escritor ortodoxo, director de la editorial del monasterio de la Visitación y redactor en jefe del portal ortodoxo Pravoslavie.ru.

Y todo comenzó haciendo espiritismo, algo que no recomienda a nadie... Este es su testimonio en primera persona en su popular libro.

***
LOS PROFESORES EN LA UNIVERSIDAD SOVIÉTICA
Me bauticé al graduarme de la universidad, en 1982. Para entonces había cumplido veinte y cuatro años. Nadie sabía si fui bautizado de pequeño. En aquellos años era algo común en Rusia: las abuelas y tías a menudo bautizaban en secreto a los niños de padres no creyentes. En esos casos, el sacerdote, al celebrar el sacramento, pronunciaba: "Te bautizo, si no estás ya bautizado”.

Como muchos de mis amigos, encontré la fe en la universidad. En el Instituto Estatal Cinematográfico había muchos profesores magníficos. Nos daban una sólida enseñanza humanitaria, nos obligaban a ponernos a pensar en las cuestiones primordiales de la vida.

Discutiendo aquellas preguntas eternas, los sucesos de las épocas pasadas, los problemas de nuestros años setenta-ochenta en las aulas, en residencias estudiantiles, en cafeterías baratas y durante largos paseos nocturnos por las antiguas callejuelas moscovitas, llegamos a una convicción firme de que el Estado nos estaba engañando, imponiéndonos no solamente sus versiones burdas y descabelladas de la historia y política. Comprendimos muy claramente que, siguiendo la orden poderosa de alguien, se había hecho todo para privarnos de toda posibilidad de aclarar por nosotros mismos la cuestión sobre Dios y la Iglesia.

Ese tema estaba totalmente claro sólo para nuestro profesor de ateísmo o digamos para Marina, mi monitora escolar de pioneros [movimiento parecido a los scouts en la URSS, en esa época de explícita militancia comunista; nota de ReL]. Ella, con toda la seguridad daba las respuestas a esa y a cualquier otra pregunta vital.

LOS GRANDES DEL PASADO ¡ERAN CREYENTES!
Pero poco a poco comenzamos a descubrir que todos los artífices de la historia rusa y universal, los que conocíamos espiritualmente durante los estudios, en los que confiábamos, los que amábamos y respetábamos, razonaban sobre Dios de una manera totalmente distinta. Hablando en claro, resultaron ser creyentes.

Dostoyevskiy, Kant, Pushkin, Tolstoy, Goethe, Pascal, Hegel, Losev, no se puede mencionarlos a todos. Y eso sin hablar de los científicos: Newton, Plank, Linneo, Mendeléyev. De ellos, siendo estudiantes humanitarios, sabíamos menos, pero el panorama era el mismo.

Claro está que la percepción de Dios por esas personas podría ser diferente. Pero para la mayoría de ellos la cuestión de la fe era la más importante, aunque no la más complicada de la vida.

Por el contrario, los personajes que no despertaban en nosotros ninguna simpatía, con los que se asociaba lo más tenebroso y repulsivo en la historia rusa y universal –Marx, Lenin, Trotskiy, Hitler, los dirigentes de nuestro estado ateo, los revolucionarios destructivos- todos, sin excepción, eran ateos.

Y entonces se nos presentó una cuestión más, formulada por la misma vida de una forma bruta y a la vez tajante. O los pushkins, dostoyevskiys y newtons fueron tan primitivos y superficiales que no consiguieron aclararse en ese problema y eran simplemente unos tontos, o los tontos éramos nosotros junto con Marina la monitora.

Todo aquello daba alimento para nuestras mentes jóvenes. En aquellos años en la gran biblioteca universitaria no había ni siquiera una Biblia, por no hablar de las obras de los escritores de la Iglesia o simplemente religiosos. Teníamos que encontrar las migajas del conocimiento sobre la fe en las citas que salían en los libros de texto del ateísmo o en las obras de los filósofos clásicos. Una influencia enorme nos causó la gran literatura rusa.

ACUDIENDO A LA LITURGIA Y CONSIGUIENDO UNA BIBLIA
Me gustaba mucho ir por las tardes a los templos moscovitas a presenciar la liturgia, aunque entendía poco. Me causó una gran impresión la primera lectura de la Biblia. Me la prestó un conocido evangélico, y yo tardaba y tardaba en devolvérsela, consciente de que no volvería a encontrar aquel libro en ninguna parte. Aunque el evangélico no me metía ninguna prisa.

Durante varios meses él intentó convertirme. No me acabó de gustar el ambiente en su casa de oración en un callejón de Moscú, pero hasta hoy día estoy agradecido a aquella persona sincera que me permitió quedarme con su libro.

Como todos los jóvenes, mis amigos y yo pasábamos mucho tiempo debatiendo, incluidos los temas sobre Dios, leyendo y comentando las Sagradas Escrituras que traía yo, y algunos libros espirituales que habíamos conseguido.

Pero la mayoría de nosotros no se apresuraba en bautizarse y convertirse en creyentes practicantes: nos parecía que podríamos vivir perfectamente sin la Iglesia, llevando, como se dice, a Dios en el alma. Y así seguiríamos tal vez si no hubiera pasado algo que nos demostró con toda claridad qué es la Iglesia y para qué sirve.

LA PROFESORA QUE HACÍA ADIVINACIÓN CON EL I CHING
La historia de arte extranjero nos la impartía Paola Volkova. Ella era una excelente conferenciante, pero por algo, probablemente porque era una persona en búsqueda, a menudo nos hablaba de sus propios experimentos espirituales y místicos.

Por ejemplo, una conferencia o dos ella las dedicó al libro chino antiguo de adivinaciones I Ching. Paola traía al aula los palitos de sándalo y bambú y nos enseñaba a usarlos para prever el futuro.

Una de las clases trató sobre algo conocido sólo por los estudiosos muy especializados: los estudios de muchos años sobre el espiritismo realizados por los grandes científicos rusos D. Mendeléyev y B. Vernadskiy.

Aunque Paola nos advirtió abiertamente que la afición a aquel tipo de prácticas podría llevar a una consecuencia impredecibles, nosotros, con toda nuestra curiosidad juvenil, nos sumergimos en aquellas esferas misteriosas y cautivadoras.

CONTACTANDO CON ENTES...
No profundizaré en la descripción de la técnica que habíamos sacado de los libros de Mendeléyev y de los empleados del Museo de Vernadskiy en Moscú.

Al aplicar algunos conocimientos en la práctica, descubrimos que podíamos establecer una relación especial con unas entes incomprensibles para nosotros pero absolutamente reales.

Esos nuevos conocidos misteriosos con los que entablábamos unas largas conversaciones nocturnas, se presentaban de varias maneras. Unas veces como Napoleón, otras como Sócrates, o como la abuela recién fallecida de uno de nuestros compañeros. Aquellos personajes a veces nos contaban cosas extremadamente interesantes. Y, para nuestro gran asombro, sabían todo sobre cada uno de los presentes.

Así, nosotros les podíamos preguntar: ¿con quién había estado paseando hasta las tantas de la noche nuestro compañero de aulas Alexandr Rogozhkin, el futuro director de cine conocido? Y en seguida recibíamos la respuesta “Con Katia del segundo”. Alexandr se ponía rojo como un tomate y se enfadaba y estaba claro que la respuesta era cierta.

Pero a veces nos llegaban unas “revelaciones” aún más impactantes. Una vez en el recreo entre las conferencias uno de mis amiguetes que estaba muy enganchado a aquellos experimentos, con los ojos rojos de las noches insomnes, iba de uno a otro estudiante preguntándoles en unos susurros teatrales sobre quién era un tal Mijaíl Gorbachev. Yo, como los demás, no le conocía de nada. El amiguete nos explicó: “Por la noche hemos preguntado a ´Stalin´ sobre quién gobernaría nuestro país en el futuro. Ha respondido que un tal Gorbachev. ¡A ver qué tipo es, hay que averiguarlo!"

Pasados tres meses, una noticia que en otras circunstancias pasaría del todo desapercibida nos cayó encima: la elección a los miembros del Buró Político de un tal Mijaíl Gorbachev, ex primer secretario del comité del partido comunista de Kray de Stavropol.

EL PRECIO: TRISTEZA, SINSENTIDO, VACÍO DESESPERADO
Pero cuanto más nos aficionábamos de aquellos experimentos impresionantes, más claramente sentíamos que nos estaba pasando algo inquietante y extraño. Sin causas aparentes se aposentaba en nosotros una tristeza general y una desesperación oscura. Se nos caía todo de las manos. Una sensación de sinsentido se apoderaba de nosotros. Aquella sensación aumentaba de un mes para otro hasta que comenzamos a darnos cuenta de que podría estar ligada de alguna forma con nuestros “interlocutores” nocturnos.


Con frecuencia, las prácticas ocultas, como las drogas, suscitan a la vez adicción y tendencias depresivas e incluso suicidas, además de opresión espiritual

Además, en la Biblia que “había olvidado" devolver a mi amigo evangélico, leímos que tales prácticas no solamente no se consideraban loables sino que estaban malditas por Dios.

Sin embargo, aún no comprendíamos que habíamos topado con unas fuerzas tenebrosas e implacables que habían irrumpido en nuestras vidas alegres y despreocupadas, de las que ninguno de nosotros no tenía ningún tipo de defensa.

Una vez me quedé a pasar la noche en la residencia estudiantil de mis amigos. Mis compañeros Iván Loschilin y el estudiante de la facultad de la dirección cinematográfica Alexandr Olkov se pusieron a practicar sus experimentos místicos. Para aquel momento ya nos habíamos prometido varias veces dejar las sesiones espiritistas, pero no podíamos aguantarnos: la comunicación con las esferas misteriosas nos atraía como una droga.

CUANDO UN ESPÍRITU PIDE QUE HAGAS ALGO...
Aquella vez mis amigos reanudaron la charla del día anterior que llevaban con el “Espíritu de Gogol”, un escritor. Aquel personaje siempre se explicaba con un lenguaje especialmente florido del siglo XIX. Pero aquel día no respondía nuestras preguntas. Se lamentaba. Lloraba, se quejaba de tal forma que se nos partía el corazón. Decía que experimentaba una pesadez indecible. Y, lo más importante, imploraba ayuda.

- ¿Pero qué le está pasando a usted? – no podían entender mis amigos.

- ¡Ayudadme! ¡Oh, horror! – suplicaba el ser enigmático. - ¡Oh, ese pesar! ¡Os lo suplico, ayudadme!

El escritor Gogol nos gustaba y estábamos sinceramente convencidos de que estábamos conversando precisamente con él.

- ¿Pero qué podemos hacer por usted? – le preguntábamos llenos de deseo de ayudar a uno de nuestros escritores preferidos.

- ¡Ayuda! ¡Os lo ruego, no me abandonéis! Esas llamas horribles, el azufre, los sufrimientos… Oh, no lo aguanto más, ¡socorro!

- ¿Cómo podemos ayudarle?

- ¿Realmente estáis dispuestos a ayudarme? ¿A salvarme?

- ¡Sí, estamos dispuestos! – exclamamos con ardor. - ¿Qué hay que hacer? Es que usted está en otro mundo…

El espíritu tardó un rato y contestó:

- Oh, buenos jóvenes, si en verdad tenéis pena del pobre que sufre…

- Claro que sí, díganos qué…

- Oh, si es cierto, entonces yo podría conseguiros un veneno…

Cuando el significado de sus palabras llegó a nuestras mentes, nos quedamos de piedra. Y al levantar los ojos y al ver nuestras caras vimos que estábamos pálidos como tiza. Volcando las sillas, nos precipitamos fuera de la habitación.

Al tranquilizarnos un poco, dije:

- Todo es correcto. Para ayudarle, tenemos que ser como él. O sea, muertos…

- Yo también lo tengo claro –castañeando con los dientes pudo decir Olkov. –Él pretende que nos suicidemos.


- Y hasta creo que si ahora regresamos a la mesa encontraremos allí algún tipo de pastillas - añadió verde de miedo Loschilin. – Y entenderé que estoy obligado a tragarlas. O me entrarán las ganas de tirarme por la ventana… Ellos nos obligarán a hacerlo.

¿DÓNDE PEDIR AYUDA? ¡EN LA IGLESIA!
No pudimos pegar el ojo toda la noche y por la mañana fuimos al cercano templo del icono Tijvinskaya de la Madre de Dios. No sabíamos dónde más podríamos pedir ayuda.

El Salvador… Esa palabra, por su uso frecuente, a veces pierde su significado inicial hasta para los cristianos. Pero para nosotros era lo más deseado e importante: el Salvador. Por muy fantástico que sonara, habíamos comprendido que unos entes poderosos y desconocidos iban detrás de nosotros y sólo Dios podía salvarnos de caer en su esclavitud.

Estábamos preocupados de que en la iglesia se reirían de nosotros con nuestros “escritores”, pero un sacerdote joven, el padre Vladimir Chuvikin, con toda la seriedad confirmó nuestras peores sospechas.

Nos explicó que en absoluto estábamos tratando con Gogol o Sócrates sino con unos demonios de verdad. Admito que aquello nos sonó como una salvajada. Y al mismo tiempo no dudábamos de estar escuchando la verdad.

El sacerdote nos dijo tajantemente que tales prácticas místicas eran un pecado grave. Nos recomendó insistentemente, a aquellos que no estaban bautizados, que nos preparásemos sin dilación para el sacramento y recibir el bautizo. Y a los demás, a confesarse y comulgar.

Pero nosotros una vez más lo aplazamos, pero a partir de aquel día nunca más volvimos a nuestros experimentos de antes. Comenzaron los exámenes, trabajos de fin de carrera, planes de futuro, vida libre de los estudiantes…

Shevkunov es hoy obispo y un comunicador eficaz, que ha vendido 2 millones de ejemplares de su libro "Santos no santos"

LA FUERZA DEL EVANGELIO
Pero yo seguía leyendo el Evangelio a diario y poco a poco llegó a ser una verdadera necesidad. Sobre todo porque el Evangelio resultó ser un antídoto potente contra aquellas tinieblas y desesperación que de vez en cuando volvían aplastando mi alma sin piedad.

Pasó un año entero antes de asumir que la vida sin Dios no tendría para mí ningún sentido.

Me bautizó un padre excepcional, Alexey Zlobin, en el templo de San Nicolás de Kuznetsy en Moscú. Conmigo se bautizaron una docena y media de bebés y algunos adultos. Los bebés chillaban sin parar, el sacerdote pronunciaba las oraciones con una articulación nada clara, así que no llegué a aprender nada en aquella hora y media.

Mi madrina, la señora de limpieza del templo, me dijo:

- Vas a tener unos cuantos días llenos de gracia, cuídalos.

- ¿Qué significa “de gracia”? – le pregunté.

- Dios estará muy cerca de ti. Haz el favor de rezar por mí. Mientras la conserves, la gracia, tendrás una oración muy poderosa.

- ¿Qué oración? – volví a preguntar.

- Ya lo verás, - dijo mi madrina. – Si puedes, ves sin falta al monasterio de las Cuevas de Pskov. Allí vive un starets, Ioann, de apellido Krestiankin [un starets es un anciano maestro espiritual cristiano en Rusia, por lo general monje o ermitaño; nota de ReL]. Te haría mucho bien encontrarte con él. Él te lo explicará todo y responderá tus preguntas. Pero una vez en el monasterio, no te marches en seguida, quédate unos diez días.

- Vale, dije yo. – Ya lo veré.

Salí del templo y en seguida sentí algo especial. No había ni rastro de aquella pesadez opresora y desesperanzadora.

Al día siguiente, obedeciendo al consejo de mi madrina, compré el billete de tren y fui al monasterio de las Cuevas de Pskov. [En 1991 Shevkunov se hizo monje].

(Traducción al español del capítulo 1 de "Santos no santos" por Tatiana Fedótova)

RECONOCER EL ROSTRO DE CRISTO


Reconocer el rostro de Cristo en cada ser humano, nos dará la oportunidad de que Él nos reconozca a nosotros en la eternidad.

Por: P. Eusebio Gómez Navarro | Fuente: Catholic.net

Fray Angélico decía que quien quiera pintar a Cristo sólo tiene un procedimiento: vivir con Cristo. Aceptamos la explicación de que a los apóstoles les importaba más contar el gozo de la resurrección que describir los ojos del Resucitado. Lo aceptamos todo, pero aun así, ¿qué no daríamos por conocer su verdadero rostro?

Isaías lo describirá como varón de dolores. Su aspecto no era de hombre, ni su rostro el de los hijos de los hombres. No tenía figura ni hermosura para atraer nuestras miradas, ni apariencia para excitar nuestro afecto… Era despreciado y abandonado de los hombres, varón de dolores, como objeto ante el cual las gentes se cubren el rostro (Is 52, 14; 53, 2)

Los Padres de la Iglesia ponderarán la belleza física de Jesús. San Juan Crisóstomo contará que “el aspecto de Cristo estaba lleno de una gracia admirable”. San Agustín afirma que es “el más hermoso de los hijos de los hombres”. Y san Jerónimo dirá que “el brillo que se desprendía de él, la majestad divina oculta en él y que brillaba hasta en su rostro, atraía a él, desde el principio, a los que lo veían”.

Jesús tenía un corazón de hombre, un corazón sensible a las ingratitudes, insultos, silencios, traiciones y negaciones. Así se queja de la soledad y tristeza que siente. Simón, ¿duermes? ¿Ni una hora has podido velar? (Mc 14,37). Ante la triple negación de Pedro, Jesús le devuelve una mirada llena de reproche, ternura, compasión y aliento. El Señor miró a Pedro. Y ante el beso del traidor, Jesús dice: “¿Con un beso me entregas?” A la bofetada del siervo de Anás, Jesús responde mansamente “Si he hablado bien, ¿por qué me pegas?” (Jn 18,23). De todas las actitudes del Maestro, la más elocuente, sin duda, es la del silencio. Jesús calla ante el abandono de los amigos, cuando le atan, cuando le calumnian, cuando le pegan, cuando la gente prefiere la libertad de Barrabás, cuando lo tratan como a un bandido… Ya muere en el abandono, traicionado, apurando vinagre para calmar su sed…

Era la compasión, la misericordia que sentía Jesús lo que le llevaba a actuar. Los evangelios nos hablan de un Jesús compasivo y misericordioso y así lo hace con el leproso (Mc 1,41); con la viuda de Naím (Lc 7,13); con los dos ciegos (Mt 20,34); con la muchedumbre que anda como ovejas sin pastor; con la muchedumbre sin comida por el desierto (Mt 14,14).

Él viene a proclamar un año de gracia para los pobres y oprimidos y los de corazón destrozado (Lc 4,16-22); él llama bienaventurados a los misericordiosos... (Mt 5,7) e invita a mostrar la misericordia unos a otros (Lc 10,33-35).

Jesús se acerca a la gente y se muestra misericordioso con los gestos, con la mirada; él toma siempre la iniciativa, se adelanta a sanar, a comer y alojarse con alguien o quedarse en tal pueblo. Sus palabras amables, consuelan, dan confianza, dan paz. Se sienta y acoge a los más débiles, a los más necesitados: leprosos, impuros: (Mc 1,40-45); sordomudos, ciegos, (Mc 7,31-37); los endemoniados ( Mc 5,1-20); pecadores (publicanos) (Mt 9,9-13); pecadoras (prostitutas) (Lc 7,36-50); mujeres marginadas (Mc 5,24-34); niños relegados, enfermos (Mc 10,13-16); samaritanos y paganos (Jn 4,4-42). Y la misericordia también la adopta en la postura con que expresa sus sentimientos, actitud, relación...

  • agachado frente a la humillada/acusada (y luego se endereza para hablarle cara a cara)
  • sentado compartiendo con Mateo y compañeros publicanos, el fariseo, la samaritana)
  • invita a levantarse a la gente (suegra de Simón, niña de Jairo),
  • a presentarse ante los demás sin miedo (hemorroisa, de la mano seca)
  • a detener la procesión fúnebre (viuda de Naím)
  • camina junto con los discípulos de Emaús.

Y Jesús manda ser misericordiosos, como el Padre de es misericordioso (Lc 6,36).

A algunas personas les hubiera gustado haber vivido en tiempo de Jesús para mirarlo, tocarlo, escuchar sus palabras. Hoy, sin embargo, tenemos un privilegio mayor, pues sabemos que, por la fe, al mirar a cada persona, miramos a Cristo y creemos que todo lo que hacemos a uno de los más pequeños, a él se lo hacemos, pues no podemos olvidar que cada una de las caras humanas es el rostro de Jesús, cada ser humano, bien esté sufriendo o gozando, riendo o llorando, es el rostro de Cristo.

El reconocer el rostro de Cristo en cada ser humano, con sus nombre y apellidos, nos dará la oportunidad de que él podrá reconocernos a nosotros en la eternidad y por toda la eternidad.

LA LUZ DEL SILENCIO


En nuestra sociedad hay tanto ruido que no nos damos cuenta de nada. Palabras, imágenes, sonidos, que nos distraen de la realidad. Debemos redescubrir la importancia del silencio. Un silencio que iluminará nuestras vidas, que nos hará ver la realidad.

Este texto de José F. Moratiel nos ayuda a adentrarnos en la luz del silencio:

"Cuando amanece, parece que todo se estremece con la luz.

Cuando llega la luz del alba todo recobra vida, todo despierta.

Este sol viene de lejos y llega hasta nosotros para visitarnos, para despertarnos.

Lo mismo ocurre con el silencio.

Cuando uno se encuentra en medio de los jaleos y complicaciones de la vida todo está medio confuso, y en el silencio poco a poco se va reconociendo todo: aquel miedo, aquella alegría, aquella desconfianza, aquella emoción...

El miedo hace destacar nuestra vida, todo es diferencia en el silencio; en su presencia todo cobra vida.

Nuestro silencio nos abre caminos maravillosos de comunicación, de encuentro.

Hemos de aprender el lenguaje de la luz, de la flor, de la montaña... hemos de aprender el lenguaje de todo aquello que vive en nosotros."

(José F. Moratiel)

Y este lenguaje sólo se aprende en el silencio. Yo os invito a que probéis de hacer cada día un rato de silencio. No el silencio insoportable de la soledad impuesta, sino el silencio buscado para contemplar las cosas, para contemplar la vida. No os arrepentiréis.

LA ALEGRÍA CRISTIANA


Una persona alegre obra el bien, gusta de las cosas buenas y agrada a Dios. En cambio, el triste siempre obra el mal (PASTOR DE HERMAS, Mand. 10, 1).


La alegría de los primeros cristianos

En tiempos de los primeros cristianos, según nos cuentan los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,46), había una característica que llamaba poderosamente la atención de todos: la alegría.

No es difícil comprender por qué estaban alegres en esos primeros tiempos. Estaba muy cercano el paso de Nuestro Señor Jesucristo entre ellos. Cuando se reunían en la Eucaristía, algunos de ellos aún tendrían el recuerdo de Jesús bendiciendo el pan y repartiéndolo. También estaban alegres porque habían visto grandes prodigios y eran testigos fieles de las maravillas que había hecho Dios. Ellos, que habían conocido la esclavitud del pecado, experimentaron la Libertad que trajo el Redentor.

Hoy, ya no es tan fácil encontrar la alegría. De hecho, se ha vuelto más bien excepcional. Todo el mundo suele ser áspero, impaciente, a veces duro y no nos extraña conocer a gente con amarguras y rostro disgustado. Esa especie de penosa desesperación que se ve en la calle se ha convertido en algo habitual. Tal vez hoy más que nunca apreciamos a la Alegría como una característica de las personas santas.

La alegría es misteriosa

Muchas personas veían perplejas a la Madre Teresa de Calcuta con su sonrisa y alegría que salía del alma mientras dedicaba sus cuidados a los menesterosos y enfermos que todo el mundo rechazaba.

Como nos dice el Santo Padre (Aloc. 24-11-1979) “La alegría cristiana es una realidad que no se describe fácilmente, porque es espiritual y también forma parte del misterio. Quien verdaderamente cree que Jesús es el Verbo Encarnado, el Redentor del Hombre, no puede menos de experimentar en lo intimo un sentido de alegría inmensa, que es consuelo, paz, abandono, resignación, gozo… ¡No apaguéis esta alegría que nace de la fe en Cristo crucificado y resucitado! ¡Testimoniad vuestra alegría! ¡Habituaos a gozar de esta alegría!”

Efectivamente, la alegría cristiana no es fácil de describir y es misteriosa. Como el amor, en la alegría hay misterio.

Pero los cristianos tenemos un motivo fundamental para estar alegres: “Somos hijos de Dios y nada nos debe turbar; ni la misma muerte. Para la verdadera alegría nunca son definitivas ni determinantes las circunstancias que nos rodeen, porque está fundamentada en la fidelidad a Dios, en el cumplimiento del deber, en abrazar la Cruz. Sólo en Cristo se encuentra el verdadero sentido de la vida personal y la clave de la historia humana. La alegría es uno de los más poderosos aliados que tenemos para alcanzar la victoria (1 Marcos, 3, 2). Este gran bien sólo lo perdemos por el alejamiento de Dios (el pecado, la tibieza, el egoísmo de pensar en nosotros mismos), o cuando no aceptamos la Cruz, que nos llega de diversas formas: dolor, enfermedad, contradicción, cambio de planes, humillaciones. La tristeza hace mucho daño en nosotros y en los demás. Es una planta dañina que debemos arrancar en cuanto aparece, con la Confesión, con el olvido de sí mismo y con la oración confiada.” (Francisco Fernández Carvajal, Hablar con Dios, Sáb. 2ª sem. Del T. O.)

El Apostolado de la Alegría

No podemos dar ejemplo ni llamarnos cristianos, si no damos ejemplo al mundo, si no transmitimos una alegría profunda (interior y exterior). El cristiano no puede tener el rostro arisco, no puede tener en su corazón sentimientos intolerantes o pesimistas. Nuestro primer motivo de alegría es la esperanza y la fe en Dios, el amor que nos tiene y el que le demos debe hacer brotar de nuestro corazón una alegría sincera, completa, “de dientes para adentro”.

La tristeza solo cabe en quien ha perdido la esperanza, en quien ha sido abandonado. Y Dios nunca nos abandona, y estar en comunión con Él en el cielo es una promesa que debe alegrarnos permanentemente.

El apostolado de la alegría es convincente, porque es un testimonio directo de quien se ha olvidado de sus propios problemas para preocuparse por los demás, y muy especialmente por haber puesto su corazón en Dios.

Como católicos podemos ser atacados en muchas formas: por nuestra veneración hacia la Santísima Virgen, por el crucifijo que podemos llevar en el pecho, entre otras muchas. Pero algo que nunca nadie puede atacar, una espada cuyo filo es suave, pero ante la cual no hay escudo, es la alegría. Nadie puede reclamarnos el que seamos alegres, nadie nos dirá “¡Incongruente!” si fuimos amables y sonreímos con el pobre hombre que pide dinero en las calles. Nadie nos reclamará por pasar una tarde en un hospital llevándole alegría a los enfermos.

La alegría es propia de los enamorados. Cuando alguien pasa por ahí canturreando y con una sonrisa en los labios, con un semblante pacífico, pensamos fácilmente “ah, son las cosas del amor”. Pues los católicos tenemos muchas y muy buenas razones para tener esa alegría propia de los enamorados.

“La alegría es el amor disfrutado; es su primer fruto. Cuanto más grande es el amor, mayor es la alegría (SANTO TOMÁS, Suma Teológica). Dios es amor (1, 4,8) enseña San Juan; un Amor sin medida, un Amor eterno que se nos entrega. Y la santidad es amar, corresponder a esa entrega de Dios al alma. Por eso, el discípulo de Cristo es un hombre, una mujer, alegre, aun en medio de las mayores contrariedades: Y Yo os daré una alegría que nadie os podrá quitar (Juan 16, 22). “Un santo triste es un triste santo” se ha escrito con verdad. Porque la tristeza tiene una íntima relación con la tibieza, con el egoísmo y la soledad. El Señor nos pide el esfuerzo para desechar un gesto adusto o una palabra destemplada para atraer muchas almas hacia Él, con nuestra sonrisa y paz interior, con garbo y buen humor. Si hemos perdido la alegría, la recuperamos con la oración, con la Confesión y el servicio a los demás sin esperar recompensa aquí en la tierra.”

“La alegría verdadera, la que perdura por encima de las contradicciones y del dolor, es la de quienes se encontraron con Dios en las circunstancias más diversas y supieron seguirle. Y, entre todas, la alegría de María: Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu está transportado de alegría en Dios, salvador mío (Lucas 1, 46-47). Ella posee a Jesús plenamente, y su alegría es la mayor que puede contener un corazón humano. La alegría es la consecuencia inmediata de cierta plenitud de vida. Y para la persona, esta plenitud consiste ante todo en la sabiduría y en el amor (SANTO TOMÁS, Suma Teológica). Por su misericordia infinita, Dios nos ha hecho hijos suyos en Jesucristo y partícipes de su naturaleza, que es precisamente plenitud de Vida, Sabiduría infinita, Amor inmenso. No podemos alcanzar alegría mayor que la que se funda en ser hijos de Dios por la gracia, una alegría capaz de subsistir en la enfermedad y en el fracaso: Yo os daré una alegría que nadie os podrá quitar (Juan 16, 22) prometió el Señor en la Última Cena. “ (Francisco Fernández Carvajal, Sáb. 2ª semana del T. O.)

Alegría en la cruz

No podríamos hablar de la Alegría sin hablar de la Cruz, porque para el cristiano la ofrenda que hizo el Señor de Su propia Vida por nuestra redención cobra un papel fundamental para nuestras vidas. El cristiano sufre, llora, tiene momentos amargos y siente dolor como cualquier otro ser humano. Sin embargo, encontramos un sentido en nuestros sentimientos de dolor y en nuestras dificultades. Ese sentido está en cargar nuestra propia cruz, y seguir el ejemplo de Jesús. La Cruz, otro gran misterio para el hombre, es un trono de alegría, porque Dios transforma el dolor en gozo, la pena en júbilo, la muerte en resurrección.

Nuestras cruces nos ayudan a identificarnos con Jesús. Siempre nos pesan, no cabe duda, pero el amor a Dios puede más que cualquier contrariedad, y cuando ofrecemos nuestras propias cruces amorosamente, Dios las transformará en alegría.

El cristiano debe tener como centro de su vida al amor, y el fruto directo de ese amor es la alegría. No podemos encontrar un ejemplo más hermoso de alegría que el que nos da la Santísima Virgen en el “Magníficat”: «Proclama mi alma la grandeza del Señor; se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava» (Lc 1, 46-48). Pidámosle a ella, Santa María causa de nuestra alegría, que nos enseñe a impregnar nuestra alma, nuestro semblante, nuestros actos y nuestras palabras con la alegría que nos trajo Nuestro Señor Jesucristo.

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DIOS TE AMA


Quien quiera que seas tú, cualquiera que sea tu condición existencial, Dios te ama.


Te ama totalmente.

La mayor prueba del amor de Dios se manifiesta en el hecho de que nos ama en nuestra condición humana, con nuestras debilidades y nuestras necesidades. Ninguna otra razón puede explicar el misterio de la cruz.

Ser cristianos no es, primariamente, asumir una infinidad de compromisos y obligaciones, sino dejarse amar por Dios.

Gracias al amor y misericordia de Cristo, no hay pecado, por grande que sea, que no pueda ser perdonado, no hay pecador que sea rechazado. Toda persona que se arrepiente será recibida por Jesucristo con perdón y amor inmenso.

El amor de Dios hacia nosotros, como Padre nuestro, es un amor fuerte y fiel, un amor lleno de misericordia, un amor que nos hace capaces de esperar la gracia de la conversión después de haber pecado.

El hombre tiene íntima necesidad de encontrarse con la misericordia de Dios hoy más que nunca, para sentirse radicalmente comprendido en la debilidad de su naturaleza herida; y sobre todo para hacer la experiencia espiritual de ese amor que acoge, vivifica y resucita a la vida nueva.

En vuestras dificultades, en los momentos de prueba y desaliento, cuando parece que toda dedicación está como vacía de interés y de valor, ¡tened presente que Dios conoce vuestros afanes! ¡Dios os ama uno por uno, está cercano a vosotros, os comprende! Confiad en Él, y en esta certeza encontrad el coraje y la alegría para cumplir con amor y con gozo vuestro deber.

Volved a encontrar el camino que lleva a Dios. No a un Dios cualquiera, sino al Dios que se ha manifestado Padre en el rostro amabilísimo de Jesús de Nazaret. Recordad ciertamente el abrazo tierno y afectuoso del Padre cuando vuelve a encontrar al hijo «pródigo». Dios ama el primero. Si os dejáis encontrar por Él, vuestro corazón hallará la paz. Será fácil responder a su amor con amor. Para entender, basta pensar en Jesús sobre la cruz y en el ladrón crucificado con Él, a su lado. Jesús le aseguró: «Hoy estarás conmigo en el paraíso.»

No olvidéis que el Señor escucha vuestra oración. En el silencio de la cárcel, incluso cuando os invade la melancolía y os sentís oprimidos por la amargura de la incomprensión y el abandono, nada puede impediros que abráis el corazón a la oración y al diálogo con Dios, que conoce la verdad de la vida de cada uno y puede repetir a quien le confía su propia pena e implora su ayuda: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más. »

Dios ama a todos sin distinción y sin límites. Ama a aquellos de vosotros que sois ancianos, a quienes sentís el peso de los años. Ama a cuantos estáis enfermos, a cuantos sufrís de sida o de enfermedades relacionadas con el sida. Ama a los parientes y amigos de los enfermos, y a quienes los cuidan. Nos ama a todos con un amor incondicional y eterno.

Puede acaso una mujer olvidarse de su hijo pequeño, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaría.» El amor de Dios es tierno y misericordioso, paciente y lleno de comprensión. En la Sagrada Escritura, así como en la memoria viva de la Iglesia, el amor de Dios es ciertamente descrito, y ha sido experimentado, como el amor compasivo de una madre.

Cristo invita a sus oyentes a poner su esperanza en el cuidado amoroso del Padre: «No andéis preocupados por lo que comeréis o beberéis; no os preocupéis… Vuestro Padre sabe muy bien que tenéis necesidad de ello. Buscad, más bien, el reino de Dios.»

La paz viene cuando aprendemos a descansar en la providencia amorosa de Dios, sabiendo que el deseo de este mundo pasa, y que solamente su reino perdura. Poner nuestro corazón en las cosas que duran es estar en paz con nosotros mismos.

«Dios es amor.» Por tanto, cada uno puede dirigirse a Él con la confianza de ser amado por Él.

El amor de Dios es un amor gratuito, que se adelanta a la espera y a la necesidad del hombre. «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó.» Nos ha amado primero, ha tomado la iniciativa. Esta es la gran verdad que ilumina y explica todo lo que Dios ha realizado y realiza en la historia de la salvación.

Desde siempre, Dios ha pensado en nosotros y nos ha amado como personas únicas. A cada uno de nosotros nos conoce por nuestro nombre, como el Buen Pastor del Evangelio. Pero el proyecto de Dios sobre cada uno de nosotros se revela gradualmente, día tras día, en el corazón de la vida. Para descubrir la voluntad concreta del Señor sobre nuestra vida, hay que escuchar la Palabra de Dios, rezar, compartir nuestros interrogantes y nuestros descubrimientos con los otros, a fin de discernir los dones recibidos y hacerlos producir.

El amor de Dios hacia los hombres no conoce límites, no se detiene ante ninguna barrera de raza o de cultura: es universal, es para todos. Sólo pide disponibilidad y acogida; sólo exige un terreno humano para fecundar, hecho de conciencia honrada y de buena voluntad.

Juan Pablo II