El Papa exhorta a escuchar la Palabra de Dios en Misa y recuerda que
está prohibido leer textos no bíblicos.
Durante la audiencia general
de ayer, el papa Francisco exhortó a los fieles a estar pendientes de la
proclamación de la Palabra de Dios durante la Santa Misa y recordó que está
absolutamente prohibido cambiar las lecturas del día textos no bíblicos.
(InfoCatólica) Texto
completo de la catequesis del papa Francisco:
Queridos hermanos y hermanas,
¡buenos días!
Hoy continuamos con las
catequesis sobre la Santa Misa. Después de hablar sobre los ritos de
introducción consideramos ahora la Liturgia de la Palabra, que es una parte
constitutiva porque nos reunimos para escuchar lo que Dios ha hecho y todavía
tiene la intención de hacer por nosotros. Es una experiencia que tiene lugar «en vivo» y no de oídas, porque «cuando se leen
las sagradas Escrituras en la Iglesia, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo,
presente en la palabra, anuncia el Evangelio.» (Instrucción General del Misal
Romano, 29, ver Const. Sacrosanctum Concilium, 7; 33). Y cuántas veces mientras se lee la Palabra de Dios, se charla: «Mira ése, mira ésa, mira el sombrero que se ha puesto
aquella: es ridículo». Y se
empieza a comentar. ¿No es verdad? ¿Hay que hacer comentarios mientras se lee
la Palabra de Dios? (responden: «¡No!). No,
porque si charlas con la gente no
escuchas la Palabra de Dios. Cuando se lee la Palabra de Dios en la
Biblia –la primera lectura, la segunda, el salmo responsorial y el evangelio-
tenemos que escuchar, abrir el corazón, porque es Dios mismo quien nos habla y no tenemos que pensar en otras cosas o
decir otras cosas ¿De acuerdo? Os explicaré que pasa en esta Liturgia de
la Palabra.
Las páginas de la Biblia dejan
de ser un escrito para convertirse en palabra viva, pronunciada por Dios. Es Dios que, a través de la persona que lee,
nos habla y nos interpela a nosotros, que lo escuchamos con fe. El
Espíritu, «que habló a través de los profetas» (Credo)
e inspiró a los autores sagrados, hace que «la
Palabra de Dios realice efectivamente en los corazones lo que suena en los
oídos» (Leccionario, Introd., 9). Pero para escuchar la Palabra de Dios
también hay que tener el corazón abierto para recibir la palabra en el corazón.
Dios habla y nosotros lo escuchamos, para después poner en práctica lo que
hemos escuchado. Es muy importante
escuchar. A veces, quizás, no entendemos del todo porque hay algunas lecturas
un poco difíciles. Pero Dios nos habla igual de otra manera. (Hay que
estar) en silencio y escuchar la Palabra de Dios. No lo olvidéis. En misa,
cuando empiezan las lecturas, escuchamos la Palabra de Dios.
¡Necesitamos escucharlo! Es, efectivamente, una cuestión de vida, como bien recuerda la certera
frase «no solo de pan vive el hombre, sino de cada
palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4). La vida que nos da la
Palabra de Dios. En este sentido, hablamos de la Liturgia de la Palabra como de
la «mesa» que el Señor prepara para
alimentar nuestra vida espiritual. La mesa litúrgica es una mesa abundante,
servida en gran parte con los tesoros de la Biblia (véase SC, 51), tanto del
Antiguo como del Nuevo Testamento porque en ellos la Iglesia anuncia el único e
idéntico misterio de Cristo (véase Leccionario, Introd., 5). Pensemos en la
riqueza de las lecturas bíblicas presentes en los tres ciclos dominicales que,
a la luz de los Evangelios sinópticos, nos acompañan durante el año litúrgico:
una gran riqueza. Aquí también deseo recordar la importancia del Salmo
responsorial, cuya función es favorecer la meditación sobre lo que se ha
escuchado en la lectura que lo precede. Es bueno que el salmo se valorice
cantando al menos en la respuesta (véase OGMR, 61; Leccionario, Introd.,
19-22).
La proclamación litúrgica de
dichas lecturas, con los cantos procedentes de la Sagrada Escritura, expresa y
fomenta la comunión eclesial, acompañando el camino de todos y cada uno de
nosotros. Así se entiende porqué
algunas decisiones subjetivas, como la omisión de las lecturas o su sustitución
por textos no bíblicos, estén prohibidas. He oído que alguno, si hay una noticia, lee el periódico
porque es la noticia del día. ¡No! ¡La Palabra de Dios es la Palabra de Dios!
El periódico se puede leer después. Pero allí se lee la Palabra de Dios.
Es el Señor quien nos habla. Sustituir esa Palabra con otras cosas empobrece y
compromete el diálogo entre Dios y su pueblo en oración. Por el contrario, (se
requiere) la dignidad del ambón y el uso del Leccionario, la disponibilidad de
buenos lectores y salmistas. Pero hay
que buscar buenos lectores, que sepan leer, no esos que leen (tragándose las
palabras) y no se entiende nada. Es así. Buenos lectores. Tienen que
ensayar antes de misa para leer bien. Y así se crea un clima de silencio
receptivo.
Sabemos que la palabra del Señor es una ayuda
indispensable para no perdernos, como reconoce el salmista que,
dirigiéndose al Señor, confiesa: «Lámpara para mis
pasos es tu palabra, luz en mi camino» (Sal 119,105). ¿Cómo podríamos
enfrentar nuestra peregrinación terrena, con sus fatigas y sus pruebas, sin ser
nutridos e iluminados regularmente por la Palabra de Dios que resuena en la
liturgia?
Ciertamente, no es suficiente escuchar con los oídos, sin
recibir la semilla de la Palabra divina en el corazón, para que dé fruto.
Recordemos la parábola del sembrador y los diferentes resultados según los
diferentes tipos de terreno (véase Mc 4, 14-20). La acción del Espíritu, que
hace eficaz la respuesta, necesita corazones que se dejen cultivar y trabajar,
para que lo que se escucha en la misa pase a la vida cotidiana, según la
admonición del apóstol Santiago: «Poned por obra la
Palabra y no os contentéis solo con oírla, engañándoos a vosotros mismos» (Santiago
1:22). La Palabra de Dios se abre camino dentro de nosotros. La escuchamos con los oídos y pasa al
corazón; no se queda en los oídos; tiene que llegar al corazón y del corazón
pasa a las manos, a las buenas obras. Este es el recorrido de la Palabra
de Dios: de los oídos al corazón y a las manos. Aprendamos estas cosas.
¡Gracias!
No hay comentarios:
Publicar un comentario