La profundidad del afecto implica demostrarlo con
hechos, dedicando un tiempo preciso a cada hijo para conocerlos a fondo.
A esta
edad los niños se visten y lavan solos, pasan gran parte del día en el colegio,
nos cuentan todo con lujo de detalles y aún no muestran síntomas de
adolescencia. Pareciera ideal… pero hay que estar alerta, estar cerca de ellos
y demostrarles mucho afecto pues están preparándose para entrar en etapas mucho
más complejas de su desarrollo.
– ¿Dónde
está Vicente? -pregunta el papá al llegar a casa por la tarde.
– En su
pieza -responde la mamá-, ahí ha pasado todo el día jugando con sus autitos: ni
se ha sentido.
¡Qué
maravilla! A esta edad los niños dejan de ser esos bebés híper dependientes, a
los que hay que alimentar, vestir, bañar y llevar al baño y nos dejan mucho más
tiempo libre para hacer nuestras cosas. Lejos está todavía la adolescencia, con
sus episodios de rebeldía e inevitables distanciamientos, y bien podríamos
pensar que estamos disfrutando de un verdadero recreo educativo.
Gran
error. Aunque Vicente pase todo el día en su pieza jugando a los autitos, sin
demandar la atención de sus padres, su mundo interior está creciendo mucho más
rápido que su apariencia exterior, y si no nos ponemos atentos, proponiéndonos
instantes precisos y concretos para conectarnos con esa intimidad suya que se
consolida, podemos encontrarnos de la noche a la mañana con un extraño…, que se
ha vuelto adolescente muy lejos nuestro.
LAS CARICIAS
PSICOLÓGICAS
Cuando
conocemos casos de adolescentes que están muy alejados de sus padres, al grado
de ser unos verdaderos extraños viviendo bajo el mismo techo, no podemos
simplificar la explicación diciendo que “hubo falta
de afecto”. Lo más probable es que esos padres amaran a sus hijos:
ocurrió que, simplemente, no se dieron cuenta de que debían transformar sus
relaciones afectivas.
Y es que,
inevitablemente, el niño deja de ser un bebé al que abrazamos y besamos a cada
rato. Ya no lo llevamos en brazos hasta su cama, ni lo acurrucamos para hacerlo
dormir. Se distancian los besos y abrazos a medida que aumentan otro tipo de
exigencias, escolares o familiares.
Si bien
es absolutamente natural que ya no le besemos todo el día, debemos proponernos
no perder nunca el buen hábito de relacionarnos físicamente con los hijos. Un
beso de despedida al dejarlos en el colegio, un beso al recibirlos en casa por
la tarde, un abrazo bien dado a la hora de felicitarlos por algo, una caricia
en el pelo en otro momento del día, no sobran ni malcrían a nadie.
Pero
obviamente la expresión del afecto va mucho más allá de estos gestos y también
sería un error creer que con sólo besarlos lo estamos haciendo bien. Este
error, sobre todo, suelen cometerlo los padres que quieren reparar en sus
propios hijos la falta de afecto físico que ellos recibieron en su infancia, ya
que es claro que las generaciones anteriores fueron mucho más formales para
convivir con los hijos que la nuestra.
EL CLIMA AFECTIVO ES PARA TODOS…
La
expresión positiva del afecto es aquella que hace sentir bien al otro. En el
caso de un hijo, lo hará sentir bien el calor corporal de sus padres, su
cuidado y atención constantes. En el caso de un niño de 7 a 12 años, al calor
físico se suman otros aspectos importantes:
– El
clima emocional del hogar: crecer en una casa donde no hay gritos y llantos
constantes es absolutamente diferente a crecer en un espacio donde hay una
perpetua guerra de poder entre quienes viven allí. En el primer caso, la
familia instala al niño en una realidad placentera y él va consolidando su
identidad en un clima emocional estable; en el otro caso, los adultos prácticamente
lo arrojan a un mundo adverso, donde él crece con un sinnúmero de
inseguridades.
– La
manera de comunicarse de su familia: si el niño aprende que, pase lo que pase,
cuenta con la confianza de sus padres, se sentirá siempre bien. Aquí no vale
decirle “ten confianza”, hay que demostrarle
con el lenguaje de los hechos que esto es cierto. Por ello, y con criterio, es
bueno que el hijo escuche al papá y a la mamá confidenciarse alguna pena (como
que extraña a un pariente o amigo ausente), o preocupación (como un asunto
menor de trabajo). No se trata de entristecerle o preocuparle, sino de
demostrarle que la familia comparte dolores y que estamos siempre dispuestos a
escuchar y comprender al que está pasando un mal momento.
– Los
espacios que se destinan a pasar ratos entretenidos: No es sólo estar juntos en
la casa. Al niño a esta edad le gusta salir fuera. Esto lo comprendíamos
claramente en la etapa anterior, cuando de bebé se ponía mañoso si no lo
llevábamos un rato a la plaza. Eso no cambia en esta etapa y es importante que
los papás, sin egoísmos, compartan con sus hijos el tiempo libre. Se requiere
heroísmo a veces, pues al papá le puede agradar mucho más andar en bicicleta o
jugar fútbol con otros adultos; o a la mamá le puede atraer mucho más tomar té
con las amigas. Pero para un niño es vital sentirse aceptado en el mundo de los
padres, integrado en algunos de sus panoramas; de lo contrario es inevitable
que sospeche que “mientras menos se note, más lo
quieren”.
… PERO LA TERNURA ES
PARA CADA CUAL
Pero no
basta con el clima afectivo familiar para hacer sentir querido a un niño. El
amor de los padres por sus hijos -al igual que el amor conyugal- exige
“predilección”, es decir, una constante demostración de que el otro es único
para uno.
La
exclusividad quiere decir hechos y tiempos precisos para cada hijo. Algunos
ejemplos extraídos de experiencias contadas por padres de familias comunes y
corrientes:
– Una
mamá cuenta que el día del santo de cada hijo -independiente de que la gran
celebración- se le haga para el día de su cumpleaños ese niño puede disponer el
menú de la comida y elegir comer lo que más le guste. Eso lo hará sentir
especial ese día.
– Un papá
invita a comer a solas -sin mamá ni hermanos- al hijo que está de cumpleaños.
El mismo niño se encarga de elegir el restorán al que irán; cuando están más
grandes incluso deben encargarse de hacer la reservación con tiempo. Así, en la
intimidad de esa comida, pueden conversar y cultivar la confianza y la amistad.
– Una
mamá con varios hijos cuenta que aunque sería más fácil llevar a comprar
zapatos a varios hijos a la vez, se da el tiempo de salir al menos una vez por
semestre con cada hijo. Vitrinean con calma, y compran los zapatos sin prisa.
Así va conociendo los gustos de cada uno y permitiéndoles que sientan que
tienen derecho a tener gustos propios.
– Un papá
explica que ha destinado una pared completa del primer piso a fotos de sus
hijos. Ellos saben así, concretamente, que su vida es muy importante para
ellos. Este mismo papá cuenta que en su dormitorio tiene enmarcados dibujos de
los niños y carpetas donde guarda las libretas de notas, los diplomas, alguna
carta, cualquier recuerdo de cada hijo. Con el tiempo, ellos mismos meten en la
carpeta algo que consideran valioso de guardar.
La
profundidad del afecto, por su parte, implica conocer a fondo a cada hijo. Esto
se logra no sólo conversando con ellos, sino también observándolos. Algunas
ideas:
– Vale la
pena profesionalizarse un poco como papá y mamá y leer algo de caracterología,
para saber si el hijo es apasionado, flemático, colérico … ; también podemos ir
a conferencias para aprender a descubrir tempranamente sus talentos y ayudarlos
a transformarlos en intereses.
– La
expresión del afecto no se logra en un instante sublime; necesita tiempo. Y por
ello los papás deben aprender a comunicarse bien con sus hijos: si cultivan un
estilo educativo cortante, jamás van a lograr profundizar en el afecto. Por
ello hay que desarrollar estrategias de conversación que permitan que un
diálogo dure varios minutos: no interrumpirlos mientras cuentan algo, tener
paciencia para escuchar sus historias por largas que sean… A la hora de
retarlos por algo -esto es inevitable- jamás humillarlos y menos someterlos a
punta de gritos. Utilizar frases como “Te entiendo,
pero…”, “Sí, pero…”, en vez de los cortantes “Por
ningún motivo”.
No
podemos olvidar que entre los 7 y los 12 años estamos a tiempo de todo. Lo
importante es que los niños lleguen a la adolescencia sabiendo que los queremos
y que estaremos siempre a su lado para ayudarlos o simplemente, quererlos.
ANTROPOLOGÍA DEL AFECTO
– A
través del afecto se le entrega una identidad sana al hijo. Se le trasmite que
“vale oro”, que lo queremos más que a nada en esta tierra porque él es único e
irrepetible, valioso y amado, con un lugar propio en el mundo y con unos
talentos que debe cultivar para crecer, realizarse y hacer felices a los demás.
– A
través del afecto se instala al hijo paulatinamente en la realidad. Se le
adiestra para protegerse de los peligros, para salvar obstáculos, para vencer
adversidades, para afrontar problemas. Como los animales a sus cachorros, los
padres les muestran el mundo a sus hijos y a través del afecto los guían, les
enseñan sus secretos de adulto y les dan la seguridad de que ellos los
defenderán y acompañarán hasta que puedan valerse por sí mismos.
– Cuando
falta el afecto, el niño crece con una identidad inestable e insegura. Y en vez
de ser instalado en la realidad amorosamente por sus padres, es “arrojado” a una realidad que no siempre será
clemente con él.
Lo
importante es darse cuenta que a medida que los hijos crecen hay que ir
trasformando la relación afectiva y profundizándola: que existen caricias
psicológicas que son tan o más importantes que las físicas.
Tengamos
el número de hijos que sea, dos o diez, si queremos demostrar un afecto tierno
a los hijos, debemos poner en práctica acciones concretas que apuntan a que la
expresión de ese afecto sea exclusivo para cada hijo y valiosamente profundo.
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