viernes, 15 de julio de 2022

¿ERA MARTIN LUTHER KING TOMISTA?

 La reciente sentencia del Tribunal Supremo estadounidense que echa por tierra Roe v Wade ha generado, como no podía ser de otra forma, un acalorado debate sobre el aborto, los derechos y la justicia. En este contexto quizás no sea interesante volver nuestra mirada a quien fue el principal líder de la llamada «lucha por los derechos civiles».

Todo el mundo conoce, aunque sea de oídas, a Martin Luther King, el pastor baptista que encabezó aquel movimiento, que fue asesinado en 1968 en Memphis (Tennessee) y que es homenajeado en su patria el tercer lunes de enero de cada año, festivo desde que así lo instaurara Ronald Reagan en 1983. Pero son pocos los que se imaginan a un Martin Luther King tomista. Sí, tomista, esto es, seguidor de Santo Tomás de Aquino.

Es lo que argumentaba, con sólidos fundamentos, Kathy Schiffer en el National Catholic Register. Y se fijaba en un aspecto, primordial y muy apropiado para los tiempos que corren: Tomás de Aquino sostenía que las leyes obligan a obedecer en conciencia sólo cuando dichas leyes no contradicen la «ley eterna».

La argumentación de Schiffer, clara y detallada, merece nuestra atención:

Santo Tomás de Aquino, en la Summa Theologiae, argumentó que debemos obedecer las leyes sólo:

§  cuando se ajustan a la «ley eterna», la ley de Dios, o

§  cuando esa «ley eterna» es autoevidente, esto es, refleja los principios universales de la razón práctica: lo que llamamos «ley natural».

Para ser justa, pues, una ley debe ser buena en cuanto a:

1.      su fin: debe estar ordenada al bien común;

2.      su autor: no debe estar fuera de la jurisdicción de quien la dicta;

3.      su forma: no debe imponer cargas desproporcionadas a ninguno de los sujetos implicados.

Tomás de Aquino enseñó que una ley que es injusta en cualquiera de estos aspectos no impone ninguna obligación. Es decir, una ley deja de tener fuerza vinculante si alguno de los siguientes casos es cierto:

1.      la ley no está ordenada al bien común, sino simplemente al bien privado de quienes la imponen;

2.      excede el ámbito de autoridad de quienes la imponen; o

3.      impone cargas desproporcionadas a alguna de las personas de la comunidad.

Tomás de Aquino explica que un acto que cumple con cualquiera de estos abusos se parece más a un acto de violencia que a una ley. Puede compartir algunas características con una ley justa, pero no es ley en sentido propio.

Así que Tomás de Aquino enseña, al igual que San Agustín, que una ley injusta no es ley en absoluto. El único modo en que una ley injusta puede obligar es indirectamente, cuando es evidente que desobedecerla llevaría a males peores que obedecerla.

El tercer argumento del Tomás de Aquino en contra de una ley injusta es que las leyes humanas no obligan cuando causan daño y pervierten el carácter de los seres humanos, cuando oprimen a los pobres y humildes. Las leyes opresivas, enseñaba, son perversiones del derecho, actos de violencia; y nadie tiene por qué sentirse culpable por desobedecer una ley injusta.

Así que Martin Luther King era, de hecho, un tomista… ¿Ofendían a Dios los manifestantes pro derechos civiles en 1963 cuando infringían la ley y se sentaban en un mostrador de comida, o se negaban a ceder su asiento en el autobús a un blanco? No, replicaba el Dr. King; y para demostrarlo, citaba el argumento de Tomás de Aquino. «Toda ley que degrada la personalidad humana», dijo King, «es injusta. Todas las leyes de segregación son injustas porque la segregación distorsiona el alma y daña a la persona».

Schiffer empieza su artículo con una cita de la famosa «Carta desde la cárcel de Birmingham», escrita por King, y dónde se puede encontrar lo siguiente (con referencia explícita a Santo Tomás de Aquino y a San Agustín):

«Expresa usted una gran preocupación por nuestra disposición a infringir las leyes. Es una preocupación legítima. Dado que instamos con tanta diligencia a la gente a obedecer la decisión del Tribunal Supremo de 1954 que prohibía la segregación en las escuelas públicas, resulta bastante extraño y paradójico encontrarnos quebrantando conscientemente las leyes. Uno puede preguntarse: «¿cómo se puede abogar por romper unas leyes y obedecer otras?». La respuesta se encuentra en el hecho de que hay dos tipos de leyes: hay leyes justas y hay leyes injustas. Estoy de acuerdo con San Agustín en que «una ley injusta de ninguna de las maneras es ley».

Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre ambas? ¿Cómo se determina cuándo una ley es justa o injusta? Una ley justa es un código hecho por el hombre que se ajusta a la ley moral o a la ley de Dios. Una ley injusta es un código que no está en armonía con la ley moral. Para decirlo en los términos de Santo Tomás de Aquino, una ley injusta es una ley humana que no está enraizada en la ley eterna y en la ley natural. Toda ley que eleva a la persona humana es justa. Toda ley que degrada a la persona humana es injusta. Todas las leyes de segregación son injustas porque la segregación distorsiona el alma y daña la personalidad (…).

Nunca podemos olvidar que todo lo que hizo Adolf Hitler en Alemania fue «legal» y todo lo que hicieron quienes luchaban por la libertad en Hungría [en 1956] fue «ilegal». Era «ilegal» ayudar y consolar a un judío en la Alemania de Hitler. Pero estoy seguro de que si yo hubiera vivido en Alemania durante esa época, habría ayudado y consolado a mis hermanos judíos aunque fuera ilegal. Si hoy viviera en un país comunista donde se suprimen ciertos principios queridos por la fe cristiana, creo que abogaría abiertamente por desobedecer esas leyes antirreligiosas».

No es pues de extrañar que la sobrina de Martin Luther King, la Dra. Alveda King, haya hecho la siguiente declaración pública con motivo de la reciente decisión del Supremo estadounidense:

«Durante 49 años, «nosotros el pueblo» hemos tenido que soportar un fallo defectuoso e inconstitucional del Tribunal Supremo que permitió a jueces no elegidos crear un derecho nacional al aborto que, en última instancia, condujo a acciones extremas, como los abortos tardíos, contra los no nacidos. Hoy, el Tribunal Supremo ha anulado acertadamente esa decisión, devolviendo el poder de regular el aborto a los funcionarios elegidos a nivel estatal. He anhelado y rezado por este día. Y seguiré luchando por la dignidad humana para todos, desde el útero hasta la tumba».

Jorge Soley

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