Todos los ayudantes del gringo Rudolf se quedaban en Lima y él les enseñaba a manejar su poderoso Mitsubishi Fuso.
Qué mejor
futuro para un joven puneño como yo con ganas de conocer el mar y la capital.
Por eso aquella mañana, a sabiendas que el alemán no tenía chulío, me apersoné
junto a mi primo Matías, quien, a sus catorce años jamás había aprendido a atar
los pasadores de sus zapatos. Ambos teníamos la idea de ser chulíos de tan
insigne personaje.
Debido a
mi corpulencia fui elegido, sin goce de haber, por tan sólo la comida, aprender
a manejar, y lo principal, conocer el mar. Ante tal decisión Matías se alejó,
no sin antes advertir que a mi primer error él sería el nuevo chulío.
Luego de
darme las indicaciones del caso, Rudolf me designó como lugar de dormir la
panagra del camión. También me asignó la tarea de revisar las llantas y limpiar
el vehículo antes de cada entrada a Lima, pero me intrigó mucho su más seria
advertencia: -Padezco de fuertes pesadillas, y habrá
algunas noches en que me tendrás que amarrar-.
Esto se
hizo rutina tras un año de trabajo. Mientras dormía escuchaba al gringo
encerrado en la cabina, gritando, roncando, meciendo el pesado vehículo y
mezclando sus rugidos de pesadilla con el silencio de las noches serranas.
Pero, con
el tiempo me pude percatar que solamente me pedía que lo amarre las noches de
luna llena. Esto despertó mi curiosidad y una noche en Pampa Galeras en que lo
até para que duerma, la luna comenzó a brillar y empezó el movimiento de
siempre, con los ruidos a los que estaba acostumbrado, pero esta vez, decidí
mirar al gringo.
Lo que
mis ojos vieron aun no encuentran explicación. No era Rudolf, sino una bestia
atada, con los ojos rojos, afilados colmillos e inmensas uñas que rasgaban las
sogas a punto de romperse.
Mi juvenil
inocencia me hizo pensar que era una broma del gringo. Subí a la panagra y
traté de dormir, con el cantar de las lechuzas, el chirriar de los grillos y
los aullidos de rudolf. Después de ese último viaje me quedé a trabajar en
Lima, no sin antes recomendar a mi primo Matías como mi reemplazante.
Al volver
después de años y preguntar por mi primo me dijeron con tristeza que había
muerto despedazado por un puma en Pampa Galeras en uno de sus viajes con el
gringo Rudolf ¿Sería cierto? -Recordemos que él
nunca aprendió a atarse los pasadores-. Pero esa es otra historia…
Esta historia, de la vida real, la publiqué en la revista Sobre Ruedas
2008. Darío Pimentel (+).
De Darío Pimentel
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