Los saduceos
formaban un importante grupo religioso dentro del judaísmo. No creían ni en la
inmortalidad del alma ni en la resurrección de los muertos y, en consecuencia,
tampoco en la recompensa o castigo después de la vida presente. Se remitían a
los cinco libros del Pentateuco, los únicos que ellos reconocían, en los que,
de modo explícito, no se habla de la resurrección. La pregunta que aquellos
saduceos dirigen a Jesús no busca aclarar una duda, sino que es una pregunta
malintencionada, pretendiendo asechar al Señor.
Por razones distintas a las de
los saduceos, también hoy son muchos los que no creen en la resurrección de los
muertos y en la vida eterna. No sólo ateos o agnósticos, sino incluso bastantes
católicos: “llama la atención que no pocos de los
que se declaran católicos, al tiempo que confiesan creer en Dios, afirman que
no esperan que la vida tenga continuidad alguna más allá de la muerte”, escribían
en 1995 los obispos de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe.
En realidad, la fe en la
resurrección de los muertos es una consecuencia de la fe en Dios. Así lo
explica Jesús: “que resucitan los muertos, el mismo
Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: ‘Dios de
Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob’. No es Dios de muertos, sino de vivos” (Lc
20,37-38).
Dios es nuestro creador.
Nos ha hecho de la nada, pero en la omnipotencia de su amor no permite que
volvamos a la nada. Los mártires Macabeos, cuando se enfrentaron a la prueba,
se mantuvieron firmes basándose en la fidelidad de Dios, en la seguridad de que
Él no abandonaría después de la muerte a los que, en esta vida, confesaron su
fe hasta la muerte: “Vale la pena morir a manos de
los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará” (cf 2 M
7,9-14).
Jesús nos dice: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25). Lo
que el hombre no puede hacer - dar vida a un muerto - Jesús sí lo puede hacer.
Él ha vencido la muerte resucitando glorioso del sepulcro. Por la virtud de la
Resurrección de Cristo, Dios, en el último día, también “dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible
uniéndolos a nuestras almas” (Catecismo 997).
¿Cómo será
nuestra resurrección? La doctrina de la Iglesia sostiene la esperanza pero no satisface la
curiosidad: “Este ‘cómo ocurrirá la resurrección’
sobrepasa nuestra imaginación y nuestro entendimiento; no es accesible más que
en la fe” (Catecismo 1000). Entre el cuerpo terreno y el cuerpo
resucitado habrá, a la vez, continuidad – será el mismo cuerpo – y
discontinuidad – será un cuerpo glorioso, transformado - , a semejanza de lo
que ya aconteció con el cuerpo de Jesucristo.
Lejos de despreciar el cuerpo,
el Cristianismo lo ennoblece. Un cuerpo humano ha sido, por la Encarnación, el
cuerpo del Hijo de Dios. El cuerpo es, por consiguiente, “bueno y digno de honra, ya que ha sido creado por Dios y
ha de resucitar en el último día” (Gaudium et spes, 14).
En la Eucaristía se anticipa
la transformación de lo terreno en celeste y de lo carnal en espiritual. En la
comunión nos alimentamos con el “remedio de
inmortalidad”, con el “antídoto para no
morir”, dice San Ignacio de Antioquía.
Guillermo Juan
Morado.
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